Reseña del libro Zona Saer, de Beatriz Sarlo (Santiago de Chile, 2016, Universidad Diego Portales).

Desde su introducción, la autora de este imprescindible ensayo sobre uno de los grandes escritores argentinos declara sus sentimientos: “Escribí este libro tratando de transmitir la felicidad y el asombro que siempre sentí ante la literatura de Saer” –En la zona, publicado en 1960, fue el primer libro de cuentos de Juan José Saer–. Y aclara en seguida que quiso evitar el lenguaje académico y no releer anteriores trabajos suyos porque lo fue pensando a medida que escribía.
Ese “gran escritor de la segunda mitad del siglo XX argentino”, dice Sarlo, “no fue un gran ensayista ni una figura pública, a lo Cortázar o lo Vargas Llosa; tampoco era demasiado bueno en los reportajes ni en las conferencias”. Pero lo pone en el mismo cielo donde están el montevideano Juan Carlos Onetti (1909-1994), el mendocino Antonio Di Benedetto (1022-1986) y el poeta entrerriano Juan L. Ortiz (1896-1978). En realidad se trata de autores que durante mucho tiempo quedaron en una zona de sombra, mucho más interesados en cumplir con su tarea que con brillar ante la opinión pública. Eso lo perciben los lectores sensibles y exigentes.
Con acierto escribe Sarlo que Saer (1937-2005) “hace un regionalismo sin pintorequismo ni populismo; escribe paisajes y costumbres sin folklore regional”. Se piense en esa maravillada titulada El limonero real, tan acertadamente llevada al cine por Gustavo Fontán: una empresa que hubiéramos pensado imposible. Es que, como sostiene Sarlo, “la originalidad de Saer es la poeticidad de su ficción. Saer es Saer, por el lugar y la extensión que elige para la descripción”. El escritor se caracteriza por “la lentitud de la escritura poética”, la atención que requiere su “puntuación original y la capacidad de escuchar “el ritmo” por parte del lector. Que la literatura, como sabía el santafesino radicado en Francia desde 1968 y experto en cine, era “una digresión respecto de la realidad” no le impidió, afirma Beatriz, saber que había una realidad. Que escribió una prosa indiferente a la moda, al menos a cómo se escribía aquí. Y remata: “Finalmente, no estar de moda, fue una admirable cualidad saeriana”. Por eso, Sarlo sugiere “leerlo en voz alta, como sucede con Joyce”.
Es hoy, seguramente, uno de los nombres del canon de la literatura argentina, como lo son Ricardo Piglia y su admirado y discutido Borges. Señala Sarlo que Saer sabía que “no había que competir con Borges, o, para decirlo de otro modo, se competía con Borges al ser completamente diferente”. El paraguayo Augusto Roa Bastos, de quien se cumple este año el centenario de su nacimiento, era un autor respetado y admirado por Saer. Pero observa Sarlo que “sería forzado ubicar a Roa Bastos dentro de la nueva literatura del llamado boom, como es forzado ubicar allí a Rulfo y Onetti”. Y explica, siempre en la necesaria introducción: “Yo el supremo se publicó en 1974, el mismo año que El limonero real: dos libros extraordinarios y completamente diferentes”.
Cuando Beatriz Sarlo refiere de las costumbres preservadas de Saer (comer con amigos, escuchar a gente del pueblo, caminar a orilla del río) uno no puede dejar de recordarla a ella con el autor de Cicatrices en el documental de Rafael Filippelli. Es interesante la comparación que se establece entre la prosa del argentino y la de Proust, como lo fue también el acercamiento crítico de Saer al Nouveau Roman de los años que él se afinca en Francia.
El ensayo transita seis capítulos donde se trata tanto de la visión como de la escritura de Juan José Saer. Particularmente sugestivos el 2 (“Matar a Borges”) y el 3 (“Arte poética”). Como de costumbre, aunque esta vez particularmente teñido por el afecto, el trabajo de Sarlo es riguroso en lo literario y en lo ideológico. Las consideraciones sobre el Martín Fierro de Hernández y la posición de Borges frente a Lugones, encuentran en Saer a un analista preclaro.
Las narraciones de Saer –concluye Beatriz Sarlo– tienen dos posibles lecturas, como tiene dos lecturas el Dublín de Joyce o el Saint-Germain de Proust: “la de la invención y la del reconocimiento”.

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