Síntesis de la extensa crónica redactada por el autor, quien acompañó al papa Francisco en su reciente viaje a Asia. “Hay que ir a Asia”, había dicho el papa Francisco el 28 de julio de 2013, durante la conferencia de prensa en el viaje de regreso a Roma después de la Jornada Mundial de la Juventud en Río de Janeiro. La geografía de sus viajes tomó como dirección privilegiada el Este del mundo: Tierra Santa, Corea, Albania, Turquía y, recientemente, Sri Lanka (ex Ceilán) y Filipinas (del 12 al 19 de enero).

Asia representa una tierra en la que los valores espirituales son considerablemente apreciados y donde reina un sentido religioso profundo e innato. Es también una tierra de fuertes tensiones y conflictos de carácter religioso, político y social; un continente de periferias y fronteras, donde vive una población mayoritariamente joven y con energías. Se trata de un continente en crecimiento caracterizado por la multiplicidad de sociedades, culturas y religiones.
Al Papa le gustan las situaciones que se expresan incluso de manera contradictoria y donde las tensiones exigen ser palpadas directamente. Él advierte que su liderazgo se pone en juego en los contextos de cambio. Además, en Asia el cristianismo es desde siempre minoritario y tuvo que confrontarse con otras grandes religiones y filosofías. No ha conocido las dinámicas heredadas del imperio de Constantino o de Carlomagno. Asia nunca fue una societas cristiana. En este sentido presenta el desafío de vivir e imaginar un cristianismo con formas históricas diferentes a las acostumbradas en Occidente. Por otra parte, es una tierra que conoció misioneros de extraordinario valor y muy apreciados por el Pontífice: Francisco Javier, Roberto De Nobili, y sobre todo Matteo Ricci, particularmente atentos a encarnar el cristianismo en diferentes culturas antes que imponerlo.
Con el Consistorio del 14 de febrero los cardenales asiáticos creados por Francisco son cinco. Por lo tanto, de los 125 cardenales electores, 14 son asiáticos y provienen de 10 países diferentes. En total representan el 11% del colegio cardenalicio, y están al frente de iglesias que en sus naciones por lo general no superan el 2 o 3% de la población. Según las estadísticas vaticanas más recientes, los católicos asiáticos son 134 millones, es decir el 3% de los habitantes del continente, pero el 11% de los católicos del mundo, el mismo porcentaje que los cardenales.
Al visitar Corea, Sri Lanka y Filipinas, el Papa ha querido animar pastoralmente a los países que cuentan con un porcentaje más alto de católicos. La Iglesia crece también en otras regiones: sobre todo en China, India y Vietnam (que pasó de tener 1,9 millones de católicos en 1975 a 6,8 millones en la actualidad). En Filipinas el porcentaje supera el 80% y el número de bautismos anuales es mayor que el de Italia, Francia, España y Polonia juntas. Son datos que indican cuánto está cambiando la geografía católica.
Sri Lanka: un mosaico y una Iglesia-puente
Fue la primera etapa del último viaje. En esa tierra conviven desde hace siglos cuatro grandes religiones: hinduismo, budismo, islam y cristianismo. El budismo theravada (70,2 %) y el hinduismo (12,6%) son las religiones predominantes, seguidas por el islam sunnita (9,7 %) y el cristianismo (7,5%, del cual 6,5% son católicos y 1% protestantes). Las dos comunidades étnicas principales -la cingalesa, mayoritariamente budista, y la tamil, mayoritariamente hinduista- se enfrentan desde hace años. A su llegada a Colombo, el papa Francisco manifestó su conocimiento de la situación: “Durante muchos años Sri Lanka conoció los horrores de la guerra civil y ahora está tratando de consolidar la paz y curar las heridas de esos años. No es tarea fácil superar la amarga herencia de injusticias, hostilidades y desconfianzas que dejó el conflicto”.
En este contexto la Iglesia católica cuenta con alrededor de 1.500.000 fieles y está bien integrada, con 12 diócesis, y presencia tanto tamil como cingalesa. Los católicos de estas dos etnias mantienen relaciones pacíficas. Ese fue precisamente uno de los puntos que le daban autoridad al viaje papal: animar a los fieles en la misión de ser puente entre las dos etnias. El Papa señaló a los obispos que el sentido de unidad que no nace del diálogo esconde un “falso sentido de unidad nacional sobre la base de una única identidad religiosa”.
La situación del país antes de la llegada del Papa se presentaba particularmente compleja porque el presidente Mahinda Rajapaksa, en su segundo mandato, adelantó las elecciones en busca de un tercer período, eliminando el límite constitucional que no lo permitía. Las elecciones tuvieron lugar apenas cinco días antes de la llegada de Bergoglio. La participación en las urnas superó el 70% de los 15 millones con derecho a voto. La victoria, al contrario de lo que esperaba Rajapaksa, consagró a su contrincante Maithripala Sirisena, gracias al apoyo de las zonas rurales, de una parte de los cingaleses budistas, pero también de los principales partidos de oposición. El cambio de mando se dio sin violencias y la visita del Papa quedó enmarcada en un clima de esperanza con respecto a la pacificación nacional.
La presencia de Francisco en Sri Lanka continúa la línea de sus predecesores: Pablo VI (1970) y Juan Pablo II (1995). Idéntica vocación hacia una visión armónica de paz y de diálogo interreligioso se encuentra en las palabras de Francisco, quien a su llegada a Colombo quiso enseguida “confirmar el deseo de la comunidad católica de ser activa partícipe de la vida de esta sociedad”. El llamado a la reconciliación entre las religiones, asumió en la voz de Bergoglio una trascendencia civil: los seguidores de las diferentes tradiciones religiosas tienen un rol esencial en el delicado proceso de reconciliación y reconstrucción del país. Todos tienen que estar dispuestos a respetar las legítimas diversidades y aprender a vivir como una familia. La diversidad vivida con apertura “no será vista ya como una amenaza sino como fuente de enriquecimiento. El camino hacia la justicia, la reconciliación y la armonía social se presenta aún más claramente”.
Filipinas: compasión y solidaridad
Después del recibimiento del presidente Benigno Aquino III, Francisco definió el sentido de su visita, mientras la Iglesia filipina se prepara para celebrar el quinto centenario de la evangelización: “Quiero expresar mi cercanía a nuestros hermanos y hermanas que sufrieron los daños y las devastaciones causadas por el tifón Yolanda”. El Papa admiró la fuerza, la fe y la heroica resistencia demostrada por muchos filipinos frente a un desastre natural que dejó 7.000 víctimas. A partir de este fenómeno doloroso manifestó siempre su atención a la realidad social del pueblo y a los nuevos problemas éticos y políticos.
Los puntos centrales de su primera homilía fueron tres: el encuentro personal con Cristo en la conmemoración de los 500 años, los pobres en el centro del Evangelio, y la fuerte potencialidad de la piedad popular. El viaje estuvo signado por el afecto. Una anécdota: al citar la frase de Jesús a Pedro “¿Me amas tú?”, que en inglés puede entenderse también en plural (Do you love me?), los presentes respondieron inmediatamente en coro que sí, como si la pregunta fuera dirigida por el Papa a los presentes. Muy divertido, Francisco contestó: “Muchas gracias”.
Hubo momentos realmente conmovedores, como los transcurridos junto al cardenal Tagle con alrededor de 300 niños de la calle, a menudo víctimas de abusos, o la visita a la sede Anak-Tnk dirigida por un joven sacerdote francés, el padre Matthieu Dauchez. En uno de los grandes shoppings de Manila celebró una misa dominical. Dentro de ese moderno templo del consumo entró el Papa que predica contra la cultura del descarte. Tuvo ocasión de conocer testimonios llenos de dificultad y desafío. Para improvisar decidió hablar en castellano sirviéndose de monseñor Mark Miles, quien siendo oriundo de Gibraltar habla con propiedad los dos idiomas: “Quisiera decirles algo muy personal. Amo particularmente a san José porque es un hombre fuerte y silencioso. Sobre mi escritorio tengo una imagen de José que duerme. Y mientras duerme cuida de la Iglesia. Cuando tengo un problema, una dificultad escribo el motivo en una hoja y la pongo debajo de la imagen de José para que la sueñe. El gesto significa: reza por este problema”.
En este sentido el Papa invitó a descansar en el Señor, que significa rezar, y también dormir y soñar. “Me gusta mucho el sueño en una familia -confesó- porque madres y padres sueñan a su hijo durante nueve meses, sueñan cómo será…No es posible una familia sin sueños. Cuando en una familia se pierde la capacidad de soñar, los niños y el amor no crecen, la vida se debilita y se apaga. Por eso les recomiendo que de noche, cuando hagan el examen de conciencia, se pregunten si ese día han soñado el futuro de sus hijos, el amor del esposo o de la esposa. Es muy importante soñar”.
Francisco habló también de las “nuevas colonizaciones ideológicas” que tratan de destruir la familia por obra del “materialismo y un estilo de vida que anula las exigencias fundamentales de la moral cristiana”. Elogió a su predecesor, Pablo VI, que tuvo “el coraje de defender la apertura a la vida en la familia” pidiendo al mismo tiempo que “los confesores fueran muy misericordiosos y comprensivos con los casos particulares”. Durante el vuelo de regreso confirmó estos dichos hablando de una “paternidad responsable”.
La mañana del sábado 17 un vuelo lo llevó a Tacloban, a 650 km al sur de Manila. Las previsiones del tiempo eran pésimas pero el Papa no quiso renunciar a esa importante etapa. El 8 de noviembre de 2013 la ciudad había sido enteramente destruida por un tifón. Estaba prevista una misa cerca del aeropuerto. Durante la celebración el viento soplaba impetuoso y la lluvia era incesante. Las imágenes de esa misa quedarán esculpidas en la mente de quien las ha visto. El Papa, al igual que los fieles, vestía una capa de plástico amarilla, que parecía subrayar su solidaridad con todos. Dejó de lado el discurso preparado y prefirió hablar brevemente con el corazón en lengua española. Impresiona siempre su capacidad de empatía y de sintonía con los acontecimientos, capaz de cambiar los contenidos de un mensaje preparado. Lo hemos verificado en diferentes circunstancias y prácticamente en todos sus viajes. En esta ocasión, la meditación de la tragedia generó una intensa conmoción: “Jesús es como nosotros, vivió como nosotros. Va siempre delante de nosotros; cuando debemos atravesar alguna cruz sabemos que Él pasó antes”.

Dos veces el Pontífice quedó inerme, sin palabras: “No sé qué decirles; Él sí sabe qué decirles. Yo estoy aquí para asegurarles que Jesús no nos desilusiona”. Durante la conferencia de prensa en su viaje de regreso a Roma volvió a recordar esa jornada definiéndola como “el momento más fuerte” del viaje: “Ver a todo el pueblo de Dios quieto allí, rezando, después de la catástrofe, pensar en mis pecados y en toda aquella gente… Durante la misa me sentí anonadado, casi sin voz, no sabría decir qué me pasó, quizás fue la emoción, no lo sé, pero nunca había sentido algo así. Una especie de anonadamiento. Los momentos más fuertes fueron los gestos, cada gesto”.
Quiso visitar la Universidad Santo Tomás de Manila, el ateneo pontificio más antiguo de Asia, dirigido por los padres dominicos. El testimonio de una chica de 12 años, Glyzelle Iris Palomar, que fuera salvada de su vida en la calle, conmovió a todos. El Papa sintió que no podía contestar a esa intensidad con palabras preparadas anteriormente, y una vez más prefirió improvisar para comunicar mejor lo que tenía que decir. Lo había impresionado el llanto de esa niña. Se detuvo en el hecho de que sólo el testimonio femenino comportaba tal conmoción cuando le preguntó al Papa porqué Dios permite que le sucedan cosas terribles a los niños. El Papa dijo que “la mujer sabe ver las cosas con ojos diferentes de los hombres. La mujer sabe hacer preguntas que los hombres no pueden comprender. Fíjense que ella hoy ha planteado la única pregunta que no tiene respuesta. Tanto que no encontraba las palabras y tuvo que decirlo con lágrimas”. Después de esa pregunta sobre el sufrimiento de los niños, el Papa agregó: “Sólo cuando el corazón logra plantearse esa pregunta y llorar se puede comprender algo”.
Francisco señaló que percibe en la feminidad una capacidad peculiar que produce no sólo un modo de ver la realidad sino también preguntas que a menudo el hombre no comprende. En efecto, en su viaje de regreso señaló la importancia de que las mujeres sean tenidas en cuenta en la Iglesia, ya que ellas “miran desde una riqueza diferente, más grande”. El domingo 18 de enero fue a celebrar la misa de despedida en el Rizal Park. Allí se encontró con una multitud estimada entre 6 y 7 millones de personas.
En síntesis, en Asia Francisco hizo referencia a la inteligencia de los afectos, a la hermenéutica femenina de la pregunta y a la necesidad de la experiencia del dolor que nos permite ver al mundo con ojos límpidos. Ese continente no lo obliga a entrar en el laberinto del racionalismo ni lo relaciona con un concepto de libertad que termina por negarse a sí misma en una afirmación absoluta e ideológica.
Traducción y edición de José María Poirier
El autor es sacerdote jesuita y director de la revista La Civiltá Cattolica.

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