Reseña de Para isabel, Un mandala, de Antonio Tabucchi (Buenos Aires, 2014, Anagrama).

Algunas personas acostumbran, para relajarse, pintar mándalas (o mandalas) en libros que se parecen a los infantiles para colorear. Domina la imagen de un círculo dentro de un cuadrado. En rigor, se trata de representaciones simbólicas propias del hinduismo y del budismo.
El escritor italiano Antonio Tabucchi (Pisa, 1943- Lisboa, 2012) había publicado en 1984 la novela Nocturno hindú, donde un narrador deambula por Bombay, Madrás, Calcuta y Goa en busca de un amigo desaparecido. Siempre se sintió atraído por los misterios y la vida de las alucinaciones. Después repartirá su vida entre Portugal e Italia como docente y traductor de Fernando de Pessoa (1888-1935), cuya literatura había descubierto casualmente en París a través del escrito de un heterónimo del gran literato lisboeta, para convertirse luego en un narrador admirado por el gran público.
Intimar con la obra de Pessoa supone peligros y “desasosiegos”, para emplear un término del gran poeta portugués. Tabucchi llegó a ser un especialista pero tuvo que abandonar las traducciones de Pessoa, después de años de estudio, acongojado por el universo hipnotizado de un autor que repartió su identidad en la “pluralidad de almas” que suponían sus heterónimos. Escribió Pessoa con inquietante belleza: “El poeta es un fingidor. / Finge tan completamente / que llega a fingir que es dolor / el dolor que de veras siente”.
Quizá la más conocida de las novelas de Tabucchi es Sostiene Pereira, ambientada en Lisboa durante los duros años del gobierno del dictador Oliveira Salazar, y llevada al cine con Marcello Mastroianni y Daniel Auteuil, dos magníficos actores.
Para Isabel, novela póstuma de Tabucchi, relata la tardía búsqueda de una mujer que luchó contra el régimen y cuyo rastreo exige recorrer variados escenarios y atmósferas (desde Portugal hasta Macao o Suiza) y dar con insólitos personajes no siempre creíbles, casi como atravesando los círculos de un mándala secreto y misterioso.
Ya la críptica dedicatoria parece esconder algún guiño: “Este libro, en la hipótesis del mandala, debería estar dedicado a una mujer en el círculo de la Evocación. Pero en la hipótesis terrestre está dedicado a mi amiga Tecs, que en realidad no se llama así, aunque así la llame yo”. Y el primer epígrafe, tomado de Antígona de Sófocles, sigue en esa línea: “Quién sabe, quizá posmuertos tengan otras usanzas”.
La novela avanza por círculos, del primero a noveno, siempre tras el enigma de Isabel. Algún estrafalario personaje parece inspirado en los del Viajes con mi tía de Graham Greene, y también ese loco itinerario. Pero el dejo de la escritura de Tabucchi se relaciona más con el misticismo espiritista de Fernando Pessoa que con el humor y el escepticismo del inglés. Como siempre, Tabucchi sabe atrapar a sus lectores, sobre todo quienes con sus cuentos (Los volátiles del Beato Angelico, por ejemplo) y sus novelas fueron creando cierta empatía. Para Isabel guarda determinadas analogías con una de sus mejores novelas, Réquiem: una alucinación, donde cuenta de una misteriosa experiencia iniciática como admirable homenaje a Portugal. Allí, muertos y vivos caminan las mismas calles y reina un clima de onírica inmovilidad, a pleno sol o en la oscuridad de la noche.
Lo mejor de Para Isabel, cuando la característica voz de Tabucchi está presente en plenitud, se encuentra en la primera parte: en Lisboa. De esa luminosa y amable ciudad se enamoró el autor, allí vivió y formó su familia, entre fados se inspiró para gran parte de su obra.

José María Poirier

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