Criterio 90 años. Un futuro intercultural e interreligioso

El mundo y las sociedades en que vivimos se globalizan cada vez más. El factor económico y la revolución tecnológica en los medios han sido instrumentales en este proceso. El sistema económico neoliberal se extiende con una fuerza y un dinamismo tal que incluso los países que una vez fueron los grandes adversarios del capitalismo liberal se rinden poco a poco a su encanto.

Por otro lado, las comunicaciones reducen drásticamente las distancias. En este contexto, se habla de un “mundo plano” (flat world), indicando un espacio sin barreras ni fronteras donde, a pesar de las diferencias lingüísticas y culturales, es posible comunicarse, relacionarse, prestar servicios y hacer negocios a distancia mediante los medios virtuales y prácticamente instantáneos.
Paradójicamente, junto a este proceso de creciente globalización, en parte causado por ella, se afirma una corriente aparentemente en la dirección opuesta: una verdadera “contra corriente”. Las culturas locales y regionales, por ejemplo, se sienten amenazadas por este proceso de “homogeneización” progresiva, y por eso reafirman su propia identidad, reclaman su espacio y, si no buscan la independencia total, pretenden al menos un mínimo de autonomía económica y política. Basta pensar, por ejemplo, en vascos, catalanes y gallegos en España, en los bretones de Francia, los pueblos originarios de América latina, los quilombolas de Brasil y muchos otros movimientos regionalistas que ganan fuerza en diferentes países.
En el área religiosa ocurre un fenómeno similar. Por un lado, las grandes y tradicionales confesiones religiosas, en lugar de crecer, parecen perder fuerza y miembros, al menos en el mundo occidental. Por otro lado, las nuevas iglesias, sectas o movimientos religiosos, de todo tipo y tamaño, nacen, crecen y se multiplican. Las religiones más universales y globales tratan de defenderse contra estas tendencias, pero no siempre con éxito. Incluso dentro de la misma denominación religiosa, proliferan diversas corrientes y movimientos con identidad propia y autonomía relativa. Al mismo tiempo, también aumenta el número de los que dicen no creer en Dios o no profesar ninguna religión en particular. Otros, aún, dicen tener gran sed de Dios y de espiritualidad, pero desean vivirla fuera de las fronteras institucionales de una iglesia o religión estructurada.
Esta reafirmación de las identidades particulares en el campo cultural y religioso, como una reacción contra la globalización que tiende a igualar y homogeneizar las diferencias, contribuye a redescubrir y preservar valores amenazados. Al mismo tiempo que se afirma que el mundo es plano, también podríamos decir que nunca se había presentado tan desigual y accidentado como hoy, tan rico y variado en el campo cultural y religioso. Los mismos factores que contribuyen a promover una mayor homogeneidad, como los medios de comunicación y las redes sociales, también nos muestran mucho más que antes la creciente heterogeneidad, una amplia variedad de manifestaciones culturales y religiosas.
Estas dos tendencias que se desarrollan en direcciones opuestas ofrecen la oportunidad de que nos abramos a los beneficios y ventajas que, sin duda, ambas tendencias comportan, y al mismo tiempo son una señal de advertencia ante las amenazas. La diversidad cultural y religiosa, por ejemplo, puede llevarnos a particularismos e individualismos excesivos que nos empobrecen, nos encierran, y por eso debemos evitarlos. Sin embargo, esta misma diversidad invita a abrirnos a su riqueza, no sólo intelectualmente al apreciar lo que hay de bueno y positivo en todas las religiones y las culturas, sino también a asimilarlo e incorporarlo en nuestra forma de ser y de actuar, sin por ello renunciar a la propia herencia cultural y religiosa.
No podemos ni debemos aspirar a un futuro enteramente «unificado» y homogéneo en lo cultural y religioso, sino a un futuro signado por la variedad de culturas y expresiones religiosas que en lugar de ignorarse, de tratar de imponerse unas sobre otras, dialogan y colaboran sobre la base de un núcleo común de principios y valores fundamentales que muchos comparten, pero que pueden encarnarse y manifestarse de diferentes maneras.
Incluso las religiones que se presentan como las únicas auténticas y detentoras de la verdad, como la religión católica, las protestantes históricas y otras, al mismo tiempo que se dan a conocer y compartir con otros sus tesoros, también podrían enriquecerse mucho y aprender a través de este intercambio y el diálogo con otras denominaciones. Una cosa es experimentar la revelación de la verdad y creer en ella, y otra es llegar a comprender y apreciar todo lo que esta verdad comporta para nosotros y nos requiere en los tiempos en que vivimos: en nuestro comportamiento individual y colectivo, en nuestras relaciones con el mundo, con la naturaleza y, sobre todo, con los demás. Para que esto suceda, la apertura a la verdad y al bien que puede haber y que muy frecuentemente hay en los demás, es esencial.
Lo mismo se aplica al área cultural. Lo que define una cultura y la distingue del resto no son los elementos externos o folclóricos, sino el énfasis que esa cultura pone en determinados valores más que en otros. Es a través del diálogo y el intercambio que esa diversidad cultural puede apreciarse y enriquecernos.
La fe encuentra en la cultura la pluralidad de mediaciones necesaria para encarnarse hoy. Pero las mediaciones culturales demandan permanentemente ser regeneradas y reorientadas al servicio de la humanización, y es a esta conversión –al hermano– que convoca el Evangelio. La renuncia a encarnarse en una cultura implicaría la inviabilidad histórica de la fe. El rechazo de la dimensión religiosa por parte de la cultura empobrecería notablemente el horizonte de ésta. El diálogo fe-cultura puede ser difícil, pero, en cualquier caso, es indispensable.
Por eso, una iniciativa como la revista CRITERIO, que cumple sus 90 años de existencia, tiene que ser siempre más apoyada y estimulada. Se trata de una iniciativa que acompaña los tiempos y busca siempre encarnarse en la cultura, al mismo tiempo con apertura plural y fidelidad creativa. Es de esperar que permanezca viva y activa por muchos años más, pero que al mismo tiempo sepa inspirar otras iniciativas que tan bien hacen a la vida y al espíritu de hombres y mujeres en la sociedad de hoy.

La autora es téologa y escritora.

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