Niño enterrado, de Edgardo Cozarinsky (Buenos Aires, 2016, Entropía)

Cozarinsky es un reconocido escritor (Vudú urbano) y cineasta (sus documentales son memorables: Scarlatti en Sevilla, Citizen Langlois, entre tantos otros…), nacido en Buenos Aires en 1939; sus antepasados eran judíos provenientes de Kiev y Odesa afincados en Entre Ríos; vivió muchos años en París. Sin embargo, dado que su padre se trasladó de joven a Buenos Aires y fue oficial de la Marina, Edgardo nunca había visitado los pueblos entrerrianos del barón Hirsch hasta cuando decidió filmar una película (la estupenda y nostálgica Carta a un padre) y escribir un pequeño y emocionante libro: Niño enterrado.
Hace pocos días, en una tertulia literaria de jóvenes escritores y poetas, cuando se le propuso leer algunos fragmentos, comenzó por la cita de la italiana Anna Maria Ortese (narradora de inusitada sensibilidad) que eligió para su obra: “¿Quién, de los niños que nacen en la tumba de una carne adulta, de una voz madura, pudo alguna vez volver atrás? ¿Quién pudo? ¿Quién?”.
Está claro que Cozarinsky visita el pasado familiar para encontrarse con su historia y el sentido de la existencia. Lo hace con una prosa exquisita y profunda. Escribe de sí mismo: “Decide vivir los años de vida que le quedan como el niño que nunca fue, que hubiese querido ser y no se atrevió a ser, o acaso haya sido intermitentemente, perdido entre los roces y el desgaste de crecer”.
Otras citas, como guiños, recuerdan a Fernando Pessoa, Paul Bowles, Ricardo Piglia o Alfonso Reyes, además de Shakespeare.

José María Poirier

Regreso a los jazmines, de Luz EtchemendiGaray (Buenos Aires, 2016, Vinciguerra)

La aparición de una obra sensible como Regreso a los jazmines merece celebrarse pues su autora retrata con elegancia el pulso vital de los sentimientos de la infancia, entremezclando aromas, el paso del tiempo y el diálogo con los ausentes. Con un homenaje a Borges (“Él pensó que era eso: dejar que fluyera como la arena, la idea del infinito, de a poco, para que no se interrumpiera la eternidad”), y una evocación a Lewis Carroll y su inmortal Alicia y los espejos (“¿Qué otro milagro podría ser consecuencia de la mala colocación de un espejo en la pared? Una cosa era estilizar figuras… pero ¿volver el tiempo atrás? Sólo podía ser obra de mi imaginación”, en Los Espejos), la poeta entrerriana opta aquí por el microrrelato como formato para continuar el mundo de sensaciones que exploró con pericia en el campo de la poesía y que por los cuentos Quijote en Buenos Aires la hizo acreedora de la Mención de Honor de la SADE. Un libro que sirve como conexión cristalina con el diáfano pasado que representa la memoria sentida.

Pablo De Vita

Simplemente Testigos. La experiencia de la fe en un mundo en cambio, de Julio César Labaké (Buenos Aires, 2017, Bonum)

Podríamos decir que todo este breve y ameno libro es un desarrollo de la afirmación del papa Paulo IV en Evangelii Nuntiandi: “El hombre contemporáneo escucha más a los testigos que a los maestros, y si escucha a los que enseñan, es porque son testigos” (41).
Labaké, autor de numerosos libros y artículos, con lenguaje accesible quiere trasmitir la idea de que la evangelización en el mundo de hoy sólo es posible a través del testimonio. El autor revisa la historia de la Iglesia y, sin negar ninguno de sus errores del pasado (algunos de los cuales llegan hasta el presente), pone énfasis en el gozo de vivir el Evangelio y de dar testimonio de ello a través del diálogo con todos los creyentes, con quienes no lo son, con el mundo como es y no como nos gustaría que fuera. El autor no hace hincapié en ser portadores de la verdad sino personas que se dejan vivir por esa Verdad y quieren dar testimonio.

Alejandro Frere

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