¿Por qué María fue a visitar a su pariente Isabel?

Que la Virgen María haya ido a visitar a Isabel no tiene nada de extraordinario. Todos solemos visi-tar a algún pariente cuando atraviesa dificultades y nos necesita. No merecía la pena que los Evange-lios lo registraran. Sin embargo, Lucas le dedica un enorme espacio a ese episodio (Lucas 1,39-56). Más, incluso, que a otros hechos importantes de la vida de Jesús. Esto ya nos indica que no se trata de un simple encuentro familiar.
Sin embargo, al analizar el texto descubrimos ciertos detalles que nos hacen dudar de su historici-dad. Son tres las cuestiones que debemos plantearnos aquí. Primero: ¿la visitación de María es un hecho histórico? Segundo: ¿por qué motivo fue María a casa de Isabel? Tercero: ¿de dónde sacó Lucas la información de este hecho?
La narración comienza cuando María recibe el anuncio del ángel Gabriel sobre su próximo embarazo, y de que su hijo será el futuro Salvador del pueblo judío. A continuación, le comunica una segunda noticia: que su pariente Isabel, anciana y además estéril, se halla ahora en su sexto mes de gestación gracias a una intervención divina (Lucas 1,26-38). Al escuchar esto, María parte inmediatamente de Nazaret a casa de Isabel, que vivía en las montañas de Judea (Lucas 1,39). Lucas no nos dice cómo se llamaba su pueblo, pero la tradición lo ha identificado con la actual ciudad de Ain Karem, situada ocho kilómetros al oeste de Jerusalén.

Qué dirían las vecinas
Si ahora planteamos la primera cuestión, es decir, la historicidad del episodio, hay que admitir que este viaje resulta bastante extraño. La distancia que debía recorrer María hasta la casa de Isabel es muy grande, de unos 150 kilómetros, desde las colinas de Galilea, pasando por la llanura de Esdre-lón, las montañas de Samaria y las sierras de Judea. Esto suponía unos cinco o seis días de marcha. Tan insólito resulta su desplazamiento que algunos exegetas creen que Lucas ignoraba la geografía de Palestina y pensaba que Galilea y Judea eran limítrofes, por eso contó el periplo de manera tan natural.
Además la joven aparece trasladándose sola, y no con José como en sus otros viajes (Lucas 2,1-5; 2,22; 2,39). Pero en aquel tiempo los caminos estaban infestados de bandoleros. Por otra parte, Sa-maria era una comarca peligrosa de atravesar, debido a las malas relaciones que había con los judíos. Y a todo esto debemos añadir la mala fama que semejante viaje supondría para una muchacha casa-dera, a los ojos de sus contemporáneos. Quizás por eso prácticamente no existen cuadros ni obras ar-tísticas que pinten a María realizando este viaje, a diferencia de su viaje a Egipto, del que tenemos una infinidad de representaciones suyas, junto a José y al niño Jesús viajando en un burrito.

¡Cómo no reconocerse!
Pero lo que más lleva a cuestionar la historicidad de este viaje es que está motivado por el parentes-co familiar de ambas mujeres. No sabemos cuál era. Lucas simplemente la llama “pariente” (Lucas 1,36). Fue el teólogo protestante inglés Juan Wiclef quien popularizó la idea de que eran “primas”. De todas maneras, la única razón del viaje es su supuesto parentesco. De haber sido una mujer ex-traña, no habría ido. Ahora bien, si María e Isabel hubieran sido parientes, también sus hijos (Jesús y Juan el bautista) lo habrían sido. Pero sabemos que no es así. Porque cuando ambos niños son adul-tos, no se dice una sola palabra sobre la familiaridad de ellos. Más aún, en el Cuarto Evangelio, Juan el bautista afirma dos veces que no conocía a Jesús, ni sabía quién era él, antes de bautizarlo (Juan 1,31-33). ¿Es posible que dos parientes tan próximos, y en un ambiente de profundo arraigo familiar como el de Oriente, no se conozcan ni sepan nada el uno del otro? Evidentemente no.
Es decir que Jesús y Juan no debieron de ser parientes. Por lo tanto, sus madres tampoco. Debemos, pues, concluir que el vínculo familiar entre ellas fue creado por Lucas para poder contar la visita de María. No parece, entonces, tratarse de un episodio histórico.

Una ayuda aparente
Esta conclusión nos lleva a la segunda pregunta: ¿por qué razón, según Lucas, fue María a visitar a Isabel? El Evangelio tampoco lo dice. Por eso los estudiosos han dado diferentes explicaciones.
Según algunos, para obedecer al ángel Gabriel, que le había avisado del embarazo de Isabel. Pero el ángel no le pidió nada a María. Simplemente le comunicó que su pariente esperaba un hijo.
Según otros, María fue a ayudar a Isabel en el parto. Quería ponerse al servicio de su pariente ancia-na e inexperta en cuestiones de alumbramiento, y que estaba por ser mamá primeriza a pesar de su avanzada edad. Fue un gesto caritativo y solidario de la futura madre del Mesías. En definitiva, Lu-cas habría narrado esta escena para mostrar la humildad y la voluntad de servicio de María.
Esta explicación es la más ampliamente difundida, y la preferida por los predicadores, que basándo-se en ella han compuesto innumerables sermones sobre la importancia de la caridad y la ayuda a los demás. La tradición posterior incluso imaginó a María haciendo la comida, barriendo y ayudando a su pariente en los quehaceres domésticos. Pero tampoco ésta parece ser la interpretación correcta. Porque Lucas dice que María permaneció con Isabel tres meses, y luego regresó a su casa (Lucas 1,56). Si Isabel tenía un embarazo de seis meses cuando ella llegó, significa que María volvió a Na-zaret justo antes de que naciera su hijo. Por lo tanto, María se marchó cuando Isabel más la necesita-ba.

Saludos prenatales
Hay una tercera solución, que tiene el mérito de basarse en los datos aportados por el mismo Lucas. Según éste, Juan el bautista vino al mundo con la misión de ser el precursor de Jesús, de prepararle los caminos para que éste pudiera salir a predicar. Ya antes de nacer, el ángel Gabriel le había anun-ciado a su padre Zacarías que Juan “irá delante del Señor, con el espíritu y el poder de Elías”, con el fin de “prepararle al Señor un pueblo bien dispuesto” (Lucas 1,17). Es decir que que Juan era el he-raldo de Jesús, y su misión consistía en preparar al pueblo judío para la llegada de Jesús, el Señor.
Pero resulta que, en el Evangelio de Lucas, cuando Juan es adulto y sale a predicar, no puede cum-plir esta misión porque lo encarcelan antes de que Jesús se haga bautizar (Lucas 3,19-20). Por consi-guiente, Juan no podrá bautizar a Jesús para lanzarlo a predicar (como cuenta Marcos), ni podrá pre-pararle los caminos (como cuenta Mateo), ni podrá señalarlo en público para que todos lo conozcan y sigan (como cuenta Juan). En Lucas, sus caminos nunca se cruzaron.
Ante la imposibilidad de narrar un encuentro entre ellos, a Lucas se le ocurrió la idea de crear una escena en la que ambos niños se encontraran en el vientre de sus respectivas madres, para que allí Juan pudiera dar testimonio de Jesús y cumplir, aunque sea como feto, su misión de precursor. Para ello tuvo que imaginar un parentesco entre ambas mujeres, de modo que se justificara la visita. Y así fue como nació la escena del viaje de María a casa de Isabel.

La danza del vientre
Así se entiende lo que sucedió, según Lucas, cuando las dos mujeres se encontraron: “María entró en casa de Zacarías y saludó a Isabel. En cuanto Isabel oyó el saludo de María, el niño saltó de alegría en su vientre. Isabel quedó llena del Espíritu Santo, y dijo con un fuerte grito a María: ‘Bendita tú entre las mujeres, y bendito el fruto de tu vientre. ¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a mí? Porque apenas llegó tu saludo a mis oídos, el niño saltó de alegría en mi vientre. ¡Feliz la que ha creído que se cumplirán las cosas que le fueron dichas de parte del Señor!’” (Lucas 1,40-45).
Según el texto, aunque María entró en casa de Zacarías, no saludó a Zacarías sino únicamente a Isa-bel. Porque a Lucas le interesa sólo el encuentro de las dos mujeres y de los dos niños que llevan en sus vientres.
Entonces sucedió algo extraordinario: al escuchar el saludo de María, el bebé que estaba en el vien-tre de Isabel se dio cuenta de que llegaba Jesús, y empezó a moverse y a dar saltos. Estos meneos no son sólo de alegría, sino son una advertencia a su madre para anunciarle que quien acaba de entrar en casa era nada menos que “el Señor”, en el seno de María, pues hasta ese momento Isabel ignoraba que María estuviera embarazada. De ese modo, Juan puede ejercer su tarea de profeta y precursor de Jesús, aunque sea en el seno materno. Y su madre se convierte en la primera persona a quien él le anuncia la venida del Mesías al mundo.
El ángel Gabriel había prometido a Zacarías que su hijo Juan “estará lleno del Espíritu Santo desde el vientre de su madre” (Lucas 1,15). El reconocimiento que hizo de Jesús, muestra que la promesa se ha cumplido.

Un mensajero embrionario
La anciana, sigue contando Lucas, notó la sacudida en su interior y quedó también llena del Espíritu Santo. Isabel se convierte, así, en la única mujer en el Nuevo Testamento mencionada como llena del Espíritu Santo. Mediante esta revelación interior que recibe de su hijo, se entera del secreto que lleva escondido María y lanza un grito diciendo: “Bendita tú entre las mujeres”.
Esta frase ha llevado a los cristianos a considerar a la virgen María como la mujer bendita por exce-lencia, por encima de todas las demás. Pero la frase sólo significa que María ha sido bendecida de una manera especial por Dios, no necesariamente más que las demás. De hecho, en la Biblia hay otras dos famosas mujeres a las que también se las llama “bendita entre las mujeres”. Una es Judit, la heroína del libro bíblico que lleva su nombre, por su proeza de matar al general asirio Holofernes (Judit 13,18). La otra es Yael, una humilde joven del siglo XII a.C., por matar también a un general filisteo enemigo de Israel. Aunque debemos reconocer que, de las tres mujeres, la más bendita es Yael porque sólo a ella se le dice dos veces “bendita entre las mujeres” (Jueces 5,24).
Luego Isabel explica por qué proclamó bendita a María: porque “bendito (es) el fruto de tu vientre”. Es decir, porque lleva en sus entrañas al Señor. Con esto, Isabel demuestra que ha comprendido bien el mensaje transmitido por su hijo Juan, sobre el niño que espera María.
El saludo de la dueña de casa concluye con una felicitación: “¡Feliz tú que has creído que se cumpli-rán las cosas que te fueron dichas de parte del Señor!”. Con esto, Isabel deja en claro que la mater-nidad física de María no es su único mérito, sino también lo es su gran fe para aceptar las palabras transmitidas por el ángel Gabriel.

En memoria de otro viaje
Todo este análisis nos permite concluir que la única razón que llevó a Lucas a narrar el episodio de la visitación fue la de ofrecerle a Juan el bautista la oportunidad de encontrarse con Jesús, y cumplir así su tarea de precursor, aunque fuera en el vientre de su madre. Esto nos lleva a la tercera y última pregunta que habíamos planteado: ¿de dónde tomó Lucas los detalles para crear este episodio? ¿Los inventó totalmente? ¿Los creó de la nada? ¿O se basó en algún otro suceso?
Actualmente numerosos biblistas sostienen que la visitación se encuentra modelada sobre un relato de la vida del rey David: el traslado del Arca de la Alianza a Jerusalén (2 Samuel 6,1-23).
Según el Antiguo Testamento, cuando el rey David subió al trono de Jerusalén, quiso trasladar el Arca de la Alianza a su capital. El Arca era una simple caja de madera, recubierta con láminas de oro, pero para los israelitas se trataba del objeto más sagrado del mundo, porque se creía que en su interior estaba presente Dios, y desde allí hablaba a su pueblo. Era como la morada divina. El Arca se encontraba en una ciudad vecina, de manera que David organizó una procesión para ir a buscarla, y la llevó hasta Jerusalén.
Si bien el relato del traslado del Arca es más largo que el de la visitación, y está lleno de detalles pintorescos y curiosos, varios de sus elementos se encuentran en la narración de María.

Estrenando la carroza
Así, por ejemplo:
1) En el relato del Arca, ésta viaja a una ciudad de la región montañosa de Judá (2 Samuel 6,2). En la visitación, María viaja a una ciudad de la región montañosa de Judá (Lucas 1,39) –notemos que Lucas debería haber dicho “Judea”, porque así se llamaba la región en su tiempo. Sin embargo, utili-za el antiguo nombre de “Judá”, que ya no se usaba en el Nuevo Testamento, para hacer más eviden-te el paralelismo con el relato del Arca–.
2) En el relato del Arca, David preguntó: “¿Quién soy yo para que el Arca de mi Señor venga a mí?” (2 Samuel 6,9). En la visitación, Isabel preguntó: “¿Quién soy yo para que la madre de mi Señor venga a mí?” (Lucas 1,43).
3) En el relato del Arca, ésta “permaneció tres meses” en el lugar (2 Samuel 6,11). En la visitación, María “permaneció tres meses” en el lugar (Lucas 1,56).
4) En el relato del Arca, su presencia llenó de bendiciones a los moradores de la casa (2 Samuel 6,11). En la visitación, María llenó de bendiciones a los moradores de la casa (Lucas 1,41).
5) En el relato del Arca hubo saltos de alegría (2 Samuel 6,5). En la visitación hubo saltos de alegría (Lucas 1,41).
6) En el relato del Arca hubo fuertes gritos (2 Samuel 6,15). En la visitación hubo fuertes gritos (Lu-cas 1,42).
7) En el relato del Arca hubo canciones (2 Samuel 6,5). En la visitación hubo canciones (Lucas 1,46-55).
Probablemente el texto del Arca se leía cada año, al llegar la conmemoración de su traslado, y sus detalles eran muy conocidos. Por eso Lucas se basó en él para componer su narración, y retratar a María como la nueva Arca, portadora de la nueva la palabra de Dios, que era Jesús.

Derrumbar para mirar
La visitación no fue escrita para enseñarnos la humildad de María sino para mostrarnos cómo Juan se encontró con Jesús cuando aún era un feto, en una hazaña increíble que lo llevó a vencer tres obs-táculos: el de la distancia (dos vientres de por medio), el del tiempo (no había nacido), y el de su in-capacidad de hablar (lo hizo saltando). Por eso, cuando fue mayor, se dedicó a vencer los obstácu-los, tanto sociales como religiosos, para buscar a la gente despreciada de su tiempo: los pecadores, las prostitutas, los cobradores de impuestos, los militares. Se convirtió así en el gran derribador de muros, preparándole los caminos a Jesús. Y si hay algo que Jesús aprendió de Juan fue a eliminar las barreras y divisiones para encontrarse con la gente. Tarea que sigue siendo imprescindible en el mundo moderno.
Cuentan que un caminante pasó cierto día frente a un monasterio, en medio del campo, y vio a los monjes trabajando en un edificio de piedra. Se acercó a uno y le preguntó: “¿Es usted el superior?”. “Así es, y los que están trabajando en la abadía son mis monjes”. “Es magnífico ver levantar un mo-nasterio”, comentó el peregrino. “No lo estamos levantando, lo estamos derribando”, dijo el abad. “¿Derribándolo? ¿Por qué?”. “Porque no nos permite ver la salida del sol por la mañana”.
En la vida no siempre es cuestión de construir. A veces hay que destruir. Porque solemos levantar grandes muros, quizás muy bellos y sutiles, que nos impiden ver la realidad que nos rodea. Parape-tados en nuestros rezos y estructuras, no percibimos a las mujeres marginadas, los homosexuales que son humillados, los extranjeros despreciados, los jóvenes sin oportunidades de trabajo, las familias en crisis económicas, los niños sometidos a la prostitución.
Se necesitan monjes que volteen los muros de nuestra comodidad, y nos hagan abrir los ojos. Profe-tas que derriben la rigidez de nuestra Iglesia. Líderes que demuelan los prejuicios religiosos. Predi-cadores que derrumben los diques alzados contra la novedad del Espíritu. Y no vale escudarse en que la empresa nos supera. Si Juan pudo hacerlo desde el vientre de su madre, no nos contentemos con el simple intento. Porque hay mucha diferencia entre “hacer lo posible” y “hacerlo posible”.

La Visitación de El Greco

Comments

comments

No hay comentarios.

¿ QUIERE DEJAR UN COMENTARIO ?