Con prevalencia de lo dramático

Comentario de las obras teatrales Todas las rayuelas (Multiteatro) y La herencia de Eszter (Teatro de la Comedia).

El texto de Carlos la Casa, Todas las Rayuelas, fue uno de los seis ganadores del concurso Contar 3 que –impulsado por ARGENTORES, la Asociación Argentina de actores y la de Empresarios teatrales– se realizó en 2016 con la intención de promover los nombres de dramaturgos argentinos y estrenar sus piezas en teatros comerciales. Después de una primera puesta en formato semi-montado en el Teatro Picadero, la obra llega a la Avenida Corrientes bajo la dirección de Andrés Bazzalo, procurando quizás reeditar el éxito obtenido en esta misma sala con Bajo terapia, de Matías del Federico, surgida de la primera convocatoria de este concurso.
La Casa se propuso el desafío de escribir un texto entretenido abordando un asunto doloroso: los efectos de la represión militar de la década del ‘70. Para ello elige una de las situaciones que se dieron con más frecuencia: el autoexilio del protagonista, tras la “desaparición” de su mujer, y su prolongado alejamiento de la hija –por motivos nunca aclarados– que lo impulsa a regresar al país para reencontrarla. El tortuoso pasado se hace presente en las reiteradas pesadillas que hostigan al protagonista, eficazmente plasmadas mediante proyecciones de videos, y en el dolido relato que hará de la detención de su esposa mientras leían el Capítulo 40 de Rayuela de Cortázar, en cuya oración inicial el espectador podrá descubrir el sentido que adquirirá su viaje de regreso. Variadas ediciones de este texto con señaladores en dicho capítulo son el único contenido de la valija del escritor exiliado que, por su índole sospechosa, pone en marcha la trama –de una manera no del todo verosímil– en la que se anuda la vida de Lisandro con el agente aeroportuario que debe detenerlo y termina hospedándolo en su casa, en un primer momento, por mero interés económico.
La presencia del irritable Lisandro, resistida por la dueña de casa, va alterando la dinámica de la convivencia de la pareja y a partir de aquí se organiza una intriga paralela que se terminará anudando con la primera y diluyendo, en parte, su peso dramático hasta las últimas escenas en que se acentúa. De manera intencional o fortuita, tanto Gabriel como Lisandro terminarán posibilitándole al otro la resolución de situaciones no resueltas en el presente y en el pasado respectivamente, a la vez que establecen un vínculo amistoso. La comicidad, como es de esperar en un texto donde prevalece lo dramático –aunque abordado de manera ligera y, en la escena final, con cierto patetismo–, se funda en el choque de personalidades y el mayor peso recae en Lisandro, personaje a la medida del talento y perfil actoral de Hugo Arana. Se lucen a su lado Esteban Meloni –que revalida los logros de sus últimas actuaciones– y la experimentada Paula Ransenberg, así como también –en roles menores– Heidi Fauth y Daniel Dibiase, actores ambos de sólida trayectoria. El diseño escenográfico, con paneles móviles para el variado cambio de escenas, es de lo menos lucido de la puesta.
La herencia de Eszter (1939) de Sandor Márai es la tercera novela de este autor que llega a un escenario, esta vez en adaptación de María de las Mercedes Hernando y con dirección de Oscar Barney Finn. Escrita en primera persona, es la voz de la protagonista la que – esperando la muerte– va desandando su vida para detenerse en ese día que marcó el truncamiento definitivo de sus deseos. Amores desencontrados, pasiones desbordadas y ocultamientos –ejes temáticos de los dos textos anteriores, El último encuentro (2009) y La mujer justa (2012)– reaparecen en éste, junto con la conciencia del tiempo que fluye y las heridas del pasado que no cierran, pero a ello se agrega una concepción fatalista de la vida humana como la que signa la trayectoria de Eszter. En tal sentido su “amor sin esperanza” por su cuñado Lajos –como bien afirma su hermano Larchi– “no se termina nunca” y la arrastra ciegamente a su virtual destrucción y la de sus seres queridos más cercanos, representantes de un mundo en decadencia: el de la alta burguesía en vísperas de la caída del imperio austro-húngaro después de la Primera Guerra. El ritmo moroso de la escritura de Márai y la narración del pasado que se sobrepone al presente del relato, donde prima la palabra por sobre la acción, son dificultades a la hora de la adaptación y le imprimen un impronta chejoviana al texto.
La casa familiar y el jardín –cuyos almendros se transforman en medio de vida– son para Eszter, además de su herencia, el refugio de un pasado infeliz y de un presente de frustración ya que, a diferencia de la Rosita soltera de García Lorca, ni siquiera puede atesorar la promesa del regreso del hombre amado aunque sí, quizás, el sueño. Este parece cumplirse con la llegada de Lajos veinte años más tarde, pero Eszter no verá en él al “cazador” sino al único hombre que sigue amando, y se dispondrá pasivamente a ser la “prótesis moral” de un hombre “sin moral”.
Iluminación y escenografía diseñan plásticamente el espacio escénico –el emblemático jardín– para sugerir la atmósfera crepuscular en la que están inmersos los personajes, recreados por un sólido elenco. Thelma Biral, como Esther, se planta con serena elegancia para transmitir esa rara fortaleza de quien vive herida por el pasado y sometida a un “orden invisible” que debe cumplir entregando por amor lo más preciado que tiene. Víctor Laplace, como el seductor Lajos, da vida a un personaje complejo que combina una marcada debilidad de carácter y laxitud moral con un ímpetu arrollador y destructivo. Susana Lanteri (la parienta y confidente), Edgardo Moreira (el hermano) y Luis Campos (el notario amigo) dan vida sólidamente a los personajes que intentan descubrirle a la protagonista el Lajos que ella no quiere ver. Completa el elenco María Viau como la hija que se presta al juego que propone su padre, porque lo reconoce como un ser extraordinario a pesar de sus miserias morales. A través de la historia de amor no convencional que esta puesta propone, Márai nos acerca a los complicados repliegues del alma, lo cual no es poco.

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