El autor sostiene que la idea de una tercera vía latinoamericana entre el socialismo y el capitalismo es un sinsentido utópico y sentimental. La versión original de este artículo fue publicada en The Stream, con el título: Don’t Cry for Me Argentina: Pope Francis and Economic Populism.

Desde que el fallecido Hugo Chávez llegó al poder en Venezuela en 1999, gran parte de América latina ha estado bajo el dominio de gobiernos populistas de izquierda. Caracterizados por líderes caudillescos, una retórica demagógica, la deliberada movilización de unos grupos contra otros (pobres contra ricos, indígenas contra blancos), la acusación a los extranjeros por los problemas del continente, la eliminación de los jueces independientes, la nacionalización de grandes segmentos de la economía y los esfuerzos por destruir a la prensa libre, todos estos regímenes han producido un enorme daño económico a Latinoamérica. A contramano de las enfáticas declaraciones de algunas celebridades de Hollywood, Venezuela es el país más avanzado en el camino de una inflación sin freno, control de precios, escasez de productos básicos (como papel higiénico), el sistemático uso de la violencia contra los críticos del régimen y un completo desdén por el rule of law (el gobierno de la ley).

No es homogénea la actitud de los líderes populistas de América latina hacia la única institución que no han sido capaces de dominar: la Iglesia católica. Por un lado, regularmente se enfrentan a muchos obispos católicos. En enero de 2015, una carta pastoral que publicaron los obispos de Venezuela describió con coraje las políticas del gobierno como “totalitarias y centralistas”. El régimen, agregaron los obispos, busca el control “sobre todos los aspectos de la vida de los ciudadanos y de las instituciones públicas y privadas. También amenaza la libertad y los derechos de las personas y las asociaciones, y ha llevado a la opresión y a la ruina en todos los países en los cuales se ha intentado”.

La reacción del Gobierno a esta crítica fue el habitual discurso demagógico. Sin embargo, los mismos líderes populistas invocan regularmente los símbolos cristianos para legitimar sus ideologías. El regalo del presidente boliviano, Evo Morales, al Papa –ahora denominado “crucifijo comunista” – es un ejemplo de ello. Cualesquiera sean los motivos del ya fallecido sacerdote que diseñó el crucifijo, el hecho de que el martilloy la hoz simbolizan el materialismo filosófico, estados policíacos, encarcelamientos masivos, tortura y asesinato de millones de personas, no cuentan nada en el mundo más bien provincial del populismo de izquierda de América latina.

La influencia anónima de “mamón”[1]

Esto me lleva a referirme a algunas de las afirmaciones del papa Francisco durante su visita a Bolivia. Los movimientos populistas no son desconocidos para Francisco. Como arzobispo de Buenos Aires tuvo que lidiar con los Kirchner en la Argentina y no tuvo una buena relación con ese Gobierno peronista, que dañó severamente a una nación que es ya el sinónimo del siglo XX para la autoinmolación económica. Dicho esto, algunas expresiones utilizadas por Francisco en Bolivia la semana pasada durante el II Encuentro Mundial de Movimientos Populares no sólo se hicieron eco de algunos temas enfatizados por los populismos latinoamericanos sino que también compartieron algunos de sus errores de diagnóstico sobre los problemas de la región.

Por cierto, todo el que haya pasado un tiempo en América latina sabe que la mayoría de esos países sufren profundos problemas económicos. Pero mientras que en su discurso el Papa afirma que el estado de bienestar no es la solución a estos desafíos, su análisis de las dificultades de la región dejó mucho que desear.

En primer lugar, Francisco habló de la injusticia producida por “un sistema”, expresión con la que parece referirse a la globalización económica. Este “sistema”, afirma, ha resultado en una “economía de la exclusión” que niega a millones de personas la bendición de la prosperidad. Luego Francisco atacó específicamente a las “corporaciones, agencias de crédito y ciertos acuerdos de libre comercio” como parte de la “anónima influencia de mamón” y un “nuevo colonialismo”.

Es difícil diferenciar parte de esta retórica de la que utilizan los populistas latinoamericanos, desde el ya hace tiempo fallecido Juan Domingo Perón hasta el boliviano Evo Morales o el ecuatoriano Correa. Dejando esto de lado, uno se pregunta si el Papa Francisco y sus asesores han estudiado alguna vez los respectivos méritos del libre mercado contra el proteccionismo. Mi sospecha es que no lo han hecho, ya que tarifas y subsidios son precisamente lo que permite que los países ricos limiten el acceso a los mercados globales de los países en desarrollo. Por definición, es el proteccionismo lo que constituye una economía de exclusión, no el libre mercado.

Del mismo modo, mientras que el historial de las corporaciones multinacionales en países en desarrollo no es inmaculado, son ellas sin embargo quienes han realizado las inversiones y generado los empleos desesperadamente necesitados en América latina. Francisco lamentó que nuevas formas de colonialismo a menudo reducen naciones en desarrollo a ser meros “proveedores de materias primas y mano de obra barata”. Sin embargo, si los países en desarrollo dejaran de capitalizar lo que es a menudo su ventaja comparativa en la economía global –es decir, sus costos laborales más bajos y vastos recursos naturales– es difícil de ver cómo podrían generar suficiente riqueza para sacar a millones de personas de la pobreza.

Es más, cualquiera sea la “agencia de crédito” que el Papa tiene en mente, las naciones en desarrollo necesitan aportes capital extranjero si quieren disminuir la pobreza.

Incoherente y poco atento a las evidencias

Dicho sea de paso, el discurso de Francisco no dedicó una sola palabra a las contribuciones de los regímenes populistas de América latina a los problemas de la región. En este punto, sus comentarios reflejaron un punto ciego común en Latinoamérica: una renuencia a aceptar que muchos de los problemas de la región son auto-infligidos, y a menudo, por gobiernos elegidos por una mayoría de los votantes.

Interrogado sobre el discurso papal, el vocero de la Santa Sede, padre Federico Lombardi s.j., lo describió como parte de un “diálogo”. Sin embrago, un diálogo significativo implica un intercambio de visiones en la búsqueda de la verdad. Lamentablemente, no hay ninguna evidencia de que Francisco esté escuchando, por ejemplo, a cristianos que respetan su autoridad como sucesor de Pedro, que no piensan que sea socialista, que comparten su compromiso para disminuir la exclusión económica, pero que respetuosamente sugieren que algunos de sus comentarios económicos son incoherentes y poco atentos a las evidencias. El desinterés del Papa por otras visiones en este campo es extraño, ya que él reconoce que los fieles católicos pueden estar en desacuerdo acerca de cómo enfrentar los desafíos económicos actuales.

En su discurso, Francisco dijo a sus oyentes que tomaran la iniciativa en la búsqueda de alternativas para superar la pobreza económica. Es un buen consejo. El macro-efecto de esos esfuerzos, sin embargo, estará limitado si no hay cambios fundamentales en las instituciones y actitudes en toda América latina, es decir, si no se da el tipo de transformación cultural que los populistas latinoamericanos seguramente resistirán. Significaría, después de todo, poner fin a su poder. Pero eso también implica que los latinoamericanos deben abandonar sus ilusiones acerca de una “tercera vía” económica latinoamericana, algo que, dada la historia económica de la región, ya hace tiempo deberían haberla dejado atrás como lo que es: un sinsentido utópico y sentimental.

Como me dijo un perceptivo sacerdote y profesor en Buenos Aires al comienzo de este año: “¡Sólo queremos ser un país normal!” Y normalidad significa que los latinoamericanos no sólo deben decir que no a los Kirchners, Correas y Morales de la región sino también a sus destructivas ideas. Se trata de un mensaje que los latinoamericanos –y quizá también el papa Francisco– necesitan oír.

[1] Nota del Trad.: referencia a la riqueza convertida en un ídolo, que la Biblia condena.

El autor es filósofo, Director de Investigación del Acton Institute, de Estados Unidos

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3 Readers Commented

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  1. LUCAS VARELA on 6 agosto, 2015

    La Revista Criterio aclara que el Señor Gregg es” filósofo”.
    O sea, es un individuo que busca el saber por el saber mismo, sin un fin pragmático. Es un norteamericano que habla de Latinoamérica, porque sí, movido por la curiosidad sobre la realidad latinoaméricana.
    Es un analista racional (norteamericano) que nos dice, porque sí, que somos unos “anormales”, populistas, incluído el papa Francisco¡¡¡
    Todo esto, lo dirá por amor a la filosofía?
    “El perceptivo sacerdote y profesor en Buenos Aires” que dijo: “¡Sólo queremos ser un país normal!” , será el mismo que se definió “reaccionario” hace solo unas semanas??
    ¡ Cuánta soberbia¡ ¡ Cuanta “reacción” descalificante!
    ¡Que poca actitud cristiana¡
    Debo decir que el desinterés por éste tipo de periodismo me invade irremediablemente.

  2. LUCAS VARELA on 15 agosto, 2015

    Populismo
    El populismo, traducido del latín es entendido como “a favor del pueblo”. Entendido el pueblo como el conjunto de la población, sin exclusiones ni privilegios, especialmente económicos. Cuando la noción de populismo se utiliza de manera neutra, se califica “populista” a los comportamientos y decisiones que construyen una política con participación popular e inclusión social.
    Pero, “Populismo” es una palabra que se está apartando de una neutra acepción. Ya no es usado como término que describe un comportamiento, sino que se sirve para juzgar. Si se usa con descuido, se convierte un descriptor en una opinión. Y este descuido, cuando es intencional, siempre es muy peyorativo. Que es el caso del tándem argentino/norteamericano Gregg-Izaurralde.
    No obstante, no es unánime una definición peyorativa del término “populismo”.
    Interpreto, para este caso norteamericano/argentino Inzaurralde-Gregg, que la condición populista del papa Francisco, incluye cierto rechazo a una clase privilegiada, y a una economía neoliberal excluyente y discriminatoria.
    Y sí, el papa Francisco es populista, pero en el mejor de los sentidos, en sentido “evangélico”.

  3. LUCAS VARELA on 22 agosto, 2015

    Es que el término “populismo” ya no es de uso académico. Se ha vuelto de uso común, y de abuso por cualquiera; el uso del término se descontroló completamente.
    Casi cualquier cosas puede ser llamada “populismo” en la prensa de hoy.
    “Populista” se ha vuelto una especie de amenaza, y acusación banal, que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario. Se pretende asociar el término con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar, peligroso, lo mismo da.
    Algunos gobiernos latinoamericanos que en los últimos tiempos no se alinearon con Estados Unidos o con el FMI son por supuesto los blancos preferidos. Y uno pensaría que ya entendió a qué se refiere el término. Pero entonces comprueba que también Silvio Berlusconi –que no es ningún enemigo de los norteamericanos y mucho menos de los grandes empresarios– es un “populista” para algún medio. ¿Y por qué? Porque Berlusconi habla “en el lenguaje del hombre común de la calle”,……¡¿ Igual que el Papa Francisco?!

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