La prestigiosa revista católica inglesa The Tablet publica el siguiente comentario en una de sus “cartas” firmadas por el corresponsal en la Santa Sede. Evidentemente muchas personas en el Vaticano piensan que el corazón de la profunda crisis en la que se encuentra el centro burocrático de la Iglesia es meramente un problema de relaciones públicas. Si Greg Burke, el nuevo asesor para la comunicación de la Secretaría de Estado, hubiera estado en funciones, la Santa Sede podría haber sido más cuidadosa en el modo en que escribió la “nota” con la que explicó el significado del nombramiento del arzobispo Gus Di Noia como vicepresidente de la Comisión Ecclesia Dei.

Que se recuerde, es la primera vez que hay un documento de la curia del papa Benedicto XVI usando el término “católicos tradicionalistas”, y ciertamente no en tono peyorativo. Es un término que se encuentra más en blogs de derecha que en escritos de la Congregación para la Doctrina de la Fe. Su aparición en un texto de la curia destinado a la amplia difusión, sugiere que el Vaticano ha comenzado a “etiquetar” a los católicos.

Personalmente apunto en otra dirección. El problema real del Vaticano no es de comunicación, al menos no principalmente, y ciertamente no en el sentido de los medios. De acuerdo a mi colega italiano Marco Politi, el problema es que el papa Benedicto XVI no tiene una “estrategia de gobierno” para la Iglesia.

“La cabeza de una organización de 1200 millones de fieles, como es la Iglesia católica, necesita de un programa de gobierno (governance)”, señaló en el diario romano Il Fatto Cuotidiano. Politi sugiere también que hay problemas estructurales en la Iglesia que todavía se gobierna  como una monarquía absoluta. “También la Santa Sede debe darse cuenta de que en el siglo XXI toda autoridad, aún las más antiguas, deben responder ante la opinión pública acerca de sus acciones, omisiones y errores. Los anglo-parlantes lo llaman accountability.

 

Traducción de Alejandro Frere.

 

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  1. María Teresa Rearte on 10 agosto, 2012

    No pienso que la crisis del “centro burocrático de la Iglesia” sea sólo un problema de relaciones públicas; sino de concepción del poder de la Iglesia jerárquica. Algo que lo “sentimos” quienes estamos en el “llano”, a veces con mayor intensidad. Otras un poco menos. Y que no es para bien de la Iglesia.

    Tampoco pienso que la Iglesia tenga que “responder” ante la opinión pública por sus “acciones, omisiones y errores”. Salvo si se tratara de actos por los cuales sus miembros individualmente quebrantaran las leyes de una nación.

    Lo que sí me parece es que la jerarquía necesita descender de su elevado pináculo. Y ser más cercana con los hombres. Con el pueblo de Dios. Y desenvolverse con otras formas más abiertas.

    Quizás hasta se trate de modificar algunas estructuras y formas de organización. Lo cual más que modificarse me parece que se siguen consolidando.

    Lo doloroso sería que no se diera como algo pensado, previsto, delineado. Sino como algo forzado, que al final estalla en busca de un cambio. ¿Pero en qué dirección?

    Mientras tanto resulta un tema sobre el cual se habla. Pero con relación al que sólo hay incertidumbre. No se trata de adelantarse a los hechos, pero leyendo este título uno se pregunta cómo sería la elección de un nuevo Papa. La personalidad y actividad pastoral, los viajes, el Magisterio, etc. de Juan Pablo II hacían sentir su presencia. Sin ánimo de hacer comparaciones, pero la presencia de Benedicto XVI es bastante discreta. Quizás como su figura. O su estampa. De algún modo contrastan con todo el “andamiaje” que supone la Santa Sede.

    Esto visto desde la lejanía de nuestras latitudes.

    Gracias.

    Prof. María Teresa Rearte

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