Las PASO y el futuro de los partidos políticos

El domingo 13 de agosto tendremos ocasión de expresar nuestras preferencias políticas en las llamadas PASO (Primarias Abiertas Simultáneas y Obligatorias). Algún día debería discutirse la necesidad de mantener esta instancia electoral: su carácter obligatorio, las escasas diferencias internas que se dirimen, toda vez que, en la mayoría de los casos, los diferentes partidos y alianzas presentarán listas únicas de candidatos, y su altísimo costo (sobre todo en un país con tantas urgencias postergadas). Entretanto, las PASO actuarán como una gran encuesta de opinión que permitirá entrever, con dos meses de anticipación, el mapa electoral del país.
Si bien las elecciones de octubre son legislativas y no presidenciales, el voto podría de todos modos polarizarse en lugar de expresar una pluralidad de preferencias. Según algunos analistas, no otra sería, precisamente, la estrategia del Gobierno, es decir, “avanzar con el cambio” o “regresar al pasado”. Dicho en otras palabras, lograr que el “voto bronca” evite la dispersión del voto positivo.
Al igual que en otros países, las primarias argentinas tienen lugar en un mismo día y en todo el territorio. Son, y esta es una característica única, obligatorias para todos los ciudadanos empadronados y para las distintas fuerzas políticas, aunque éstas puedan eludir la competencia interna designando directamente a los candidatos. Además, tratándose de elecciones primarias, se esperaría que fueran los afiliados o simpatizantes de cada partido quienes se sintieran motivados a decidir cuál será el candidato preferido. De lo contrario, el voto sin identificación con partido alguno podría considerarse como una intromisión. Sin embargo, no siendo éste el caso, una elección que debería apelar a la adhesión de la gente comprometida con una causa, partido o proyecto, obligará a participar a ciudadanos independientes o circunstancialmente distantes de todas las ofertas.
La discusión sobre la real utilidad de las PASO nos remite, pues, a complejas cuestiones técnicas sobre el procedimiento democrático de selección de los candidatos a cargos electivos. Pero, en el fondo, las dudas que planteamos no podrían encontrar respuestas convincentes sin considerar asimismo aspectos que exceden lo procedimental y arraigan en lo profundo del imaginario de la sociedad. En efecto, entre otras paradojas de la cultura política argentina, existe una en la que quizá no se repara lo suficiente: mientras que la ciudadanía, por un lado, se va democratizando en modo gradual, por otro, parece seguir inconscientemente marcada por la idea de “sucesión monárquica”. Tal vez con una variante autóctona: que dicha sucesión no funciona sólo en línea descendente sino también en dirección al vínculo matrimonial. No hace falta recordar al lector los numerosos ejemplos históricos de estas prácticas −sobre todo a nivel provincial y municipal− que fueron consentidas con sugestiva naturalidad.
Ahora bien, la aceptación informal de esa idea sucesoria con tintes monárquicos se combina con la exaltación del líder personalista. Un problema notable, en este contexto, porque la popularidad no se hereda en línea descendente, ni se trasmite entre cónyuges. El designado puede aportar su propio carisma, o carecer de él y procurar –en compensación− vivir del de su tutor (como en Venezuela el desangelado Nicolás Maduro parasita el carisma del difunto Hugo Chávez).
A lo anterior se suma el hecho de que, por lo general, el líder exitosamente entronizado no tiene interés en promover en torno a sí otras figuras con talento y brillo propio que podrían convertirse eventualmente en rivales. Antes bien, como en una “corte de los milagros”, suele rodearse de personajes mediocres y aduladores que aceptan sin remilgos una relación de incondicional vasallaje. En esta situación, el dedo del monarca será el único procedimiento disponible para trascender su desaparición física o política.
Esta dinámica, que se manifiesta de un modo paradigmático en el peronismo, en realidad tiende a constituir, con diferentes intensidades, un problema de toda la política argentina: la sucesión. La reticencia a confrontarse electoralmente en internas partidarias queda reflejada en el lenguaje: ya ni siquiera los medios de comunicación se refieren a “partidos” sino que recurren al concepto etéreo de “espacios”. Y los mentados “espacios” no son otra cosa que el aura que irradia cada candidato que, en última instancia, no tiene otro fundamento que su propia persona. Eso significa que la permanencia en el tiempo de un “espacio” sería un fenómeno sobrenatural: algo así como la supervivencia del alma. El “espacio” subsiste, se ensancha, se estrecha y se apaga con el individuo que lo proyecta.
La Unión Cívica Radical, el partido más antiguo del país, sufrió una verdadera implosión cuando sus principales figuras prefirieron crear espacios propios antes que confrontar democráticamente dentro del partido, robusteciéndolo y no vaciándolo. Ello ocurrió tras la caída del último presidente radical, Fernando de la Rúa, cuando Ricardo López Murphy, Elisa Carrió o Margarita Stolbizer se auto designaron primeros candidatos de sus nuevos espacios, mientras que otros como Julio Cobos fugaron al entonces partido oficial que los denominó “radicales K”.
De esta manera, no sólo no hay sucesión. Tampoco hay compulsa de propuestas ni síntesis de ideas, y se torna imposible lo que Maritain consideraba vital para una democracia: la selección de élites gobernantes, sujetas a la periodicidad de sus cargos y responsables ante la ciudadanía. A falta de ellas, lo que queda al descubierto son oligarquías anquilosadas, unificadas por lazos familiares y de intereses, que podrán generar el propio espacio, o saltar “de espacio en espacio” en un ejercicio en el cual el pasado parece no contar, y cada candidato podría gozar dentro del espacio propio o ajeno de un eterno y confortable presente.
Esta consideración puede parecer excesivamente nostálgica o inexorablemente ligada a la existencia de partidos políticos como canales de mediación e “instituciones fundamentales del sistema democrático”, según reza el artículo 38 de la Constitución nacional. Hoy se argumenta, no sin fundamento, que los partidos políticos se encuentran en crisis y que es anacrónico pretender en la actualidad que la ciudadanía continúe vinculándose como en el siglo XIX, por medio de adscripciones permanentes y plataformas políticas, cuando lo que mueve la vida política parecerían ser las emociones, impulsos coyunturales e intereses en continua e imprevisible reconfiguración. De ser real ese escenario, el interrogante que deberíamos plantearnos es cómo preservar un ámbito de representación política de calidad que no dependa servilmente de las estéticas de campaña, las encuestas y los humores sociales. En el fondo, lo que hay que preguntarse es si las PASO, bajo éste u otro formato, pueden ser un instrumento al servicio de este noble fin, que no es otro que salvar la política de sí misma.

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  1. lucas varela on 6 agosto, 2017

    La primera sensación que produce la lectura de los comentarios del Consejo de Redacción, es que no es objetivo, ni quiere serlo.
    Pareciera que, democráticamente hablando, los culpables son solamente “los peronistas”. Aunque, conociendo el pensamiento del señor Poirier, director de la Criterio, se debe entender por “peronista” al concepto antiguo, o sea, del tiempo en que ser “gorila” significa algo.
    Hoy en día, el término “peronista” es muy inclusivo y a voluntad de quien quiere hacer política electorera. Recordemos que nuestro actual presidente se definía hace poco tiempo atrás “peronista disidente”.
    Dicho esto, vale recordar que el actual gobierno ya se expresó en contra de las paso, y en contra de la elección presidencial cada cuatro años. Lo que confirma la utilidad de los siete puntos expresados por el señor José Luis Rasente, que sugieren una forma más objetiva y desapasionada de considerar un tema tan trascendente como lo es el proceso electoral argentino.

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