90 años de crítica cinematográfica

Ya el primer número de CRITERIO tenía una página de cine. Con declaración de principios y todo. “Como arte que es, el cine debe producir arte, y no simplemente producir. Por eso, del arte exigiremos arte de verdad”, decía el poeta y abogado Ignacio Braulio Anzoátegui, a cargo de la página. Famoso, además, por la incisiva precisión con que definía a las personas. Entre ellas, Lon Chaney (“un contorsionista del gesto”), Lilian Gish (“una honda sonrisa triste”), Bebe Daniels (“el arte imponderable, escurridizo y difícil de actriz de comedias”), Buster Keaton (“el actor nacional norteamericano, a diferencia de Chaplin, que es de la humanidad entera”), en tanto alguien insípido “exhibía desganadamente su insignificancia de siempre”, y así, en cada número. Exultante con el Napoleón de Abel Gance, desdeñoso de Metrópolis (“una ridiculez amanerada y tonta, llena de pretensiones”) y otros títulos hoy venerados, defendió Una nueva y gloriosa nación (“episodio romántico de la Independencia Argentina con solemne apasionamiento de Himno”), soportó “la frivolidad americana, nacida seguramente como reacción frente al puritanismo de los primeros pobladores”, y dedujo: “puritanismo quiere decir pecado de soberbia y también pecado contra natura”.
Así valoró el Ben Hur mudo (“gran obra digna de altos elogios y de pequeños reparos”), la “reposada dignidad” de H.B. Warner como Rey de Reyes, “sin ese aire de estupidez incurable que caracteriza a los personajes de santos en las películas”, y sepultó a La hermana San Sulpicio: “una novela pasada de moda, una actriz que se destaca (Imperio Argentina) y un director que fracasa. Y un público indescriptible –“público español de la Avenida de Mayo”. No duró mucho, Anzoátegui, volcado más tarde a la docencia universitaria y la labor judicial, y la sección fue discontinuada. Cada tanto aparecían algunas notas sueltas, con seudónimo, destacándose la de ¡Hallelujah!, “poema dramático de King Vidor sobre la vida de los negros del Mississippi, por artistas de color”. Coherentemente, la firmaba un tal Henry Niger. ¡Eso sí que era consustanciarse con el tema! Otro poeta entraría por pocos números en 1930: Sixto Pondal Ríos, futuro gran libretista del cine criollo en trabajos a dúo con Nicolás Olivari. Y después, Carlos Alberto Pessano, que firmaba C.A.P. y fue también un poeta, pero de la imagen. Fotógrafo y cortometrajista de alto sentido estético y mucho conocimiento, dejó valiosos análisis, no sólo de los grandes estrenos, sino también del cine ruso (“constreñido al servicio de la tendencia”), el cine amateur que se veía en Amigos del Arte, y el cine nacional, entonces desdeñado. Un ejemplo, su lucha por El cantar de mi ciudad, de Agustín Ferreyra, el Negro Ferreyra, “superior desde el punto de vista artístico a esas incalificables producciones que llegan ostentosamente a ocupar el cartel de salones de categoría, cuya empresa y cuyo público no aceptarían en ninguna forma lo nuestro, por ser nuestro, precisamente”. En 1933 fundó su propia revista, Cinegraf, de gran calidad, y luego, de 1936 a 1943, dirigió el Instituto Cinematográfico Argentino, antecedente del actual Incaa. Bregó por el cine nacional, y hoy está olvidado.
Entretanto, desde 1932, la sección se había vuelto, digamos, parroquial: sólo breves comentarios con calificación moral, de autor anónimo. La redacción era anodina, pero a veces tenía chispazos de humor. Así, a comienzos de los ’40, leemos la reseña de una cinta de vaqueros, tal como si un chico se la contara a otro en el recreo. Una emboscada. Galopes. Tiros. Peleas cuerpo a cuerpo. Persecuciones a caballo. Más peleas. El triunfo del bueno y el beso con la chica. Y en la última línea, como natural deducción, “No es una buena película”.
Quien escribió eso era un muchachito que recién se iniciaba. Y que en 1943 ya firmaba, en CRITERIO y otros medios, con seudónimo: Vagabond Jim, acaso inspirado en el dúo folk norteamericano Slim Jim & Vagabond Kid, de los hermanos Ernest y Clarence Iverson. Este Vagabond Jim no era poeta, pero sí abogado, traductor, economista, periodista viajero (vivió incluso en Malvinas), columnista vivaz, y con el tiempo sería también un temible crítico de cine y teatro: don Jaime Potenze. Le decían El Acorazado Potenze, como El acorazado Potemkin. Temible, es cierto, pero conocedor, abierto, atento, imparcial. Y de una gracia inefable. “Trabajan con evidente ocultamiento de sus posibilidades”, es una frase de su repertorio.
Potenze fue además colaborador de revistas francesas y belgas y de la voluminosa Enciclopedia dello Spettacolo, docente universitario, jurado de festivales internacionales, miembro del directorio del Fondo Nacional de las Artes, cofundador de la Asociación Argentino-Finlandesa, el Cinemaissi, festival de cine latinoamericano de Helsinki, y otras entidades culturales. Muy personal, supo alertar contra el entusiasmo patriotero de la invasión a Malvinas, y supo también defender como abogado al sello distribuidor Artkino Pictures. Este sello tenía fama de comunista, y él era un claro anticomunista, pero coincidían en el amor por las buenas películas y el fastidio frente a los excesos de la censura. El caso más famoso: la obra española Solos en la madrugada, que le llevó cinco años hasta lograr el voto positivo de la Corte Suprema de Justicia, en diciembre de 1982. Dicen que no cobró nada. Tan solo participación en las ganancias.
Con el tiempo su sentido del humor se hizo menos frecuente. Pero algo le quedaba. En 1984 dejó de publicar sus críticas. La última, en La Prensa, fue como un saludo a su propia juventud. No comentó una gran película, sino una de artes marciales, tal como si un chico se la contara a otro en el recreo. Una emboscada. Carreras. Tiros. Peleas cuerpo a cuerpo. Persecuciones en auto. Más peleas. El triunfo del bueno. Y en la última línea, como natural deducción, “No es una buena película”.
Lo sucedieron su esposa, Silvia Matharan de Potenze, María Elena de las Carreras, José María Poirier. Un día me llama Silvia Matharan. “Tengo 82 años, y estoy pensando cosas que antes no pensaba. Pase por casa, cuando pueda”. Allí esperaban, como donación para el Museo del Cine, unos cuantos paquetes con libros y revistas de don Jaime, su colección de autógrafos (Cantinflas, Toshiro Mifune, sir John Gielgud, etc., etc.) y el Diario de un jurado, un librillo realmente divertido e instructivo sobre el 1° Festival Internacional de Cine de Punta del Este, allá por 1951. Lo editó CRITERIO, y sería bueno que alguna vez lo reedite, aunque sea en una tirada de pocos ejemplares. Sobre todo, porque cometí el error de prestar el mío.

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