El jesuita Enrique Fabbri fue un asiduo colaborador de Criterio. A los 95 años partió hacia la Casa del Padre, y de la Madre, añadiría él, muy sensible al aporte de ambos sexos. Todos abandonaremos aquí nuestros bienes, pero él “entregó” su mensaje.

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Al padre Fabbri lo tuve como profesor de Teología en San Miguel y tiempo después trabajamos juntos en el CIAS (Centro de Investigación y Acción Social) durante 30 años. Hubo un giro en su vida, no una ruptura, al pasar de San Miguel al CIAS. De los candidatos al sacerdocio pasó a los candidatos al matrimonio. Pero el haber sido profesor y decano de la Facultad de Teología le ofreció una base muy firme para avanzar en el tema de la problemática familiar.
Se nutría de autores clásicos, incorporando a los modernos. Publicó varios libros, que aún se leen, sin contar infinidad de artículos. Se destacaba por la cantidad de conferencias que solía dar, con su voz potente. Hablaba con fluidez, sin tropezar, de modo que su discurso salía listo para la imprenta. Pero lo trabajaba después, añadiendo el aparato científico. Cuando era invitado a un lugar, podía dar hasta tres charlas en el mismo día, una a novios, otra a matrimonios y una tercera a un público más amplio, amenizando todo con anécdotas y chistes. Se gloriaba de poseer el humor inglés, que algunos no apreciaban por carecer de él.
Por su formación tradicional manejaba a los clásicos del humanismo grecolatino. Algo similar habían hecho genios modernos, como Freud, con los mitos griegos de Edipo o de Narciso. Pero era impresionante su lectura de literatos actuales, sean Sabato, Borges o extranjeros. Este vivir en el mundo de la cultura en sentido reflejo, profundizando la cultura espontánea que todo pueblo posee, no lo encerraba en un círculo privilegiado o de clase alta. Como director que fue durante 18 años de nuestro Centro Social, vivió preocupado por hacer llegar a las familias más modestas el mensaje evangélico que anunciaba. Apoyó de un modo particular a los jesuitas y laicos que trabajaban en el monte santiagueño, en San José del Boquerón. De su doctorado en Teología sobre San Ireneo, de la primitiva Iglesia, aprendió que no podemos armar una espiritualidad para selectos, como pretendían los gnósticos. Si nuestro mensaje no es para todos, no es para nadie.

Los ritmos conciliares
El Concilio Vaticano II retomó los avances de Pío XII, como la reforma litúrgica de la Vigilia Pascual y la meditación de la Biblia en base a los diversos géneros literarios. En otros temas, el Concilio dio pasos largos. Recordemos el principio de la libertad religiosa y el diálogo con los no católicos, así como la lectura de los signos de los tiempos. Pero un tercer bloque avanzó a paso más lento, entre ellos el de la autoridad pontificia, cuyas palabras parecían incuestionables, así como el tema de la familia, que el Concilio no pudo tratar en forma completa, ya que Pablo VI se había reservado el estudio de ciertos aspectos, entre ellos el referente al “control de la natalidad”. De ese estudio nació la encíclica Humanae vitae, en 1968, tan cuestionada, no desde afuera por los “enemigos” de la Iglesia, sino desde adentro, por teólogos de gran capacidad.

Ese panorama hacía difícil la posición de un teólogo, como Fabbri, que deseara avanzar más. En cambio, los que trabajábamos en ecumenismo y diálogo interreligioso sentíamos el viento a favor, para idear nuevas plataformas. La primera encíclica de Pablo VI, durante el Concilio, fue precisamente sobre el diálogo. Ahora bien, Fabbri no se dedicó a lamentarse por normas restrictivas. Interpretaba los documentos pontificios a la luz de todo el magisterio episcopal, no para oponerlos sino para complementarlos. Pablo VI, con su encíclica Humanae vitae, había formulado una advertencia para toda la humanidad y a largo plazo, no fuera que dando prioridad a los métodos artificiales sobre los naturales nos convirtiéramos en aprendices de brujos. Los obispos de varios países, en cambio, miraban más bien a esta pareja y ahora, para encontrar una solución a su problema.

La expectativa sinodal
El sacerdote Fabbri no perdía tiempo en desatar nudos gordianos. Se dedicaba a construir sobre roca. No partía del ideal de la familia, ya conocido por los documentos de la Iglesia, sino de la realidad de los cónyuges o compañeros, rescatando todo lo positivo que descubría en ellos. Decimos que la Iglesia es santa y pecadora. Algunos miran sólo su lado oscuro y se convierten en profetas de calamidades. Juan XXIII, en cambio, no se sentía un profeta de desdichas, sino de anuncios esperanzadores. En los que no estaban “bien casados”, Fabbri partía de valores auténticos, como los sacrificios que hacen para atender al cónyuge enfermo y para educar a los hijos, que no quedarán sin recompensa. Sabía hablar y escribir, pero sobre todo escuchar, acompañando a los afligidos. En algún momento lo vi “quebrado” por los problemas que le presentaban, pero su fe y su vocación sacerdotal le permitían rehacerse.
La familia es la Iglesia doméstica. Así como los sacerdotes, aunque no seamos modelos de santidad, representamos la figura de Jesucristo sacerdote, de modo similar los papás, aunque no sean un modelo de virtudes, simbolizan la paternidad divina sobre los pequeños. El papa Francisco, otro jesuita que germinó también en San Miguel, desea rescatar estos simbolismos profundos de la paternidad, la fraternidad y la amistad. Para ello ha convocado el Sínodo sobre la Familia, comprendiendo que las soluciones no aparecerán por arte de magia. Se requiere la colaboración de todos, obispos, teólogos y laicos para crear un ámbito de esperanza y alegría, similar al que acompañó al Concilio. Como dice la Carta a los Hebreos, los creyentes peregrinos vieron de lejos la Tierra Prometida y la saludaron. Así también Enrique Fabbri saludó de lejos la tierra prometida del Sínodo y por ello fue un profeta de la Familia.

El autor es profesor en la Facultad de Teología de San Miguel.

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  1. Angie on 6 septiembre, 2015

    Muchas gracias padre Ignacio por el artículo, es muy significativo para los que conocimos e interactuamos con Enrique. Me gusta mucho el título de “profeta de la familia”, y dentro de esta profecía me animaría a agregar el valor de amistad que él siempre anunció y remarcó entre los esposos: para él marido y mujer debían ser ante todo “amigos” entre ellos, como cada uno es “amigo en Jesús”, pues ese vínculo es el gran vínculo del amor y la misericordia y el que dura para toda la eternidad.

  2. Bruno Iussig on 12 septiembre, 2017

    Conocí al Padre Fabbri hacia fines de los años cincuenta por sugerencia de una monja excepcional que, quienes la conocíamos, como muchos sacerdotes y estudiantes del Colegio Máximo de San Miguel, la llamábamos con cierta veneración la “Madre Teresita”. Al ser maestra de novicias de las Hermanitas de la Asunción cuya casa de formación se encontraba en Muñiz y por lo tanto relativamente cerca del Colegio Máximo, los Jesuitas resultaban asiduos visitantes e hicieron trascender las dotes, de los sabios consejos que brotaban de un espíritu adornado, con los carismas que Dios prodiga a las grandes almas.
    Rescato de aquel lejano recuerdo el trato afable, la expresión suave y pausada con que trató mi inquietud juvenil que, se relacionaría con mi vocación al matrimonio. Fue una conversación breve, en una salita sobria al lado de la portería.
    El último encuentro sucedió ocasionalmente por los años ochenta, pasando por la vereda de mi casa, después de atender la pastoral matrimonial que desarrollaba en Martín Coronado, le pido si sabia de alguien que me pudiera ayudar en un trabajo que estaba comprometido desde una cooperativa, en una población extremadamente vulnerable. Me entregó su tarjeta y en ella la dirección del CIAS y a quien tenía que ver, el Padre Messegueir, quien resolvió satisfactoriamente el problema.
    Seguimos con mi esposa vinculados a través de la lectura de sus artículos en Criterio y hoy que finalizó su trabajosa misión en este mundo, seguramente entró en la Casa del Padre, diciendo que lo hizo ” AD MAIOREM DEI GLORIAM”

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