Marco Politi, uno de los vaticanistas más importantes del mundo, escribe en el periódico Il Fatto Quotidiano y es autor de importantes biografías de Juan Pablo II y Benedicto XVI. En esta entrevista analiza el primer año del pontificado de Francisco desde la perspectiva europea.

Uno de los hitos que señala el reconocido vaticanista italiano Marco Politi al analizar el primero año del papado es que Francisco es el primer papa de la época moderna que proviene de una metrópolis: “Pablo VI, Juan XXIII, Wojtyla y Ratzinger nacieron en ciudades de provincia o en pequeños pueblos”, afirma. Y también es el primero en haber tenido frente a sí la complejidad de una metrópolis, “con sus tensiones, el encuentro de

culturas diferentes y también los desencuentros y los problemas de una gran ciudad”.

Sé que está escribiendo un libro sobre este Papa y que en su visita a Buenos Aires ha entrevistado a diferentes personas, al rabino Abraham Skorka, algunos jesuitas, y que conoció también la Villa 21… ¿Qué impresiones se lleva?

–Para juzgar la peculiaridad de Francisco en Roma a menudo dicen que es cuestión de entender su carácter personal. Pero estando aquí comprendo que viajar en subte o una hora en colectivo sistemáticamente, como lo hacía él para ir hacia esas periferias de las que habla, significa poseer un abordaje completamente diferente del que tienen muchos jerarcas de la Iglesia católica que, incluso de buena fe, se ocupan de los estratos sociales desheredados, de las injusticias, pero que luego viajan en coches de lujo con un aparato de poder completamente diferente de la opción franciscana que ha hecho Bergoglio. He visto que en Roma, en los primeros días después de su elección, algún prelado de la Curia se presentaba en los talk-shows de televisión sin llevar la cruz de oro; ahora se han “normalizado”, casi como si hubieran pensado: “Dejémoslo hablar un rato y después cada uno sigue su vida de siempre”. En cambio, recorriendo esta ciudad tan grande y variada, y con desequilibrios, como también tiene Buenos Aries, se comprende que la opción de viajar en subte o colectivo no es una extravagancia personal sino una opción estratégica. El gran interrogante es comprender si la Iglesia universal estará dispuesta a una conversión como la que pide Bergoglio.

Usted señala que Francisco supo ganarse de entrada a los romanos en la plaza San Pedro…

–En el momento del primer saludo de un Papa hay en la gente tanta emoción que normalmente todos los romanos presentes y los peregrinos aplauden y festejan. Sin embargo, yo siempre me he dejado llevar por el instinto popular y, en efecto, una semana después una peregrina de Umbría me dijo: “Este Papa realizó ya tres cosas fundamentales, en el momento en que dijo buona sera se puso en el mismo nivel de su auditorio. Y cuando pocos días después abrazó a un muchacho paralítico, lo hizo físicamente y demostrando no tener miedo del dolor. Y cuando deseó a la multitud buon pranzo demostró comprender que para muchas personas poder almorzar es hoy un problema”. Y este es un gran cambio.

¿Cuáles son los mayores desafíos que deben afrontarse?

–Tengo la impresión de que Francisco se ha impuesto objetivos que muchos de los cardenales electores no esperaban. Él fue elegido sobre la base de un programa y de exigencias muy claras, y de alguna manera bastante simples: tener una Curia romana más ágil, menos impositiva; hacer limpieza en el banco del Vaticano; crear un poco de colegialidad, es decir, consultar un poco a los obispos de todo el mundo y, sobre todo, al  colegio cardenalicio. Francisco, como Juan XXIII, que sorprendió a todos convocando un concilio, está yendo más allá. Porque él quiere desarmar esa estructura de monarquía absoluta típica sobre todo del catolicismo de los últimos mil años, y en particular después del concilio de Trento; quiere encaminar una descentralización, otorgarles competencia incluso doctrinaria a las conferencias episcopales, llevar a las mujeres a una posición de autoridad en puestos de decisión. Y también un abordaje nuevo a las cuestiones de relación de los fieles cristianos en el campo del matrimonio, y en el complejo campo de las relaciones homosexuales. Sobre todo en la Evangelii Gaudium pide un fuerte cambio en el clero: que no sea doctrinario, teológico, mundano, burocrático… Son todos objetivos muy grandes y en este momento, como observador externo, veo que hay muchos aplausos a su alrededor pero también una notable inercia en las conferencias episcopales.

¿Piensa que este Papa se ha propuesto un programa de algunos años y eventualmente podría también renunciar?

–Con su renuncia, Benedicto XVI realizó un gesto revolucionario. Pienso que tenemos que estarle agradecidos por su sentido del deber, tan alemán, y al mismo tiempo muy espiritual. Él comprendió que la Iglesia necesitaba un cambio profundo. Sin ese gesto de Benedicto XVI hoy no tendríamos a Francisco. Al mismo tiempo, su renuncia redimensionó la figura papal: ya no se trata de un ícono que representa a Dios en la tierra y es perdurable hasta que su muerte, para recién entonces ser sustituida, sino que puso de manifiesto la estrecha relación entre persona y servicio. Para decirlo con lenguaje bíblico: el siervo fiel se retira y le deja el espacio a otro siervo. Está muy difundida en Roma la sensación de que Benedicto XVI ha inaugurado el período de los pontificados con fecha de conclusión. Ya en momentos del cónclave, el cardenal nigeriano Anthony Okogie, arzobispo emérito de Lagos, decía que no había que maravillarse si el próximo papa se retirase a los 80 años, edad en que los cardenales dejan de ser electores. Yo creo que Francisco, de manera muy realista, podrá tener pontificado activo de, por ejemplo, unos diez años. Él se demuestra dispuesto a renunciar el día en que físicamente no tenga la plenitud de sus fuerzas. Y nosotros sabemos que diez años en la historia de la Iglesia son sólo un parpadeo. Creo que él sabe que debe actuar rápido. Me parece que el próximo quinquenio será fundamental para comprender cuántos y cuáles cambios pueden hacerse.

Teniendo en cuenta los artículos e incluso libros que escribió sobre Benedicto XVI y Juan Pablo II, ¿cómo evaluaría a Francisco frente a estos dos predecesores tan importantes?

–Francisco retoma la amplia visión geopolítica del papa Wojtyla, como pudo apreciarse en su intervención para evitar la guerra en Siria, y retoma también la audacia de proponer nuevas soluciones, al menos al afrontar temáticas nuevas, como la de la mujer en la Iglesia. Creo importante señalar que ha citado la encíclica Ut unum sint de Juan Pablo II para invitar a una revisión del rol del papado; y que ha citado el documento de Ravena de 2007 suscrito por una comisión pan-ortodoxa y católica, ésta última encabezada por el cardenal Walter Kasper, en el cual por primera vez los ortodoxos reconocieron el primado del obispo de Roma, al tiempo que pedían que fuera ejercido en el ámbito de la sinodalidad. Se trata de un documento muy importante, nunca mencionado por Benedicto XVI en público, pero que sin embargo Francisco citó explícitamente en la entrevista de la revista La Civiltá Cattolica. Sabemos también que Francisco estima enormemente a Benedicto XVI por su estatura espiritual e intelectual. Él quiso, desde el principio, tener una relación fraterna, afectiva y casi parental con el Papa emérito; al tiempo que Benedicto supo guardar absoluta discreción y obediencia, tal como antes de retirarse había prometido que haría frente a su sucesor.

¿Cuál le parece que es el punto esencial en las relaciones ecuménicas e inter-religiosas?

–Todavía no contamos con grandes gestos o declaraciones en ese sentido. Sí con esta cita importante en lo que se refiere a la relación con los ortodoxos. Sin embargo, en la biografía de Bergoglio hay un elemento peculiar. Hasta ahora habíamos conocido el documento conciliar Nostra aetate sobre la relación con los judíos. Una gran novedad a fines del siglo XX era contar con un Papa polaco que tenía amigos judíos: algunos de la infancia, algunos que murieron en Auschwitz, otros que fueron a fundar el Estado de Israel… En Bergoglio tenemos el aspecto biográfico fundamental de un profundo vínculo que él supo construir en Buenos Aires con la comunidad judía, especialmente con el rabino Abraham Skorka. Es decir, no se trata de una amistad nacida en el infancia sino de una amistad forjada en el seno de una metrópolis cosmopolita como es Buenos Aires. Este dato constituye una novedad: se trata de una relación que no es de conferencias y debates sino humano-teológica, donde la convergencia de dos personalidades demuestra un profundo respeto por las tradiciones religiosas de ambos y una decidida voluntad de colaborar juntos. Este es un ejemplo importante de cómo pueden crecer las relaciones judeo-cristianas en el siglo XXI. Contemporáneamente me parece comprender que en Buenos Aires se han realizado a menudo iniciativas concretas donde se reunieron judíos, cristianos, musulmanes y no creyentes. También ésta es una experiencia de laboratorio de convergencias prácticas de solidaridad que pocos dignatarios de la Iglesia católica en el mundo tiene.

–Como observador equidistante y no comprometido con la religión, ¿cómo se le presenta la Iglesia en los próximos años?

–Este Papa está mostrando libertad al afrontar los problemas entre la fe y el mundo moderno. Muchos ahora lo llaman el párroco del mundo porque no se presenta como un pontífice sacro. Yo advierto otros aspectos importantes: por su modo de hablar -él lo hace casi siempre a través de parábolas- parece un discípulo de Jesús transportado al hoy. Se presenta como alguien aún enamorado de la buena nueva de Jesús. Un teólogo italiano, Gianni Baget Bozzo, dijo, de manera muy aguda, que hoy la situación del cristianismo es como la del tiempo de Jesús ya que vivimos sumergidos en un gran pluralismo de religiones, de filosofías, de corrientes espirituales… no  existe la hegemonía de una religión o de una fe. Y creo que Bergoglio se coloca en este cruce de una sociedad pluri-creyente, con múltiples religiones y filosofías, y habla como un discípulo de Cristo. Cuando dice que en una calle, a pocos metros del palacio apostólico, en via Ottaviano de Roma, murió un anciano y nadie se ocupó de él, habla el lenguaje de la realidad. Precisamente días atrás murió de frío un clochard a pocos pasos de la columnata de Bernini. Puede decirse que el Papa actual percibió y previó una realidad verdadera que no afronta de manera cerebral sino existencial. Y esto impresiona mucho en Italia a los creyentes católicos y no católicos, y a los que se dicen no creyentes pero que aprecian los valores humanísticos.

¿Qué impresión tiene de la recepción del Papa en otros países europeos?

–En toda Europa Francisco alcanza un consenso altísimo y ha sido el personaje del año. En todo caso, el problema es ver si en los próximos años el aparato eclesiástico, que abarca centenares de obispos y miles de sacerdotes y numerosas órdenes religiosas, sostiene sus propuestas. Porque las reformas en la Iglesia siempre fueron sustentadas por un movimiento de masa: la reforma gregoriana contaba con los monjes, el Concilio de Trento tenía una serie de obispos reformadores, el Concilio Vaticano II sumaba la mayoría favorable de los padres conciliares. Hoy, en cambio, estamos por entender cuál es la masa de partidarios de Francisco que pueda sostener sus reformas. Esto constituye un interrogante.

¿Se lo verá en el sínodo sobre la familia?

–Me parece que el diseño del sínodo expresa muy bien las estrategias de Francisco. Desde el primer día tuve la impresión de que él nunca anunciaría sus reformas desde las ventanas de San Pedro, porque quiere crear un mecanismo colegial donde tomar las decisiones renovadoras. El camino del sínodo, que comenzó con la gran encuesta sobre la familia, seguida de una cenáculo que analizará el problema en 2014, para luego convocar en 2015 un sínodo ordinario que tome decisiones, expresa la idea de Francisco de querer crear por primera vez un mecanismo participativo, eficaz y permanente en el vértice de la Iglesia católica. Si lo logra, habrá dado un paso adelante, más allá de lo que puedan ser sus éxitos inmediatos.

Seguramente habrá advertido, conversando con tanta gente, que el perfil de Bergoglio convertido en papa cambió la fisonomía del arzobispo porteño…

–Sí, encuentro muy interesante que aquí todos observaron ese salto de calidad acontecido en su personalidad en el momento de la elección. Francisco tiene una comunicación con las muchedumbres y con la opinión pública absolutamente mayor de la que podía tener en Buenos Aires. Al mismo tiempo, creo que acierta el viejo dicho alemán que asegura que las personas crecen con sus cargos. Hoy Francisco se siente libre de anunciar, incluso desde un punto de vista teórico, muchas de las cosas que él ya hacía en la práctica como arzobispo y que no encontraba cómo enunciarlas para no desentonar.

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