Lo que en estas horas hemos visto sucederse ante nuestras miradas, en distintas zonas de París, es tremendo y execrable porque es cruel y sin sentido atacar a personas inermes en su momento de relax. En Francia, Europa y, de manera acaso más atenuada, en muchas otras partes del mundo se condena esta violencia gratuita.
He vivido la noche del viernes 13 profundamente impresionado por lo que sucedía en París, mientras me encontraba en un congreso internacional sobre el diálogo islámico-cristiano en Roma, obviamente preparado mucho tiempo atrás. Prácticamente todos los participantes, tanto cristianos como musulmanes, siguieron las noticias durante toda la noche a través de la televisión tratando de comprender lo que sucedía. El sábado mis amigos y colegas, incluso los que encontraba por primera vez, no dejaban de referirse a lo que había acontecido. Las impresiones fundamentales partían de una convicción: tenemos que avanzar en el diálogo entre cristianos y musulmanes. No es este el momento de ceder ante quienes quieren el enfrentamiento. Allí radica precisamente la tentación de quien, independientemente de su fe religiosa, está intentando aprovechar lo sucedido: una tercera guerra mundial “por partes”, como la define el Papa en una formulación convertida ya en categoría política.
Lamentablemente muchos caen en la trampa que conduce al odio, a la venganza y a la islamofobia que, como todas las fobias, es una patología. Esta estrategia del terror nos torna a todos enfermos e incapaces de descifrar la realidad. No es posible que algunos creyentes invoquen a gritos el nombre de Dios mientras desencadenan una masacre. Muchos musulmanes y cristianos, muchos hombres y mujeres de fe, sea esta cual fuere, creen que se trata de una verdadera profanación del nombre divino. Precisamente en estos días, mientras concedía una entrevista, un imán amigo hablaba de lo absurdo que es convertir una frase tan hermosa y dulce como Allah Akbar -Dios es más grande- en un grito de guerra y de muerte. El Corán mismo afirma que “Si alguien mata a una persona, sería como si matase a toda la humanidad: y si alguien salva una vida, sería como si hubiera salvado la vida de toda la humanidad” (5, 32).
Nos sentimos todos cercanos a las familias de las víctimas, y a quienes se salvaron pero quedarán shockeados de por vida, pero de ninguna manera admitimos que el crimen perpetrado justifique el odio. Habiendo vivido estos días junto a hermanos y hermanas musulmanes (quiero subrayarlo: hermanos y hermanas) advertí cuánto ellos se sienten tan o más víctimas que nosotros. Se sienten heridos, marginados y excluidos en cuanto fieles de su religión. Y esto atenta contra la dignidad y los derechos fundamentales del ser humano. No podemos ceder ante esta estrategia.
Además, hay otros elementos que suscitan perplejidad. Desde hace años, cada semana hay atentados en Irak, en Nigeria, en Afganistán, en Siria, en Turquía, en Pakistán. Quienes mueren a menudo son personas inermes, como las de París. A veces, como en la localidad pakistaní de Peshawar, en diciembre las víctimas fueron niños. Hace una semana alrededor de cuarenta personas murieron en un ataque en el Líbano. Cabe preguntarse porqué esas muertes no tienen igual relieve mediático. Se trata de hombres, mujeres y niños como los de París y como nosotros.
Uno se interroga sobre la proclamada civilización que queremos defender y sobre los valores, como la igualdad de la que Francia es paladín. Hombres y mujeres fueron víctimas de la violencia gratuita en Nigeria, frente a las iglesias o en las escuelas y mercados de Pakistán, Siria o por las calles de Irak, tal como sucedió en el Stade de France o en el Bataclan.
¿Llegamos a sentir el mismo horror por todos? ¿Todas las muertes nos hacen transcurrir la noche espantados frente a la televisión?
Lamentablemente la respuesta nos deja insatisfechos. Frente a las legítimas horas de información sobre Francia, apenas pocos segundos se le dedican a las catástrofes en muchos rincones del mundo, donde sin embargo las personas son igualmente importantes.
Recuerdo la frase conclusiva del reciente libro de una ensayista norteamericana, Karen Armstrong, Fields of blood. Religion and the History of Violence: “Tenemos que recordar la historia de Cain y de Abel. Cuando son asesinados musulmanes en Siria, Palestina, Nigeria, Pakistán o Irak -países cuyo trágico destino fue signado por la política occidental- los pueblos de Occidente tienen que darse cuenta de que la sangre de sus hermanos les grita desde la tierra”.
Muchas veces nos falta la convicción de que realmente todos somos hermanos y hermanas. Esta sería el arma más eficaz contra la estrategia del terror.

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