Kazuo Ishiguro, autor sensato y humano

Si no recuerdo mal, a finales de los años ‘90 el gran editor barcelonés Jorge Herralde me invitó a un encuentro de escritores británicos que habían sido traducidos al español por su editorial Anagrama. La foto de la convocatoria literaria en casa de la agente Koukla Mac Lehose reapareció en los medios hace pocos días con el anuncio de que Kazuo Ishiguro había ganado el Premio Nobel de la Literatura. Volver a ver la imagen en el diario El País me llenó de orgullo por haber tenido la oportunidad de conocerlo personalmente aunque, para ser sincero, sin ninguna intimidad. Como veremos, Ish, como lo llaman sus amigos más fieles, no es fácil de conocer.
Entre los autores británicos presentes esa noche, además de ser el único con sangre española, yo era sin duda el principiante en el mundo editorial y muy lejos de la celebridad del cual ya presumían varios de los presentes.
Le debía al generoso Herralde la traducción desde su versión original en inglés de mi libro Barca, la pasión de un pueblo, sobre la historia del Club Barcelona, que también era un ensayo sobre el nacionalismo catalán y el deporte, tema que le fascinaba a Jorge como catalán de pura cepa.
En tiempos en que los independistas aún no habían destruido la convivencia cultural en la capital condal, lo había animado a firmar un contrato conmigo otra catalana, Gloria Gutiérrez, de la Agencia Carmen Balcells, que a través de los años había llegado a representar a autores mucho más destacados que yo, entre ellos García Márquez y Vargas Llosa.
Pero para Herralde uno de su grandes logros era captar a otros autores que aspiraban hacia finales del siglo pasado a ser la mejor generación de escritores británicos de la historia. Fue así que identificó a varios de ellos en 1983 gracias al autor estadounidense Bill Buford, que en esa época editaba en la ciudad universitaria inglesa de Cambridge la legendaria revista literaria anglo-sajona Granta.
Entre los señalados por Buford estaba Ishiguro, además de Martin Amis y Julian Barnes, miembros del ‘Dream Team’ que convocó Herralde esa noche londinense en la cual participé, gozando de los tragos de vino blanco y algún que otro canapé y la conversación de mis ídolos, que entonces me rodeaban.
Otros “jugadores” reunidos en el patio de la casa eran Hanif Kureishi, Graham Swift, David Lloyd y Vikram Seth. Como escribió Leila Guerrero en un perfil sobre Herralde en La Nación unos meses después, “si una catástrofe hubiera sucedido ese día en ese patio (un tornado, un terremoto, una lluvia ácida, una nube tóxica) el ciento por ciento de la nueva narrativa británica y algo de la norteamericana hubieran quedado truncas para siempre”.
Sin personalizar excesivamente, recuerdo que, aunque en general simpática y solidaria, la noche se distinguía por la arrogancia individual de algunos y la humildad de otros –y a Ishiguro lo recuerdo entre los más simpáticos además de pensativo, con ojos que sonreían detrás de las gafas, como si ya supiera lo frívolo y transitorio que podían ser los festejos literarios, y la auto-adulación de ciertos escritores–.
Un gran amigo de Ishiguro, su primer editor británico, Robert McCrum, recuerda un comentario que hizo hace tiempo el autor sobre la mejor manera de sobrevivir al mundo literario de Londres: “Cuando uno se junta con otros escritores, lo mejor es criticar a los agentes literarios y las editoriales, etc., pero nunca hablar de la obra de ninguno de ellos, sino simplemente hacer referencia a una página específica, para que sepan que los has leído”.
Cuando a los pocos minutos del anuncio del Premio Nobel los medios de medio mundo asediaron su casa londinense, en el barrio norte de Golders Green, la primera reacción de Ishiguro fue preguntar a los periodistas: “Pero ¿cómo sabían dónde vivo?”. La segunda fue pensar que el anuncio era todo un invento, un fake news de los medios sociales.
Discreción y humildad tal vez son las características que mejor definen la personalidad de Ishiguro, de sangre y padres japoneses, radicado en el Reino Unido desde que cumplió cinco años en 1959. De cierto modo, sigue siendo un misterio hasta para los que lo han conocido desde su época de joven universitario como McCrum, que lo descubrió en 1979. En ese entonces Ishiguro tenía veinte años y había escrito tres novelas cortas, fruto de un curso de Masters en Escritura Creativa en la Universidad inglesa de East Anglia.
Su madre, que aún vive, sobrevivió a la bomba atómica en Nagasaki. Su padre, ya difunto, emigró a Inglaterra e instaló a su familia en Guildford, Surrey, cerca de Londres, para seguir su trabajo oceanográfico.
“Nunca he olvidado –escribió McCrum recientemente en el semanario inglés Observer– la extrañeza deslumbrante, la calidad única de cómo escribía, una mezcla extraña entre ingles clásico y prosa amenazadora japonesa”.
Fue McCrum quien publicó la primera larga novela de Ishiguro, Pálida luz en las colinas, en 1982. Fue un año que muchos británicos y argentinos de su generación nunca olvidaremos: el Reino Unido vivió una cierta euforia pos-imperialista al liderar la señora Thatcher la reconquista de esas islas llamadas por los ingleses las Falklands y Malvinas por los argentinos.
Yo viví esa guerra como corresponsal del diario británico Financial Times en Buenos Aires, y fue en esa misma época que Ishiguro decidió presentar el fruto de su propia conciencia genética y imaginación literaria.
Ishiguro nació, igual que su madre, en Nagasaki, en 1954, un año después de mi nacimiento en Madrid –él de padre y madre japoneses, yo de padre británico y madre española–. Nuestras historias personales y creación literaria estuvieron marcadas por la memoria de guerras traumáticas y el reto de adaptarnos a la cultura anglosajona, bien diferente de donde habíamos nacido.
Entre mis libros hay uno dedicado a la guerra de Malvinas –La tierra que perdió sus héroes–, otro, Papa espía, a la Segunda Guerra Mundial y la experiencia de mi padre en la embajada británica en Madrid, espiando a los nazis.
Los padres de Ishiguro, como los míos aunque con más tardanza, se instalaron en los años de la posguerra en Inglaterra, y a partir de aquí nuestras diferencias se agudizan.
Mientras que los británicos surgieron de la Segunda Guerra Mundial como los victoriosos, el Imperio japonés, igual que el Tercer Reich de Hitler, tuvo que soportar un cambio brusco, dejando de la noche a la mañana el ritual y la jerarquía para enfrentarse con un futuro incierto, bajo el dominio de los aliados.
La narradora de Pálida luz en las colinas es una mujer japonesa, Etsuko, que igual que el autor vive en Inglaterra después de haber nacido en Nagazaki, una de las dos ciudades japonesas destruidas por el bombardeo atómico de los americanos.
Desde la experiencia de su vida cómoda pero extranjera en Inglaterra, Etsuko, ya viuda de su segundo marido inglés y aún de luto por el suicidio de su primer marido japonés, recuerda momentos de su pasada vida en Nagasaki, donde todo va cambiando, sobre todo bajo la influencia del “sueño americano” y el progreso prometido por el libre mercado del capitalismo.
Sus recuerdos se centran en la amistad que tuvo con otra japonesa, una vecina llamada Sachiko, que vive con su hija depresiva.
Las dos mujeres, Etsuko y Sachiko, cada una a su manera, han intentado liberarse del pasado, buscando una nueva vida que es a la vez consumista y liberadora.
Las dos son críticas de la represión del Japón tradicional, que era una prisión para la mujer. Pero el centro de la novela, pese a que su comienzo tiene que ver con la bomba atómica que cayó sobre Nagasaki, es el recuerdo presente como punto de referencia existencialista en imágenes de destrucción e infanticidio, y costumbres y vidas perdidas para siempre en el viento apocalíptico de la bomba monstruosa y aniquiladora.
Como escribió el New York Times en el momento de su edición en los Estados Unidos, la primera novela de Ishiguro “está llena de sorpresas y escrita con gran encanto, pero lo que uno recuerda es su equilibrio, entre elegía y ironía”.
Con su segunda novela, Un artista del mundo flotante, publicada en 1986, Ishuguro entró en la primera liga de genios literarios reconocidos como tales. La historia está localizada en el Japón de la posguerra y el personaje central es un pintor que sufre la vergüenza de su pasado. La novela ganó el premio literario el Whitbread, aunque su obra aún estaba por verse en la gran pantalla.
Fue su tercera novela, Lo que queda del día, publicada en 1989, y ganadora del premio Man Booker, que al verse convertida en una gran película en 1993 –con los sobresalientes actores Anthony Hopkins y Emma Thomson y nominada para ocho Academy Awards– le dio a Ishuguro proyección y reconocimiento masivo a nivel internacional.
Igual que sus otras novelas, esta se narra en primera persona. La voz es la de un mayordomo que cuenta su vida en una casa señorial inglesa en los últimos años decantes previos a la Segunda Guerra Mundial, bajo el mando de un ficticio simpatizante de los nazis, Lord Darlington.
Aunque influenciado por autores británicos desde PG Wodehouse hasta Ian McEwen, pocos novelistas nos han ofrecido una perspectiva “de la otra ribera” –como decía Valle Inclán– tan penetrante sobre el mundo idiosincrático de la clase dominante británica y sus servidores durante una época donde el mundo de tradición y privilegio estaba a punto de cambiar irreversiblemente. Según el comité del Premio Nobel de Literatura, la novela se destaca por la manera genial que trata los temas universales de la memoria, el tiempo y el engaño.
|En opinión de su amigo McCrum, gran crítico literario además de editor, es Los inconsolables –novela que se publica en 1995 y que tal vez hasta el día de hoy se la considera la obra maestra de Ishiguro– un relato hipnótico sobre el sufrimiento de un pianista itinerante, que parece en parte estar inspirado por la propia experiencia del autor en el circuito promocional literario.
“Mi amigo Ish es gracioso, amable y discreto, con gran reservas de sabiduría y simpatía –cuenta McCrum–. En el mundo frenético, inquieto e inestable en que nos toca vivir, él es una voz de sensatez, decoro, humanidad y elegancia”.
Sin duda alguna, este japonés convertido en un gran autor británico es un Premio Nobel de la Literatura bien merecido.

El autor es periodista y escritor. La biografía sobre el Papa Francisco, Franciscus: Papa de la Promesa, será publicada en la Argentina en una edición actualizada en 2018.
www.jimmy-burns.com
@jimmy_burns

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  1. Magdalena Benedit on 12 noviembre, 2017

    Muy interesante el artículo

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