getbookimgPublicamos un capítulo de Un Evangelio según Francisco. Maestro, líder y estadista, el nuevo libro del rabino Sergio Bergman (Buenos Aires, ediciones B).

38232690Jesús es rabí, tiene una interpretación, una aproximación, una hermenéutica revolucionaria y contemplativa, que hay que recuperar. Cuando digo recuperar, ahora habilitado por quien tiene el “copyright”, que es la Iglesia Católica, me refiero a que los judíos no tenemos que discutir la figura de Jesús. Esa idea de recuperación para el judaísmo tiene múltiples posibilidades como interminables debates. ¿Quién era Jesús en su tiempo histórico y quién es Jesús para los judíos de hoy? Semejante interrogante excede las posibilidades y el encuadre de este ensayo.

Brevemente, podemos recorrer varias acepciones que la figura del rabí encuentra en la tradición judía. Rabí es maestro y doctor en la ley. No es cohen, es decir, sacerdote. Su rol y función adquiere especial notoriedad luego de la destrucción de los templos de Jerusalén. Desde entonces, el liderazgo espiritual migra de la casa sacerdotal al liderazgo espiritual de los Rabinos: maestros, intérpretes de la ley, abren casas de estudios y escuelas rabínicas de interpretación. Su liderazgo se ejerce desde la ley que enseñan, pero también desde su ejemplaridad. El rabí será también el tzadik, que es el justo, que actúa con justicia, recupera la función del navi, el profeta, quien tiene una visión y la anuncia. Hombre sabio, fiel a la ley de la Torá, que no se vincula con una cuestión metafísica celestial ni con un poder de otro orden.

Es alguien que obra con justicia en la tierra y entre los hombres como un hombre, hijo del hombre. Hace el bien, se conduce rectamente y encarna con sus actitudes los valores que pregona.

Estos aspectos se observan en el modelo jesuita de liderazgo de Bergoglio. También, la figura del rabí, del maestro, pero alguien que no enseña para repetir la ley, sino para actualizarla en su contexto sin otro pretexto que volver a darle voz al verbo revelado para que aquello que vive de D-s en el texto no quede atrapado por las formas, sino energizado por la experiencia de lo vital y lo real. Revelar con el clamor de la verdad que anima la realidad actual con espíritu profético.

En esta dimensión, Jesús, como maestro judío, no solo ejerce un magisterio rabínico, sino que encarna, de forma revolucionaria, el espíritu profético de la escritura y lo traduce en acción la denuncia ante la corrupción del poder, y ofrece un camino en el amor para retornar a D-s y a los hombres en el servicio. Rabino que no se aferra a la forma ritual de la ley, sino que la vuelve a elevar en su plena vigencia espiritual para afirmar que no viene a abolir la Torá, sino a llenarla de espíritu, fiel a las enseñanzas de los Profetas de Israel. Nada más cercano, para mi tiempo y mi lectura del texto de mis días, que encontrar el eco de esta aproximación en Bergoglio, a quien adopto como rabino por elección, al encontrar que en el camino de mi Jesús judío recuperé dos mil años después la huella de una tradición rabínica y profética en el cardenal primado de la ciudad donde vivíamos.

Esa integridad entre lo que se dice y lo que se hace, el ejemplo, el “gesto” del que tanto hemos leído y escuchado los días posteriores a la asunción de Francisco, en la tradición judía se asume con la denominación “este es un justo, es un santo y es un maestro”. Desde esta base del liderazgo de nuestros maestros que encarnaban la virtud en la acción, en la que sus vidas eran textos de Torá, de revelación, de traducción de los mandamientos de D-s en prácticas concretas y cotidianas entre los hombres, se armaron comunidades, movimientos, escuelas de interpretación, seminarios, órdenes, corrientes, denominaciones.

El cristianismo se funda sobre este paradigma en las primeras comunidades, que seguían a un maestro, que era rabino, que predicaba, enseñaba y difundía su Torá en las sinagogas. En el paradigma de un rabino con magisterio profético, revolucionario por su evolución, innovador por actualizar en su tiempo una escuela de interpretación, carismático por su proximidad a la gente que tenía sed de autenticidad, verdad y redención, todos entendemos hoy cómo los textos que anuncian su buena nueva ya no son registros históricos de una verdad, sino una verdad espiritual trascendente que ningún texto puede registrar en su totalidad, sino dejar huella de un camino existencial que es la verdadera revelación.

“Yo soy el camino, la vida, el amor y la paz”. No hace falta ser rabino, ni maestro, ni Jesús, ni Cristo, para entender que es esto lo que se nos propone que seamos cada uno de nosotros. Ser instrumentos de la misma redención mediante la participación que tenemos en el cuerpo mesiánico y en comunión fraternal al no esperar a otros, sino de ser nosotros el camino. Es en este lugar que, así como otros discípulos que compartieron el camino, la mesa, la oración, la predicación, el servicio y el magisterio, podremos llamarnos “apóstoles”, no por la cercanía afectiva personal o el anecdotario, sino por el compromiso asumido en hacer iglesia, es decir, en salir a difundir la buena nueva de quien fue nuestro maestro y hoy es el Papa de la gente, el párroco del mundo, el obispo de Roma, pero el Jorge Mario de siempre.

Como Jesús, que aun siendo Cristo, el anunciado Mesías por el cristianismo, nunca dejó su cercanía de ser humano para todo hombre y para todos los hombres. Francisco como Papa no abandona al Bergoglio que dentro de nosotros llevamos. En su nombre escribimos hoy un evangelio según Francisco, la buena nueva de aquello que saldremos a enseñar, observar y cumplir para elevarlo como ejemplo y no para idolatrarlo.

Ese trabajo de recuperación de un Jesús judío, que no solamente era judío para dar origen a una religión que se inicia con él transformado en Cristo, es el que habilita a los que creemos que no tenemos que hablar de una reivindicación, ni de una apropiación, ni de un derecho de autor o de patente de quién es. Lo que tenemos que hacer es una recuperación para compartirlo en términos de volver a dialogar sobre ese común denominador. Cuando digo volver a dialogar sobre ese común denominador, me refiero a plantearlo como patrimonio espiritual del tronco común y a abrir las múltiples interpretaciones de cómo lo vivimos, cómo lo entendemos, cómo lo continuamos, cómo lo procesamos cada uno desde su diferencia, asumido ya como común al tronco del monoteísmo ético y de la tradición abrahámica.

Es un punto de anclaje de base argumental muy relevante, porque algunos materiales migran al Jesús histórico, entonces, Jesús evidentemente era judío, porque nació judío, porque estaba entre judíos. No es esa mi aproximación en este contexto.

El Jesús judío no es el Jesús histórico. Aquí el abordaje no es historiográfico ni académico. Tampoco es fuente de un debate teológico. Ni la visión apologética reivindicativa, que sostiene que el auténtico Jesús es judío y que la cristología es un desvío del Jesús histórico, separándolo de la creación de una nueva religión. Ni la indiferencia o hasta el rechazo en desconocerle todo vínculo con las fuentes judías, su función rabínica y su predicamento revolucionario en el seno de un judaísmo polifónico de su tiempo histórico.

Se trata de una síntesis posterior a los primeros dos milenios con la intención de reconsiderar las bases de un nuevo tiempo en el que volvemos a afirmar que lo que tenemos en común supera lo que nos diferencia, sin que tengamos que cancelar, disimular o negar que no somos iguales cuando decidimos ir juntos hacia el mismo lugar. Es aquí donde el crecimiento espiritual supera la triste historia de desencuentros que las instituciones no supieron administrar y en nombre de nobles principios, se cometieron atrocidades, se derramó sangre y se propiciaron el odio y la violencia.

En este punto es que ya aprendimos de este pasado no olvidado pero superado en un nuevo orden espiritual en el que judíos, cristianos y musulmanes nos sumamos a otras culturas y tradiciones espirituales más diversas y junto a los no creyentes también, podemos convocar a una humanidad que recupere, entre otros, a un Jesús que nos convoca y nos reúne. Juntos en valores comunes que nos dan unidad y diferentes en nuestras identidades que nos enriquecen con diversidad. Claramente, religiones ya instituidas que afirman los propios fundamentos, pero rechazan los fundamentalismos excluyentes que le niegan a cada religión su verdad como un absoluto que se pretenda imponer y elevándonos de la confrontación por la razón al encuentro en amor fraterno que hace posible el respeto recíproco de vivir coexistiendo cada uno en su verdad, dejando vivir a los demás en la propia. Un absoluto que, como creyentes, dejamos en D-s para asegurar también en Él que nadie, en la limitación de la subjetividad humana y en la libertad de nuestras creencias, podrá apropiarse de una única verdad y reemplazar búsquedas terrenales y humanas de verdad por aquella que, celestial y divina, quedará por siempre blindada al misterio inefable de la Divinidad, origen y destino de lo creado, hoy en manos de sus criaturas que desde la multipluralidad espiritual siguen revelando su visión y escuchando vocacionalmente en servicio su voz.

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1 Readers Commented

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  1. Diácono Roberto on 10 diciembre, 2013

    «El Cristo en gloría que esperan los cristianos y el Mesías que aguarda Israel es la misma persona» (Comentario de un Rabino en Off)Saludos Diácono Roberto

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