La ciudad del pecado del teatro épico

La ópera Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny, con música de Kurt Weill y libreto de Bertolt Brecht, con puesta de Marcelo Lombardero en el Teatro Colón, interpela y reclama una comprensión no conformista de la realidad humana.

La última semana de agosto el Teatro Colón presentó cinco funciones de la ópera moderna, alegórica y didáctica Ascenso y caída de la ciudad de Mahagonny de Bertold Brecht (1929). Marcelo Lombardero apostó a la innovación con una puesta escénica audaz y acertada, que incluyó un número de pole dance, que no ofende la sensibilidad del espectador. La producción es absolutamente magistral, la escenografía no es rica ni costosa en recursos, pero sobresale la iluminación que proyecta la escena sobre una pantalla, lo cual ofrece movimiento y la ilusión óptica del volumen. Excelente.
Kurt Weil hizo música de la poesía de Brecht con cinco canciones populares de un drama que, contrario al elitismo tradicional del género, estuvo dirigido al consumo masivo. Bertold Brecht recurrió a los avances que la incipiente tecnología del siglo XX le proporcionaba al arte para revolucionar la noción de drama clásico de Aristóteles. Éste busca inducir la purificación emocional suscitando la compasión y el miedo (éleos y phobos) en el público. Según la perspectiva clásica del drama, el observador padece con el actor, es decir, se con-mueve, liberándose de toda afectividad negativa o socialmente destructiva. No nos olvidemos que la tragedia era para los griegos antiguos un arte eminentemente político. Brecht desarrolló una nueva concepción no dramática sino épica del teatro, que estimó a la altura de los tiempos, en la Europa de entre-guerras. En el drama épico, el decurso del drama es permanentemente interrumpido mediante la introducción intempestiva de música, anuncios, carteles, gestos, parlamentos cortos e iluminación, que entran en conflicto con la reacción emocional esperada. La narrativa intermitente busca impedir la identificación afectiva con la acción. Según Brecht, al arte ya no le compete interpretar y comprender, sino cambiar el mundo, es decir, la realidad humana, fomentando con sus técnicas un pensamiento y una reflexión no conformistas. El drama épico no debe suscitar la piedad, la compasión o el miedo en el espectador, so pena de fracasar precisamente en lo suyo propio: la formación de la conciencia crítica en el público respecto de una realidad cotidiana y familiar, que es inhumana.
Brecht sitúa la acción en la ciudad paradisíaca de Mahagonny, en algún lugar impreciso de California a mediados del XIX, durante la fiebre del oro. Mahagonny es una distopía, fundada junto a dos ríos de donde se extrae el oro; es la “la ciudad de las redes”, dice la viuda Begbick, prestas para obtener el metal, pero en la que “todos quedarán atrapados”. Mahagonny es la ciudad de la perdición, en la que confluyen los perseguidos por la justicia, los obreros de reputación dudosa, la escoria y el remanente de la buena sociedad, y también “las chicas de Alabama”, que abandonaron su hogar al son de The moon of Alabama para ejercer la profesión más vieja del mundo. (La canción fue escrita en inglés y así es interpretada, aunque todo el resto de la obra es en el idioma original).

Allí llegan cuatro leñadores de Alaska en busca de la felicidad “del comer, del amar, del beber y del boxear”. El personaje principal es Jim Mahoney. El anti héroe de Brecht de imposible redención sella su suerte desde el vamos con vicios y excesos exhibidos en una trama episódica y errática, cuyo final no tiene desenlace, como en el drama tradicional, ni chivo expiatorio que carga la culpa y redime a la ciudad. Brecht no quiere redención, por eso el final es la catástrofe. Muy pocas prohibiciones (totalmente irrelevantes) reglamentan la vida de esta sin city, pero para Jim “etwas fehlt, etwas fehlt, etwas fehlt“, repite insatisfecho: “algo falta”. Todos los placeres de Mahagonny no alcanzan a colmarlo. El anuncio meteorológico de un huracán que devastará la ciudad quiebra la narrativa, y sin nexos, Jim proclama que el hombre es más destructor que cualquier tifón. Milagrosamente, la ciudad sale ilesa, pero en lugar de deponer sus vicios, Mahagonny dobla la apuesta. Por una suma de dinero, la viuda Begbick cede la legislación de Mahagonny y Jim anula todas las prohibiciones. La suma de todos los vicios no tiene consecuencias en los tribunales de justicia de Mahagonny (representados irónicamente con un espectáculo de vodevil), pero estos se vuelven implacables cuando el delito es la deuda. Y Jim debe tres botellas de whisky.
Así, el único crimen intolerable e imperdonable en Mahagonny es no tener dinero, y su castigo es la muerte. Ni Jenny, su amada, ni Toby, su amigo pagan su deuda, pues “con el dinero no se juega”. Las últimas palabras del acusado son las únicas en castellano: “comí y bebí hasta el hartazgo, pero no me sacié. Por favor, un vaso de agua”, y por un momento, el espectador siente un atisbo de empatía, sufre con el anti héroe. Pero Brecht no permite emociones y el teatro épico no se puede dar el lujo de conmover. Aristóteles, recordemos, apuntaba a la catarsis de la emociones, a la purificación de la afectividad mediante la identificación del espectador con el sufrimiento del héroe. Pero Mahagonny no tiene héroes y toda la técnica está al servicio del Verfremdungseffekt, que busca preservar la distanciación, el extrañamiento y evitar padecer al unísono. Para Brecht, la compasión es un lujo burgués que alimenta el conformismo y adormece las energías para el cambio.
Conjugando la fiebre del oro californiana del XIX, los obreros rudos de Alaska y la ficción de Mahagonny, Brecht retrató la ruina política, el malestar social y la perversión de las costumbres de Berlín de la década del ‘20. Según Charles Moeller, sacerdote y crítico literario, “Berlín era la inmensa ciudad moderna que Brecht se complacía en odiar, la enorme masa de piedra, de cemento, de asfalto, […]; la caldera en que hierven la lujuria, la codicia, la corrupción. Berlín resumía para él el mundo del siglo XX, la Ciudad terrible, condenada y magnífica. […] Brecht había dado a Berlín el sobrenombre de Mahagonny”. Como su amigo Walter Benjamin, otro gran crítico de la Alemania de entre-guerras, Brecht denunció tanto el declive de la moralidad como la popularidad del fascismo en su patria. Con el recurso del arte escénico, anticipó alegóricamente la ruina del nacionalsocialismo que coordinó sin inconvenientes a la buena sociedad alemana, cuyas mores tradicionales, como diría Hannah Arendt años después, mudaron “de la noche a la mañana, como los modales en la mesa”.
En 1930, Aufstieg und Fall der Stadt Mahagonny se estrenó en Leipzig causando protestas y disturbios, pues todo el escándalo de la obra consistía en ser un espejo para la sociedad alemana. En el ‘33 fue prohibida. Crítico impiadoso y procaz de los convencionalismos sociales y de la hipocresía de sus coetáneos, Brecht fue un moralista radical, que habría hecho temblar de horror al mundo con una caza de brujas si hubiera obtenido un puesto público de importancia. Al terminar la obra, el espectador se va con un sabor amargo en la boca. No es una experiencia catártica, pero conforme pasan los días, da que pensar. Eso es Brecht.

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