Un retrato emotivo

Francisco, el padre Jorge, la película de Beda Docampo Feijoó (Argentina, España, Italia), cuenta con Darío Grandinetti como protagonista en el papel del Papa argentino, y lo acompañan Silvia Abascal, Jorge Marrale, Leticia Bredice y Leonor Manso.

No es fácil acertar con una película sobre un Papa, especialmente cuando el biografiado está vivo. Ya experimentó esa dificultad el polaco Krzysztof Zanussi al filmar De un país lejano, en 1981, sobre su connacional Juan Pablo II. El único caso logrado que recuerdo haber visto fue una película de Ermanno Olmi sobre Juan XXIII, interpretada por Rod Steiger, de 1965. Y el tan querido “Papa bueno” había muerto dos años antes. Sin embargo, tengo entendido que el film no alcanzó gran popularidad en Italia; acaso fuera más apreciado en Gran Bretaña y en otros países europeos.
Ahora, a partir del libro Francisco. Vida y revolución, de la periodista Elisabetta Piqué, corresponsal del diario La Nación en Italia, el director Beda Docampo Feijoó ensaya una suerte de biografía (¿correspondería hablar de hagiografía?) sobre Jorge Mario Bergoglio, jesuita, arzobispo de Buenos Aires, cardenal y luego papa con el nombre de Francisco.
Nacido y criado en el barrio porteño de Flores, el protagonista confiesa su amor por la ciudad que extraña. Lector de Jorge Luis Borges y de Leopoldo Marechal, versado en tangos y en teologías, inquieto siempre por los problemas sociales y por el preocupante estado de la educación, particularmente atento a los avatares de la política del país, fue sin embargo un personaje poco conocido y comprendido por muchos habitantes de la capital argentina. Esquivo frente a los medios de comunicación, prefería caminar solo las calles de la ciudad, viajar de manera anónima en subte o colectivo, vivir austeramente e ir con frecuencia a los barrios humildes, a las villas y a los santuarios populares. Conoció la injusta descalificación de un gobierno que lo consideraba enemigo y líder de la oposición.
Llegó inesperadamente, en el último cónclave, a ser elegido para ocupar la sede de Pedro por un colegio cardenalacio que no le era cercano. Se define como obispo de Roma, no toma vacaciones y sorprende a diario con sus gestos y palabras. Se comunica directamente con las personas más inesperadas, denuncia la injusticia europea frente a los inmigrantes, propone una visión ecológica y social, critica una economía más interesada en el dinero que en las personas, alienta el camino ecuménico e interreligioso y sabe ganar presencia en el más alto nivel de la política internacional.
Al mismo tiempo, como ilustra el reciente film argentino, se ocupa de cada persona que se le cruza por el camino, con particular ternura ante los más humildes, enfermos y marginados.
Interpreta su figura Darío Grandinetti, y la película encuentra en la actriz española Silvia Abascal el contrapunto apropiado para que emerjan aspectos poco conocidos del fuerte temperamento del Papa argentino. Entre otros, el tema del aborto y las acusaciones del cuestionado periodista Horacio Verbitsky. Las vistas de Buenos Aires y de Roma son sugestivas. Las escenas del cónclave, acaso las más logradas.
La película ayuda a conocer a una personalidad emblemática y que seguramente seguirá deparando sorpresas. Amado por multitudes, también admirado fuera y no sólo dentro de la Iglesia, no teme enfrentar todos los riesgos y no acostumbra pactar con los poderosos de turno. “El nombre de Francisco resume la vida del padre Jorge, que ha colocado el corazón del mensaje evangélico en su trabajo pastoral: la ayuda a los más necesitados”, resume la presentación del film. Una obra que la crítica especializada tiende a considerar con poco afecto pero que puede ganar la emoción de numeroso público. Como siempre pasó con Bergoglio.

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