José Octavio Bordón, ex gobernador de Mendoza (1987-1991) y una de las figuras del justicialismo nacional, analiza la actualidad política de la Argentina y las perspectivas futuras en una conversación con el Consejo de redacción de Criterio, a fines del año pasado.

Además de disfrutar de sus cinco nietos –“Los hijos dan un sentido de responsabilidad, pero los nietos dan un sentido de trascendencia”, dice– José Octavio Bordón es miembro del Consejo Directivo del Consejo Argentino para las Relaciones Internacionales (CARI) y presidente del Consejo Asesor Internacional del Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC), está al frente del Centro de Asuntos Globales (CEAG) de la Universidad de Cuyo y, a nivel internacional, integra desde 1990 el Diálogo Interamericano en Washington. Además, desde 2010 tiene un emprendimiento vitivinícola. “No nací allí pero me enamoré de Mendoza cuando caminaba por los viejos caminos llenos de arboledas. Y ya como gobernador me gustaba decir que en el mundo, porque hay gente, desaparecen los bosques; en Mendoza, porque hay gente, hay bosques, si no sería un desierto”.
-Usted representó una esperanza política muy grande frente a Menem y luego, la opinión pública sintió una suerte de desaparición de su figura pública, tras lo cual hubo especulaciones de diversa índole.
-Muchas veces me pregunto hasta dónde hice bien al renunciar al Senado. Tomando a Max Weber, que destacaba el rol espiritual de la gente que toma un compromiso pero no tiene la responsabilidad de gestión, y por lo tanto basta con que esté sinceramente comprometida aunque no logre el resultado deseado, yo actué con la mejor buena voluntad, pero los resultados no fueron buenos. No puedo hablar de fracaso porque obtener el 30 por ciento de los votos sin dinero y sin tiempo fue un éxito; el problema es que no supimos administrar el éxito. En el caso de la renuncia a la banca hubo varias causas. La primera fue advertir que la obsesión por una elección de corto plazo era más importante que construir una alternativa, ya que ésta había sido la razón por la cual me había alejado de la estructura partidaria del Justicialismo: fue muy frustrante notar que empezaba a producirse el mismo fenómeno en el seno del Frepaso y luego en la Alianza. El segundo elemento fue sentirme incómodo al no poder ser una voz en el Congreso en el período de la campaña electoral. Si bien nadie me había regalado el cargo, ya que había trabajado muchísimo para reconstruir el Justicialismo mendocino, me sentí muy defraudado cuando le dieron mi lugar a Eduardo Bauzá, un hombre lejano al proyecto político que yo representaba. En definitiva, hubo un conflicto entre mi visión de construir el poder y la de algunos de mis socios del Frepaso de rápidas alianzas para contrarrestar al gobierno de 1999. En definitiva, mi renuncia al Senado no fue bien comprendida y por lo tanto fue un error político, aunque haya sido hecho con la mejor buena voluntad.
-En el marco de sus tareas en CIPPEC, está comprometido con “Argentina Debate” para coordinar un debate de los precandidatos presidenciales. ¿Por qué?
-Si no hay cambios muy profundos en la actual situación socio-económica y en el clima político en la Argentina es posible que tengamos que ir a una experiencia de coalición, con pocos antecedentes en nuestra historia. Lo que ha habido fueron ganadores importantes (Alfonsín, Menem, incluso Kirchner tiempo después de su asunción) que convocaron con distintos nombres (transversalidad, unidad nacional) desde la posición de poder, pero no es lo mismo que gobernar en una situación de relativas debilidades, lo que implicará un desafío muy grande en un contexto que no será favorable. Poder hacer un gobierno de coalición en un país que no tiene cultura ni experiencia en ese sentido (como sí sucede en Chile, Brasil o Alemania), va a demandar voluntad y coincidencias concretas en algunos temas que se consideren esenciales. El objetivo es que entre los candidatos se instalen temas fundamentales y con cierta cercanía a políticas públicas, lo cual podría implicar una mejor preparación espiritual, cultural y técnica para lograr, en poco tiempo, organizar los ejes programáticos de un gobierno de coalición, inclusive qué ministerios o instituciones podrían compartirse entre las distintas fuerzas políticas.
-Una de las fortalezas del Gobierno es que instala los temas de la agenda y la oposición no parece hacer lo propio. ¿Cómo ve usted el escenario político?
-El mayor hecho político después de la elección pasada es que el Gobierno no perdió gobernadores, intendentes ni legisladores, y ha ejercitado el poder en el Congreso, lo cual lo ha fortalecido. En 2001 y 2002 uno de los problemas clave, además de la herencia de los ’90 y el contexto internacional tan desfavorable en términos de precios relativos, era la sensación de que Fernando de la Rúa no estaba a cargo. Le pasó lo mismo a Alfonsín, pero por razones distintas. Sin embargo, no pasa con Cristina: nadie puede dudar de quién está ejerciendo el poder en la Argentina, para bien y para mal. E instala la agenda, incluso a veces superficial. Mucha gente quiere que Cristina se vaya, pero bien y no en helicóptero, y el Gobierno lo utiliza muy bien. Esto le genera problemas al sector de Massa, que tenía la expectativa de que después de quebrar al kirchnerismo en la elección, el malón de oportunistas sin convicciones se volcara a ellos. Massa ha logrado con mucha inteligencia y desparpajo no desaparecer ni retroceder en la escena, pero no avanzó. Por otro lado, la mayoría de los argentinos está cansada de que el peronismo siga gobernado, pero a la hora de elegir, vota a candidatos que lo han sido o se le parecen. Por otro lado, considero que hay un muy mal manejo de UNEN: llevaron bien la diversidad como proyecto común hasta las elecciones, pero no se avanzó desde ese punto. Todos hablamos bien de Ernesto Sanz, que para mí es el mejor legislador, pero es invisible a los ojos del elector y ha estado siempre presente. No crecen en las encuestas y la gente piensa que son buenos muchachos pero incapaces de ejercer el poder. El único favorecido es Mauricio Macri porque él claramente expresa la democratización y la mayor inserción social de un proyecto que era muy conservador y pro militar en el pasado, la UCD. Demostró que su segundo gobierno es mejor que el primero, en definitiva es el único “socialista” en serio porque aumentó los impuestos de manera grosera en los barrios más pudientes respecto del resto, descentralizó las zonas más humildes… En definitiva creo que habrá un espacio de segunda vuelta excepto que el Gobierno se deteriore mucho por sus propios errores, pero el kirchnerismo no puede ganar en esa instancia. La estrategia central de Cristina es mantener una buena imagen para irse razonablemente bien, reglamentar las elecciones de los legisladores del Mercosur y, como es distrito único, ir en la punta de la lista. Si saca 35 o 38 por ciento de los votos y el segundo saca 26 o 27, se va a considerar ganadora. Ella quiere repetir el esquema Bachelet-Piñera-Bachelet, pero no creo que Macri sea Piñera.
-¿Cómo recuerda su gestión como embajador en los Estados Unidos?
-Las relaciones han sido conflictivas desde el siglo XIX por la idea de sentir que nosotros éramos la otra potencia emergente, pero nunca se rompieron, ni siquiera durante el conflicto por Malvinas. Cuando asumí como embajador elaboré, y Néstor Kirchner lo entendió bien, una agenda que podíamos desarrollar entre los dos países. Ser embajador entre Kirchner y Bush no era cosa sencilla, pero fue muy positivo, sobre todo en la etapa en la que trabajamos con Roberto Lavagna. En el tema de la deuda, nosotros necesitábamos responsabilidades compartidas: además del Estado argentino también señalamos los organismos internacionales y la corrupción del mundo especulativo, que ponía en el portafolio de jubilados bonos en valor nominal que ya estaban dentro de lo que iba a ser un default técnico en los mercados. Tuvimos bastante apoyo de Bush en esto porque entendía el tema. Recuerdo una reunión que organizamos en la que estaban Pampuro y Rumsfeld; el funcionario norteamericano preguntó si íbamos a participar de las misiones de paz a Irak y Afganistán. Le aclaré en dos o tres frases que de acuerdo a nuestra ley sólo vamos en misiones de paz cuando tenemos resolución de Naciones Unidas y bajo su comando. En caso de Irak no podíamos ir porque nuestro Congreso no lo aprobaría, en el caso de Afganistán, si bien existía una resolución de la ONU, no había comando de Naciones Unidas; pero el ministro me autorizó a decirle que junto a Uruguay, Chile y otros países íbamos a estar en Haití. En la fiesta de Navidad que organizó el vicepresidente Cheney, se acercó Rumsfeld y me dijo: “Le quiero agradecer porque todo ocurrió como usted me dijo en la reunión, y lo quiero felicitar porque las tropas argentinas son las mejores en cuanto al comportamiento personal y profesional”. Conclusiones mías: cuando uno trata con países de semejante poder lo más importante es ser confiable y preciso, aún más que coincidir, porque ellos quieren saber con qué cuentan y con qué no.
-¿Cómo ve la relación actual con ese país?
-Hemos generado una cantidad de conflictos innecesarios que han agravado la relación bilateral. No coincido con la idea de que están en contra de nosotros, más bien creo que nunca saben qué vamos a hacer, entonces, por razones personales o políticas para cuidar sus cargos, no hay nadie dispuesto a arriesgar algo de su capital personal o institucional para hacer algo por la Argentina. Con el tema de los holdouts, si nos pusiéramos de acuerdo después de la RUFO, el Gobierno norteamericano nos puede ayudar si no tiene que pagar ningún costo. Pero si tiene que arriesgar poder político frente al Congreso, no lo va a hacer, porque desconfían. Por otra parte, me parece que también es un error de la oposición creer que el eje de la política exterior argentina debe ser recomponer las relaciones con los Estados Unidos. Para mí es más grave cómo manejamos algunas cosas con Chile y Uruguay.

-¿En qué sentido?
-Con Uruguay, teníamos más derechos en el conflicto por las pasteras pero lo manejamos como matón de barrio y no como un país diez veces más grande. Con Chile, donde el problema energético tenía que ver con costos y dificultades por errores nuestros de los ’90, en lugar de haber hecho lo que le prometimos a Ricardo Lagos, que era buscar una solución consensuada, provocamos un golpe político muy serio al decir que el gas iba a ser para los argentinos y no para los chilenos. Era distinto sentarse para balancear los esfuerzos. En definitiva, en el campo de la civilidad, recuerdo pocas gestiones más cerradas, más confusas y más negativas que ésta, y lamento tener que decirlo.
-¿Qué cambió de aquel primer gobierno de Kirchner al actual?
-Cuando tenía que defender al Gobierno en los Estados Unidos recurría a los ejes de responsabilidad que había puesto en marcha el gobierno de Kirchner: responsabilidad social, una estrategia económica productiva que la acompañara, una estrategia fiscal y macroeconómica responsable, responsabilidad institucional y responsabilidad internacional, incluida la renegociación de la deuda que terminó con 93 por ciento de aceptación. Hoy quedó la preocupación social y se cayeron a pedazos la responsabilidad productiva, la fiscal, la institucional y la internacional; ésta es la crisis que tenemos hoy.
-¿Cómo analiza las visitas políticas que recibe el papa Francisco desde el punto de vista de las relaciones internacionales?
-Me parece que, en cuanto pontífice, su tarea primera es olvidar las ofensas y perdonar empezando por su casa; si no, ¿qué autoridad moral puede tener para hacerlo en lugares lejanos, donde el conflicto ha sido objetivo y no con él? Considero que pública y espiritualmente para el Papa era importante mostrar que todo lo que tuvo que sufrir y soportar no lo llevó a extrañarse del Gobierno que los argentinos, equivocados o no, elegimos. Creo que recibió a tirios y troyanos como un gesto que demuestra que el Papa no es de nadie y es de todos. Yendo más a lo político, me parece que tiene un compromiso muy fuerte en pos de evitar que la Argentina culmine en un escenario caótico como el que vivió en otras oportunidades; porque si bien no hay voluntad golpista, sí hay elementos suficientes como para ir a una crisis severa por la tremenda polarización en la que estamos viviendo.
-¿En qué lo percibe?
-Se ve en las encuestas: el “muy bueno” es más alto que el “bueno”, y el “muy malo” es más fuerte que el “malo”; en situación de país normal no se da de esta manera. El mensaje del Papa a la Presidenta y la oposición es que manejen sus diferencias, discutan, polemicen, pero traten de mantener el tema bajo control. Algunos errores se han cometido, entre ellos, el manejo de las relaciones con los argentinos que vamos allá, pero debe ser muy difícil manejar tantas cosas importantes desde el Vaticano y, entre ellas, las locuras de los argentinos.
-¿Los temores de una posible desestabilización están fundados? ¿No cree que hay cierta estrategia de victimización del Gobierno? No hay que olvidar que la primera que utilizó el término “volar por los aires” superado un determinado índice de inflación fue la propia Presidenta.
-No hay ningún sector en el país que esté tratando de generar desestabilización pero coincido con que desde el Gobierno, por la personalidad de quien lo conduce y por la asesoría intelectual, hay una híper incentivación del conflicto. Yo creo que habrá una transición difícil pero razonable, aunque no descarto que la política de victimizarse pueda culminar en la concreción de lo que está en la cabeza de ellos.
-¿Cuál es el perfil productivo que debe tener la Argentina a futuro?
-Creo que algunas ideas en el origen del kirchnerismo fueron correctas, en el sentido de tratar de armonizar inversión y consumo, pero con el tiempo hemos pasado al desprecio por las condiciones para la inversión. Por otro lado, me parece que se manejó muy mal la crisis con el campo, que refleja un círculo virtuoso vinculado a una agroindustria muy desarrollada, donde la Argentina puede ser uno de los líderes en el mundo, y el valor revolucionario del conocimiento que tiene la producción agraria argentina. En este sentido creo que hace falta una mayor articulación con la sociedad del conocimiento y la producción de bienes y servicios. Además, no hemos tenido una estrategia de infraestructura y energía acorde con el crecimiento económico. En la actualidad no sólo no tenemos un buen balance energético sino que importamos energía y hemos hecho todo lo contrario de alimentar una matriz diversificada.

-¿Cómo ve la política exterior del país?
-No tenemos un proyecto global de país, por ende, tampoco hay una política exterior integral. Para la política exterior argentina, que está sin definir desde hace mucho tiempo, es importante imaginar una América bioceánica, y el rol de la Argentina es insuperable gracias a una serie de ventajas históricas que puede desarrollar en los campos de alimentos, biotecnología, misiones de paz, en el ámbito aeroespacial y en el uso pacífico de la energía nuclear. Y si la Argentina juega ese papel, mi provincia, Mendoza, puede sumar a la articulación con Chile y el Pacífico.
Versión de Romina Ryan

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