El resultado de las elecciones del 25 de octubre está siendo convenientemente explicado desde el lunes 26, cuando se ve todo con la claridad de lo que ha sido develado. Las señales estaban allí desde antes, pero no era fácil interpretarlas en medio de la nube hecha de intereses, distorsiones intencionadas y voluntarismos varios.
Muchos elementos definirán el resultado de la ronda electoral final del 22 de noviembre. Entre ellos, el papel que de ahora en más pongan en juego las distintas dirigencias y los efectos que la nueva situación creada genere en la economía, entre otros factores. Pero hay uno que es predominante: el de la misteriosa voluntad colectiva.
Cada elección manifiesta el verdadero acto de voluntad colectiva. Una voluntad que ha tratado de interpretarse previamente por medio de la intuición de los políticos y de los analistas, y el frecuente recurso a los sondeos de opinión, algunas veces elaborados como las estadísticas a medida.
Pero la voluntad política que se muestra en las urnas es lo definitivo. En el caso argentino, podría decirse que esa voluntad es un compuesto “PIP”, hecho de percepción, interés y paciencia que se va formando durante varios años en la cultura institucional de la ciudadanía. Esta cultura es, a su vez, consecuencia de la conducta de los ciudadanos en su demanda a las autoridades y su respuesta a los dictados, decisiones y expresiones de las autoridades.
Los resultados sorpresivos de las elecciones del domingo podrían entonces explicarse por una percepción de que el “modelo” ya no generaba las expectativas prometidas o esperadas; los intereses ya no parecían seguir siendo satisfechos y la paciencia había sido colmada por el abuso de la omnipresente figura presidencial.

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