Incertidumbres en torno al cine argentino

Conviene abrir el paraguas. Este 2018 será un año crucial para nuestro cine, y no en el mejor sentido. Queda feo decirlo cuando apenas lo hemos iniciado, pero es la verdad ineludible. Para explicarlo, repasemos una historia, que forzosamente comienza durante el gobierno anterior.
La labor del Incaa en esa época fue comparativamente buena y hasta muy buena. Cierto que hubo despilfarro, partidismo y demasiadas películas malas, pero también hubo una enorme cantidad de aportes en los que participaron incluso cineastas ajenos al cristinismo, como el maestro Martínez Suárez y su discípulo Juan José Campanella. A señalar, entre otros logros, mayor difusión interior y exterior, un encuentro anual de artistas y gente del negocio de Europa y Latinoamérica en sociedad con el Mercado del Cine de Cannes, nuevas salas estatales o sostenidas por el Estado, pasos concretos en la aceptación de las pantallas electrónicas, expansión de la escuela oficial de cine mediante subsedes en el interior, revitalización de los cinemóviles creados por Julio Márbiz para recorrer los rincones apartados de las provincias, apoyo concreto a multitud de festivales y muestras locales, concursos juveniles premiados con buenas asesorías a cargo de profesionales; la lista es larga, y está bien detallada por la ex presidente del Incaa, Liliana Mazure, en su libro-balance La creatividad desatada.
Mazure y su asistente y sucesora Lucrecia Cardozo se fueron de la función pública en medio de aplausos. Luego, el nuevo gobierno invitó a Campanella, quien, con gran inteligencia, propuso que el nuevo presidente del Incaa fuera seleccionado por todas las entidades que componen la industria. El elegido fue el productor Alejandro Cacetta, hombre afable, conocedor, dialoguista, y partícipe de recordados éxitos de taquilla. También con mucha inteligencia, Cacetta mantuvo todo lo bueno de la gestión anterior, despolitizó lo que se había cargado de política, encaró una paulatina serie de ahorros necesarios, y, a diferencia de lo que estaba ocurriendo en otros organismos, no despidió a nadie, ni siquiera a un par de gerentes simpáticos pero medio vagos.
De esa bonhomía se aprovechó un sector del macrismo para acusarlo de complicidad con los corruptos, y hasta de corrupción. Lo echaron de la noche a la mañana, elevando en su lugar a Ralph Haiek, hombre venido del negocio de la televisión por cable. Echaron también a los gerentes simpáticos pero medio vagos y pusieron una cantidad mayor de gerentes y subgerentes antipáticos y bastante inútiles. También acusaron de corrupción a Pablo Rovito, el mejor director que haya tenido la escuela oficial de cine, la Enerc, que renunció y se fue por la puerta ancha. A Rovito se le pueden reprochar algunas facturas como productor de viejas películas, pero acá estaba como director y en eso todavía no hay quien pueda reemplazarlo.
Eso fue hace ocho meses. ¿Qué pasó desde entonces? Nada bueno. Restricción de créditos, subsidios y difusión de estrenos, suspensión o directo levantamiento de actividades y cosas por el estilo. Un ejemplo: el Incaa levantó Pantalla Pinamar, el festival mejor organizado de todos. La excusa: “Era oneroso y ajeno al público”. Quien dice eso y quienes lo repiten son difamadores seriales. El público llenaba las salas desde las 11 de la mañana hasta las funciones de trasnoche, y las embajadas europeas colaboraban en sus gastos.
En suma, nada bueno, al punto que absolutamente todas las entidades que nuclean a productores, directores, técnicos, artistas, etc. reclaman seriamente a las puertas del Incaa, encabezadas por una nueva federación de tendencia peronista, la Multisectorial Audiovisual. Con similares reclamos, Campanella, Luis Brandoni, Manuel Antín y otros cineastas reconocidamente macristas ya pidieron audiencia con el Presidente. Y puertas adentro reclaman los empleados, que ven cómo avanza un sistema de recortes pese a las promesas iniciales de Haiek. “En el Incaa no sobran trabajadores, sobran funcionarios”, es la consigna, muy acertada, más allá de que no sobran trabajadores pero hay unos cuantos empleados públicos.
El colmo llegó en diciembre, cuando, por una resolución inconsulta, el Incaa resolvió que “no dispone de fondos para financiar películas hasta el 2019”, de modo que para este año implementará algunos paliativos y, lo que se temía desde un principio, impulsará la bancarización del crédito. Se acaban entonces los créditos a baja tasa industrial, surge la exigencia de altos avales, etcétera. Las pequeñas y medianas empresas ya no podrán filmar. Pero el Incaa existe precisamente para ayudarlas. Además cuesta creer que no disponga de fondos. El presupuesto del 2017 fue de 2.855.106.533 pesos. Y administra el Fondo de Fomento Cinematográfico, que se alimenta del porcentaje derivado de cada entrada de cine y cada alquiler o venta de videos, porcentaje del cual surge el dinero para nuevas películas.
En resumen, y a la vista de los hechos, al negarse sus propias funciones parece que el Incaa está preparando su propia desaparición. ¿Pasará entonces como pasó en Brasil 1990, cuando el cierre de Embrafilme provocó que sólo se filmaran dos películas en todo un año, o primará la cordura?

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