Paráfrasis de la historia

Comentario a la película Zama. Dirección: Lucrecia Martel (con guión basado en la novela homónima de Antonio Di Benedetto) Argentina, Brasil, España, Francia, Holanda, México, Portugal, EEUU, 2017

En una larga y sustanciosa entrevista mantenida con Hinde Pomeraniec para Infobae, la cineasta Lucrecia Martel decía: “Hay que usar las palabras, torta, puto, y darle la vuelta y que sean palabras felices. Con indios hay que hacer lo mismo, urgente. Bueno, un tema que no está resuelto desde la colonia hasta ahora pasando por el glorioso 1810 es la propiedad de la tierra. Y es un tema con el que este país en particular, porque en Latinoamérica hubo intentos, en otros países, de reforma agraria, no se puede ni meter, porque este país fue dividido entre 1.700 familias que quedaron dueñas de lo que antes era la colonia. Y ya sabemos qué pasó en la Patagonia”. Para la cineasta, su extraordinaria última película (aunque con reservas para un público no dispuesto a un cine distinto), tiene infinitas resonancias con el presente. En buena medida es cierto, pero lo singular de la Zama película –y que tributa de la extraordinaria Zama novela– es que ese tiempo referido se genera a partir de otro en suspensión. En la obra de Antonio Di Benedetto, como anota inteligentemente Juan José Saer, “no se reconstruye ningún pasado sino que simplemente se construye una visión del pasado, cierta imagen o ideal del pasado que es propia del observador y que no corresponde a ningún hecho histórico preciso”. Esa falta de coordenadas permite a Zama convertirse en una obra de perpetua indagatoria del presente, del devenir, gracias al permanente jaque a la mitificación historicista argentina desde dos vertientes: aquello que va a suceder (y no sucede nunca) y que como expectativa degrada y degenera la lógica del presente. Eso le sucede a Diego de Zama, preso del deseo de un traslado que no llega, y se convierte en una condena personal en un paraje que se intuye en el Gran Chaco de tiempos del Virreinato pero tampoco se precisa.
Lo infinitamente seductor de la traslación de Martel deviene en la multiplicidad de voces que en el Zama novela se concentra en una sola, la de su protagonista. Así, sin un narrador omnisciente, el efecto por el cual Diego de Zama es “la voz” del relato desaparece. Y se potencian las resonancias, que Martel explora jugando con los recursos expresivos del cine como una fotografía por momentos cuasi pictórica y en otros vivencial, y un sonido de múltiples texturas. Aquí es donde dialoga con su película La ciénaga, en la notable traslación sensitiva del calor, aridez y hastío que necesita ese tiempo sin tiempo.
El existencialismo de Zama deviene en cruzada trágica en analogía a la historia local, que para la obra es un conjunto de trapisondas, estafas, ocupaciones y –principalmente– sangre, y donde la violencia no es consecuencia sino misma génesis.
Ningún sentido tiene señalar qué elementos de la novela están o no presentes en el libro y no en la película, porque Martel consigue algo luminoso: no apartarse un ápice de la esencia del libro aunque –con toda lógica– se valga de otros recursos narrativos. Y se da la más importante reflexión en términos cinematográficos: Zama cuenta una historia a partir de la paráfrasis de la historia y de allí que el espectador acostumbrado a ver una película donde “pasan cosas” sienta el valor del tedio donde nada pasa. Esa es la riqueza de nuestras dos Zama, el borde impreciso de la historia escrita con mayúscula y minúscula pero condicionante perpetuo del presente.

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