La hýbris entre los griegos y el parecer de David Owen

¿Cuál es la causa de la arrogancia de ciertos líderes políticos? ¿Un desajuste emocional, una patología, cierto grado de perversión o la manifestación de quienes nunca dan su brazo a torcer?

La palabra griega hýbris, cuya primera sílaba, al pronunciarla, debemos aspirar en nuestra transcripción, fue traducida al latín como superbia y, al español, como soberbia. Se trata de una desmesura, de un ir más allá de los límites fijados, de la transgresión de un orden establecido (contraria a phrónesis: “pensamiento prudente, razonable”). En ocasiones va seguida de áte “ceguera, obcecación”, que implica persistencia en el error –según los griegos, por ignorancia–, lo que es más grave que la misma hýbris. Para una línea de análisis, Áte está sentida como una deidad o una fuerza que, cuando nos ve vacilar, no trepida en lanzarnos al abismo, con la debatida cuestión: ¿somos, en verdad, dueños de nuestros actos, o una fuerza ingobernable nos maneja a voluntad? Para el helenismo clásico, si bien los hombres aparentemente tenían la posibilidad de escoger –y así parecen haberlo hecho Aquiles, Odiseo y otros seres del panteón heroico–, por fuerza de necesidad un hado orientaba sus acciones hacia un destino que no podía ser modificado: osar alterarlo implicaba la perdición. La noción de libre albedrío, en consecuencia, tenía sus límites ya que sobre ella pesaba una Týche, “Destino” inquebrantable (“no hay para los mortales peor daño que el hado inevitable”, dice Tecmesa en el Áyax de Sófocles, vv. 463-464).
Las connotaciones semánticas del término hýbris no tienen hoy exacta equivalencia con la idea que esa palabra tenía para los griegos (en Occidente han transcurrido dos milenios de cristianismo y con esta creencia la noción de pecado y el alejamiento del determinismo). Para el helenismo hýbris consistía en un comportamiento incorrecto contra un orden establecido por designio de la fatalidad, un desarreglo impiadoso que alteraba la armonía del cosmos. Visto desde la esfera de los inmortales, una acción que los incomodaba por lo que, necesariamente, debía castigarse a quien la hubiera cometido. Así, por ejemplo, Áyax Oileo se jacta de haber sobrevivido de un naufragio pese a la cólera de Afrodita, pero la diosa lo ha escuchado y lo lleva por tanto a un final desastrado. O el caso de Edipo que, siendo un simple mortal, desoyó –e incluso despreció– el saber del anciano Tiresias, sacerdote de Apolo, que le aconsejaba no indagar sobre su origen, o bien cuando se vanaglorió de haber vencido a la Esfinge sin ayuda de los dioses, valiéndose sólo de su saber con lo que pretendió entronizar la aparente autosuficiencia de la razón humana. El tiempo, juez supremo, habría de mostrarle su terrible verdad: sin saberlo había matado a su padre y, también sin saberlo, se había unido a su progenitora (“todo lo saca de la oscuridad y todo lo oculta de la luz el largo e incontable tiempo” dice Sófocles en Áyax, vv. 646-647). Ya es tarde, ya no hay vuelta atrás: la tragedia ha sido consumada; ahora, al desdichado, no le resta más que padecerla. Su hamartía, su “error trágico” consistió en haber desoído el consejo de Tiresias pues, contraviniéndolo, cometió la imprudencia de indagar sobre su origen. Así, aterrado, descubre que él es el asesino al que, en bien de su ciudad, busca con firmeza y honradez. Ahora no tiene opción al destierro, como había impuesto por castigo al que hubiera asesinado al rey Layo. Y, cumpliendo con su palabra, se exilia en Colono; Sófocles nos lo cuenta en una admirable tragedia de su luminosa vejez: Edipo en Colono.
La voz hýbris se usó también para personificar la “Violencia” (Heródoto, VIII 77) y como adjetivo en el sentido de “violento” (Hesíodo, Trabajos, 191). A esta desmesura había que evitarla, procurando que las acciones humanas tendieran a la sophrosýne, es decir, a un proceder acorde con una mente sabia, según dijimos. Sobre el caso de Edipo y sobre otras figuras trágicas del mundo griego mucho se ha discutido si el derrumbe de los personajes se da por designio divino o por responsabilidad moral del sujeto; esta última apreciación se acentúa con los estoicos y luego, obviamente, con el cristianismo.
En los últimos años la noción de hýbris cobró notoriedad cuando David Owen publicó el libro The hybris syndrome. Bush, Blair and the intoxication of power (Londres, Politico’s, 2007) y, poco más tarde, el sugerente trabajo, poco ha traducido al español, En el poder y en la enfermedad (Madrid, Ed. Siruela, 2010).
Si bien este síndrome no aparece catalogado específicamente como patología en la Clasificación internacional de enfermedades (CIE, 10ª. revisión), Owen entiende que su no inclusión amerita redefinir el concepto de enfermedad para que tenga en cuenta este tipo de conducta. Frente a este síndrome lo que alerta al facultativo no es un síntoma físico, sino un prolongado comportamiento irreflexivo.
No incursionamos en la temática médica pues escapa de nuestro dominio pero nos permitimos reflexionar respecto del parecer de Owen, fundado éste en dos circunstancias clave. Ex rector de la Universidad de Liverpool, es un neurólogo prestigioso, a la par de haber participado del “poder” ya que, entre otros importantes cargos de gobierno, ocupó el Ministerio de Sanidad y luego el de Asuntos Exteriores en Gran Bretaña durante el gobierno laborista de J. Callagham. Su doble condición de médico y alto funcionario le permitió apreciar en la intimidad el comportamiento, en ocasiones arrogante, de algunos mandatarios, conducta que entiende puede haber influido en la toma de decisiones afectando al sistema político en su conjunto y dañado, en consecuencia, la supervivencia del Estado como sociedad libre; sobre ese hecho da varios ejemplos. Al respecto, recordamos una obra sobre la guerra de Irak –Hubris, de Isikoff y Corn– y otra de M. Scheuer –Imperial Hubris–, que analiza la “soberbia” de Bush durante ese conflicto bélico.
Para David Owen el poder tiene una capacidad de cegamiento que suele obnubilar a quien lo ejerce, como lo expresaron los griegos en la noción de áte, según he referido. Sobre esa cuestión B. Russell creía advertir cierta inestabilidad emocional en algunas personas a las que, eufemísticamente, denominó presas de “la embriaguez del poder”. ¿Surge este desajuste del aislamiento en el que caen los líderes que lo ejercen o nace de la imperiosa necesidad de éstos por transgredir límites según se lo exige una naturaleza, digamos, rebelde? ¿Una arrogancia sostenida responde a un desajuste emocional, a una posible patología, como arguye Owen, a cierto grado de perversión o, simplemente, a la manifestación de un carácter fuerte que nunca da su brazo a torcer?
La hýbris en tanto ambición de poder es uno de los ejes en torno del cual se articula la dramaturgia griega y es el que, dos milenios más tarde, movilizará a las inmortales figuras trágicas de las piezas de Shakespeare –pensamos en Macbeth, en Coriolano–; también la que aherroja a cualquiera de nosotros cuando, por insensatez, por necedad o por un accionar irreflexivo nos aparta del camino de la moderación y de la temperancia. En todas las circunstancias es menester ser consciente de la desmesura para cuidado y fortalecimiento de nosotros mismos, de nuestra sociedad y de la forma más elevada de gobierno: la democracia.

El autor es ensayista, profesor consulto titular en la UBA y ex presidente de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires.

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  1. lucas varela on 10 noviembre, 2016

    Estimado Hugo Francisco Bauzá,
    Muchas gracias. Su artículo es muy interesante.
    David Owen habla del poder como causal de cegamiento, u obnubilación. Aunque, sospecho que para que ello ocurra, es necesaria cierta condición previa de “soberbia” del personaje. Por eso será que algunos personajes son más propensos que otros a la “embriaguez del poder”.
    Hablando de democracia, sería muy interesante poder detectar espíritus de vanagloria, o menosprecios a otros (por pobre, por negro, por lo que sea), antes de que sea demasiado tarde.
    Como ha ocurrido con George W. Bush y, espero equivocarme, con Trump.

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