El rostro de la misericordia

Este artículo, publicado en la revista española Razón y Fe 1415 (2016, páginas 133-143), presenta algunas reflexiones sobre el tema de la misericordia ofreciendo una lectura para nuestros días. Para ello, en primer lugar, se analiza semánticamente el término “misericordia” para situarlo dentro del área de la reflexión teológica. En segundo lugar, el recorrido bíblico muestra cómo la Escritura presenta a Dios como el otro nombre de la misericordia y quienes son sus destinatarios preferenciales a la vez que se reseña la práctica misericordiosa de Jesús en relación con los desheredados de la sociedad y de la historia. Finalmente, se ofrecen una serie de pistas que apuntan hacia una misericordia que ya no se entienda como una virtud abstracta, sino como una actitud concreta y ética, aterrizada en los desafíos presentados en el mundo de hoy.

1. Misericordia: origen y significado

La palabra latina “misericordia”, según su etimología significa: tener el corazón (cors) vuelto hacia los pobres (miseri), en comunión con ellos o como expresa Walter Kasper «sentir afecto por los pobres» . Desde una perspectiva antropológica, el vocablo conlleva un sentido de compasión, es decir, de sentir y de padecer con el vulnerable, con el pobre, con el destituido cuya vida está más agredida e indefensa. Quien ejerce la misericordia consigue salir de su egoísmo y fraguar un éxodo hacia los demás, en especial hacia los afligidos por la pobreza y por toda clase de miserias.

En las grandes religiones del mundo, la misericordia y la compasión por el otro devienen dos categorías comunes y se entienden como el respeto y la reverencia. Lo que para una mentalidad secularizada e iluminista parecería accesorio; por el contrario, es sagrado para los representantes de esas religiones, en particular, para los tres monoteísmos: judaísmo, cristianismo e islamismo .

La tradición de la Iglesia, en las figuras de san Agustín y santo Tomás de Aquino, manifestó siempre una línea interpretativa muy diferente a la de la filosofía griega (a excepción de Aristóteles) la cual enfatizaba más la razón y la justicia sin compasión porque podría impedir un juicio justo . O aún más, se alejó del estoicismo que sostenía la incompatibilidad de la compasión con una ética y que predicaba el dominio de la razón sobre los afectos y la ataraxia o imperturbabilidad contra la compasión (enfermedad del alma) .

Bien diferente se sitúa la teología cristiana. Su horizonte no es otro que entender la misericordia o la compasión, afectarse por el sufrimiento del prójimo, no solo de una manera afectiva sino incluso, sobre todo, de forma efectiva, ya que busca combatir y superar la carencia y el mal que padece esa persona. Ya desde sus inicios, la Iglesia ejerce la misericordia con los pobres sea personal sea en modo comunitario. En el cristianismo, se consolidó rápidamente el cuidado por los pobres y los enfermos cuya responsabilidad y custodia corría a cargo de la comunidad eclesial en la persona de los obispos y, en particular, de los diáconos . Esta configuración eclesial pretendía dar una cobertura a los más débiles y ejercía la misericordia y la compasión de los más débiles lo que conllevó que este modo de proceder configurara la cultura occidental europea.

Hoy esta práctica ha adquirido formas más secularizadas. Sin embargo, resultan aún incontables las obras y las instituciones dedicadas a la caridad que surgen justamente del cuidado a los más débiles por parte de la Iglesia, inspirada en el Evangelio que es su norma non normata.

La modernidad, con el primado de la razón, ha puesto bajo sospecha la universalidad de la misericordia y de la compasión así como otros aspectos provenientes de una cosmovisión teocéntrica de la Edad Media. Ahora bien, muchos filósofos ilustres del siglo pasado y de este – cristianos o no – han reflexionado sobre la importancia de la gratuidad del don como fundamento de una antropología necesaria en la actualidad . Así lo refuerza el Papa Francisco en la Bula Misericordiae Vultus (MV):

«La misericordia es la viga maestra que sostiene la vida de la Iglesia. Todo en su acción pastoral debería estar revestido por la ternura con la que se dirige a los creyentes; nada en su anuncio y en su testimonio hacia el mundo puede carecer de misericordia. La credibilidad de la Iglesia pasa a través del camino del amor misericordioso y compasivo […] Los cristianos nos hemos olvidado de indicar y de andar por la vía de la misericordia» (MV, n.10).

Convocando así a la Iglesia que preside, el obispo de Roma subraya cómo la misericordia deja de ser un sentimiento espiritual vago y abstracto para desempeñar una práctica responsable que compete a la misma misión eclesial. Aquí está en juego su credibilidad y fidelidad al Evangelio. La invitación a la misericordia deriva de una falta, de una carencia, de una ausencia de algo que es un derecho del ser humano o de la misma creación. Y a esta laguna resulta necesario responder. La misericordia de Dios

«no es una idea abstracta, sino una realidad concreta con la cual Él revela su amor, que es como el de un padre o una madre que se conmueven en lo más profundo de sus entrañas por el propio hijo. Vale decir que se trata realmente de un amor “visceral”. Proviene desde lo más íntimo como un sentimiento profundo, natural, hecho de ternura y compasión, de indulgencia y de perdón» .

A lo cual, el pontífice añade:

«Es mi vivo deseo que el pueblo cristiano reflexione durante el Jubileo sobre las obras de misericordia corporales y espirituales. Será un modo para despertar nuestra conciencia, muchas veces aletargada ante el drama de la pobreza, y para entrar todavía más en el corazón del Evangelio, donde los pobres son los privilegiados de la misericordia divina. La predicación de Jesús nos presenta estas obras de misericordia para que podamos darnos cuenta si vivimos o no como discípulos suyos. Redescubramos las obras de misericordia corporales: dar de comer al hambriento, dar de beber al sediento, vestir al desnudo, acoger al forastero, asistir los enfermos, visitar a los presos, enterrar a los muertos. Y no olvidemos las obras de misericordia espirituales: dar consejo al que lo necesita, enseñar al que no sabe, corregir al que yerra, consolar al triste, perdonar las ofensas, soportar con paciencia las personas molestas, rogar a Dios por los vivos y por los difuntos» .

La misericordia no es, por lo tanto, únicamente la benevolencia de Dios que concede su perdón al pecador arrepentido. Sin embargo, previo a eso, es la dinámica del amor de Dios que sale al encuentro del ser humano en sus necesidades, sea o no pecador, esté o no arrepentido, tenga o no fe en el Dios que los busca apasionadamente y que se compadece de su sufrimiento.

2. La Biblia y la revelación del Dios misericordioso

En esta sección, trazaremos primeramente sobre algunos de los rasgos revelados por ese mismo Dios a su pueblo, en su camino histórico y en su actuación económico-salvífica en medio a la humanidad. La Alianza constituye la relación de intimidad de Dios con su pueblo; una relación libre y gratuita, de fidelidad y verdad (emet). Las palabras hesed y rahamin explican, con connotaciones masculinas y femeninas, esa característica fundamental de la revelación de Dios a su pueblo. Entre los términos veterotestamentarios referidos directamente a Dios, el término rahamin es utilizado con constancia para describir la misericordia, atributo por excelencia del Dios de Israel. Ya en su misma raíz (rehem, seno materno, entrañas maternas) el término remite a una parte del cuerpo humano marcadamente femenina: el útero, el lugar donde la misma vida es recibida, aún en embrión, acogida, protegida y alimentada para que pueda, posteriormente, crecer y desarrollarse y salir a la luz. En efecto, rahamin designa el amor de Dios en directa comparación con el amor de una madre, que se conmueve y experimenta compasión y angustia por la cría de sus entrañas.

Así, el Antiguo Testamento atribuye al mismo Dios las características maternales de bondad y ternura, paciencia y comprensión, así como la prontitud para perdonar. Algunos ejemplos:

«¿Acaso olvida una mujer a su niño de pecho, sin compadecerse del hijo de sus entrañas? Pues aunque ésas llegasen a olvidar, yo no te olvido» (Is 49, 15);

«¿Es un hijo tan caro para mí Efraím, o niño tan mimado, que tras haberme dado tanto que hablar, tenga que recordarlo todavía? Pues, en efecto, se han conmovido mis entrañas por él; ternura hacia él no ha de faltarme» (Jer 31, 20);

«Estaba mudo desde mucho ha, había ensordecido, me había reprimido. Como parturienta grito, resoplo y jadeo entrecortadamente» (Is 42, 14).

Este amor es invencible gracias a la intimidad misteriosa y materna. En ocasiones, se expresa como protección y salvación ante los peligros y los diversos enemigos diferentes, como el perdón para los pecados de las personas o como la fidelidad de las promesas que ofrecen esperanza a pesar de la infidelidad del pueblo . La clemencia profunda de Dios viene de su corazón maternal. Dios siempre será compasivo e infinitamente tierno (cf. Is 14,1).

Dios es el Dios que ha liberado Israel del cautiverio y de la opresión. Es el Dios de los pobres y de los oprimidos. Es el que escucha su clamor y “baja” para liberarlos (cf. Ex 3, 7-10) a la vez que manda actuar igualmente (cf. Lev 25, 35-38; Ex 22, 20-26). Es el Rey de Israel y el protector, el abogado de los pobres y de los débiles. En este sentido, el pobre, el huérfano, la viuda, el extranjero y todos aquellos que no tienen a nadie que hable por ellos y los defienda podrán encontrar en Dios su defensor. La justicia del Dios de Israel, por lo tanto, es real, gratuita, no por los méritos de los pobres. No tiene solamente que ver con los pecados del pueblo, sino con su sufrimiento.

Para eso “baja”, “sale” de su lugar y viene hasta donde está el pueblo sufriente para sanarlo, consolarlo y animarlo. A pesar de ser el Dios de todos, el Dios de Israel es ante todo el Dios de los pobres y débiles, teniendo por ellos una especial predilección, no por sus méritos y virtudes, sino por la situación de vulnerabilidad en la cual se encuentran. Por eso, la conducta de quien cree en Dios y le obedece tiene que ser la del mismo Dios. Servir a los pobres es conducta exigida del ser humano, porque es la del mismo Dios (cf. Is 58, 6-10). Jesús, el Mesías de Dios, su Ungido va a ser el rostro concreto y visible de esa misericordia que preside la revelación divina en la Escritura. El Nuevo Testamento va a ser el despliegue de su persona, de su palabra, de sus gestos misericordiosos en relación a todos cuantos a Él se acerquen.

3. La misericordia como clave del misterio de Jesús

El teólogo Johann Baptist Metz construye su reflexión a partir de las categorías “memoria” y “compasión”. Al respecto, propugna:

«Las tradiciones bíblicas del discurso sobre Dios y las narraciones neo testamentarias sobre Jesús conocen una forma indeclinable de responsabilidad global. Sin embargo – y este punto tendría que ser considerado más detenidamente – en ellas el universalismo de tal responsabilidad no se orienta ante todo al universalismo del pecado del ser humano, sino al universalismo del sufrimiento en el mundo. La primera mirada de Jesús no se dirige al pecado, sino al sufrimiento de los otros» .

Por lo tanto, la mirada de Jesucristo resulta esencialmente misericordiosa. Podrá tener fuerza de juicio justamente por la misericordia infinita que trae. En esa mirada están incluidos todos los que padecen alguna pobreza, alguna indigencia, la falta de algo vital (los pobres, los enfermos, las mujeres, los niños, los marginados por cualquier motivo de la vida social, política y religiosa). En el nuevo estilo de vida que inaugura Jesús, la misericordia y la compasión pasan delante de la Ley. Al mismo tiempo que Jesús se dirige a la sinagoga los sábados y cumplía con los preceptos de la Ley, la propuesta del Hijo de Dios rompe en muchas ocasiones con la ley religiosa a favor del sufrimiento del otro: tocar los leprosos (cf. Mc 1, 41), curar intencionalmente en sábado, durante el reposo sagrado judío (cf. Mc 3, 1-5; Lc 13, 10-17; 14, 1-6), tocar cadáveres (cf. Mc 5, 41; Lc 7, 14). Aún más, Jesús permitió que su comunidad de discípulos rompiera con la ley religiosa y los defendió cuando se comportaron de esa manera: comer con pecadores y no creyentes (cf. Mc 2, 15), no practicar el ayuno en sábado (cf. Mc 2, 23), no observar las leyes sobre la pureza ritual (cf. Mc 7, 11-23).

En todos estos casos, Jesús relativiza la Ley. Llama la atención el uso constante del verbo “tocar” en el Evangelio . Las curaciones de Jesús enmarcar en el gesto de “tocar” a las personas enfermas o acometidas de algún mal o aun ya en la inmovilidad de la muerte. Esto estaba prohibido por la Ley. Ahora bien, Jesús cuando toca a alguien impuro según la ley mosaica, en lugar de que el toque transgresor produzca impureza y pecado prevista por la ley (cf. Lev 13-15; 2 Re 7, 3; Num 19, 11-14; 2 Re 23, 11ss), lo que sucede es todo lo contrario: salud, vida y salvación .

El amor a los pobres por parte de Jesús es un amor preferencial. Su corazón se inclina instintivamente por aquellos que padecen las heridas y las agresiones a su dignidad fundamental y que les impiden actuar en las estructuras de la sociedad que a su vez los oprime y margina. Esto manifiesta la misericordia infinita del corazón del Padre. Lejos de ser una exclusión, esta predilección es la señal de una totalidad . Sobre los pobres descansa, toda entera, la bienaventuranza divina (cf. Lc 6, 20). De ellos es el Reino en plenitud; no a pesar de su pobreza, pero por causa de ella misma, que toca el corazón de Dios y lo hace vibrar con amorosa compasión y misericordia.

Además de su misma práctica, Jesús anuncia la misericordia de Dios, del Padre. El Dios de Abrahán, Isaac y Jacob, es un Dios de gracia y no de méritos. Prefiere el publicano pecador que el orgulloso fariseo que desfila delante de él con sus méritos, mientras que el otro se reconoce impuro y pecador. Por eso, este vuelve a casa justificado, a diferencia del otro. En el banquete del fariseo Simón, el Hijo de Dios valora el gesto de la mujer que rompe con todas las prescripciones rituales pero que ha sabido demostrar mucho amor y por ello ha sido infinitamente perdonada (cf. Lc 7, 36-50).

En sus parábolas Jesús destaca de modo especial la misericordia del Padre. Entre estas, dos se destacan: la del buen samaritano (cf. Lc 10, 35-47) y la del Hijo Pródigo (cf. Lc 15, 11-32). En ambas el protagonista es, respectivamente, un idólatra despreciado por los judíos y un pecador que dilapidó todo lo que recibió de su padre. Es decir, personas que están al margen de lo que la sociedad considera como bueno y correcto o fuera de la verdadera religión y por eso no merecen crédito ni aplauso. Sin embargo, Jesús pone al otro en el centro de una maravillosa fiesta de acogida porque tuvo sencillamente el valor y el corazón de levantarse e ir a encontrar a su padre. En ambos casos, la misericordia de Dios desborda toda medida esperada sea en la conducta del samaritano, sea en el comportamiento del padre, que pasa más allá de la justicia retributiva para entrar en la restaurativa, dándole al hijo no aquello que merece, sino aquello que necesita.

La misericordia y la compasión tienen que ser, en consecuencia, para los discípulos de Jesús, todo un programa de vida en un mundo globalizado y plural como el nuestro. Es toda una cultura de la misericordia y de la compasión que deben ser cultivadas y reforzadas no de forma sentimental y abstracta, sino con pasos muy concretos y con los pies en la tierra .

4. Por una cultura de misericordia

La misericordia –como dice el teólogo portugués José Tolentino Mendonça– “no es apenas emoción frente al sufrimiento ajeno” . Por el contrario, supone un movimiento que conlleva una praxis y una ética. Tiene que convertirse rápidamente en hechos concretos y transformadores, generadores de justicia, paz, perdón y alegría. A la luz de la reflexión de Tolentino, el concepto y la categoría de misericordia deben tener una retraducción cultural, a fin de ser mejor entendida y consecuentemente practicada en nuestros tiempos secularizados y plurales. Así pasó con el término “caridad”, en la actualidad traducida como “amor” o la sensibilidad ante la vulnerabilidad del otro, del diferente. Aún más. Aunque sobrepase la justicia, la misericordia no existe sin ella. Por lo tanto tiene que salir del ámbito de la pura subjetividad y lanzarse hacia el espacio público, provocando impactos políticos de transformación de la realidad. No se puede concebir una misericordia que esté desconectada de los derechos fundamentales de la persona humana, de la comunidad humana. La hermenéutica de la palabra lo exige, por lo tanto, a fin de que pueda dar los frutos que el Papa Francisco desea, que la Iglesia espera y que el mundo añora.

La conversión a la misericordia vislumbra la materialidad de la vida, las necesidades concretas del otro, del semejante, del prójimo. Tiene que impactar sobre el comer y el vestir, sobre la vivienda en tanto que son derechos para todos, así como el acceso general a la salud. Asimismo, la misericordia también se relaciona con la seguridad en la vida, sin miedo a que la violencia y la muerte interrumpan la existencia a cada paso y en cada esquina. Dice respeto a la calificación afectiva de una existencia que no se exime de consolar los tristes y afligidos a través del don de la consolación y de la esperanza. Exige abrir las puertas de las casas para acoger los extranjeros que llegan y necesitan un lugar para quedarse, dormir por la noche en cuanto buscan trabajo en un país que no es el suyo. Se trata, en fin, de reconstruir la dignidad de vidas enteras afectadas por la falta de respeto y por el descarte subjetivo, colectivo y sobre todo tristemente real .

Así la misericordia tiene que salir de la esfera de lo privado y llegar igualmente a la esfera pública con influjo sobre la polis y ganando en dimensiones políticas. Y no hablamos aquí de una política meramente partidista, sino de una política en sentido amplio, como “una de las formas más elevadas de la caridad, una vez que busca el bien común”. En este sentido, el Papa Francisco se ha dirigido con fuerte impacto político con el fin de crear una cultura de la misericordia en términos de más justicia y de paz. Se pueden citar sus discursos en Tierra Santa, en Cuba, ante el Congreso de Estados Unidos cuando tocó puntos sensibles como la pena de muerte, el tráfico de armas y la guerra. Antes de él, otros pontífices – como Pablo VI, por ejemplo, y su célebre frase “el desarrollo es el otro nombre de la paz” – han convocado a la Iglesia y a la sociedad ante el reto de ejercer un compromiso en defensa de los derechos humanos fundamentales, es decir, «el reconocimiento de los derechos de las minorías y la protección de estas; los procesos de creación jurídica para equilibrar intereses legítimos; el diálogo interreligioso e intercultural; las sanciones para potenciales agresores, etc.» .

El amor que viene de Dios inspira y convierte los corazones llenándolos con la misma misericordia que llenaba y se derramaba en el corazón de Jesús. Y lo que hace este amor es suscitar, en expresión de John Baptist Metz, una “mística de ojos abiertos”, que mira alrededor, ve, para y se compadece. Busca la atención a las distintas situaciones en donde la misericordia se hace urgente y necesaria. A esto está invitada la Iglesia de Cristo: a ser en el mundo, una de las fuerzas vivas a donde «late el dinamismo del amor suscitado por el Espíritu de Cristo» . Es un amor que sabe que aunque las urgencias materiales sean prioritarias en el atendimiento misericordioso, todo no se resume a la materialidad para que haya vida plena. El hombre no vive solo de pan y necesita además de alimento, de vivienda y de vestuario, tranquilidad, cuidado, libertad, diálogo, dignidad, reconocimiento.

Una cultura de la misericordia, por lo tanto, tiene que estar siempre en movimiento, tiene que ser más y más dinámica porque la historia no se detiene y van apareciendo nuevas situaciones de necesidad, de pobreza y de crisis. Si no se cultiva una mirada misericordiosa, inspirada y movida por el amor, esas situaciones pueden no ser percibidas. Como por ejemplo, la depresión que ataca a tanta gente hasta el punto de ser considerada como la enfermedad del siglo. O la soledad abrumadora que hace que muchos ancianos mueran en sus casas. Todo esto revela una sociedad de exclusión, que glorifica el consumo y la productividad, sin mirar ni cuidar los aspectos más dolorosos y escondidos de la vida. La misericordia atiende a la pobreza, a la exclusión social, al sufrimiento de los más débiles, pero también los excesos del consumismo capitalista, y de la explotación indiscriminada e impenitente de los recursos del planeta.

Una cultura de misericordia trabaja con profundidad por la sensibilización de las conciencias: el cambio en los estilos de vida y en el consumo de los países más ricos y poderosos para que la compasión y la solidaridad activa y concreta sean prioridades indiscutibles e innegociables. En definitiva, estamos hablando de una ética global de la compasión donde la autoridad la tendrían los que sufren de forma injusta e inmerecida, en suma, las víctimas de todas las violencias y de todas las exclusiones .

5. Conclusión: una Iglesia de brazos y corazón abiertos

Toda la pertinencia y fuerza convocatoria de la misericordia como centro del cristianismo y núcleo irradiante de atracción para toda la humanidad tiene como objetivo la conversión de la Iglesia en un espacio misericordioso por excelencia. Un espacio donde nadie se sienta excluido, donde todos sean acogidos y donde aquellos que son más vulnerables, más débiles y más necesitados sean tratados con más cariño, cuidado y amor. Un espacio, en definitiva, donde nadie sea marginado por sus faltas y sus pecados, porque es un espacio del perdón. Más: un espacio habitado por pecadores perdonados, no por legisladores inclementes que se crean perfectos. Así arguyó el Papa Francisco en su homilía del día 11 de abril de 2015, cuando anunció la convocatoria del Año de la Misericordia:

«Un Año para ser tocados por el Señor Jesús y transformados por su misericordia, para convertirnos también nosotros en testigos de misericordia. Para esto es el Jubileo: porque este es el tiempo de la misericordia. Es el tiempo favorable para curar las heridas, para no cansarnos de buscar a cuantos esperan ver y tocar con la mano los signos de la cercanía de Dios, para ofrecer a todos el camino del perdón y de la reconciliación» .

Francisco desea que la Iglesia se engendre como el rostro mismo de la misericordia. En este sentido, está en sintonía con toda la tradición eclesial: la Iglesia, icono de la Trinidad, sacramento de Cristo. Una Iglesia que no sea fiel a esta vocación, se estaría traicionando seriamente, fallaría gravemente en su misión: ayudar a la humanidad a ser cada vez más humana y conforme al sueño del Creador. Ahora bien, no se trata de una invitación única para los cristianos. La misericordia, al mismo tiempo en que “rehace la calidad de la vida como imperativo”, sobrepasa “las fronteras de la Iglesia y deberá ser redescubierta para un diálogo interreligioso y transcivilizacional” . Así podrá inaugurarse una nueva era en la historia: la del perdón, de apertura, de compasión, de paciencia y de acogida con todos los que sufren y desean ardientemente experimentar la misericordia que sana las heridas y restaura la plenitud. Por eso, por ser de tan largo alcance, el Papa espera que su invitación no deje a nadie indiferente. Una humanidad que vuelva la espalda a la misericordia tiene poco futuro.

La autora es Profesora de Teología en la Pontificia Universidad Católica de Río de Janeiro.

NOTAS
1. W. KASPER, La misericordia. Clave del Evangelio y de la vida cristiana, Sal Terrae, Santander 2013, 29.
2. Véase: http://blogs.periodistadigital.com/xpikaza.php/2015/12/05/p377344#more377344 (Consultado el 7 de diciembre de 2015).
3. Cf. W. KASPER, op. cit., 30.
4. Cf. Ibid., 30-31.
5. Cf. TOMÁS DE AQUINO, STh I q. 21, a.3 ad 2. Véase en: Ibid., 31.
6. Entre diferentes obras, podemos citar: J. L. MARION, Étant donné. Essai d’une phénoménologie de la donation, PUF, Paris 1997; A. CAILLE, Anthropologie du don, La Découverte, Paris 2007.
7. MV, n. 10.
8. Cf. MV, n. 15.
9. Véase: Os 14, 5; Is 45, 8-10; 55,7; Miq 7, 19; Dan 9, 9.
10. J. B. METZ, Memoria Passionis. Una reflexión provocadora en una sociedad pluralista, Santander, Sal Terrae 1999, 164.
11. Cf. Mc 1, 41; 3, 10; 5, 27.28.30.31; 6, 56; 8, 22; 7, 33; Mt 8, 15; 14, 36; 20, 34; Lc 6, 19; 8, 47.
12. Véase: M. C. LUCHETTI BINGEMER: Jesucristo. Siervo de Dios y Mesías Glorioso, Valencia, Siquem 2007.
13. Cf. CH. A. BERNARD, Theologie affective, Paris, Cerf 1984; AA.VV., Um coração novo para um mundo novo, Loyola, São Paulo1989.
14. Cf. J. B. METZ, op. cit., 167-169.
15. Me remito a: J. TOLENTINO MENDONÇA, A misericordia como caminho, en http://expresso.sapo.pt/opiniao/opiniao_tolentino_mendonca/2015-12-05-A-misericordia-como-caminho (Consultado el 7 de diciembre de 2015).
16 Cf. Ibid.
17 W. KASPER, op. cit., 188.
18 Ibid., 190.
19 Cf. Mt 4,4.
20 Cf. J. B. METZ, op. cit., 173 ss.
21 Cf. https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-sobre-jubileo-de-la-misericordia-es-tiempo-favorable-para-curar-heridas-86421 (Consultado el 11 de diciembre de 2015).
22 Cf. J. TOLENTINO MENDONÇA, art. cit: Supra, nota 15.

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