Tomás Darío Casares, una figura ejemplar

Los jueces son como los que pertenecen a una orden religiosa. Cada uno de ellos tiene que ser un ejemplo de virtud si no quieren que los creyentes pierdan la fe.
Piero Calamandrei

A raíz del fallecimiento del ex juez de la Corte Suprema de Justicia de la Nación, doctor Carlos Fayt, acaecido el 22 de noviembre de 2016, me sentí tentado a escribir una breve evocación de otra distinguida figura del más alto tribunal, aunque muy anterior, a quien conocí en mi infancia: el doctor Tomás Darío Casares, fallecido en 1976.
Fayt y Casares, dos juristas de renombre, desde perspectivas ideológicas opuestas, dejaron una huella profunda por sus aportes al derecho y la justicia, su impronta ética y su sentido del deber.
A Fayt no lo conocí personalmente. Lo leí antes que fuera Ministro de la Corte, en 1977, cuando estudiaba ciencias políticas y consulté su libro Derecho Político. Había estado enrolado en el socialismo y era agnóstico. Para él, según lo señaló en una entrevista de la página digital Lecciones y Ensayos de la Facultad de Derecho y Ciencias Sociales de la UBA, “el derecho, como sistema de reglas sociales que ordenan la conducta humana, es un producto social que representa y realiza un orden social deseable. En su relación general con el Estado, el Derecho es un elemento esencial de la forma política moderna, a tal punto que no hay Estado sin Derecho…La relación del Estado con el Derecho, o con cualesquiera de sus restantes elementos esenciales, sólo puede comprenderse teniendo en cuenta que éste se encuentra inserto en el cuadro conjunto de la organización; que es una parte de la unidad estatal, un elemento de su estructura; y las funciones que cumple dentro de ella” (1).
A Tomás Casares, a quien llamábamos Masho, así como a la mayor parte de su numerosa familia, lo conocí en mi niñez. Para este representante emblemático del nacionalismo católico y figura eminente de la filosofía tomista desde la década de 1920, el derecho natural está por encima del positivo. El derecho supone “el principio de la subordinación de lo jurídico a lo moral, de la moral a la metafísica y de todo ordenamiento temporal de la conducta humana a un orden eterno. Se trata de mostrar que el sentido del derecho sólo puede darlo un cabal entendimiento de la estructura y el destino espiritual del hombre; y que, por consiguiente, la perfección del derecho debe ordenarse, a través de sus finalidades extrínsecas y sociales, a la perfección del hombre” (2). Para Casares, la primacía de la verdad en el orden del espíritu era el lema de su existencia y a ella consagró su vida.
Mi relación con los Casares viene por el lado materno. Una hermana mayor del jurista, Sylvia Casares de Botet, era tía política de mi madre y hasta su fallecimiento, en 1969, fue la propietaria de una enorme quinta en el Tigre, cinco manzanas sobre la calle Liniers. La mayor parte de esa finca es hoy el barrio cerrado La Escondida. Yo viví allí hasta los 10 años y mi antigua casa todavía es parte de ese barrio. Por los relatos de mi madre sobre Tomás Casares me enteré de que algunos de sus fallos fueron elaborados en esa quinta.
También por esos relatos durante mi niñez y adolescencia comencé a saber lo fundamental sobre la actuación pública y las posiciones filosóficas de Casares. Por ejemplo, de su nacionalismo católico y su rol eminente en los Cursos de Cultura Católica, precursores de la UCA donde yo estudiaría. También supe de la relación de Casares con Jacques Maritain, invitado a aquellos Cursos, y con el cardenal Eugenio Pacelli, después Papa Pío XII, en ocasión del Congreso Eucarístico Internacional celebrado en Buenos Aires en 1934, en el que Casares pronunció un discurso. El filósofo francés, que visitó nuestro país en 1936, emitió el siguiente juicio sobre Casares: “corazón desbordante de celo de Dios y de las almas, y de caridad para sus amigos… sois el hombre que se necesita en el lugar que se lo necesita” (3).
También supe por mi madre, a una edad en la que no entendía bien de qué se trataba, del juicio político que el gobierno peronista inició en 1946 a los jueces del máximo tribunal y al procurador general, que no incluyó a Casares. Sobre todos esos datos y otras cosas fui profundizando después, por las mías, como el tema de su tesis doctoral, La Religión y el Estado, que le valió diploma de honor a los 23 años. Se advertían allí los temas fundacionales de su pensamiento: el derecho, su unión con la moral y Dios como su fundamento metafísico.
Durante muchos fines de semana de mi niñez, Casares y su esposa, María Martha Giménez Zapiola, así como sus nueve hijos, nietos, hermanos y sobrinos, fueron visitas frecuentes en el Tigre. Su hijo mayor, Tomás María, fue el médico clínico de mi familia y un sobrino nieto, Alberto Casares, es el dueño de la emblemática librería anticuaria ubicada en Suipacha y Lavalle. Alberto fue el anfitrión de Jorge Luis Borges en el local anterior de Arenales y Callao: Borges estuvo allí acompañado de Adolfo Bioy Casares en su última tarde antes de irse a Ginebra, el 27 de noviembre de 1985.
De visita en su librería, hace algunas semanas, Alberto me prestó algunos libros sobre Casares y me relató anécdotas transmitidas por su abuelo, hermano del jurista. Una de ellas se refiere a su independencia de criterio. Parece ser que Evita, cuando saludaba a Casares, no lo llamaba por su apellido sino que le decía “¿cómo está, Voto en contra?”. Se refería la esposa del Presidente a la cantidad de votos en disidencia de Casares durante el gobierno de Perón (85). Algo que no condice con la condición de “peronista” que le endilgaron algunos, peyorativamente, por no haber sido incluido en el juicio político mencionado y haber permanecido en la Corte hasta 1955. Por eso varios “amigos” lo despreciaron y otros miraron para otro lado. Nada raro en un país dado a juicios maniqueos y al etiquetamiento superficial que desconoce causas más profundas.
Pero no sólo con sus disidencias demostraría Casares la prioridad de su conciencia. Cuando la relación entre el presidente Perón y la Iglesia católica llegó a lo peor, en 1955, y se produjo el ataque a la Catedral Metropolitana de Buenos Aires en momentos en que nuestro jurista se encontraba en misa, Casares procuró evitar la invasión. Ello le valió una denuncia del Poder Ejecutivo ante el Congreso y se le solicitó juicio político, que no prosperó. Se quedó hasta que fue separado del cargo por decreto del gobierno de facto.
En 1928 Atilio Dell’Oro Maini, figura principal junto a Casares de los Cursos de Cultura Católica, fundó Criterio, donde Casares escribió profusamente. En su obra cumbre, La justicia y el derecho, publicada en 1938, exploró a fondo la filosofía del derecho y la doctrina de la ley natural. Encontré un resumen sobre sus aportes al máximo tribunal en un artículo de la doctora Estela B. Sacristán de 2015 en el diario El Derecho (4). Por citar tan sólo un ejemplo, se debe a Casares el primer voto favorable al amparo que registra la historia de la Corte. Fue quizá su disidencia más célebre: en 1950, respecto del fallo dictado en la causa “San Miguel, José S.”, consideró que el artículo 29 de la Constitución Nacional de 1949 extendía el recurso de amparo a cualquier restricción a los derechos de una persona.
Como último recuerdo personal para esta nota me viene a la memoria el 80° cumpleaños de Masho, el 25 de octubre de 1975, con la misa en Las Esclavas y la posterior reunión multitudinaria en su departamento de Juncal y Paraná. Me llamó la atención que en esa misa, Casares y su mujer ocuparan asientos en las filas del medio de la iglesia, en lugar de ubicarse en primera fila, y se lo comenté a mi madre. Su respuesta no se hizo esperar: “Masho siempre fue así”: modesto y austero. Ocupó un sitial de privilegio en las cosas que importaban y no lo necesitaba protocolarmente frente a Dios. Masho falleció catorce meses después, el 28 de diciembre de 1976.
Elegí una evocación más personal que política porque conocí a Casares y porque sintetizar en este espacio su pensamiento y su actuación pública es tarea difícil, sobre todo no siendo un jurista. Lo hice desde mi posición, que se halla distanciada de dogmatismos rígidos, comprometida con la tolerancia y defensora de la autonomía de la persona. Ello me permite hilvanar, en un mismo homenaje, la integridad que representaron dos jueces ideológicamente opuestos pero con virtudes esenciales semejantes. Con independencia de sus cosmovisiones y épocas tan distintas, Casares y Fayt resistieron con firmeza y dignidad las presiones y la incomprensión de muchos para seguir adelante con la seguridad de estar cumpliendo con su deber. Ambos fueron presionados para renunciar por su independencia frente al gobierno de turno. Como no se iban, a uno de ellos, el más antiguo, lo echó un gobierno de facto. Al más reciente lo denigraron hasta lo indecible desde el poder y desde la prensa obediente a éste. Sin embargo renunció cuando quería, a sus 97 años, con dificultades de movilidad pero dueño de una gran lucidez intelectual.
En tiempos en los que se revisa una gran corrupción y el comportamiento de magistrados que anteponen su fidelidad al Poder que los nombró, vale subrayar que ni Casares ni Fayt cayeron en tales claudicaciones. Por todo lo dicho, creo que ambos revisten la condición de ejemplos de virtud a la que se refiere Calamandrei, citada en el epígrafe.

Notas
1) http://www.derecho.uba.ar/publicaciones/lye/pub_lye_entrevista_fayt.php
2) CASARES, Tomás D., La justicia y el derecho, 1938, advertencia del autor.
3) LASA, Carlos Daniel (1994) Tomás Darío Casares. El pensamiento y la obra de un jurista y filósofo cristiano, Buenos Aires, ed. Gladius, p. 38.
4) El juez Tomás D. Casares y el derecho público. Aportes desde el Máximo Tribunal, El Derecho, 8/7/2015, http://www.estelasacristan.com.ar/publicaciones/Sacristan,%20Estela,%20El%20juez%20Tomas%20D.%20Casares%20y%20el%20derecho%20publico,%20ED%2008-07-15.pdf

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