La taumaturgia del arte en Mujica Láinez

A 55 años de la publicación de Bomarzo, no sólo implica disfrutar de una gran novela sino descubrir la cultura y el arte italianos del siglo XVI.

En 1827 Alessandro Manzoni publicó la primera edición de I Promessi Sposi (Los novios), notable novela histórica en la que idea el turbulento romance de Fermo y Lucia en la Lombardía de mediados del siglo XVII. Si bien con esta obra alcanzó notoria celebridad, algunos años más tarde, paradójicamente, escribió un ensayo titulado Alegato contra la novela histórica fustigando ese género literario pues se apartaba de la realidad de los hechos en tanto introducía “en un cañamazo histórico una vicisitud fantástica”; entendía el autor que este mélange era un demérito ya que la fantasía abandonaba la realidad histórica que es lo que su ideario político de entonces le obligaba a destacar.
La objeción manzoniana de quitarle valor a la novela histórica ya que ese tipo de relato, al que juzgaba “híbrido”, no se ajustaba a lo que entendemos por historia –la que, no olvidemos, es narración y en consecuencia, adscrita también a la órbita del relato– no es atendible ya que en el campo del arte esa amalgama de historia y fantasía es legítima. Producto de ella, por ejemplo, han surgido obras celebérrimas como Salammbô de Gustave Flaubert (1862) o las Mémoires d’ Hadriane de Marguerite Yourcenar (1951), por sólo mencionar dos casos tan notables como conocidos.
La referida objeción tampoco es aplicable, ciertamente, a Bomarzo, obra que Manuel Mujica Láinez publicó en 1962, constituyendo la primera de un tríptico de novelas históricas; las otras dos son El Unicornio (1965), ambientada en el mundo feérico de la Francia del Medievo, y El Laberinto (1974), en la que, desde la mirada de un niño, revive el Siglo de Oro español. Con antelación a estos relatos Manucho ya había mixturado lo histórico con lo fantástico en contarios como lo son Misteriosa Buenos Aires o Aquí vivieron, que ya forman parte de nuestros “clásicos”.
Cuando, en 1977, lo visité en “El Paraíso” le pregunté por cuál de sus obras guardaba predilección. Sin dudar me respondió “por El Laberinto”, quizá porque entonces era la última de sus grandes creaciones; no sé si con los años mantuvo ese parecer.
Bomarzo gozó de inmediato de popularidad y por ella, poco tiempo después, su autor recibió el Premio Nacional de Literatura. Se trata de una obra notable en la que el novelista, entremezclando realidad y fantasía, nos cuenta la historia de un extraño personaje del Renacimiento italiano, Pier Francesco Orsini (familiarmente, Vicino), duque de Bomarzo. Este ser, al que Manucho –con la libertad que otorga el arte– imagina “contrahecho, cínico e intrigante”, encargó al renombrado arquitecto y paisajista Pirro Ligorio –que entonces excavaba Villa Adriana, en Tívoli– proyectar en lo que otrora fue villa Orsini un exótico parque –el “Bosque sacro” o “Parque de los monstruos” – que debía ser ornado por figuras fantásticas, mayormente grotescas, en piedra volcánica que, amén de asombro (el thaûma de los griegos), hoy provocan fascinación y, al mismo tiempo, espanto. Esta zoología multiforme y bestial se presenta como un enigma a descifrar, sobre el que el novelista, en el relato, sugiere algunas pistas.
Bomarzo, en tanto localidad geográfica, es una comuna de la provincia de Viterbo, en la región del Lacio, situada a una hora al norte de Roma en la que, pese al paso de casi tres milenios, aún se advierten ciertos vestigios etruscos. Mujica Láinez la visitó por sugerencia de sus amigos el pintor Miguel Ocampo y el poeta “Willy” Whitelow, a quienes está dedicada la novela. Preso del hechizo que le produjo ese extraño bosque, comenzó a tramar el relato en el trasatlántico en que regresó a Buenos Aires. Según declaró, lo terminó el 7 de octubre de 1961, “en el aniversario de la batalla de Lepanto”, episodio clave en la vida de Vicino, según leemos en la novela.
A mediados del siglo XVII Marzio Orsini, descendiente de la familia ducal, vendió el feudo de Bomarzo. Los años y la desidia cubrieron el boscaje de maleza, con todo, una que otra estatua, descollando entre matas y arbustos, a la vez que hacía patente la decadencia, despertaba curiosidad. Así, pues, las experimentaron por ejemplo Salvador Dalì y, años después, Manucho. En 1952 el Municipio adquirió el palazzo y, seguidamente, Giovanni Bettini el predio donde se hallaba el “Parque de los monstruos”; con el nuevo propietario se inició la recuperación de ese mundo fantástico.
Pier F. Orsini fue un personaje histórico sobre el que se discute la fecha de su nacimiento: ¿1512, 1523 o acaso 1528? Mujica se inclina por la primera de ellas. En cambio, sabemos con certeza que en 1535, debido a la muerte dudosa de su hermano, se convirtió en Duque de Bomarzo, y lo fue hasta su muerte, en 1585, vale decir, cincuenta años al frente del ducado.
Las quinientas páginas que conforman este abigarrado friso renacentista están distribuidas en once capítulos vertebrados en torno de la siniestra figura del Duque de quien, al iniciarse la novela, ficticiamente, se cuenta que el astrólogo Sandro Benedetto trazó su horóscopo. En esa carta natal el augur advirtió “importantes contradicciones en la cartografía de mi existencia” –dice Pier F. Orsini– donde, a la par que “el maléfico Saturno, agresivamente ubicado, me presagiaba desgracias infinitas”, sorprendía la “absurda proyección de mi existencia a lo largo de un espacio sin límite”, con lo que parecía vaticinarle un sitio en la eternidad. He aquí la excusa del autor para referir que si bien el Duque, como cualquier ser humano, estaba condenado a morir, merced a una circunstancia azarosa, habría de alcanzar la inmortalidad prenunciada por el astrólogo.
Magistral la descripción, en ocasiones grotesca, de esta creatura de ficción –antojadiza, cínica y cruel– que, al igual que en la mayor parte de las obras de Mujica, evoca su vida en primera persona narrativa; magistrales también las imágenes que dan viso de historicidad al relato. Leer Bomarzo, amén del placer que provoca sumergirse en esa ficción, es también una manera de ingresar y conocer ese deslumbrante período de la cultura y el arte italianos.
Aun cuando las personas y hechos de esta galería aparecen revestidos de un realismo sorprendente –así Julia Farnese, Lorenzo Lotto, la batalla de Lepanto…– la modalidad culterana y conceptista que les da cuerpo expresivo permite entender Bomarzo como una “novela manierista” según la definió, con acierto, Jorge Campos (1).
Personajes y circunstancias imborrables desfilan en el relato, inmersos en una atmósfera tenebrosa, donde suceden pasiones desenfrenadas e intrigas que, muchas veces, conducen a crímenes aberrantes. Dignos de mención, entre otros casos, el encuentro del Duque con Benvenuto Cellini, el descubrimiento de Ariosto, la caída de los Médicis, la coronación imperial de Carlos V, el amor de Vicino por Julia Farnese y, entre otras estampas, la famosa batalla de Lepanto. Al evocar este combate naval, cuenta que en la lid, en una emergencia, fue socorrido por un soldado de la armada española a quien, en agradecimiento, le obsequió su ejemplar de la obra de Ariosto del que nunca se desprendía. Éste, en cordial retribución, le entregó el libro de un poeta castellano entonces desconocido. “Sacó de su faltriquera –cuenta el Duque– un volumen muy manoseado y Horacio leyó, a la luz escasa, que se trataba de las obras de Garcilaso de la Vega, publicadas el año anterior (…). Durante el resto del viaje, leí los poemas de Garcilaso. Sólo entonces noté en la segunda página del ejemplar, la firma de quien me lo diera. Estaba trazada en dos líneas, unidas por el diseño de la rúbrica, y en ellas se apretaba un nombre que jamás había oído de labio alguno: Miguel de Cervantes Saavedra. ¡Ay, si yo hubiera sabido, si hubiera adivinado!”.
La muerte es inevitable, mas si a ésta sigue el olvido, es la muerte definitiva. En el caso del Duque, cumpliéndose el horóscopo del astrólogo, no sucedió tal cosa ya que Manucho, inmortalizándolo en su novela, lo substrajo del olvido. La taumaturgia de su arte le otorgó una existencia sin ocaso y, por ese hecho, Vicino Orsini vive en sus páginas, imperturbable ante el transcurso del tiempo y ajeno a las contradicciones de la historia.
Como es sabido, Bomarzo sirvió de base para que Alberto Ginastera, en 1967, con libreto del propio Mujica, compusiera la ópera homónima. Un decreto con la firma del general Onganía declaraba “de interés cultural” su estreno anunciado en el programa del Teatro Colón, pero sorpresivamente, recurriendo al mecanismo oscurantista de la censura, fue prohibida ya que el propio Onganía, a la hora de la representación, consideró necesario hacerlo “para el resguardo de la moralidad pública” (2). De manera paradójica, casi al mismo tiempo, la ópera Bomarzo era calurosamente celebrada en la Embajada argentina en los Estados Unidos –siendo embajador el Ing. Álvaro Alsogaray–, luego de que la Washington Opera Society la estrenara con éxito en el Lisner Auditorium; poseo el programa de mano que me obsequió un amigo que asistió a esa representación. En 1972, hace 45 años, esta ópera fue presentada en el Colón.
Sorteando los caprichos de los hombres –la censura, las prohibiciones, la crítica alocada– ópera y novela, merced a sus valores artísticos, desafían triunfantes el paso de las horas.

El autor es filólogo, profesor consulto titular en la UBA y ex presidente de la Academia Nacional de Ciencias de Buenos Aires.

NOTAS

1. Ínsula, 292 (1971) 11.
2. Sobre esa cuestión remito al estudio de Esteban Buch, The Bomarzo Affaire: ópera, perversión y dictadura, Buenos Aires, Adriana Hidalgo.

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