“Tardará mucho tiempo en nacer, si es que nace, un andaluz tan claro, tan rico de aventura. Yo canto su elegancia con palabras que gimen”. Los versos de García Lorca, que él recitaba como pocos, se aplican ahora a su propia persona. Sólo que no era andaluz, sino argentino, de una sencillez suburbana.

Fue uno de los actores más grandes, sino el mayor, y, paradójicamente, más humilde de nuestra escena. Concentrado en su arte, nunca pensó que hubiera alcanzado la cumbre. Para él, “quien ya creyó encontrar lo que busca, es que buscó poco”. Dueño de una regia estampa, voz de seductora angustia y enorme energía, transitó más de 60 años de espectáculo nacional hasta que la salud empezó a abandonarlo, y, por primera vez en su carrera, debió abandonar la obra que estaba dirigiendo. Queda el ejemplo de su dedicación, ya que no de su estilo, caracterizado por un clasicismo tan inactual como inalcanzable y maravilloso.

Queda también, y ha sido siempre destacado, el ejemplo de su buen carácter. Atento con todas las personas, discreto, respetuoso, agradecido, humorista fino, ajeno a las burlas, envidias y mezquindades propias del ambiente artístico. El día que lo velaron en el Salón de los Pasos Perdidos (un honor que pocos artistas populares alcanzan), a un lado estaban las flores de Julio Bocca, al otro las del Maipo. En las esquinas, grandes coronas del Intendente de la ciudad y la Presidente de la Nación. Más allá las de amigos y colegas, empezando por Mirtha Legrand de Tinayre. Las de decenas de teatros y asociaciones, y también las de organizaciones inesperadas, y hasta una, ostentosa, de un senador rockero que difícilmente haya ido alguna vez a verlo al teatro, pero no importa. Lo importante fue la multitud de gente común que hizo fila apenas se supo el lugar de velatorio, y que siguió hasta el otro día; aquel viejito anónimo que se detuvo al lado nuestro con un ramito de flores blancas, una sonrisa tierna y un montón de recuerdos de diferentes actuaciones. “Era perfecto”, murmuró un par de veces, antes y después de dejarle las flores. Lo importante fue la despedida que le brindó el personal del Teatro San Martín en la vereda, los aplausos de la gente a su paso por las calles rumbo al Panteón de los Actores.

Lo hermoso es que haya existido, haberlo conocido, disfrutar el recuerdo. Seguir alguna de sus buenas sendas, si es posible.

Alfredo Félix Alcón nació el 3 de marzo de 1930 en Liniers. Se crió entre Liniers y Ciudadela, tempranamente huérfano de padre, pero afortunadamente protegido por los abuelos, la madre, obrera de una fábrica de medias, que le transmitió el gusto por el teatro, y el padrino, que lo entusiasmó en la lectura de los clásicos. “Vivíamos apretados pero bien”, evocaba el actor.

A los once ya reunía a sus compañeros de juegos y les leía con énfasis contagioso algunas escenas truculentas de Shakespeare, sin saber que eso se llama teatro leído, ni imaginar siquiera que ese énfasis habría de caracterizarlo de por vida. Después empezó el Colegio Industrial, hasta que su madre supo de la existencia del Conservatorio Nacional de Música y Arte Escénico, y lo alentó a dar el examen de ingreso. Total era gratis. Así, a los 14 años, se convirtió en el alumno más pequeño de su camada. “Las chicas no querían hacer ejercicios escénicos conmigo”, recordaba. Pero Antonio Cunill Cabanellas, el director, le fue tomando aprecio, hasta hacerle integrar su propia compañía. Así empezó profesionalmente en la temporada de 1950, con la pieza de Román Gómez Masía “La isla de la gente hermosa”.

Para entonces, aquel alumno más pequeño había pegado el estirón y empezaba a desarrollar una voz recia y seductora, aunque no siempre aprovechada para la seducción: su primer empleo formal fue como locutor de noticias del Mercado de Hacienda en Radio del Estado (luego Radio Nacional). Pero ahí terminó integrando el elenco estable de “Las dos carátulas”, un radioteatro unitario que hizo época, ejemplo de difusión de las grandes obras nacionales y universales.

Luego se fogueó en España haciendo una temporada en la compañía Luis Prendes (Zorrilla, Priestley, Deval, etc.); protagonizó su primer radionovela, El precio del amor, con Julia de Alba, por El Mundo; actuó en el Smart a las órdenes de Juan Carlos Thorry; participó en programas de teatro de José Cibrián por el primitivo Canal 7 (todo en vivo y en directo); y en 1955 entró al cine haciendo pareja con Mirtha Legrand, primero en un episodio de El amor nunca muere, de Luis César Amadori (ese donde ella encabeza un almuerzo), y enseguida en La pícara soñadora, de Ernesto Arancibia, con libreto de Abel Santacruz. Ya era un galán de cine y radionovela, y al mismo tiempo estaba en el teatro haciendo Las manos sucias, de Sartre.

El resto fue continuo perfeccionamiento, dedicación absoluta, intensidad inigualable, maestría única, modestia increíble y cotidiano respeto por el arte y los maestros. Encabezó radioteatros con Elcira Olivera Garcés, Beatriz Bonnet, Olga Zubarry, Violeta Antier, con quien hizo una antológica versión de Cumbres borrascosas en 1966, año en que también tuvo su propio programa televisivo, “El teatro de Alfredo Alcón”, por Canal 9 (lo siguió después en el 11). Allí hizo adaptaciones de O’Neill, Petit de Murat, García Lorca, Cossa, Pirandello, Camus, Fernández Tiscornia, incluso Hamlet, tres veces, en 1964, 1973 y 1981. Cinco Martín Fierro se ganó en los ’60 haciendo clásicos por televisión. Ya en estos tiempos, con otras reglas, compuso interesantes personajes en Vulnerables (año 2000, su último Martín Fierro) y Locas de amor, y aportó histrionismo a ciertas novelas que sólo pedían su nombre como soporte.

Lo suyo era el teatro. Su reino. Lope de Vega, Osborne, Abelardo Castillo (memorable Israfel, también en 1966), Valle Inclán, Arthur Miller, Beckett, Ibsen, Marlowe, Williams, el Lorenzaccio de Alfred de Musset, con Aldo Barbero y Rodolfo Beban en el Blanca Podestá, mucho García Lorca, mucho Shakespeare, al frente de grandes compañías o en recitales unipersonales, aquí, en España, Italia, Francia, en media Sudamérica, con “Los caminos de Federico” y “Shakespeare, todavía”, etc., etc., siempre destacando a sus directores (p.ej. Cabanellas, Alonso, Grasso, Alezzo, Kogan, Inda Ledesma, Lluis Pasqual sobre todo). En 1990 también se hizo director, con el unipersonal de Juana Hidalgo El caballito soñado. En ocasiones fue actor y codirector, como en Escenas de la vida conyugal, de Ingmar Bergman, que hizo durante tres temporadas seguidas con Norma Aleandro. Sus últimos trabajos fueron el intensísimo Rey Lear, a los 80 años, la comedia Los reyes de la risa (The Sunshine Boys) con Guillermo Francella, y Filosofía de vida, ya aprovechando una silla de ruedas, con Bebán y Claudia Lapacó.

Aparte, colaboraciones en programas didácticos como La orquesta por dentro, con el crítico Jorge D’ Urbano, para chicos que visitaban el Colón en 1977, aportes en off para diversas obras, la versión discográfica de El principito, otro disco recitando “El cuervo”, de Edgar Allan Poe, varios espectáculos con Julio Bocca y hasta un videoclip para “La canción del adiós”, de Los Nocheros.

En cine, tras El amor nunca muere (premio Revelación Masculina 1955) actuó en otros 50 títulos, con Mirtha (La pícara soñadora, Con gusto a rabia), Tita Merello (La morocha), María Vaner (Prisioneros de una noche), Graciela Borges (Zafra, Piel de verano, Pubis angelical), Thelma Biral (La maffia) y otra estrellas, hasta llegar a la escena culminante del drama hispano-argentino En la ciudad sin límites, ese encuentro con Geraldine Chaplin donde todo entre ambos se expresa con la mirada. También los ojos eran imponentes en Alfredo Alcón.

Otros grandes trabajos, sin agotar la lista, fueron Un guapo del 900, Los inocentes, Martín Fierro, Los siete locos, ¿Qué es el otoño? y El agujero en la pared, sus composiciones de  Diablo Gaucho en Nazareno Cruz y el lobo, actor silente en El amante de las películas mudas y viejo reblandecido en Cohen vs Rosi, sus participaciones como presentador en Un idilio de estación, o narrador en off en El oficio de amar (poesía de San Juan de la Cruz) y sobre todo en De eso no se habla, donde introduce al espectador en el tono exacto del relato, y lo despide con una exacta culminación. Su última labor para el cine fue, precisamente, dando la voz del Libertador, ya anciano, para el admirable documental de Areal Vélez El exilio de San Martín, en 2005.

Ninguno de esos trabajos, ni los muchos elogios y premios, lo envanecieron. Al contrario, replicaba con anécdotas que lo dejaban mal parado: la crítica de un autor prestigioso (“parece un soldadito”), el disgusto de un actor especialista en personajes viriles cuando supo que él iba a hacer Un guapo del 900, el miedo a los caballos en las películas épicas (Martín Fierro, El Santo de la Espada, Güemes, la tierra en armas, tres éxitos populares) o la réplica de Torre Nilsson cuando Alcón le preguntó cómo componer la figura de Ecuménico López: “Mientras no te salga como Groucho Marx, hacé lo que quieras”. También confesaba, a veces, su ingenuidad política. Famosa, aquella vez en que los actores fueron a pedirle a López Rega por la vida de unos compañeros y éste se mostró tan hipócrita que Alcón dijo a la salida “En vez de un ministro encontramos un amigo”.

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