Putin: un “modelo” puesto a prueba

Muchos países están agitando las aguas en el mundo de hoy. Sólo mencionarlos sería motivo de disenso, seguramente estéril; pero es difícil imaginar que Rusia, la Rusia actual, la de Vladimir Putin, no forme parte de ese listado conjetural. Hoy no es el imperio que naufragó en 1991, sino una “potencia emergente”, que no por eso deja de jugar activamente en una escena cruzada por incertidumbres y fragilidades.

Aunque la URSS perdió territorios al desaparecer, Rusia no deja de ser el país más extenso de la Tierra (con más de 17 millones de km²; 22 veces la Argentina). Figura en noveno lugar por su población (146 millones). Comparte fronteras “delicadas” con Ucrania, China, Finlandia, Kazajstán, Georgia, Armenia, Azerbaiján, Polonia; en el extremo oriente, la estratégica Vladivostok la acerca a China, Japón, las dos Coreas. Y por el Estrecho de Bering casi se toca con los Estados Unidos.

Esta inmensa geografía alberga 3.900 ojivas nucleares (los datos en esta materia son siempre imprecisos) y un presupuesto militar que ocupa el tercer lugar, después de los Estados Unidos y China. En ese territorio sin fin la economía, fuertemente atada a los recursos naturales, no atraviesa su mejor momento: el PBI, de 1,3 billones de dólares corrientes, es el noveno en el mundo; el ingreso per cápita alcanza los 24.370 dólares PPA, y la inflación de 2016 ronda el 17% anual.

El último ciclo de bonanza llegó hasta 2007; luego declinó por la muy alta incidencia de las exportaciones de crudo (80% del total). En 2015 el PBI cayó 3,5% y en 2016 se estima una declinación del 2%. Pesan las sanciones de los Estados Unidos y la Unión Europea, por la intervención de Moscú en Ucrania (equivalentes a 1,5% del producto). Se estima que este año la inflación culmine en 2%. Buscando soluciones, Moscú acaba de sellar un acuerdo con China para la provisión de crudo, que es el mayor de su historia (400.000 millones de dólares); pero los precios del petróleo siguen deprimidos.

Este es el país que desde el año 2000 maneja, directa o indirectamente, Vladimir Vladimirovich Putin. Observando al mundo como un sistema que interactúa, habrá que seguir de cerca su relación con el recién electo Donald Trump. Por ahora hay sólo interrogantes, aunque puede aventurarse que se admiran y al mismo tiempo se desconfían. Putin tiene poder en Rusia y demostró que sabe usarlo. Trump, aparte de fortuna personal, deberá exhibir su capacidad al frente de la nación más poderosa del mundo.

Entre tanto, otro protagonista, Mihail Khodorkovsky, espera pacientemente y asegura que no le guarda rencor a Putin. Desde 2003 fue su gran rival; magnate petrolero, disponía de fondos para incursionar en política. Pero Putin demostró no ser amigo de opositores de peso. Simplemente le confiscó la petrolera Yukos y levantó cargos como para enviarlo a prisión por 13 años, aunque luego redujo su condena. Khodorkovsky aguarda; dice estar seguro de que tarde o temprano Putin cometerá algún error fatal.

¿Pero quién es Putin? A sus 64 años, es ante todo el resultado del cruce de dos factores: fue un aparatchnik, un cuadro del servicio secreto soviético, la KGB, y como tal hizo carrera al amparo del comunismo mientras se esforzaba por adquirir una formación sólida. Con el colapso de 1991, pasó a ser un desplazado, pero uno que supo sacar provecho del cambio en gestación.

Sólo para recordar: en 1991 la URSS se hundió. Tal vez como consecuencia de las reformas de Mihail Gorbachov. La perestroika (reestructuración) y la glasnost (transparencia), destinadas a contener el derrumbe, parecen haberlo acelerado. En esos días caóticos, Boris Yeltsin maniobró en la Duma y asumió el poder. Pero no pudo manejar una situación que terminó superándolo, no por falta de capacidad, sino porque en esa etapa de disolución no había control posible. Terminó renunciando en 2000. Su vicepresidente asumió el mando. Era Putin.

Se hizo cargo de una Rusia donde lo urgente era contener un desborde. Mientras trataba de poner la casa en orden, no dejaba de observar cómo la OTAN, aprovechando la confusión, se expandía hacia el Este de Europa, sumando nuevos socios. Putin no olvidaría ese avance, ante la impotencia de una Rusia incapaz de responder a lo que, desde su visión, era una intromisión en su “esfera de influencia”. Putin mantiene esa convicción hasta hoy.

Desde sus comienzos tuvo en claro que urgía levantar la moral de un país que había dejado de ser el imperio soviético. Que, como se dijo alguna vez, ya no tenía poderío de alcance mundial, ni podía actuar como gran potencia, ni conservaba el atractivo ideológico de la URSS. Al caer el régimen comunista, Rusia perdió su destino imperial: Putin transmutó la “religión” bolchevique en una “religión” nacionalista. Aportó un liderazgo renovado, basado en grandeza, estabilidad, gobierno fuerte. Un camino recorrido mucho antes por los fundadores del país: Alejandr Nievsky en el siglo XIII luchando contra suecos y tártaros; Iván el Terrible y Boris Godunov en el XVI; y luego Pedro el Grande y Catalina la Grande, que dieron a Rusia un lugar de peso en Europa.

En otras palabras, había que recuperar la grandeur de la Rusia de los zares y de la URSS. Así Putin consolidó su liderazgo. Un ejemplo fue Chechenia, en el Cáucaso, con población musulmana y fuerte tendencia separatista. Al asumir, Putin lanzó la Segunda Guerra de Chechenia. La prensa occidental no tardó en denunciar excesos represivos, pero el ciudadano medio, en Rusia, condenó lo que veía como intervención en cuestiones internas del país. El hombre “de a pie” no vaciló en apoyar una represión, a veces durísima.

Putin marcó distancias con los Estados Unidos, Europa Occidental y China y recuperó presencia mundial. Había salido del caos de 1991 y volvía al ruedo. Su última toma de posesión presidencial lo mostró derrochando “pompa y circunstancia” con rasgos casi imperiales. Rodeado por los siloviki, incondicionales que lo siguen y cumplen sus órdenes más confidenciales, se lo vio en lo más alto de su carrera. El inconveniente es que, una vez allí, sólo es posible descender.

En 1991 la URSS perdió territorios. La joya más preciada era Ucrania, de enorme riqueza, granero de la URSS. Una nación con una mitad Occidental partidaria de la Unión Europea y una Oriental más volcada hacia Rusia. Las provincias de Donestsk y Lugansk, que Putin ocupó con soldados que no exhibían insignias rusas, se encuentran sobre la frontera y fueron tomadas sin dificultad.

El apetito territorial es un rasgo dominante en Putin: su siguiente paso fue Crimea, península clave en el Mar Negro donde Rusia, desde el puerto de Sebastopol, opera su flota del Mar Negro, que puede pasar fácilmente al Mediterráneo por los estrechos de Turquía. Tampoco hubo resistencia en este caso.

En 2008 estalló una crisis interna en Georgia; Putin envió tropas. Bien o mal la crisis se resolvió… pero Putin sigue ocupando las provincias de Abjasia y Osetia del Sur. Georgia fue un aviso para la OTAN: manténganse fuera de la Transcaucasia y de Ucrania.

Putin apunta hacia Occidente. Desde 1945 Rusia cuenta con un enclave: Kaliningrad, la antigua Königsberg, sobre el Báltico. Un territorio de unos 15.000 km² que limita con Estonia (país que Putin mira con apetito). Allí Rusia emplazó misiles que pueden alcanzar a toda Europa. En paralelo, tanto Putin como su equipo no olvidan lo aprendido en tiempos soviéticos sobre desinformación y manipulación del relato. En Occidente se juzga a esas tácticas como groseramente evidentes; sin embargo, deben conservar su eficacia, considerando el uso permanente de ellas.

Ahora Putin juega sus cartas en una indescifrable guerra siria y apoya al presidente Al-Assad (mantuvo un entredicho con el presidente turco, Erdogán, quien afirmó que sus tropas en Siria pretenden derrocar a Al-Assad). Rusia tiene dos puntos de apoyo en Medio Oriente: Siria e Irán, países con gobiernos shiitas, que al mismo tiempo sostienen a Hizballah, la guerrilla fundamentalista shiita libanesa. Siria e Irán son las claves de la “flecha” shiita, que controla la Franja de Gaza, gobernada por Ismail Haniyeh, del grupo Hamás, no reconocido por Occidente.

Además de la Franja, los shiitas generaron relaciones estrechas con el chavismo y operan en la Triple Frontera de Brasil, Paraguay y la Argentina. En 2008, por ese camino, Putin se aproximó a la Cuba castrista y a la Venezuela de Chávez, a quien vendió armas. En clave geoestratégica, Moscú “ladra en el patio trasero” de los Estados Unidos, en represalia por los avances de la OTAN hacia el Este de Europa. En la misma clave, Moscú cuenta con una base naval en Siria, sobre el Mediterráneo. Algo que buscaron los zares durante siglos, a veces con éxito: salidas a mares de aguas cálidas o cuando menos practicables.

Es evidente que Putin busca ganar en todos los frentes y, para lograrlo, maneja un juego que llega al límite. Una aventura riesgosa, con tendencia a complicarse. Líder impulsivo, a veces parece avanzar sin medir las consecuencias y suma conflictos que quedan sin resolver. Su gobierno de mano dura pudo remediar el caos que siguió al derrumbe soviético, pero tal vez no resulte el mejor camino ahora, con un contexto económico que no le es favorable y en medio de una permanente transmutación en la escena internacional, que muy probablemente vaya a reconfigurar el mundo de un modo que aún no conocemos. La pregunta es si el “modelo Putin” podrá sobrevivir en ese mundo.

El autor es Profesor de Análisis Internacional en la Universidad Austral

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1 Readers Commented

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  1. lucas varela on 1 enero, 2017

    Estimado Gerardo López Alonso,
    Muchas gracias. Su artículo es muy instructivo y útil para lo que vendrá en éste 2017.
    Me sorprende, la “ilustración” de su artículo con una foto que muestra más barbarie que la que podría inferirse del contenido.
    Quizás, el CdR habrá querido darle un toque particular al tema, previendo futuras redacciones más “alineadas”.

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