Editorial: Trabajo, capital y persona

Los fuertes conflictos laborales que en estos días agitaron el país nos invitan a reflexionar nuevamente sobre el significado del trabajo, su vínculo con la persona, la economía y la sociedad en su conjunto.

La valoración del trabajo como manifestación de la dignidad de la persona recoge un consenso tan amplio e indiscutido en la actualidad que se nos hace difícil reconocerla como el fruto de una larga evolución histórica. Pero, de hecho, era muy distinta la concepción que tenía del trabajo el mundo antiguo. Tanto en Grecia como en Roma, la actividad de artesanos y comerciantes era vista con menosprecio, y la calidad de una persona estaba ligada a su capacidad de darse a sí misma una vida lo más alejada posible de la necesidad de ganarse el sustento con las propias manos. Para este fin las élites aristocráticas poseían multitudes de esclavos a su servicio. En Oriente, la situación no era distinta. Baste recordar la costumbre de los mandarines de dejarse crecer largas uñas en sus manos para hacer bien evidente que nunca las habían empleado en el trabajo manual.

La visión judeocristiana comporta en este sentido una gran novedad. Para la Biblia, la creación del mundo es un trabajo de Dios, quien corona su obra modelando al hombre de la arcilla de la tierra como un artesano, y que lo llama, como su imagen y semejanza, a “dominar la tierra” con su propio trabajo. Pero es sobre todo el hecho de que Jesucristo mismo desempeñara el oficio de carpintero, y se mostrara siempre tan cercano en su vida y su predicación al mundo del trabajo (labradores, viñadores, pescadores, comerciantes, constructores, amas de casa, etc.) lo que dio impulso decisivo a lo que hoy se conoce como “el evangelio del trabajo”.

Esta nueva valoración puede apreciarse en la concepción del trabajo en la vida monástica. La consigna de San Benito, “ora et labora”, refleja la conciencia típicamente cristiana de la importancia del trabajo para una vida espiritual sana y equilibrada. Esta estima del trabajo se comunicó al ámbito secular sobre todo con la progresiva superación de la economía feudal a favor de una economía comercial más dinámica y abierta. De un modo especial, las pujantes repúblicas del norte de Italia desarrollaron desde el siglo XII –varios siglos antes de la reforma protestante– un verdadero ethos del trabajo. Esta evolución, sin embargo, se vio periódicamente eclipsada por la persistencia de una visión sobrenaturalista, para la cual el trabajo era simplemente el modo de procurar la propia subsistencia y de purgar “con el sudor de la frente” las consecuencias del pecado.

En el siglo XIX, con el nacimiento de la sociedad industrial, la constatación de las terribles condiciones de vida de los trabajadores asalariados movilizó en el seno de la Iglesia católica una renovada reflexión sobre el tema. León XIII, en su encíclica Rerum novarum, recogió los frutos de este esfuerzo y afirmó la dignidad del trabajador y de su tarea. Sin embargo, habrá que esperar al Concilio Vaticano II y la constitución Gaudium et spes, para encontrar claramente expresada la doctrina del valor intrínseco de la actividad humana, ya no sólo en función de la vida eterna, sino como realización del hombre y transformación del mundo. Juan Pablo II aplicará esta visión general al tema específico del trabajo en su encíclica Laborem exercens. En ella enseña que la dimensión subjetiva del trabajo en cuanto realización de la dignidad de la persona, es más importante que su dimensión objetiva, consistente en la actividad exterior. No hay trabajo, por humilde que sea, que no participe de la dignidad de quien lo realiza.

En esa misma encíclica, Juan Pablo II se esfuerza por evitar cualquier falsa contraposición entre trabajo y capital, aunque la prioridad corresponde sin duda al trabajo, es decir a la persona, y el capital –que no es sino trabajo acumulado− debe estar a su servicio. Posteriormente, ese pontífice abandonará incluso este ya anacrónico planteo dual trabajo-capital. El trabajo no es sólo el manual, o el industrial asalariado, sino también las diferentes formas de actividad humana creativa, incluyendo la actividad empresaria, intelectual, científica, artística, etc. El concepto de “capital”, por su parte, no se refiere en primer lugar a las cosas materiales, sino al capital humano. El ser humano es la gran riqueza cuyo potencial toda economía debe tratar de liberar. Los países ricos no lo son tanto ni necesariamente por la abundancia de recursos naturales, sino ante todo por el modo en que permiten el despliegue de su capital humano, mientras que los países rezagados suelen poner insalvables obstáculos a la iniciativa y creatividad de sus ciudadanos. Estas son las ideas maduras que Juan Pablo II expuso magistralmente en su última encíclica social, Centesimus annus, en la que reflexionaba sobre las causas de la caída del comunismo y las condiciones para un capitalismo aceptable.

Ciertamente la historia no se detiene, y la reflexión social de la Iglesia tampoco debe hacerlo. Pero sería de lamentar que, ante los nuevos aspectos de la “cuestión social”, se volviera atrás en los avances ya logrados, reduciendo el concepto de trabajo al propio de las sociedades agrarias o protoindustriales, concibiéndolo en lucha permanente con el capital, extrapolando ciertos fenómenos históricos o localizados y confundiéndolos con incompatibilidades estructurales y necesarias. Este peligro parece verificarse cuando dentro de la Iglesia católica se alzan voces autorizadas reclamando −sobre todo al Estado y desde un discurso fuertemente crítico del capitalismo y del mercado− “empleo genuino”, como si la escasez de oportunidades laborales fuera causada ante todo por la indiferencia o la mala voluntad de funcionarios públicos o de empresarios, y no principalmente por una configuración de la economía y de la sociedad que destruye los incentivos para la iniciativa, la innovación tecnológica y la inversión, e incluso debilita crecientemente la cultura del trabajo.

Es cierto que el capitalismo genera inevitables desajustes en el mercado laboral. Es lo que sucede con el fenómeno que J. A. Schumpeter denominaba “destrucción creativa”, cuando nuevos productos y tecnologías expulsan del mercado los precedentes: los fabricantes de carruajes perdieron la competencia con los de automóviles, como sucederá con algunos de estos últimos frente a los productores de nuevos modelos con guía autónoma; las fábricas de máquinas de escribir fueron reemplazadas por las de computadoras personales, y las de aparatos analógicos, por las de sus correspondientes versiones digitales. ¿Pero quién cuestionaría hoy que cada uno de estos cambios, disruptivo en su momento, ha generado trabajo y riqueza en proporciones insospechadas? Esta lección de la historia debería traerse a la memoria hoy, cuando crece la preocupación por la robotización de los procesos productivos, que destruye aceleradamente puestos de trabajo en diversos sectores de la economía.

No puede negarse que esta dinámica de la economía capitalista produce dificultades para una multitud de trabajadores, y que se requieren políticas activas por parte del Estado para facilitar la reorientación de la producción y de la oferta laboral. Pero no es posible frenar estos procesos sin condenar la economía al estancamiento y agravar ulteriormente la situación de los trabajadores desplazados. Es preciso evitar análisis fundados en una visión estática de la economía, que subestima la creatividad humana y su capacidad de abrir nuevos horizontes, imprevisibles de antemano.

La doctrina social de la Iglesia puede dar testimonio de este último error. En el siglo XIX, el obispo católico Wilhelm Emmanuel Freiherr von Ketteler hizo suya en su obra La cuestión del trabajo y el cristianismo (1864) la llamada “ley de hierro de los salarios” del socialista alemán Ferdinand Lasalle, según la cual los salarios de los obreros jamás superarían el nivel de subsistencia. Esta visión, de inspiración malthusiana, no tenía en cuenta el incremento de la productividad debido al continuo desarrollo de la tecnología. Como es notorio, la profecía de von Ketteler no se verificó, pero el magisterio social católico, muy influido por sus ideas, tampoco reflexionó suficientemente sobre tal equivocación. Hasta que Centesimus annus, obra de un Papa que fue obrero bajo el imperio del comunismo y su economía centralizada, presentó una visión dinámica y coherente tanto del trabajo como de la economía, ambas fundadas en la creatividad de la persona, imagen de Dios, y verdadero “capital” de las naciones. Es una enseñanza que los desafíos actuales en el campo del trabajo no sólo no contradicen, sino que nos invitan a recordar y profundizar.

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2 Readers Commented

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  1. lucas varela on 2 Abril, 2017

    Amigos,
    En la Argentina estamos viviendo tiempos de paz y democracia, que son de destrucción de trabajo. Y amar a la patria es querer que sea de otra manera a como es.
    Debo suponer que el CdR ama a la patria tanto como yo y los “trabajadores” todos, y por ello abunda en referencias históricas y valoraciones arabescas para insinuar que la actual destrucción del trabajo en la Argentina podría deberse a una “dinámica creativa” de cambio que la Iglesia (o sea, el papa Francisco) no ve, y que es augurio de una explosión de trabajo y de riquezas insospechadas.
    Indudablemente, la visión el CdR es lindísima; faltan los pajaritos de colores y el “pi, piri, pipi”. Pero hoy: !no… hay… trabajo¡
    Es muy interesante y positivo que aquellos que representan el pensamiento más conservador sepan reconocer el problema: ¡no hay “trabajo genuino” en la Argentina!
    Sepamos respetar a “los trabajadores” en su lucha por lo que creen justo. Y además, no todos son tan confiados y tienen tanta fe como CdR.
    La tan ansiada “explosión productiva” no llega y “en de mientras nos vamos al tacho”.
    Es obligación de todo ciudadano, y especialmente de los actuales funcionarios y empresarios que gobiernan nuestro país, luchar para que nuestra patria sea de otra manera a como es. Y éste es el gran problema. Los índices del gobierno y de la UCA dicen que la patria va mal y para peor.
    No sea que los funcionarios y empresarios que nos gobiernan se crean “dueños de la verdad”, y huyan hacia adelante con la profundización del ajuste y el endeudamiento. Si éste será el caso, entonces es muy probable que la amenaza gendarme sea un último recurso.
    Y la patria Argentina volverá a ser patria sin trabajo,…y sin paz,

  2. Juan Carlos Lafosse on 12 Abril, 2017

    El Cardenal Reinhard Marx, primado de Alemania, dio una entrevista a la revista Der Spiegel, una publicación alemana importante. El artículo original no puedo traducirlo porque está en alemán, pero acá va un resumen tomado de un sitio de periodismo católico español.

    “Si la distribución de la riqueza es cada vez más desigual, el Estado no puede hacer como que no le incumbe”
    “El que trabaja debe tener más que lo necesario para sobrevivir”, reclama el arzobispo de Múnich
    C. Doody/Agencias, 09 de abril de 2017

    “En Alemania hay gran prosperidad, pero no siempre se reparte con justicia”. Otra denuncia profética más del Cardenal Reinhard Marx, esta vez sobre la creciente desigualdad social que se va extendiendo en Alemania. “No podemos aceptar que uno de cada cuatro trabajadores trabaje en sectores de salarios bajos”, ha sostenido el cardenal. Que “un jefe gane cien veces más que un trabajador cualificado” es algo “que nadie entiende”, un símbolo de que algo está “fuera de equilibrio”.

    Marx, presidente de la Conferencia Episcopal alemana y arzobispo católico de Múnich, reclamó este sábado que se eleven los impuestos al patrimonio y herencias así como al movimiento de capitales.

    “Si la distribución de la riqueza es cada vez más desigual, el Estado no puede hacer como que no le incumbe”, dijo el prelado en una entrevista que publicó este sábado el semanario alemán Der Spiegel.

    Marx criticó la creciente injusticia social en Alemania. El purpurado consideró apropiada la reforma del mercado laboral llevada a cabo hace más de una década para sacar al país del estancamiento económico pero destacó que no se cumplieron todos los objetivos.

    “Todavía tenemos un desempleo de larga duración demasiado alto. Y el monto de la ayuda estatal es demasiado bajo como para poder asegurar que la gente participe de forma justa en la vida social”, sostuvo.

    “Si la injusticia supera un cierto nivel en un país, esto pone en peligro la cohesión de la sociedad y con ello la solidaridad”, alertó. Para Marx, un tema central es el pago de salarios justos: “El que trabaja debe tener más que lo necesario para sobrevivir”.

    Pese a que la economía de Alemania florece y la desocupación cayó en marzo al seis por ciento y afectó a unas 2.662.000 personas, cerca de un millón de parados de larga duración casi no tienen posibilidad de acceder a un puesto de trabajo.

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