Una observación frecuente por parte de esta revista es que sucesivos gobiernos, la clase dirigente, el establishment y la sociedad civil dieron a lo largo de los años diversas muestras de desinterés en la política exterior. Un ejemplo de los últimos años, notorio, fue la decisión de un Presidente de negarse a recibir, a lo largo de su mandato, las cartas credenciales de los embajadores extranjeros. A lo largo de sus 85 años de vida, Criterio se ha ocupado incontables veces de la evolución de la situación internacional y las relaciones de la Argentina con el mundo. En particular sobre la cuestión de las Islas Malvinas, fue constante la posición favorable a una solución diplomática y no bélica. Y su condena a la cuasi guerra con Chile, evitada a último momento por la intervención vaticana.

Ello explica, al menos en parte, un problema que viene de muy lejos: la ausencia de una política exterior continuada y coherente. Tal vez no se ha tomado debida conciencia del grave daño que ese desinterés ha causado –y causa aún hoy– a los intereses permanentes del país.
Más que hablar de “nuestra” política exterior, deberíamos referirnos a las sucesivas políticas que cada administración, y a veces cada canciller dentro de una misma administración, han ejecutado en los hechos. La mayoría de los gobiernos que se sucedieron en los últimos 70 años ha cedido a la tentación de creer que, en esta materia, la historia comenzaba con su propia inspiración.

No obstante, en Criterio no han faltado comentarios elogiosos respecto de decisiones que se consideraron acertadas, como la atención por la diáspora argentina, la superación de los entredichos limítrofes, la política nuclear con Brasil y el despliegue de fuerzas argentinas en las operaciones de mantenimiento de la paz. Cabría también poner de relieve la justa y eficaz gestión diplomática y jurídica que llevó a la solución dada al embargo de la fragata Libertad, más allá de las circunstancias que llevaron a su bloqueo en Ghana. Este resultado, por otra parte, se inscribe en la valiosa tradición jurídica internacional de la Argentina, muy reconocida y a veces maestra de principios que trascendieron el ámbito regional.

Pero, en líneas generales, la gestión kirchnerista pone con frecuencia el acento en la actitud conflictual con la que se encararon las relaciones exteriores, aún con países a los que nos une una amistad estrecha e intereses comunes, como Uruguay. Como contrapartida, han sido privilegiados algunos socios circunstanciales basándose en criterios y prácticas objetables, más que en intereses definidos por una visión de largo plazo, con el respaldo de un amplio consenso interno.

Es cierto que el actual Gobierno ha sostenido el pathos que mantiene vigente el ideal integrador regional. Sin embargo, lo hizo de una manera que privilegió el enfoque sesgado sobre quienes, a su juicio, son los buenos y los malos en el mundo, y una vinculación preferente con los liderazgos personalistas y populistas. Aun el énfasis por los derechos humanos se llevó adelante con actitudes no siempre coherentes, según se tratara de países como Guinea Ecuatorial, Cuba o Irán. Al anterior Gobierno de este último país se le obsequió gratuitamente la credibilidad de la Justicia argentina, al acordar la creación de una “Comisión de la Verdad”, que daba por supuesto era algo que la Argentina no estaba en condiciones de proporcionar. La reciente crisis de Ucrania, que encontró a nuestro país ocupando un sitio no permanente en el Consejo de Seguridad de las Naciones Unidas, fue objeto de actitudes incoherentes en sucesivas votaciones. En otro ámbito, se pasó del constante denuesto al FMI a pedir su asesoramiento para la elaboración de un nuevo índice estadístico, como si la Argentina no hubiera tenido desde hace años capacidad técnica de excelencia en la materia. Ello no se explica sino por haber faltado a la verdad estadística durante años. Además se sumaron distorsiones en el comercio exterior inducidas desde la gestión arbitraria de un funcionario de antología circunstancialmente a cargo de la Secretaria de Comercio. Se inscribe también entre las contradicciones el hecho de que, sin dejar de proclamar un relato libertario y progresista, el Gobierno se haya abstenido de denunciar las decenas de acuerdos de protección de inversiones firmados durante la denostada gestión menemista.

A pesar de los indicios de muy recientes cambios en la orientación de la política económica y financiera, los efectos generados en el frente externo por decisiones principalmente de los dos mandatos de la actual Presidente dejan un lastre pesado para descargar en el futuro.

Debe sin embargo distinguirse entre las nociones de política exterior y de diplomacia. Desde hace 50 años la Argentina cuenta con una diplomacia calificada, predominantemente  profesional, surgida de la práctica de ingreso por concurso a la carrera y la creación del Instituto del Servicio Exterior de la Nación. Según nuestro ordenamiento constitucional, la diplomacia tiene por cometido llevar a cabo las políticas que decide el Poder Ejecutivo; pero éste raramente atiende las observaciones y recomendaciones que surgen de la visión de los expertos. La actual administración, por otra parte, se ha caracterizado por designar en funciones de responsabilidad diplomática a no profesionales y a diplomáticos profesionales sin suficiente experiencia, trastocando además  la estructura jerárquica propia del área y desarticulando así un ámbito de importancia estratégica para el Estado.

Al aproximarse en 2015 el fin del ciclo kirchnerista, y en el marco del Bicentenario de 2016, es oportuno poner de relieve la cuestión de la política exterior, tema que tendrá a su cargo el siguiente mandato cuadrienal.

El mundo se caracteriza por una estructura de poder dinámica y plural, tanto desde el punto de vista político, como militar y económico. Se ha producido un redimensionamiento del papel global de los Estados Unidos, junto al desplazamiento del foco de atención internacional hacia el área del Pacífico, mientras subsisten las tensiones de la prolongada e irresuelta cuestión de Palestina y en regiones de África asoladas por el terrorismo. La crisis de Ucrania mostró una Unión Europea debilitada, que no ha creado todavía una alternativa eficaz a su dependencia energética del exterior ni una política de defensa común. Todo ello recuerda que la globalización no representa en modo alguno el fin de la historia y que no deben entonces excluirse en el futuro nuevas hipótesis de conflicto.

En nuestra región, surge una nueva Alianza del Pacífico mientras el Mercosur parece haber frenado su dinamismo original. El ALBA no superó la pérdida de la personalidad convocante de Chávez, al tiempo que el agotado modelo cubano ensaya una transición por el camino de una reforma económica, sin que se muestre todavía un marco político con sustentación democrática. Brasil, mientras lidera una política sudamericana, integra el BRICS, con Rusia, India, China y Sudáfrica, como corresponde a un país consciente de sus intereses globales.

En el caso de la Argentina, somos parte activa de la región de América del Sur, donde están nuestros vecinos más inmediatos, pero al mismo tiempo formamos parte de América latina, donde compartimos lazos culturales, económicos y políticos que llegan a México y el Caribe. Finalmente, somos también americanos junto con los americanos del Norte, países que desempeñan papeles de significación en los campos de la economía, las finanzas, la seguridad y la cultura contemporánea.

Pero nuestros intereses no se agotan en la geografía continental. Podemos ser también actores globales. Nuestro interés y nuestra proyección están en el mundo entero, acercado por las asombrosas tecnologías aplicadas al transporte y la comunicación. Todo el mundo debe interesarnos. En la medida de nuestras posibilidades, debemos involucrarnos en todas las cuestiones y con todos los actores. La visibilidad incrementada que la Argentina recibe a partir de la elección de Francisco representa también una responsabilidad adicional que debe ser asumida cabalmente.

Por otro lado, a lo largo de estos años hemos podido percibir la estrecha relación que existe entre la política interior y la política exterior, donde la segunda es muchas veces tributaria de la primera. Que la Argentina sea un país naturalmente dotado para ser un importante productor de alimentos no quiere decir que deba centrar su desarrollo como exportador de materias primas. En los hechos, la sofisticada tecnificación en la agricultura producida en la última década permitió incrementar sus niveles de producción y exportación, creando las condiciones para equilibrar el aparato productivo con componentes industriales y de servicios de avanzada. En este sentido, cabe destacar el impulso dado en los últimos años desde el Estado a la investigación científica y técnica, incluyendo el capítulo de las actividades espaciales, con importantes aplicaciones para la producción y el medio ambiente.

De allí que, al colocarnos en la perspectiva de los años que vienen, deberíamos tomar conciencia de la necesidad de ocupar y explotar efectivamente el espacio nacional, que incluye nuestra vasta plataforma continental marítima, la Patagonia y el control del espacio aéreo.

En un artículo de 2006 Criterio propuso debatir la política exterior. La invitación sigue abierta. Esta revista desea por lo tanto alentar a los dirigentes de todas las fuerzas políticas a que encaren un estudio en profundidad sobre las tendencias vigentes en el panorama internacional. También un diálogo para alcanzar consensos en torno de las grandes líneas de una política exterior para los próximos años.

Hoy día se dispone de información permanente y actualizada sobre lo que ocurre en la sociedad, la economía y la política de todo el mundo. Actuar en las relaciones internacionales como si esto no fuera así sería no sólo irresponsable sino contraproducente. En la vida internacional la coherencia con la verdad y la consistencia de las conductas están en la base de las relaciones. El mantenimiento de la confiabilidad y el prestigio del país son objetivos permanentes de toda política exterior. Será útil, en tal sentido, tener presente lo que afirmaba el canciller Zavala Ortiz, para quien entre los principales objetivos políticos de la política exterior debía incluirse “la afirmación de la moral y del derecho” en la vida internacional.

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  1. lucas varela on 17 mayo, 2014

    Señores del Consejo de Redacción,
    Este mismo mes de Mayo, el Señor Pedro Gopeguy escribe sobre la falta de una política de estado en relaciones exteriores. Su título es “Aislacionismo”, y hace una breve referencia histórica del porque no la tenemos.(hice un comentario al respecto). Esta simultaneidad de edición hace que sean inevitables las comparaciones.
    Da la impresión que al consejo de redacción le quedó “gusto a poco”, y se vió en la necesidad (de política interior?) de redactar algo sesgado y enfocado casi exclusivamente en el actual gobierno. Y estan en todo su derecho, pero no nos engañemos. Un título mas honesto para esta editorial podría haber sido “La política exterior del actual gobierno”. Y en tal caso, hubiera sido útil comentarla.

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