Un sentido a la existencia

Comentario a la película El otro lado de la esperanza, con guión y dirección de Aki Kaurismaki (Finlandia, 2017).

Una joven que trabaja en una fábrica de fósforos y sufre la convivencia con su madre y su padrastro; un hombre que baja del tren en Helsinki y es agredido tan violentamente que llega a perder la memoria; un escritor bohemio y lustrabotas en un puerto del norte de Francia que protege a un menor inmigrante africano… Son historias que sabe narrar con su estilo algo indiferente y frío pero profundamente humano y solidario el director finlandés Aki Kaurismaki (1957). Nos referimos a La chica de la fábrica de cerillas (1990), Un hombre sin pasado (2002) y Le Havre o El puerto (2011), todas imperdibles películas de un original director, un nórdico que no pudo abandonar el tabaco y el alcohol pero sigue filmando con enorme solvencia. Acaso por sus ideas y sus experiencias personales es un cineasta particularmente sensible con los desprotegidos. Como sucede con el inglés Ken Loach, los hermanos belgas Jean-Pierre y Luc Dardenne, el François Truffau de Los cuatrocientos golpes o los maestros del neorrealismo italiano. Algo que hicieron en nuestro país directores como Fernando Birri, Leonardo Favio, Lautaro Murúa o Lucrecia Martel, entre otros.
Aki, junto con su hermano Mika, también cineasta, autor entre otras películas de Reina Cristina (2015) y que reside en Río de Janeiro, crearon un festival y una distribuidora, cuyo título (Ville Alpha) rinde homenaje al film Alphaville de Jean-Luc Godard, uno de los emblemas de la Nouvelle Vague.
La película que da pie a estas líneas se centra en el tema de los inmigrantes en Europa, algo tan sentido por el papa Francisco y tenido muy en cuenta por la canciller alemana Angela Merkel. Un joven de la destruida ciudad de Aleppo en Siria llega a Helsinski, no consigue ser aceptado, sufre la discriminación y se topa con la indiferencia de una deshumanizada burocracia.
El “buen samaritano” es un inexpresivo finlandés, fracasado vendedor de ropa, recientemente divorciado, que juega su suerte a las cartas y a quien no se le ocurre nada mejor que abrir un triste restaurante, donde el sirio termina como empleado (después de una pelea a los puños). Todo se presenta desangelado, apático, casi patético, y por momentos brutal, pero finalmente el film transmite esa cálida esperanza y esa apertura de horizontes tan propias de Kaurismaki, siempre dispuesto a presentar vínculos desinteresados y profundamente humanos.
Escribe con acierto Diego Batlle que “la filmografía del maestro finlandés Aki Kaurismaki se ha desmarcado desde siempre de las convenciones para encontrar en su humor absurdo, su espíritu anarquista, sus elementos tragicómicos y sus personajes excéntricos, un lirismo infrecuente en el cine contemporáneo”.
El polizón sirio Khaled tiene una misión: encontrar a su hermana y protegerla, ella también inmigrante. En ese mundo cinematográfico “ligero y sin tiempo” (como señalan algunas críticas europeas) está siempre presente el dolor, la incertidumbre, pero también hay una luz de esperanza. El desamparo del joven se cruza con el desaliento del finlandés y, a través de la relación que saben establecer, no sin dificultades, ambos parecen encontrar un sentido a la existencia.
El film ganó el Oso de Plata en Berlín y sumó nuevos reconocimientos para su talentoso autor.

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