Adviento, un camino de esperanza

El tiempo de Adviento que comenzamos nuevamente, es un tiempo de espera, una invitación a sumergirnos en el misterio de Dios y a replantearnos cuál es la idea que tenemos de Dios, del Dios que se hizo hombre. Es un nuevo llamado en la espera a la reflexión,a la oración.
Lo primero que debemos comprender es que Dios está más allá de las palabras y de cualquier pensamiento. ¿Qué tienen de malo las palabras y los pensamientos? En realidad son maravillosos, pero ocurre que Dios no se parece a nada que podamos expresar de Él con palabras, ni tiene nada que ver con cualquier cosa que podamos imaginar o pensar que es Él. Sin embargo, mucha gente no acepta esto; no pocas veces nosotros mismos nos apegamos a una imagen que nos forjamos de Dios y este es el mayor obstáculo para acceder a Él, para comunicarnos con Él, con la oración y en la vida diaria.
Todos hemos apreciado alguna vez el perfume de un jazmín. Pensemos un momento que alguien que no conoce esa flor, nos pidiera que describiéramos su aroma: imposible hacerlo. Si no se puede expresar con palabras algo tan simple como el perfume de una flor cómo pretender entonces poder decir –o siquiera esbozar– quién es Dios.
Santo Tomás de Aquino decía: “Acerca de Dios sólo esto puede decirse con certeza: no sabemos qué es, cuál es el concepto de Dios, eso es lo único que sabemos de Él”. Y la Iglesia durante el Segundo Concilio de Letrán (año 1130) así se expresaba: “Sea cual fuere la imagen que tengamos de Dios, es más lo que no se parece a Él que lo que se le parece”.
Dios es un misterio, incomprensible, insondable, ininteligible porque está más allá de lo que la mente puede percibir.
Veamos ahora otro ejemplo: supongamos que un ciego de nacimiento nos preguntara: “¿Cómo es ese color verde del que tanto se habla, sobre todo en primavera y en referencia a la naturaleza y a la creación entera? ¿Es largo o corto? ¿Chico o grande? ¿Rugoso o liso?”–esas preguntas estarían basadas en su limitada experiencia–, entonces nosotros, pensando e intentando ponernos en su lugar, ensayáramos una explicación que aunque imperfecta pudiera darle cierta noción al respecto: “El color verde es muy hermoso, muy agradable, es algo así como una música suave…”. Si un día, el ciego adquiere el sentido de la vista e intenta solo distinguir finalmente el famoso verde; nunca lo logrará porque intentará encontrar entre los colores, que serán una experiencia completamente desconocida para él, uno parecido a una música suave.
El reinicio de un nuevo año litúrgico nos reclama un replanteo, nos llama a revisar, a repensar nuestra idea de Dios. Esa noción del Dios, todo amor, todo perdón, que va desdibujándose con el correr del tiempo, transformándose poco a poco en una imagen estática y rígida comparable, semejante a algo, pero que en realidad se le parece tanto como el color verde a una música suave.
Adviento: tiempo de esperanza. Sergio Bergman, en su libro Ser humanos, dice: “La esperanza no es espera quieta, no es inacción. Tener esperanza tampoco quiere decir ser un iluso, ni un ingenuo. Transitar el camino de la vida con esperanza equivale a hacer las cosas sostenido por la confianza en un presente que hace memoria del pasado y se proyecta hacia un futuro, con la certeza de que somos capaces de mejorarlo con nuestras acciones”.
Eso es el Adviento, un tiempo de espera activa con la mirada puesta ya en el pesebre de Belén, para adentrarnos en el maravilloso misterio de la encarnación de Nuestro Señor. Del Dios puro amor que “se hizo hombre y habitó entre nosotros”.

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  1. lucas varela on 30 Noviembre, 2016

    Estimado Enrique Capdevielle, muchas gracias.
    Permítame Usted el siguiente comentario:
    ¿A dónde van los muertos? ¿Quién sabe?
    Solo sé que mi muerte será la suprema revelación de mi vida. Dudo, y acaso dudar es mi íntima manera de creer humanamente.
    La esperanza es atributo del tiempo y se muere conmigo. O tal vez, sea la esperanza la misma eternidad. Y ésta sea madre de la fe; una fe pura, libre de todo dogma. Fe, que es vivir esperando.
    ¡Que desgracia es vivir solamente¡ Al morir lo pierdo todo.
    Vivo esperando. Tengo anhelo de continuidad; quiero vivir más y mejor, y ser inmortal si fuera posible. Quizás mi madre, espíritu que me dio la vida, y mi propia realidad sean expresión de continuidad de mi vida, inspiración de inmortalidad.
    Vivo mi realidad esperando, sin nadie que la vele. Dios es el inmenso ausente que en mi presente brilla, billa por su ausencia. Tal vez, Dios con su indiferencia me favorece, me hace libre.
    Soy libre de hacer de mi vida lo que yo quiera. Mi redención es obra personal, y le doy a mi esperanza la forma y la imagen que mejor me cuadra.
    Cristiandad, es la cualidad de ser cristiano, o de ser Cristo, que es lo mismo. El cristiano se hace un Cristo. ¡Hacerse un Cristo¡ Suena difícil.
    No puedo desandar lo andado. Aunque, el papa Francisco nos dice que “Dios perdona, y olvida”. Quizás, no es cuestión de renegar del pasado; tal vez es pecando que sacamos nuestras virtudes. Buscando en mi pasado el porvenir, vivo esperando.

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