Un Papa populista

El autor pone en discusión la visión de pueblo del papa Francisco con la historia del populismo en América latina como telón de fondo. El artículo fue publicado en la edición de marzo de la revista italiana Il Mulino.

En cuanto no creyente, me impresiona ver las bofetadas que resuenan en la Iglesia; como historiador, me incomoda volver a encontrar en las trincheras los ejércitos que se batían durante el Concilio: el mundo está tan cambiado desde entonces… Después de haber estudiado durante veinte años a la Iglesia argentina, me sobresalto viendo la figura del papa Francisco utilizada por unos y otros. Por lo tanto, creo que es útil reflexionar a partir del lugar del que él proviene: el catolicismo argentino. Y hacerlo desde lejos, esquivando las disputas que agitan a la Iglesia sin la pretensión de enseñar nada, sino sólo señalar el contexto histórico y cultural donde se ubica la parábola de Bergoglio.
Antes, dos premisas. Una se refiere a la célebre etiqueta de “Papa peronista” que desde el primer momento Bergoglio carga consigo. Muchos bromearon con ello, pocos se esforzaron por comprenderlo. Será porque del peronismo los italianos tenemos nociones vagas, y suele pensarse como un fenómeno exótico de lugares remotos. Error: el peronismo es el caso más típico de populismo latinoamericano, y dado que para los italianos es el pan cotidiano, haríamos bien en tomarlo en serio. ¿Bergoglio es peronista? Absolutamente sí. Pero no tanto porque adhirió a él en su juventud. Más bien en el sentido de que el peronismo es el movimiento que determinó el triunfo de la Argentina católica frente a la liberal, que salvó los valores cristianos del pueblo frente al cosmopolitismo de las elites. Por lo tanto, para Bergoglio el peronismo encarna la saludable conjugación entre pueblo y nación en la defensa de un orden temporal basado en los valores cristianos, e inmune a los liberales. En pocas palabras, Bergoglio es hijo de una catolicidad embebida de antiliberalismo visceral, que se erigió a través del peronismo en guía de la cruzada católica contra el liberalismo protestante, cuyo ethos se proyecta como una sombra colonial en la identidad católica de América latina.
Entonces, ¿Bergoglio es populista? Absolutamente, a condición de que ese concepto sea entendido como se debe. Llámese peronismo o de otra manera, los rasgos ideales del populismo antiliberal son siempre los mismos. En efecto, el populismo del Papa no tiene nada original, salvo la proyección global que su cargo le confiere. Pero antes de ver sus contenidos, corresponde señalar la segunda premisa. ¿El tema? El universo terminológico del Papa: en sus grandes viajes del año pasado –Ecuador, Bolivia, Paraguay; Cuba y los Estados Unidos; Kenia, Uganda, República Centroafricana– Francisco pronunció 356 veces la palabra pueblo. El populismo del Papa está ya en sus palabras. Menos familiaridad tiene en cambio Bergoglio con otros términos: democracia la mencionó apenas 10 veces, individuo 14 veces, y generalmente en su acepción negativa. La palabra libertad la repitió más a menudo, 73 veces, y en la mitad de los casos en los Estados Unidos. En Cuba la pronunció sólo dos veces.
¿Son números sin sentido? No tanto. Confirman lo que se intuía: que la noción de pueblo es el arquitrabe de su imaginario social. No tiene nada malo: pueblo es una hermosa palabra, potente y evocadora. Pero también resbalosa y ambigua. ¿Cuál es la idea de pueblo en Francisco? Su pueblo es bueno, virtuoso, y la pobreza le confiere una innata superioridad moral. En los barrios populares, dice el Papa, se conservan la sabiduría, la solidaridad, los valores evangélicos. Allí está la sociedad cristiana, el depósito de la fe. Más aún: ese pueblo no es para él una suma de individuos sino una comunidad que los trasciende, un organismo viviente animado por una fe antigua, natural, donde el individuo se disuelve en el Todo. En cuanto tal, ese pueblo es el Pueblo Elegido que custodia una identidad en peligro. No por nada la identidad es otro de los pilares del populismo de Bergoglio: una identidad eterna e impermeable frente al devenir de la historia, propiedad exclusiva del pueblo; una identidad ante la cual toda institución o Constitución humana debe inclinarse para no perder la legitimidad que le confiere el pueblo.
Es claro que tal noción romántica de pueblo es discutible y que también lo es la superioridad moral del pobre. No hay que ser antropólogo para saber que las comunidades populares tienen, como toda comunidad, vicios y virtudes. Y lo reconoce, contradiciéndose el mismo Pontífice, cuando establece un nexo de causa y efecto entre pobreza y terrorismo fundamentalista; un nexo por otra parte improbable. Pero idealizar al pueblo ayuda a simplificar la complejidad del mundo, en lo cual los populismos no tienen rivales. El límite entre Bien y Mal se presentará entonces tan diáfano que puede desatar la enorme fuerza ínsita en toda cosmología maniquea. Es así como el Papa contrapone el pueblo bueno y solidario a una oligarquía depredadora y egoísta. Una oligarquía transfigurada, carente de rostro y nombre, esencia del Mal en cuanto rinde culto al dios pagano del dinero: el consumo es consumismo; el individuo, egoísta; la atención al dinero, adoración sin alma. Tal es el enemigo del pueblo para Bergoglio; sí, enemigo, como en un tiempo lo definía la “racionalidad iluminista”, la “pretensión liberal” de homogeneizar la creación.
¿Cuál es el peor daño provocado por esta oligarquía? La corrupción del pueblo. La oligarquía mina las virtudes, la homogeneidad, la espontánea religiosidad, como un Diablo tentador. Vistas así, las cruzadas de Bergoglio contra la oligarquía, por más que repitan el lenguaje de la crítica post-colonial, son herederas de la cruzada antiliberal que los católicos integristas llevan adelante desde hace dos siglos. Algo que no debe extrañar: el antiliberalismo católico que en el plano secular simpatizó con las ideologías antiliberales de turno, fascismo y comunismo in primis, es natural que hoy abrace con ardor la vulgata no global. Ciertamente hay en la historia del catolicismo una fuerte tradición católico-liberal, interesada en la laicidad política, los derechos del individuo, la libertad económica y civil. Pero no fue esa la familia que vio crecer a Francisco. Si el colegio de cardenales hubiera elegido un Papa chileno quizás hubiera podido encontrarlo en ese universo cultural. Pero la Iglesia argentina es la tumba de los católicos liberales, muertos por la ola nacional popular.
¿Tiene fundamento la visión populista del mundo propia de Bergoglio? ¿Será eficaz para volver a darle a la Iglesia y a su mensaje el relieve perdido? ¿Para resistir a la progresiva secularización del mundo? No está dicho. Si es cierto que el mundo sufre desigualdades crónicas, no lo es que las causas sean precisamente aquellas a las que el Papa señala su dedo. Tampoco está tan polarizado como su esquema maniqueo pretendería. En los últimos quince años, en muchos países desarrollados ha crecido la distancia entre ricos y pobres pero también se ha dado una discreta redistribución de las riquezas entre el norte y el sur del mundo. En Asia y en América latina decenas de millones de personas han ingresado en la clase media: son más instruidas y secularizadas que el pueblo que ama Bergoglio. Una cronista le preguntó al Papa por qué nunca habla de la clase media. ¿Qué rol tendrá en el mundo bipolar del populismo papal? Con amabilidad, Francisco le agradeció la sugerencia y le prometió decir algo al respecto. Luego recordó que algo había dicho en el pasado. Y es verdad: la clase media es una clase colonial que contagia al pueblo con el ethos individualista. Por lo tanto nunca escondió su predilección por los movimientos políticos y sociales populares y su rechazo a las clases medias. A Cristina Kirchner le concedió cinco audiencias en un par de años no porque la amara sino porque es peronista, el partido del pueblo. A Mauricio Macri ni siquiera lo felicitó cuando ganó las elecciones: explicó que así lo exigía el protocolo; él, que se ríe de las formas. Es obvio: Macri representa a la clase media porteña, laica y cosmopolita, y tuvo el descaro de avalar en la Argentina el matrimonio gay. Habrá que aprender a vivir en libertad, dijo, ganándose una turbulenta reunión con Bergoglio para el cual estas leyes violan la catolicidad del pueblo, su identidad, su sentido moral. Por más que después el pueblo, el soberano que vota, haya elegido a Macri.
En esa visión de pueblo se apoya el resto de los elementos del populismo de Francisco. En primer lugar, la idea de que la democracia es un concepto social, y solamente social. Y que, por lo tanto, es democrático todo orden que respete el Evangelio realizando la Justicia Social; admitiendo que ésta exista. En ese caso, la forma que adquiera el régimen político es secundaria: una autocracia popular que distribuya la riqueza y sea respetuosa de la religiosidad del pueblo seguramente será una democracia; incluso cuando deba exagerar poniendo bajo su control a los medios, los tribunales, el Parlamento, las finanzas públicas, etcétera. La dimensión política e institucional de la democracia, el delicado equilibrio de los poderes del Estado de derecho, la tutela jurídica de las libertades individuales, no son temas ante los cuales Bergoglio haya sido muy sensible. En las pocas oportunidades en las que los trata, acostumbra proponer la antigua distinción entre democracia formal y sustancial. Y, sin embargo, precisamente la violenta historia latinoamericana tendría que haber enseñado que en democracia la forma es sustancia. Las “democracias participativas” latinoamericanas de nuestros tiempos son enésimas reediciones del más reaccionario patrimonialismo del Estado, con un corolario de abusos clientelares, autoritarismo político, desastres económicos. Lo recuerda el drama venezolano.
Unas pocas anécdotas de los momentos en que el Papa se aparta de los textos escritos ilustran lo dicho. En Paraguay, como se sabe, Bergoglio cometió una gaffe. Le pasa también a los papas, amén. Pero una gaffe se presta a consideración. En pocas palabras: alguien le pidió a Francisco de realizar un llamado por la liberación de un prisionero. Él dio por descontado que se trataba de un abuso del Estado y recriminó al Presidente de Paraguay. Pero después descubrió que el prisionero en cuestión estaba en manos de un grupo terrorista y que el Estado paraguayo, por defectuoso que sea, no tenía nada que ver. Su reacción espontánea y de buena fe nos sorprende. Por lo pronto revela las predilecciones del Papa: bueno o malo, el Gobierno paraguayo no entra dentro de la calificación de gobiernos del pueblo que ama Bergoglio; a diferencia de los de Ecuador y Bolivia, donde se mostró muy cauto con las autoridades locales, de las que no puede decirse que sean inmaculadas. El episodio demuestra que el silencio mantenido luego sobre los derechos humanos en Cuba o Uganda no se debe a una precisa voluntad de evitar tensiones con las autoridades políticas. Cuando lo considera oportuno, Bergoglio no teme llamarlas al orden, tal como sucedió en Paraguay y en la República Centroafricana. La convicción de que algunos regímenes tutelan la esencia religiosa del pueblo mejor que otros sería su brújula.
A propósito de Cuba, viaje que merecería un capítulo aparte, sobresalen algunos pasajes. El primero es el discurso de Bergoglio a los jóvenes cubanos. No sólo no hay mención a la libertad y a la democracia, sino que el Papa los alertó: atención con el consumismo, les dijo a quienes apenas saben qué es el consumo; cuídense del individualismo, alertó allí donde el individuo está obligado a hacer lo que dice el Estado, arriesgando la cárcel si desobedece. Parecerían chistes grotescos si no respondieran a su idea de pueblo: sabe bien que el castrismo es hijo legítimo de la tradición populista; que el comunismo de Castro es una desviación secular del mensaje evangélico, fenómeno difundido en toda la catolicidad latina. En efecto, lo que dice el Papa recuerda los largos discursos en los que Fidel Castro ilustraba la transformación de Cuba como una reducción jesuítica de nuestros tiempos. Lo que le preocupa a Bergoglio es mantener a Cuba en el recinto populista evitando que el pueblo pierda la religiosidad que ese régimen tan austero ha preservado, si bien bajo otro nombre. El imperativo no es liberarlo, sino salvarlo de las sirenas capitalistas, del contagio liberal.
Pero la manera en que el Papa mira a Cuba se manifestó con candor cuando un periodista le preguntó por qué no había recibido a los disidentes. ¿Sabe que muchos fueron arrestados para que no se encontraran con usted? No sé nada, respondió Francisco, y de todas maneras no concedió entrevistas privadas a nadie, “No sólo los disidentes pidieron audiencias, incluso un jefe de Estado lo hizo”. Así, puso en el mismo plano la foto con el Papa que un dignatario esperaba llevar a su país y los familiares de los prisioneros políticos en busca de consuelo. ¿Cómo es posible? Él mismo nos ayuda a entenderlo: poco antes había dicho que los derechos humanos no se respetan en muchos países del mundo. Para luego agregar: hay países europeos que por diferentes motivos no te permiten siquiera llevar signos religiosos. Por lo tanto, las leyes laicas francesas, ya que a ellas aludía Bergoglio, violarían los derechos humanos no menos que la sistemática negación cubana de todo derecho civil y político. ¿Una enormidad? Claro que sí. Pero así son las cosas para el Papa: la medida de la legitimidad del orden social es su fidelidad o no a la identidad religiosa del pueblo, entendido como lo entiende el populismo. De laicidad ni siquiera el sabor.
A esta altura, no sorprende que Francisco repita a menudo uno de sus mantras más amados: el Todo es superior a la Parte. Es una manera de decir que el pueblo, entidad mítica y divina, trasciende al individuo. Aún menos sorprende que tal condena del individualismo haya servido históricamente para legitimar numerosas tiranías ejercidas en nombre del pueblo, prontas a sacrificar los derechos individuales en el altar de una justicia social de la que nunca se vio huella: peronismos, castrismos, chavismos y otros. Otro momento de un viaje pontificio ilustra este punto: al menos dos veces en África el Papa avaló la subordinación de la parte al todo, del individuo al pueblo, de los derechos de una minoría a la supuesta identidad del pueblo. En primer lugar en Uganda, donde Francisco no les concedió voz ni audiencia a los gay, amenazados de ir a la cárcel por el “delito” de homosexualidad; medida felizmente derogada por la Corte constitucional. Desde la óptica populista, el reconocimiento de los derechos de los homosexuales es un típico ejemplo de colonialismo ideológico, de contagio de la santa religiosidad del pueblo africano con caprichos inmorales del decadente Occidente. En términos similares Bergoglio había reaccionado frente al matrimonio gay en la Argentina.
Están también las sorprendentes consideraciones de Francisco sobre el SIDA. A un periodista alemán que le preguntó si la Iglesia no debería cambiar de posición a propósito de los profilácticos, Bergoglio respondió: “El problema es mayor. La malnutrición, la explotación de las personas, el trabajo esclavo, la falta de agua potable… esos son los problemas. No nos preguntemos si se puede usar tal o cual banda adhesiva para una pequeña herida. La gran herida es la injusticia social”. Si bien el SIDA compromete a millones de individuos, no es sino una “pequeña herida” frente a la titánica tarea de restaurar el imperio de la justicia en el mundo. Hay una humanidad por salvar, ¿por qué perderse tras los individuos que probablemente hayan pecado?
Si este es el prisma ideal a través del cual el Papa interpreta el mundo, tiene razón quien señala su línea apocalíptica, cuya otra cara es la redentora. Es un nudo clave porque el binomio apocalipsis-redención es el alma de la visión maniquea del mundo típica del populismo; una visión hostil de las aproximaciones pragmáticas a los problemas del mundo, donde Francisco ve la amenaza del imperio “tecnocrático” que domina a todos.
¿Qué decir del aspecto apocalíptico del Papa? Francisco tiene toda la razón cuando denuncia las desigualdades, las injusticias, las nuevas marginalidades, los abusos contra los migrantes, las guerras, la bomba ambiental. Al mismo tiempo, no recuerdo épocas en las que no haya estado presente el fantasma del apocalipsis. ¿Acaso vivimos un tiempo más trágico, decadente y enfermo que otros? Podría ser, aunque no lo creo. Depende mucho de cómo se mida. Si la medida es el Reino de los Cielos, no hay época que escape a la ira de Dios. Pero si se trata de la medida laica y desencantada, esta época es como todas las demás: un vaso medio vacío y medio lleno. Pero el análisis apocalíptico del mundo induce al Papa a evocar una consigna redentora: “hagan lío”, les dice a los jóvenes; sigan grandes valores, imiten a los mártires, luchen por la utopía evangélica. Se dirá que ese es su oficio. Es verdad, pero el terreno de las utopías redentoras es uno de los más delicados. Por más que se diga, los hombres tienden a legitimar la violencia y a entablar guerras en nombre de tales utopías, más que meros intereses económicos. En lo que se refiere a los tremendos efectos de las utopías redentoras, tan amadas por los movimientos sociales ante los que el Papa lanza encendidos discursos, la historia argentina viene en ayuda: ese país sufrió sus efectos como pocos. Militares, peronistas, Iglesia y guerrilleros se enfrentaron violentamente en nombre de la nación católica y de la catolicidad del pueblo, con desprecio por la democracia burguesa y el Estado de derecho. El resultado es conocido por el mundo.
Tomemos en consideración un episodio citado por un vaticanista italiano. Escribe que Bergoglio recuerda conmovido al padre Vernazza, de cuyo apostolado permanece viva la memoria en las villas de Buenos Aires. Es verdad: como otros sacerdotes, Vernazza le había dedicado la vida a los pobres. Pero tal dedicación tenía también otros aspectos. Vernazza viajó en el avión que en 1972 llevó de vuelta a Perón a su patria, entre políticos, sindicalistas, guerrilleros y religiosos peronistas. Estaba incluso Licio Gelli en ese avión. Todos pensaban que la Argentina era una nación católica inmune al virus liberal, que el peronismo encarnaba la catolicidad del pueblo y que Perón habría restaurado el orden cristiano; un orden sobre el cual no había acuerdo, y que provocó que terminaran disparándose entre ellos. Del baño de sangre sobre el que después los militares colocaron una horrible lápida participaron también los amigos de sacerdotes llenos de buenas intenciones como Vernazza. Los Montoneros, grupo armado peronista que veía reflejado el Evangelio en el socialismo, y que en su nombre mataba sin vacilaciones, se habían formado en las parroquias. Eran jóvenes que “habían hecho lío”.
Esto sucede donde se impone el populismo: la defensa de la identidad del pueblo, especie de ave fénix, oscurece el Estado de derecho, cuyos principios son considerados inapropiados instrumentos de las clases coloniales contra la virtud del pueblo. El populismo vuelca así su impulso maniqueo en la arena política. Resultado: la dialéctica política se transforma en guerra entre pueblo y anti pueblo; el Apocalipsis es una profecía auto cumplida; la redención sigue siendo un sueño insatisfecho. Lo cual no impide, sin embargo, que Francisco, afligido por la idea de que la globalización infecta y mata las identidades del pueblo, diversas entre ellas pero todas signadas por la religiosidad, invoca una defensa a ultranza. A ello apunta cuando se rebela contra la uniformidad que el capital impondría al mundo; cuando reclama pluralismo, un concepto que Bergoglio conjuga de manera personal: nuevamente como pluralidad de pueblos y no de individuos; por más que muchos pueblos no admitan pluralismo en su interior. No obstante es obvio que las identidades no son inmunes al cambio, que están sujetas a mezclarse entre sí. La imputación del Papa que acusa a la globalización de colonizar la identidad del pueblo fue antes dirigida a la cristiandad, cuando se plasmaron las identidades populares que hoy Francisco defiende como si fueran eternas y estáticas.
Pero cuántas charlatanerías abstrusas, se me dirá: la sustancia es que el Papa defiende a los pobres y denuncia a los poderosos. El resto es artificio intelectual, actividad que Francisco ama tan poco que a menudo repite que la Realidad es superior a las Ideas. La tradición populista es, por otra parte, anti-intelectual por definición. El argumento es tan fuerte, tan definitivo al poner a quien lo afirma en una posición de superioridad moral, que no deja mucho margen a las objeciones. Al laico, enfermo de dudas, a quien el estudio de la historia le ha enseñado que a menudo las mejores intenciones hacen más daño que el granizo y alejan los objetivos que se querían alcanzar, algunas preguntas le surgen espontáneamente. La primera es si las imprecisas ideas que el Papa expone sobre economía son las más adecuadas para reducir las desigualdades sociales y la pobreza. Lo dudo. Y sé que muchos también lo hacen. El Papa no es un economista y no está obligado a dar recetas. Me parece justo. Pero dado que es sacrosanto y se manifiesta sobre tales materias, también será lícito expresarse sobre si están fundados o no sus diagnósticos y las terapias a las que alude: en síntesis, mucho menos mercado, mucho más Estado; la economía tendría que basarse en principios morales y no en la lógica de los beneficios. Lo cual, digámoslo, no constituye una gran novedad. El hecho es que los modelos económicos populistas a los que alude Francisco nunca dieron buenos resultados: ni en términos de creación de riqueza para distribuir, ni en la reducción estructural de las desigualdades. Las economías populistas fabricaron pobreza en nombre del pobre y su herencia suele pesar sobre las generaciones futuras. ¿No será excesiva la hostilidad del Papa por el mercado?
El más intrigante nudo del pensamiento social de Francisco nos lleva a su reflexión sobre los pobres, entendidos como categoría sociológica, y al Pobre, en el sentido espiritual. El dilema es claro: por un lado, el Papa lanza dardos contra el injusto sistema económico, causa de la difundida pobreza en el mundo; pero, por otro lado, señala al Pobre como la quintaesencia de las virtudes que hay que preservar. ¿Francisco suscribiría la famosa frase de Olor Palme, “Nuestro enemigo no es la riqueza, sino la pobreza”? Frente al riesgo de que con la pobreza desaparezcan las virtudes cristianas del Pobre, ¿prefiere entonces un mundo de pobres? Esto se desprende de su explícita postura frente a la pobreza. No queda claro. Bergoglio se expresa algunas veces contra la pobreza, y en otras, en defensa del Pobre. Quizás piense, como Fidel Castro, que cuando la riqueza comienza a corromper y a contaminar al pueblo, entonces hay que preservar algo más potente que el dinero: la conciencia. Lástima que esto presuponga la existencia de un Estado ético que se arrogue el derecho de plasmar la “conciencia” del pueblo y de establecer lo que está bien o mal para él: un Estado totalitario, heredero del antiguo ideal del Estado confesional, por el cual no excluyo que Francisco sienta nostalgia.
Mientras tanto, suceden muchas cosas y se plantean enormes interrogantes sobre los fundamentos de su visión del mundo y sobre la noción de pueblo que lo inspira; y, por ende, sobre la eficacia de que la Iglesia restituya su relevancia perdida. Las sociedades modernas, también en el sur del mundo, siempre son más articuladas y plurales. Hablar de un pueblo que protege identidades puras e intrínsecas de religiosidad es ha menudo un mito que no se corresponde con la realidad. No tiene sentido seguir considerando a las clases medias, que han crecido enormemente y están ansiosas por poder consumir más y tener mejores oportunidades, como clases coloniales enemigas del pueblo. Muchos pobres de ayer hoy forman parte de las clases medias. El mercado religioso se encuentra en una rápida evolución y la secularización avanza a pasos agigantados. Incluso en el plano político, los populismos con los que el Papa comparte muchas afinidades, sufrieron muchos golpes, especialmente en América latina, tanto que lleva a sospechar si no están quedando huérfanas del pueblo que invocan. No casualmente Francisco pareció desorientado cuando un periodista le pidió su opinión sobre la elección de Mauricio Macri y el nuevo curso antipopulista que algunos piensan que se está dando en América latina. “He escuchado alguna opinión –murmuró el Papa–, pero de esta geopolítica en este momento no sabría qué decir. Hay muchos países latinoamericanos en esta situación de cambio, es verdad, pero no sabría explicarlo”. Es evidente que no se mostró entusiasta considerando el perfil más secular y cosmopolita de las fuerzas que se proponen suplantar a los populismos en crisis. Pero con ellas deberá confrontarse el Santo Padre. Adorado por los fieles pero también huérfano, al menos un poco, de pueblo.

Traducción: José María Poirier

El autor es profesor de Historia de América latina en la Universidad de Bolonia, autor de numerosos trabajos sobre el peronismo y la Iglesia argentina.

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28 Readers Commented

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  1. Graciela Moranchel on 2 abril, 2016

    Me pareció muy interesante el contenido y el análisis de este artículo sobre el populismo del Papa Francisco. Estoy de acuerdo con las opiniones del autor.

  2. Cristina Miguens on 2 abril, 2016

    El error para un cristiano es definir pobreza o riqueza en términos materiales, una contradiccion al mensaje fundamentalmente espiritual de Cristo: “mi reino no es de este mundo”. Este error quedó consagrado en Vaticano II con la opcion por los pobres, entendiendose por “pobres” a los carenciados economicamente, y de ahi devino toda una confusion que inspiró movimientos politicos antidemocráticos y violentos en el siglo XX. Apocalipsis no es una “profesía autocumplida”, es una “revelacion” y en especial, es la revelacion de la Verdad que nos redime del error.

    • horacio bottino on 16 noviembre, 2016

      Cristo no era espiritualista es Dios echo carne,las 2 pobrezas,la material los 2 pichones como ofrendas de María y josé ,los ciegos los leprosos los enfermos dió de comer a los hambrientos 2 veces

  3. LUCAS VARELA on 4 abril, 2016

    Impresentable artículo del señor Zanatta, alegremente traducido por el Poirier antiperonista.
    Hacer una referencia tan lineal entre el papa Francisco y la política es palabrerío inconsistente. El señor Zanatta no esta interesado en un papa apolítico, ciertamente.
    Un bochorno.

    • Roberto on 16 mayo, 2016

      Excelente síntesis. Populismo término puesto de moda para manifestar el furioso antiperonismo. Confundir a CFK, Maduro o Chávez con Perón es un despropósito o, tal vez un propósito. Entre uno y otro término o expresión, omiten solapadamente la cuestión social y de bien común que el liberalismo sin humanismo no resolvió ni va a resolver.
      Y a todo esto se prestan estos “prestigiosos” académicos.

    • Luis Diaz on 29 mayo, 2016

      Un Papa que en México le reprocha al presidente sobre narcotráfico, secuestro y corrupción pero cuando va a Cuba no dice nada, una verguenza.

    • luciano tanto on 21 junio, 2016

      “impresentable”, “bochorno”, etc., no son argumentos.

  4. LUCAS VARELA on 6 abril, 2016

    Amigos,
    He recibido una reprimenda que la asumo y acepto: ”Ataco a las personas sin ningún argumento respecto al contenido del artículo”.
    Por ello, intentaré enmendar mi error con el siguiente comentario sobre el artículo del señor Zanatta:
    Si aceptamos, en términos muy generales, que hacer política es: manifestar públicamente una opinión sobre un problema o asunto público; todos somos políticos, aún el papa Francisco.
    Es necesario ahora hacer la siguiente clasificación: hay políticos amateurs y políticos profesionales.
    Un político PROFESIONAL (vale resaltarlo en mayúsculas) es aquel que tiene por suprema función política ganar elecciones; es un “electorero”. Todo lo supedita a acrescentar votos. Tiene ideas (generalmente a préstamo gratuito, y a veces a servicio), como medios para acceder al poder. Y cuando tiene el poder, el voto es el medio para retenerlo.
    Un político profesional es aquel que desde el cargo (representativo) piensa en la reelección, y supedita todo lo demás a esto. Las doctrinas (si es que lo son), solo son plataforma electoral. No se conoce político profesional que exponga soluciones que pudieran traer la derrota electoral (si las tiene, las esconde).
    Por el contrario, un político AMATEUR (vale resaltarlo en mayúsculas) dice lo que siente. Es sincero, sin importar que lo que diga sea lo contrario a lo que uno desea escuchar. No tiene doctrina política, solo voluntad de analizar problemas para encontrar soluciones, lo demás importa poco. Lo importante, y primero, es la verdad.
    Y si el político ameteur no es neutro, vive con infamias y sin elogios, se revela y “hace lío”, es fiel a otro y se compromete. Un político amateur, que no es neutro, es soñador sin importarle las apariencias, indiscreto y sin secretos, dispuesto a conocer los problemas para ir a una solución.

    Dicho esto, les pido que con una mano en el corazón, mediten sobre la calificación política del papa Francisco.

    Ahora sí, es importante hacer la diferenciación entre católicos, y NO católicos (vale resaltarlo en mayúsculas porque el señor Zanatta se declara no creyente).
    Un católico practicante meditará sobre el papa Francisco en forma diferente a la meditación de un no católico. Porque para un católico practicante, la Iglesia es depositaria de las verdades de la fe.

  5. Juan on 8 abril, 2016

    Resulta llamativo tanto análisis en detalle (que no dejan de ser INTERPRETACIONES) xa TRATAR de DESPRESTIGIAR a un Papa. Francisco NO ES POPULISTA, sino HUMANISTA, que es lo que falta en esta sociedad. Resulta sorprendente que este autor (Zanatta) tache de populista peronista a un Papa que, cuando fue Sacerdote+Obispo en Argentina BATALLÓ en MÚLTIPLES ocasiones contra las políticas de LOS KIRCHNER; asombroso…! Que hable de “pueblos” o “sociedades” NO ES EXCLUYENTE de la consideración de “INDIVIDUOS”; eso es una FALACIA de alguien q trata de desacreditarle. El Papa NO OBEDECE ni al Liberalismo, ni al L. Individualista ni al Pensamiento mundanal, eso es un gran ERROR de consideración de este autor; sólo OBEDECE a CRISTO (como autorizado Vicario suyo que es), su ÚNICO Dios, y TRATA de actuar en consecuencia, con HUMANISMO, NO CON POPULISMO NI CON LIBERALISMO.
    Lo firma: un Católico, humanista con orientación Liberal no individualista.

  6. LUCAS VARELA on 12 abril, 2016

    Señor Zanatta y amigos,
    “En cuanto no creyente, me impresiona ver las bofetadas que resuenan en la Iglesia;…” comienza su artículo.
    Si el señor Poirier lo tradujo correctamente, debemos presuponer que lo que sigue es obra de alguien que no cree en Dios, ni en nada que relacionado con los contenidos de la Iglesia católica, u otras. Al señor Zanatta no lo inquieta el más ínfimo germen de duda, después de la muerte….nada..
    Ésta aclaración es, en realidad, una definición. Porque ¿Qué define una vida sin creencia? No creer requiere, sobretodo, resignación a no desear más que a ésta vida terrenal. Si el señor Zanatta aclara no creer en otra vida trascendente, deja como único afán en su vida el enriquecerse. ¿Adónde esta el afán de ser más? En el hacer más dinero.
    Quien lea este comentario, podrá decir que lo mío es un apresurado prejuzgamiento de una persona que no conozco, y que ni siquiera sabía que existía.
    Pero no; el propio señor Zanatta se “confirma” y define. Observen Ustedes que el señor Zanatta justifica la supuesta acción populista del papa Francisco como reacción frente a la rápida evolución del ¡“mercado religioso”!.
    ¡“MERCADO RELIGIOSO”!.
    Amigos, entrando a wikipedia, observarán que la definición de “mercado” aplicada a la religión (que el señor Zanatta seguramente aprobará), es la siguiente:

    Mercado sería cualquier conjunto de transacciones (intercambio de “asistencia espiritual” contra un pago dinero) entre individuos. El mercado no hace referencia directa al lucro o a las empresas (instituciones dedicadas a actividades económicas o comerciales), sino simplemente al “acuerdo mutuo” en el marco de las transacciones. En otras palabras, debe interpretarse al mercado como a una institución u organización social a través de la cual los ofertantes (la Iglesia Católica) y demandantes (creyentes) de un determinado tipo de bien o de servicio (la fe), entran en estrecha relación comercial a fin de realizar abundantes transacciones comerciales.

    El señor Zanatta, ya lo ven, es de un materialismo característico de aquellas mentalidades ínfimas que, oyendo decir que el papa Francisco es muy inteligente, pregunta al punto…¿Cuánto gana?

  7. Giorgio Lagomarsino on 19 abril, 2016

    Recomiendo la lectura del siguiente articulo firmado por Massimo Fagioli, publicado en la misma revista Il Mulino con el siguiente titulo: “Populismo o elitismo nella chiesa”. Podrìa ser un buen “antidoto” contra algunas consideraciones dificilmente condivisibles de Loris Zanatta.

    http://www.rivistailmulino.it/item/3146

    Una sintesis del pensamiento de Fagioli se encuentra ya en los primeros parrafos del citado articulo que comienza asì:
    “Francisco, sin lugar a dudas, es un anti-elitista. Su biografía, su lenguaje y su mensaje están firmemente arraigados en una “teología de la gente.” Pero es esto suficiente para ponerle la eticheta de populista ?
    La cuestión es importante por dos razones; En primer lugar, para entender Francisco y los que se oponen; en segundo lugar, para comprender el grado en que la Iglesia Católica forma parte de la ” era del populismo “en el que estamos viviendo. La etiqueta de usar instrumentos populistas es uno de los más usadas por aquellos que quieren rechazar el mensaje de este Papa sudamericano que invoca un sistema económico y social màs justo.”

    La difusion del articulo de Massimo Fagioli podrìa enriquecer el debate.

  8. Ignacio J. Navarro on 19 abril, 2016

    Zanatta sobre el populismo de Francisco.

    Sr. Director:

    El número de abril de la revista CRITERIO (2424) lleva por título “Un Papa entre la pastoral y la política”, y remite allí a dos artículos: uno, de Diego Fares, que reflexiona acerca del lugar de la política en la tarea pastoral y catequística del Papa Bergoglio, y otro, de Loris Zanatta, que presenta un largo elenco de hechos (y algunos dichos) protagonizados por Francisco, que son definidos por él como “populistas” y adversos a otro modo distinto de comportarse políticamente que no queda muy claro cuál es.
    Agrego algo (al pasar, porque lo que me interesa señalar es otra cosa): la idea de incluir en la revista dos artículos con distintas opiniones acerca del mismo tema es una actitud loable, que apela al diálogo y manifiesta honestidad intelectual. Pero después puede ocurrir que esta imparcialidad resulte algo desdibujada cuando uno de esos artículos es francamente superior al otro. Entiendo que este es el caso entre Fares y Zanatta. El último, con cierto modo periodístico, registra, con buena información, abundantes hechos y los comunica sin mayor reflexión. Y el desarrollo del artículo, que se acerca a un dualismo simplista, en términos generales no supera un lugar común mediático acerca del Papa Francisco, una mirada llevada a cabo sin mayor instrumental interpretativo. Fares, en cambio, formula con claridad el sentido de la concepción y actividad políticas de Francisco, apoyándose con solidez en la doctrina social de la Iglesia y en las definiciones que en esta materia ha formulado el mismo Papa Bergoglio. Ofrece una visión más compleja y acabada, que no excluye la mirada de fe, acerca de los objetivos que Francisco persigue al manejarse en medios políticos, de los que respeta sus modalidades propias y su autonomía, pero a los que enmarca en un objetivo religioso que les confiere también otra magnitud y finalidad.
    Es por eso que creo que hubiera sido mejor que la revista titulara este número de un modo que más bien reflejara el aporte editorial (por ejemplo). Claramente, este número no es monográfico; su tema no es la política de Francisco; es un número heterogéneo. Y como Zanatta se refiere solamente a lo que él entiende que es la política de Bergoglio, y Fares a la política como elemento que forma parte, junto con otros, de la tarea pastoral de Francisco, resulta que el Papa no queda “entre” una cosa y otra como propone el título.
    Pero, en realidad, lo que me ha impulsado a escribir estos pocos párrafos me devuelve al artículo de Zanatta que, como ya apunté, presenta ese lugar común tan difundido por los medios masivos (especialmente argentinos, que tienen su propia polémica interna) que califica a Francisco como “populista”. No me interesa ahora situarme ante esta calificación que, en el marco de una mirada rápida y cómoda, sin mayor análisis, comparto en algunos aspectos y en otros no. Sí me interesa manifestar mi perplejidad y desconcierto al advertir que casi nadie repara en la verdadera popularidad de Francisco, en el hecho de que es realmente popular.
    Imposible aquí describir el fenómeno, pero no imposible atenerse a su evidencia contundente. Y esta popularidad debe ser claramente distinguida y diferenciada, seriamente, de cualquier clase de “populismo”. Y Zanatta, si bien intenta alguna definición (“Entonces, ¿Bergoglio es populista? Absolutamente, a condición de que ese concepto sea entendido como se debe.”) descuida el hecho de que el término “populista” es generalmente utilizado en sentido peyorativo y es así como se lo suele entender, como parece ocurrirle incluso al mismo Zanatta.
    El sentido peyorativo de la palabra “populismo” tiene ciertamente poderosas justificaciones; sobre todo se apoya (además de en un modo de hacer política), en la proliferación creciente, durante las últimas décadas, de los más grotescos líderes populistas en todo el mundo. Porque si bien para Latinoamérica la extendida figura del líder populista ha sido una carga devastadora, otras partes del mundo no han estado exentas, como, ciertamente, África y Asia, pero también muchos países europeos: Italia, Francia, España… Sin duda, los Estados Unidos de Norteamérica.
    Cada época le ha requerido a cada Pontífice características especiales, acordes con esa época. Pablo VI, por ejemplo, tuvo que ser líder en una época de grandes líderes mundiales, sociales y políticos, de todas las geografías e ideologías, y supo ser y presentarse como un alto y sabio humanista latino, como alguien enorme, como un líder de líderes. A Francisco le ha tocado ser líder en un mundo, en buena medida, de líderes populistas. Pero él, ante los pueblos que lo admiran y siguen, no miente, no promete nada, no regala nada. Es decir que excluye tres piedras basales del populismo. Y sus acciones políticas en distintos países y ante diversos jefes y mandatarios han sido hábiles y exitosas, en el mejor sentido de lo que se puede y debe esperar, en beneficio de los mejores ideales y las mejores realidades, cosa también ajena a la maquinación del líder populista, que siempre pone todo esto al servicio del acrecentamiento de su figura, poder y riqueza personales. Esto es nada más que astucia, por más genial que sea. De Francisco no es de ninguna manera descabellado decir que es un verdadero y gran estadista, cosa que lo ha hecho popular, además, incluso entre los mejores líderes.
    (Están los ejemplos que pone Fares en su nota. Pero si uno mira detenidamente la última intervención del Papa, su visita a Lesbos, advierte cualquier cosa menos un gesto o actividad “populista”.)
    Una figura debe ser contemplada en su totalidad para que pueda ser realmente percibida. La consideración sólo de los detalles y aspectos, por más certera y pormenorizada que sea, no logra acceder a una comprensión. Si uno mira bien a Francisco, percibe en él un centro evangélico irradiante que, con modalidad propia, le da organicidad y sentido a cada trazo de la figura. A uno puede no agradarle esa “modalidad propia”; pero ese desagrado no puede constituir el punto de vista. Por supuesto que a Francisco se le pueden criticar muchas cosas. Pero hay algunas maneras de formular y de acentuar esas cosas criticadas, que hacen imprescindible olvidar el centro, dejar de lado la verdad principal y manifiesta de la figura.
    En esta época en la que, aunque ciertamente no es lo único que hay, es verdad que está muy marcada por los populismos, no es cosa desdeñable la aparición de semejante líder mundial auténticamente popular; popular para muchos pueblos y para muchos dirigentes.

    • José Vismara on 8 julio, 2017

      Sugiero al señor Ignacio Navarro la lectura completa del documento de La Habana, suscriptos por el papa Francisco y por Cirilo de Rusia. Toda la Fe del mundo no alcanzaría para encontrar en los párrafos 2 y 3 un solo matiz diferencial con respecto a la interpretación de Zanatta. Negar la conflictividad intrínseca y la violación de los derechos humanos en Cuba durantes seis décas supone relativizar el valor de la vida y la libertad.

  9. Alberto Ramón Althaus on 21 abril, 2016

    Profesor Zanatta debo decirle que su planteo lo hace desde una posición a favor de la globalización por lo que su ensayo contiene una matriz ideológica que le resta credibilidad en círculos católicos.
    Además, mostrar a Bergoglio como un defensor del catolicismo es un error, un defensor del catolicismo lo primero que se hubiera hecho sería proteger y fomentar la familia católica y no infiltrar ideas contrarias a la familia como el divorcio y las uniones de hecho.
    Ello le impide reconocer que el problema es que Bergoglio fomenta los populismos de izquierda mientras que el peronismo como movimiento va de la izquierda a la derecha, sólo le interesa a Bergoglio el peronismo de izquierda y los populismos de izquierda.
    Por otro lado, la supuesta preocupación de Bergoglio por el catolicismo no es tal, él está detrás de una unidad de todas las religiones, un gobierno mundial de todas las religiones.
    Es cierto, que defiende al pobre y fomenta los supuestos “valores” del pobre, a la vez, que critica a quienes considera como únicos responsables de la pobreza pero este es un clásico discurso de izquierda y no hay algo así como una preocupación por el desarrollo de la religión católica sino una preocupación por el desarrollo de gobiernos populistas de izquierda hasta que tengan el dominio mundial con el apoyo de una fraternidad de religiones ese es, tal vez, su sueño o lo que nos muestran sus palabras y gestos.
    Entiende la Doctrina Social de la Iglesia desde la perspectiva de fomentar gobiernos populistas de izquierda que apoyen la religión en la masa de un pueblo pobre sin presencia de clase media.
    Luego, hay que tener presente que todo buen peronista tiene un doble discurso allí hay espacio para aparentes contradicciones, para gestos y palabras dirigidos a Europa pero busca que se produzca la inmigración y la fomenta porque ello generaría pobres en Europa y en E.E.U.U. para que surjan gobiernos populistas de izquierda al estilo de Putin o Maduro o que se generen líos que llevarían a revoluciones de izquierda.

  10. LUCAS VARELA on 24 abril, 2016

    Estimado señor Giorgio Lagomarsino y amigos,
    Lamento no poder leer la referencia del señor Giorgio Laomarsino. No entiendo el idioma italiano. No obstante, parece muy correcto hacer referencia al elitismo como antónimo de populismo.
    La vida del hombre es lucha por sobrevivir; que es vivir más y mejor. Es una lucha penosa y humana, para satisfacer carencias de todo tipo (materiales, culturales, alimenticias, sociales, educativas, etc.); y por mas libertad. Luchamos, cada cual a su manera, conformando una sociedad que pretende evolucionar a una vida más plena.
    Pero, debido a nuestra condición humana, se generan antagonismos y desequilibrios sociales causales de dispersión social y profundo individualismo. La vida se hace muy contradictoria; se lucha por más libertad pero esclaviza. Se es humano en una sociedad deshumanizante.
    Y se es malo o bueno, se es ordinario o “educado”, se es mediocre o superior, se es débil o poderoso; en definitiva, se es elite o no. Y si no se es elite, entonces somos “pueblo” que pretende una vida mas justa y solidaria.
    La vida del “pueblo” suele ser manipulada por las elites de poder económico y político, que operan como fuerza de dominación y deshumanización. Y aquí es donde surge la necesidad de un mensaje claro de esperanzas, de tolerancia y de transformación. Surge el mensaje de que somos todos, elitistas o no, miembros de la misma sociedad que nos define una identidad común que nos vincula.

  11. LUCAS VARELA on 27 abril, 2016

    Amigos,
    Creo que no es necesario decir mucho más para aclarar el concepto (bien intencionado) de “Papa populista”.
    Pero, no está bien aclarado el propio significado de la palabra “populista” y su evolución ( involución?) histórica. Permítanme hacer, para consideración de los lectores, un breve resumen histórico:

    El populismo, traducido del latín, es entendido como “a favor del pueblo”. El pueblo en su totalidad, sin exclusiones ni privilegios, especialmente económicos. Una calificación “neutra” de populismo corresponde a quien tiene comportamientos y decisiones que construyen una política con participación popular e inclusión social. Los desvíos al concepto “neutro”, se producen al usarlo con descuido, para juzgar, y opinar.
    Si éste “descuido” es intencional, siempre es muy peyorativo. Que es el caso de la Revista Criterio, cuando lo usa para juzgar al papa Francisco, y el caso Zanatta que nos ocupa.
    Cuando se usa el “populismo” como una advertencia de amenaza, los “populistas” son una especie de plaga indefinida, que están por todas partes y nadie puede explicar concretamente y en detalle.
    No es unánime una intención peyorativa del término “populismo”. Se dice que el término “Populismo” nace en Rusia a fines del siglo XIX: “populismo” era aprender del pueblo antes que pretender erigirse en sus guías.
    Posteriormente, en la misma Rusia, los marxistas rusos comenzaron a usar el término “populismo” en un sentido peyorativo para diferenciarse de los socialistas locales que pensaban que los campesinos serían los principales sujetos de la revolución.
    En la década de 1950, en Estados Unidos, la academia adopta el término “populismo” con un sentido novedoso. Se refería a “una ideología de resentimiento contra un orden social impuesto por alguna clase dirigente de antigua data, de la que supone que posee el monopolio del poder, la propiedad, el abolengo o la cultura”. Movilizar los sentimientos irracionales de las masas para ponerlas en contra de las élites, era el populismo. En otras palabras, “populismo” pasó a ser el nombre para un conjunto de fenómenos que se apartaban de la democracia liberal, cada uno a su modo.
    En las décadas de 1960 y 1970, el término deriva a un sentido algo diferente. Lo utilizaron para nombrar a un conjunto de movimientos reformistas del Tercer Mundo, particularmente los latinoamericanos como el peronismo en Argentina, el Varguismo en Brasil y el Cardenismo en México. A pesar de que algunos intelectuales valoraban positivamente la expansión de nuevos derechos para las clases bajas que había venido de la mano de estos movimientos, su tipo de liderazgo les producía (y produce) un profundo rechazo y desprecio. Liderazgo distinguido por ser personal antes que institucional, emotivo antes que racional, de pensamiento único antes que pluralista. Implícita era la medición de “populismo” con la vara de las democracias “normales” del Primer Mundo, con normativas sobre cómo se suponía que debían ser y lucir las verdaderas democracias.
    Así, el concepto de “populismo” mutó de un uso más restringido que refería a los movimientos de campesinos o granjeros, a un uso más amplio para designar un fenómeno ideológico y político más o menos ubicuo.
    “Populismo” podía aludir a tal o cual movimiento histórico en concreto, a un tipo de régimen político, a un estilo de liderazgo o a una “ideología del resentimiento” que amenazaba por todas partes a la democracia. En todos los casos, el término tenía una connotación negativa.
    El término “populismo”, al volverse de uso común, especialmente en las últimas dos décadas, se descontroló completamente. Casi cualquier cosas puede ser llamada “populismo” en la prensa de hoy, hasta el Papa.
    “Populista” se ha vuelto una especie de acusación banal que se lanza simplemente para desacreditar a cualquier cosa o adversario, buscando asociarlo así con algo ilegal, corrupto, autoritario, demagógico, vulgar o peligroso. El Papa y algunos gobiernos latinoamericanos que en los últimos tiempos no se alinearon con Estados Unidos o con el FMI son por supuesto los blancos preferidos. Venezuela, Nicaragua, Argentina, Bolivia, Paraguay, Ecuador y Brasil son o han sido atacados por la amenaza “populista” que proyectan sobre las democracias de la región.
    Y uno pensaría que ya entendió a qué se refiere el término, pero entonces comprueba que también Silvio Berlusconi –que no era ningún enemigo de los norteamericanos y mucho menos de los grandes empresarios– era un “populista”. ¿Y por qué? Porque Berlusconi hablaba “en el lenguaje del hombre común de la calle”. Y yo pregunto,¿Berlusconi, que tiene que ver con el Papa?

  12. LUCAS VARELA on 29 abril, 2016

    Amigos,
    ¿Berlusconi, que tiene que ver con el Papa Francisco?
    Es obvio que la respuesta es …nada.
    Aunque, el legado de Umberto Eco (http://archivo.losandes.com.ar/notas/2005/4/17/opinion-150770.asp) establece la relacion con el concepto, ofensivo y humillante, de “populista”.
    Observamos que, con cierta razón, el distinguido profesor “acomoda” el concepto “populista mediático” para desacreditar a Silvio Berlusconi. Que, en este caso, quiere significar: autoritario, anti republicano, anti democrático.
    Y así, el concepto “populismo” sigue haciendo historia inconsistente y vulgar, sumando artículos periodísticos que tienen como único objetivo restarle créditos a la gente.

  13. Alberto Ramón Althaus on 30 abril, 2016

    El tema importante que corresponde difundir:
    ¿Qué sucede con la Iglesia o una parte de la Iglesia si modifica un dogma o la doctrina como en el caso del adulterio o la infalibilidad del papa?
    R: Se produce un cisma, si se trata de toda la Iglesia se produce una ruptura con la Iglesia católica, una ruptura en el tiempo o cisma. Ya no es la misma Iglesia. Por algo Benedicto XVI hablaba de interpretar el Concilio Vaticano II sobre la hermenéutica de la continuación.
    ¿Puede la nueva Iglesia ser santa?
    R: No, porque la única santa es la fundada por Jesucristo y por no sostener todas las verdades de fe ya que se separa de la misma (la anterior y verdadera) por una herejía, o sea, por enseñar algo distinto a lo que enseñó Cristo y su Iglesia siempre.
    ¿Qué sucede con los católicos que adhieren a la nueva Iglesia y participan de su culto?
    R: Pues simplemente que pierden la santidad por adherir a otra Iglesia que la formada por Jesucristo.
    ¿Que pasa con los católicos tradicionalistas que quedan? ¿Pueden formar una Iglesia católica o mantener el culto?
    R: No, formarán un grupo de elegidos pero no la Iglesia católica pues la misma se forma sobre la piedra que es el papa y al haber caído en apostasía junto con la jerarquía no hay más Iglesia católica ni culto posible. Si la sal pierde el sabor no hay con que salarla
    ¿Estamos en esa situación ante un Iglesia formada por Bergoglio como un nuevo Lutero?
    R: Estamos próximos a ello ya la jerarquía ha adherido en masa junto con el pueblo al nuevo dogma sobre el adulterio, la familia católica y las uniones irregulares.
    Por lo señalado anteriormente se puede comprender por qué Bergoglio trata de decir que la doctrina no cambió pero sí la pastoral y, luego, en el avión en busca de refugiados musulmanes afirma que la doctrina sí cambio, y por qué Burke señala que son opiniones privadas y por qué tantos cardenales conservadores callan.
    Podemos decir que en el momento actual hay dos dogmas sobre el tema del adulterio, la familia católica y las uniones irregulares, uno el del magisterio de la Iglesia católica de siempre y que, por otra parte, está lo que enseña el capítulo VIII de la Amoris Laetitia junto con el apoyo de la jerarquía y de la gran mayoría del pueblo católico, por lo cual el dogma de la nueva Iglesia es aquel que en realidad está vigente o en práctica por lo que nos encontramos con una nueva Iglesia.
    Nada mal para Bergoglio formar una nueva Iglesia con 1.200 millones de fieles y sin que ellos sientan casi el cambio, pero ellos saben que no es la Iglesia anterior y verdadera. La verdad nos hará libres.

  14. Mario Balza on 13 mayo, 2016

    Creo que la Iglesia no se divide entre “conservadores y progresistas” sino entre quienes han vivido la experiencia de Dios y quienes no. Dios es una experiencia que se vive, no un concepto que se razona. Y así como un niño puede ser obligado a hablar de sexo sin haber vivido la plenitud de esa experiencia, así hay personas que “hablan” de Dios sin haber vivido la experiencia de Dios, se trate de teólogos con pergaminos de cristianos, de fariseos o de intelectuales ateos como el Dr Zanatta. Mi pregunta que me gustaría hacerte, querido papa Francisco, esta; ¿Por qué no nos hablas de tu experiencia de Dios como San Ignacio nos habló de la suya?¿ Por qué no poner en el centro del humanismo cristiano, del mensaje y del debate evangelizador la experiencia conmocionante del encuentro con el Señor? Todo lo demás no es más que una discusión estéril entre quienes no saben -aún- qué es lo que sostiene nuestra fe

  15. Juan Carlos on 25 mayo, 2016

    Bien, yo sencillamente digo que por fin el catolicismo tiene un Papa cristiano. Ya era hora. Todo lo demás… es silencio, o palabras vacías de sentido cristiano. Justificar lo injustificable con palabras alambicadas, pero faltas de verdad cristiana, Verdad que va más allá de los números y de los vaivenes políticos. Es que, como decía Heidegger, estamos en tiempos oscuros, en los cuales el desierto crece. Y rápido.

  16. Clara Diaz Crespo on 25 mayo, 2016

    Mi padre, médico, educado por Padres jesuítas en Córdoba, Argentina, de familias católicas, que
    por la imposibilidad de estudiar medicina a causa de la Reforma Universitaria del 18, se fué a Alemania a estudiar . Cuando el Vaticano II, con sus nuevos concepto me decía: ” nuestra Religión fué siempre “la del bueno o del malo”, “ahora es la del rico o del pobre”. Lamentable cambio, pienso como la religión que nos enseñaron nuestros padres.

    • horacio bottino on 16 noviembre, 2016

      Nuestra religión es el Cristo total en su misterio de su vida pública sus acciones y su actuar no es solo moral, es una persona viva.Como dice la carta de Juan “Si decís que amás al prójimo con frío y no les das de vestir no amás a Crisro” lo que hicieron porlos hambrientos sedientos etc obras de misericordia

  17. PABLO ADOLFO GONZALEZ on 26 mayo, 2016

    El liberalismo que exalta el autor es el mismo que asesinó sin piedad a los campesinos de La Vendée, aguillotinó de la mano de Robespierre a millares de cristianos en los sucesos que siguieron a la revolución de 1789 y sometió a los irlandeses persiguiéndolos durante siglos. En Argentina, también se persiguió la Fe del pueblo buscando destruir sus bases cristianas y ello no ha cesado hasta ahora. De ahí la justificada desconfianza que tiene Francisco hacia quienes declaman el valor de la libertad, pero en su foja de servicio tienen probados antecedentes de intolerancia. Para aquellos que pensamos que la Nación Católica no es un mito y escribimos el nombre de Dios con mayúsculas, estas reflexiones no son novedosas y se enmarcan en un ideario suficientemente conocido. Niegan el sentido misional de la epopeya española enarbolando leyendas negras, sobre cuya falsedad resultan esclarecedores los trabajos de historiadores como Vicente Sierra, Rómulo Carbia y tantos otros que han contribuido a echar luz y verdad sobre los hechos ocurridos en aquellos lejanos tiempos. Francisco conoce los crímenes cometidos invocando la libertad. No por eso le cierra puertas a nadie, dado que ha sido un ejemplo en materia de convivencia y diálogo amplio con todos -eso es irrefutable-. Nada nuevo bajo el sol, las diferencias siguen vivas como en los debates de las leyes laicas del 80. Lo destacable es que la Iglesia es la única institución que viene reiteradamente pidiendo perdón por sus pecados, conducta que no observo en otros, pero que no pierdo la esperanza de que tenga lugar más adelante. Ojalá se materialice una reconciliación sincera que nos permita un futuro más fraternal y armonioso, que nos haga deponer preconceptos que hacen las veces de árboles que ocultan el bosque. A mi poco me importa que el Papa pudiera simpatizar con el peronismo -al que no le tengo aprecio-, en la medida que sea capaz de conducir la Nave en la Tempestad. Lo está haciendo con errores y aciertos y sobre todo con buena fe. No está exento por supuesto de miserias que lo aquejan como a todo hombre, pero entiendo hace lo posible para evitarlas. ¿Se disgustó con el triunfo del candidato al que yo voté? En rigor de verdad, ello me tiene sin cuidado porque son otras las cosas que espero de su pontificado que entiendo lleva adelante de la mejor manera. No es fácil hablar de Dios en estos tiempos de secularización, ser recibido con sumo respeto en lugares tan disímiles como Cuba, México y EEUU. La Italia nacida al calor de las ideas de Cavour y Garibaldi, nunca fue benévola con el Papado y ello sigue siendo así hoy día.

  18. Néstor Tato on 4 junio, 2016

    Parece que me falla la memoria. Este señor Zanatta dice que Macri apoyó el matrimonio gay y, yo, sinceramente, creí que había sido el kirchnerismo el que había promovido eso ¿estoy equivocado?¿y si no lo estoy? ¿cuánto se puede creer a alguien que pretende ser historiador y le falla ese dato?

  19. ESTAGIRITA on 6 junio, 2016

    El análisis presentado en el artículo “El papa populista” desentraña un misterio inexplicable para nosotros los argentinos: ¿cuál es el pensamiento y la acción consecuente del papa Bergoglio?
    En primer lugar, deduzco que este pontífice autolimitado a ser “Obispo de Romano” pero que opera como “Pontífice Máximo-maximorum” ha sublimado la expresión de que la IGLESIA ES EL CUERPO MISTICO DE CRISTO al traspolarla al concepto de que EL PUEBLO ES EL CUERPO MISTICO DE LA IGLESIA.
    En segundo lugar, deduzco que el papa Bergoglio (que todavía no es el Papa Francisco) tiene pocas lecturas y mucha menos escrituras propias (Padre Tucho Fernández dixit) y no sabe absolutamente nada sobre la enorme y sustancial distinción entre LIBERALISMO y NEOLIBERALISMO. El papa Bergoglio sigue pensando en el Liberalismo de la Ley 1420, en el liberalismo masónico que expulsó a José Manuel Estada de su cátedra o el que más modernamente criticaba Sánchez Sorondo desde el periódico Azul y Blanco. El asimila este liberalismo moral al neo- liberalismo económico que Wilhelm Röpke explicó y aplicó en la Alemania de Posguerra. Si el papa Bergoglio descubriera que el neoliberalismo de Röpke, Eucken, Müller Harmack, von Hayek, von Mises, Murray Rothbard, etc. se basa en la escuela de Salamanca (siglos XIII a XVI, cambiaría de opinión sobre la propiedad privada, el dinero, los impuestos, el mercado, el capital, la pobreza y dejaría de hablar del derrame.
    En ambas cuestiones: PUEBLO COMO CUERPO MISTICO y NEOLIBERALISMO COMO AGNOSTICISMO LAICISTA, el papa Bergoglio está indocumentado y alejando a la Iglesia de la verdadera solución al problema de la pobreza.

  20. Carlos Mai on 6 junio, 2016

    Es un artículo interesante y como tal da para infinitos comentarios al margen.
    Solo comentaré mi sorpresa cuando un periodista consultó a Francisco I sobre el triunfo de Macri en su candidatura a presidente, estaban en el avión papal regresando de Africa hacia Roma.
    “No puedo opinar sobre estos temas geopolíticos”, o algo así fue su respuesta. En ese preciso instante comprendí su bronca y frustración de peronista histórico. En ese instante lo ví como un no demócrata. Apenado decidí que no me representaba

    • horacio bottino on 16 noviembre, 2016

      yo fui quien los elegí no fueron ustedes quienes me eligieron a mi dice Cristo a los apóstoles entre que estaba Pedro y sus sucesores.El Papa Francisco representa a Cristo

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