La vida como teatro

La Farsa de los ausentes, basada en El desierto entra en la ciudad, de Roberto Arlt, se presenta en el Teatro General San Martín en versión de Pompeyo Audivert.

La tan esperada reapertura del Teatro San Martín –“nave insignia” del Complejo Teatral de Buenos Aires, cerrado por dieciocho meses para obras de puesta en valor y acondicionamiento tecnológico– se inició por la sala Martín Coronado, donde se exhibe esta versión de la obra en la que se encontraba trabajando Arlt al momento de su muerte (1942), y que recién fue estrenada diez años más tarde, pero escasamente representada de allí en más. El nombre de Arlt, figura central en la renovación del teatro argentino del siglo pasado, atraviesa la programación de este año de las distintas salas del CTBA, tanto para el público adulto como el infantil, junto al de autores extranjeros como Chéjov, Gogol, Molière y Josep Miró, en varios casos a través de adaptaciones hechas por directores argentinos de renombre.
En la farsa dramática de Arlt está presente tanto el principio fundante de todo su teatro –el interés en plantearle problemas a la humanidad, ofreciendo una descarnada visión del hombre dominado por el ansia de lucro y de poder– como así también la evasión de un mundo insatisfactorio a través de vías alternativas y la consecuente fatalidad que signa estas reacciones. Para escapar del tedio de una vida disipada, el protagonista –un rico empresario– opta primero por la fantasía que le propone su secretario –ser un emperador romano que victimiza mediante el escarnio a sus sojuzgados– y luego –a partir de la visión divina que le produce la muerte de un niño– por la conversión religiosa que lo impulsa a la búsqueda de la santidad, actitud ésta que algunos juzgan como locura o como nueva farsa. Este texto que, posiblemente, por su carácter de borrador no ha dejado de desconcertar a la crítica–, presenta la curiosidad de que su protagonista sólo reaparece en el cuarto y último acto y su figura y accionar se construyen a partir de los pareceres de los demás personajes, cuya visión alterna la espontánea con la fingida credulidad que dicta el interés y la avaricia. A la vez se hace evidente el crecimiento del autor en la orquestación de los códigos que intervienen en una pieza teatral como, por ejemplo, el accionar de los Coros –en la figura de los siete Invitados y otros que esta versión omite– al estilo de la tragedia griega clásica, lo que justifica el elevado número de actores en escena.
Pompeyo Audivert, a cargo de la adaptación y de la dirección, quedó impactado por el primer acto y a partir de allí, con un final ya in mente, modificó libremente situaciones de la trama, pero procurando conservar el espíritu del autor que, desde lo farsesco, presenta una estética afín a la del propio director. Ambos reniegan de la concepción realista del teatro para rescatar su naturaleza metafísica, en la que “conviven lo sagrado y lo profano en una tensión permanente e inevitable” en palabras de Audivert, quien busca expresarla amplificando y exacerbando el texto original, mediante la apelación al grotesco y al absurdo. Los personajes, dotados de contornos esperpénticos, se cuestionan su problemática realidad: actores destinados a repetir sus indignos papeles una y otra vez, reflexión que tiene un alcance existencial expresado en el tópico de la vida como teatro. También se despliegan los mecanismos de manipulación entre el que ejerce el poder y los sometidos, con puntuales alusiones o guiños a sucesos de nuestra historia, porque de ellas depende el enmascaramiento o la atrofia de la verdadera identidad que experimentan estos últimos, los eternos “ausentes” a los que alude el título. Un Relator –personaje obviable por ser más propio del distanciamiento brechtiano que de la estética propuesta– se ocupa de comentar los sucesos.
Tanto la escenografía como el vestuario, la iluminación y la música se conjugan magistralmente para generar la atmósfera de ese espacio oprobioso y extrañado a la vez de la “fábrica”, donde los farsantes reiteran sus mecánicas conductas para “producir muertos”, en contraposición a la idílica llanura pampeana que ve “nacer”, en una de las secuencias más grotescas, al supuesto redentor. El aceitado manejo del numeroso elenco –muchos de ellos formados en el taller del director– resulta clave en una obra coral. La escena inicial ya da buena cuenta del riguroso y expresivo trabajo corporal desplegado en forma coreográfica que se sostendrá durante el resto de la función. A ello se suma la solidez del resto de los actores entre los que se destacan Daniel Fanego como César, Roberto Carnaghi como su secretario, Juan Palomino como Federico y el Mendigo, y Abel Ledesma como el perro. En síntesis: la audacia innovadora y el espíritu crítico de Arlt sirven de punto de partida para hacer funcionar con óptimos recursos esa “máquina de naturaleza metafísica que no deja de dialogar con el presente”, tal como define Audivert el teatro.

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