La era de la nostalgia

Lecturas de Retrotopía, de Zygmunt Bauman (Buenos Aires, 2017, Paidós); Orden mundial, de Henry Kissinger (Buenos Aires, 2016, Debate) y Limónov, de Emmanuel Carrère (Barcelona, 2016, Anagrama, 11ª ed.).

“La indescifrable Providencia que administra lo pródigo y lo parco”, al decir de Borges, ha reunido sobre mi escritorio tres libros en los que hallo –entre otros– un cierto hilo conductor. Como ahora está de moda el estilo autorreferencial, debo admitir que soy bastante proclive a la nostalgia, cuyo diseño interno no es necesariamente triste, sino también repositorio de pasiones y deseos densos y sostenidos.
Ha muerto Zygmunt Bauman: elogiarlo sería un tanto torpe, después de haber leído su admirable comprensión del mundo de la modernidad líquida. Su libro testamentario se titula curiosamente Retrotopía, y la introducción es, pues, un análisis de la era de la nostalgia. Como escribe el autor, “lo que llamo retrotopía es un derivado de la ya mencionada negación de segundo grado: la negación de la negación de la utopía”.
El futuro se manifiesta para muchos incierto; para otro ominoso. Bauman cree que vamos caminando hacia aquel mundo de Hobbes, una guerra de todos contra todos, que los argentinos conocemos muy bien. La vuelta a las tribus tatuadas, la sombra del riesgo mundial, para decirlo con Ulrich Beck, es como un signo interior, universo populista que otorga falsamente voz a los excluidos, que los hay y muchos. Ya Disraeli hablaba de dos naciones en la Inglaterra victoriana: la de los ricos y los pobres “que parecen vivir en distintas zonas del mundo” (o de la sociedad de las grietas).
Quizá lo más notable del libro lo constituye su epílogo, que afirma que la condición cosmopolita no lleva necesariamente consigo una conciencia global. Bauman concluye su obra con la alocución del papa Francisco al recibir en 2016 el premio Carlomagno: “Si hay una palabra que hay que repetir hasta cansarse es ésta: diálogo”, en este firme llamado a la responsabilidad moral individual y colectiva.
Henry Kissinger acaba de publicar su Orden Mundial (Reflexiones sobre el carácter de los países y el curso de la historia). El ambicioso repaso que el autor hace de la situación mundial es el de un hombre viejo y sabio. El párrafo final es harto elocuente: “Hace mucho tiempo, en mi juventud, yo tenía el descaro de creerme capaz de pronunciarme sobre el sentido de la historia. Ahora sé que el sentido de la historia es algo que debemos descubrir no proclamar”.
Emmanuel Carrère, hijo de una gran historiadora de la decadencia soviética, con más de 15 ediciones de su premiada novela Limónov, sagaz y a veces grosera, prologa la obra con una sugestiva frase de Vladímir Putin: “El que quiera restaurar el comunismo no tiene cabeza; el que no lo eche de menos no tiene corazón”.
Limónov es una especie de anarquista caótico que plantea el declive soviético con virulenta acritud. Por eso se refugia en ciudades del Asia Central como Samarcanda o Barnaúl entre mendigos que “ya no tienen edad, no tiene bienes, en el supuesto de que alguna vez los hayan tenido, apenas les queda todavía un nombre. Han soltado todas las amarras. Son andrajos. Son reyes”.
Termino de mencionar estas obras y me percato de que, mientras tanto, no me ha abandonado la nostalgia de “Melancolía I”, de Durero, que siempre me ha parecido más una premonición que una maravillosa calcografía.

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