Lo sagrado

Sine ira et studio
Tácito

Sin tregua, cuestiones graves se suman y superponen en nuestro país. La preocupación por algunos de ellos, sobre todo los violentos, es compartida por la opinión pública y por la política y abruman tanto al que las observa y padece como al que debe decidir y actuar. Tal confusión puede hacer perder la perspectiva del significado de algunos temas y se corre el riesgo de banalizarlos.
Un ejemplo entre tantos es la pretendida cuestión de la supuesta “sacralidad” atribuida arbitrariamente a territorios, espacios, lugares, objetos, íconos y hasta a personas que se quiere imponer a toda la comunidad, por parte de grupos supuestamente étnicos, indefinidos y heterogéneos. El más actual –no el único– es el de los mapuches.
La ocupación, casi siempre por la fuerza, de propiedades públicas o privadas y la imposición, también por la fuerza, de supuestas tradiciones y usos de esos grupos, ha llegado a niveles tales que terminaron por motivar la reacción de autoridades y de la opinión pública en general. Los medios están literalmente “ocupados” por esta cuestión. La intolerancia y la violencia se han incrementado hasta niveles de peligro y la perplejidad ante confrontaciones violentas insta a apurar decisiones y asumir métodos que pueden empeorar aún más un escenario ya delicado.
De entre muchas de las diversas cuestiones involucradas conviene tratar una, que puede parecer algo remota en urgencia, a la vez que inasible en teoría: lo Sagrado.
¿Qué es sagrado? ¿Qué merece ser considerado como tal? El uso vulgar e irrestricto de esa palabra no ayuda. En principio, no existe una coincidencia sobre un significado básico de definiciones y normas jurídicas aceptables universalmente. Lo que es sagrado para unos –tanto material como espiritualmente– no lo es para otros. Más aún: esos conceptos suelen contraponerse hasta llegar a la violencia; se extreman acciones de crueldad y de venganzas cruzadas de unos contra otros. Incluso se ha escalado a la humillación mutua por causa de lo que cada parte considera sagrado. Y podría ampliar mucho más esta breve lista de violencias y perversidades perpetradas por esa causa.
Como contrapartida, la necesidad de apaciguar ánimos y de establecer bases mínimas de conductas aceptables y tolerables parece afirmarse en los últimos tiempos. La aceptación de que el Estado debe legítimamente imponer el imperio de la Ley sobre toda la comunidad, sin exclusiones ni excepciones, aún hasta en temas que pueden ser considerados como de conciencia, tal como sobre lo sagrado, es cada vez más extendida, aunque todavía falta mucho para que sea universal.
Pero subsiste la pregunta: ¿Qué es sagrado? E incluye la pregunta-espejo: ¿qué no es sagrado? La indefinición y el peligro de errar en las decisiones que se asuman pueden ser capitales. Pretender repasar las acepciones, interpretaciones, contradicciones y variedad de sacralizaciones vigentes en tantas religiones, culturas, sociedades, países, estados y demás, sería improcedente en este breve texto. Pero sí hay que destacar que en el intento de ordenar lo público, impedir abusos, afirmar y mantener la legitimidad del poder del Estado, a la vez que tolerar y respetar el ejercicio del derecho a la libertad religiosa, pueden cometerse errores, voluntarios o no, que es necesario evitar.
En las últimas dos décadas se han registrado episodios atroces, precisamente por el afán de grupos minoritarios en algunas confesiones de imponer su particular visión de lo Sagrado. Además, la afirmación de definiciones y de aplicaciones extremas del concepto de lo Sagrado, que incluyen hasta la destrucción de lo no Sagrado de los demás, ha acumulado ejemplos de intolerancia y de barbarie espeluznantes.
Subsiste otra cuestión de no menor relevancia que ahonda el problema y puede dificultar las soluciones: la banalización y descalificación de todas las religiones, y con ellas, la de todo lo Sagrado, desde las más antiguas y extendidas hasta las más recientes y extrañas. Tal actitud no se agota en el Ateísmo, cuya historia es paralela a la de la Religión, sino que va más allá, e intenta desvirtuar todas las creencias religiosas en cuanto tales –incluidos todos los conceptos de Sagrado– como algo falso, anacrónico, peligroso y, en esencia, prescindible.
Un peligro adicional latente puede ser que, si en algún momento o circunstancia llegan a combinarse el Estado – en su rol de garante del orden interno de una sociedad y, por ende, regulador in extremis de lo Sagrado– y el éxito cultural de esa deslegitimación de todo lo Religioso y lo Sagrado, puede ocurrir que ningún credo, ninguna confesión, ninguna práctica, propia o ajena, aceptada o no, podrá, en última instancia, mantener garantías de ser respetada o siquiera tolerada.
En una situación tal pueden caer arrastradas no sólo prácticas de grupos como los mapuches u otros pueblos originarios, o la de nuevas expresiones religiosas, como las genéricamente denominadas “evangélicas”, sino también las de tradiciones y modelos de lo Sagrado de cualquier procedencia e historia, incluidas las consideradas mayoritarias y clásicas.
Este no es un peligro tan remoto, como puede parecer hoy en nuestro país, donde agresiones a la Religión y a lo Sagrado, en cuanto tales, han ocurrido pocas veces. Es de creer que, si empieza a generalizarse y ser vulgarmente aceptada por sectores de la comunidad, luego será mucho más difícil frenar tal tendencia.
En síntesis: si la cuestión mapuche es de gravedad y peligro (que lo es, sin duda), contenerla y ordenarla es de igual dificultad y peligro. Al avanzar sobre un terreno minado hay que observar bien antes de apoyar el pie.

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