Ponencia en el marco del foro organizado por el Atrio de los gentiles, en la Facultad de Derecho de la UBA, en noviembre del año pasado.
Libre de la metáfora y del mito, Dios puede llegar a ser Uno en el todo de la naturaleza, y a su vez disperso, lo que implica ser sólo contradictorio en la mediocridad de los que exigen coherencia. “Uno” y “disperso” aparentemente son incompatibles. Tan incompatibles como la coherencia; que resulta ser el reflejo superficial de la existencia. Por eso, “unidad” y “dispersión” son dos de las tantas imaginaciones que registra Jorge Luis Borges. La primera en “Spinoza” y la segunda en “Paradiso 31- 108”. “Uno” por un lado, “disperso” por el otro. “Imagen” por un lado, “imaginación” por el otro.

Hay una diferencia sutilmente abismal entre “imagen” e “imaginación”, pero ello sería motivo de otra mesa en otro Atrio de gentiles. Imagen e imaginación, especialmente en el caso de un hombre al que orgánicamente le costaba ver pero no mirar. Y es más: pretender ver una imagen de lo divino resulta un inalcanzable reflejo de espejos, recurrente metáfora del maestro, y desafío conceptual que debería ejercitar el ser humano, creado a la imagen y semejanza de un Dios invisible, tal como indica el Génesis, y alude el profeta Miqueas, parafraseando a Borges, en un docto lugar de su volumen.

Y volviendo a la mediocridad: sólo en lo mediocre puede pretenderse que la imagen divina trascienda, queriendo intimidar y sofocar a una Deidad a través de definiciones.
La teología, la rama más excelsa de la ciencia ficción, procede a que ni imágenes ni nombres puedan contener lo no nombrable, lo no visible, lo no palpable. Por eso “es” en lo espinoso y en lo encantadoramente disperso que se nos convoca a una mesa cuyo título, sin ambages, refleja ambigüedades: “Borges” y la “trascendencia”.
“Borges” y la “trascendencia” están compuestos por un nombre y un vocablo indefinibles, lo cual nos interpela desde la más noble imprecisión.

“Navegar es preciso, vivir es impreciso”, si es que me permite Santiago Kovadloff esta humilde digresión en la traducción de Fernando Pessoa.

Ahora, por suerte, (si la suerte existe, y no el destino), sólo hay un límite que pone todo en el lugar de un principio y que restringe el infinito de la convocatoria: porque “irrespetuoso” e “insultante” sería titular a esta mesa “Borges y la intrascendencia”, como símbolos de insignificancia y trivialidad.

Sin duda alguna, podrá utilizarse este título para otros escritores. Es decir, para aquellos que pretenden ser eternamente coherentes. Entonces, vale la pena empezar a restringir sin definir, si es que la vanidad y la nostalgia nos permiten, decir qué queremos decir cuando decimos: Borges, por un lado, trascendencia, por otro, y el sentido que adquiere cuando juntamos ambos términos. Y ahí el título me permite pensar tantas variables. Se me ocurre: por un lado cómo es que Borges trascendió, y por otro cómo Borges pensó la trascendencia. Otras dos paradojas, que no son lo mismo pero son iguales en el “Jardín de los Senderos que se bifurcan”, y que en algún lado vuelven a entramarse.

Siendo breve, entonces: en cuanto a lo primero, Borges trascendió en mí. Porque es de saber que “no sólo Borges tiene un Borges y yo”, sino también hay un “Borges y yo” en todos aquellos en el que Borges nos atravesó. Y no lo digo desde una expresión poética, ya que no soy poeta. Lo afirmo en un sentido existencial, en esa densidad de lo que Martin Buber define como el termino relacional yo-tu.

Descubrí a Borges a los 8 años. El azar hizo que mi madre gane lo que hoy se llama un vinilo en una kermesse de la Asociación Femenina Sionista del barrio de Flores (y uso “un vinilo” para no confundir con el cuento “el disco”). Miren qué difícil es utilizar alguna palabra sin que Borges no lo haya titulado como cuento. Volviendo al vinilo, se llama: Jorge Luis Borges por él mismo: sus poemas y su voz. Lo conservo como uno de los mayores trofeos de mi infancia.

Mi madre no podría haber ganado otro premio en una asociación femenina sionista. Para las señoras judías los poemas sobre Israel, el Golem y Spinoza lo transformaban a Borges en un hebreo honorario; casi como Judá León, el rabino de Praga. Y fue el vinilo de Borges lo que intimó a que mis padres compren un Wincofon, que colocamos en el centro de la mesa del comedor. La magia de la púa permutó el surco en voz, y la voz en una expansión del eco en nuestro hogar, casa de inmigrantes, que aprendían el castellano a través de Borges. Ni más ni menos.

Y Fue así que el “Poema Conjetural”, “El general Quiroga va en coche al moire”, y “Fundación mítica de Boinos Aires”, como decía mi padre, se transformaron en la melodía de las tardes. No se preocupen: después compraron otros discos, pero este fue el primero.

Durante mi tránsito por la escuela secundaria, en el principio de los 70, las famosas rateadas tenían que revestirse de alguna causa ideológica. Debíamos de justificar la habilidad de nuestra ausencia escolar, no como dispersión sino como rebelión contra el sistema. Y creyéndonos herederos del mayo francés fue que con un sentido insurrecto y con una caradurez que imprime la adolescencia, nos dijimos con mi revolucionario colega que debíamos ir a visitarlo a Borges.

Tocamos el timbre en la mañana de un martes, el día más difícil de la semana escolar, en su departamento de la calle Maipú al 900. Para nuestra sorpresa, Borges nos recibió. Tengo que confesar que después del primer grado, esta fue la mayor vivencia de mi vida escolar.

Con el tiempo aprendí a imitar su voz, a leerlo en las clases de la universidad, a citarlo en mis sermones y en los casamientos: “la amistad no necesita frecuencia, el amor sí”, y así transformarlo en una de mis referencias.

A través de él leí a Berkeley, a Hume, a Gustav Meirink, a Schopenhauer, y a Guershom Sholem, sólo por citar a algunos.

Tengo en mi estudio, frente a la pared donde escribo, su foto con Beppo, el gato, y otra de Borges con mi maestro, Marshall Meyer.

Segundo: adentrémonos en la trascendencia.

La primera conversación que tuve con el cardenal Bergoglio giró alrededor de “Everness”, el poema. A través de un común amigo y que no es un amigo común, sabíamos ambos de nuestra pasión por Borges, y de la tensión que genera la naturaleza metafísica reflejada en términos aparentemente contradictorios.
Everness. El hondo sentido del siempre. O por ahí, la libre traducción del “nunca”̸ “siempre”; como que la categoría del tiempo, que sólo existe para la comprensión humana, se expresa en la Trascendencia con mayúscula, es decir lo divino -en términos religiosos- únicamente como el Siempre.

Hay algo que me parece acuñó Santiago Kovadloff, que a mí me gusta usarlo, y que está asociado al “Everness”: la idea del “presente perpetuo”. El presente perpetuo es pariente cercano del “siempre”. Cuando Borges refiere que el rabi Leib de Praga crea al engendro llamado Golem, dice que el Golem gradualmente se vio (como nosotros, los hombres) aprisionado en esta red sonora de antes, después, ayer, mientras, ahora…Es decir, las escalas de pasado, presente y futuro son categorías humanas impuestas de algún modo por el mito filosófico kantiano. Y que en cambio no hay noción de tiempo en la sabiduría divina.

En la naturaleza de Dios hay un Everness: un tiempo, por decirlo de alguna manera, imposible de ser capturado por el hombre. Porque en definitiva el tiempo como tal es sólo una categoría humana. Dicho de un modo más extremo, para Dios no existe el tiempo, y para los hombres es una ilusión.
No tan distinto lo dice Iosef Leib Bloch, antes de la shoá, director de la escuela rabínica de Telz, Lituania, uno de los grandes maestros judíos del siglo pasado, cuando interpretando un texto maimonideano sostiene:

“Sabemos que toda la idea del tiempo tiene existencia de acuerdo con nuestra percepción.

Pero desde el punto de vista de la realidad superior no hay un tiempo en el sentido del pasado, presente y futuro pues todo está en el eterno ʹpresenteʹ”.

Y de los muchos cuentos de Borges: en “El milagro secreto”, nos relata la historia del escritor Jaromir Hladík, quien, acusado por los nazis a causa de su linaje judío y sus obras judaizantes y condenado a muerte, le pide a Dios un año para terminar un drama en verso titulado “Los enemigos. A punto de ser fusilado, el tiempo se para y Hladík ve cumplido su deseo. Es decir en un sueño, o en un milagro, como cada uno quiera entenderlo, Dios se comunica con Hladík y el “milagro” sucede. Interpreto que el tema fundamental de este texto es, el tiempo, y que Borges posiblemente lo incluya aquí en distintas formas:

a) el tiempo sucesivo del mundo físico, el del hombre, y b) el tiempo psíquico, el del sueño, el del inconsciente, el que le permite que todo futuro y todo pasado se traslade a un presente en donde todo ocurre en un mismo plano, en una misma dimensión, en una misma categoría. Y es más: en algún lugar leí esto: “El tiempo no existe por fuera de cada instante presente, pero como el presente no es divisible ya que tampoco es indivisible, entonces ni el pasado ni el futuro existen. Y como el presente queda condenado a lo eterno, ni siquiera nos queda su presencia, es decir que el tiempo termina siendo el simulacro de una realidad objetiva. Un Everness”. Desde ahí, una posibilidad. Una posibilidad de las muchas y que los muchos Borges nos regalan: La Trascendencia es una categoría que supera al tiempo. Se “trasciende” el tiempo.

Y último. No puedo irme de esta mesa sin citar a “Funes el memorioso”: para los que no lo leyeron, el cuento narra el encuentro de un estudiante porteño con Ireneo Funes, un joven de Fray Bentos, Uruguay, con rarezas como la de no darse con nadie y la de saber siempre la hora, como un reloj. Postrado como consecuencia de un accidente que tuvo a los 19 años, primero perdió el conocimiento, y luego, al recobrarlo, comenzó a ser capaz de recordar todo objeto y todo fenómeno con una memoria prodigiosa y detallada, cualquiera que fuese su antigüedad. Lo recuerda todo, y cada percepción que tiene es, para él, una característica única e inolvidable. Dice Borges: “Había aprendido sin esfuerzo el inglés, el francés, el portugués, el latín. Sospecho, sin embargo, que no era muy capaz de pensar”.

La otra arista de la trascendencia está dada en la acción de pensar: Pensar es olvidar diferencias, es generalizar, abstraer.

Permítanme sostener la idea de que la abstracción es la acción que nos hace olvidar la categoría de tiempo. Por lo tanto permite trascender.

En una época en donde las neurociencias nos invaden con el metamensaje de hacernos creer que nos enseñan a pensar, leer a Borges es descubrir el sentido de pluralidad en uno de los mayores escritores de nuestro tiempo, que a su vez libera de metáforas y mitos, y que manifiesta de manera profunda que Dios no “es” sino que puede “llegar a ser” en un everness, en un siempre. “Uno” en el todo de la naturaleza y a su vez “disperso”, lo que implica ser sólo contradictorio, en la mediocridad de los que exigen coherencia.

El autor es Rabino de la Comunidad Bet-El y uno de los creadores del Instituto del Diálogo Interreligioso.

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