Representación de la vida

Comentario a la obra de teatro El inspector, basada en la obra de N. Gógol. Traducción José L. Entralgo. Versión: Daniel Veronese. Teatro San Martín.

Profundo admirador del genio de Molière, Nikolái Gógol –frustrado actor– logró afianzar la tendencia realista dentro del teatro ruso de la cuarta década del siglo XIX. Curiosamente y en gran medida lo consiguió con una sola pieza que supuso su consagración como escritor pero, a la vez, generó amplia polémica: El inspector, estrenada en 1836 frente al propio Emperador. El consejo encerrado en el dicho popular que le sirve de epígrafe –“No culpes al espejo si es tu propia cara la torcida”– no tuvo el efecto deseado y el autor fue condenado por todos aquellos que reconocían sus propias lacras en las de los personajes. Gógol intentó minimizar el impacto social de la pieza, declarando que su intención había sido “acumular todas las cosas malas de Rusia y reírse de ellas”. Lo cierto es que, en contraste con el teatro romántico en boga, su comedia alcanzó la dimensión de una fuerte sátira social y significó un fuerte golpe al ordenamiento burocrático del Estado ruso.
El argumento le fue sugerido por su gran amigo Alexander Puschkin y responde al típico esquema de la “comedia de errores”. La acción se ubica en un pueblo administrado por un alcalde autoritario y corrupto y rodeado por una serie de funcionarios tan venales como ineficaces a los que se suman hacendados de escasas luces y comerciantes deshonestos. La llegada de un misterioso personaje en coincidencia con el anuncio del arribo de incógnito de un inspector general con instrucciones secretas, genera una confusión y una conmoción mayúscula que pondrá al desnudo la índole patética y oscura de todos ellos.
Daniel Veronese, adaptador y responsable de esta tercera puesta de la obra en el Teatro San Martín, reconoce el marcado carácter farsesco y la teatralidad de un texto que por su autorreferencialidad resulta anticipatorio. De impactante modernidad resultan las intervenciones finales del Alcalde al reconocerse víctima del engaño y hazmerreír de todos, más preocupado por la trascendencia que tendrá su acción al quedar plasmada en un texto, que por su inconducta. Aunque el desarrollo de la intriga resulte previsible, es en las situaciones y en la compleja construcción de los personajes con todos sus matices donde reside el potencial de la pieza de este autor que exigía “verismo en la representación de la vida”.
La versión de Veronese traspone los cinco largos actos en menos de dos horas de función y con un elenco de dieciséis actores logra dar vida a más de una veintena de personajes. En una sala tan imponente como la Martín Coronado, se impone elegir “actores de pasta”, opinó Villanueva Cosse, responsable de la versión anterior. Se entiende entonces que para los roles protagónicos –el alcalde y el funcionario fanfarrón y jugador empedernido– Veronese haya convocado a los experimentados y talentosos Jorge Suárez y Carlos Belloso, respectivamente. Suárez despliega todo su rotundo histrionismo gestual y corporal, que incluye la modulación de su extraordinaria voz, pero sin caer en la caricatura. Belloso se maneja, en cambio, dentro de un registro más desbocado pero con contundente efectividad. Lautaro Delgado, como su pícaro y sufrido criado, María Figueras y Maida Andrenacci –ambiciosa esposa la primera y sometida hija del Alcalde la segunda– se destacan también en sus respectivos roles dentro de un elenco de parejo nivel, cuya única fisura –dado el tamaño de la sala– es el escaso volumen de las voces de algunos de los funcionarios.
El diseño escenográfico de Jorge Ferrari recrea con una fastuosidad acorde con sus veleidades la casa del Alcalde y resuelve eficazmente el único cambio de escena de la obra.
A 180 años de estrenada la pieza, comprobamos que los vicios que retrata Gógol siguen tan enquistados como entonces en la naturaleza humana. Es de esperar, como desea el director de esta brillante puesta, que la reflexión que sigue a la risa, cuando no el horror, nos interpele eficazmente.

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