Un ineludible de las letras nórdicas

Reseña de Solo, de August Strindberg (Madrid, 2016, ediciones Mármora).

Obra de los últimos años del narrador, dramaturgo y pintor sueco August Strindberg (1849-1912), constituye una suerte de confesión donde el autor da cuenta del tormento de su vida y de la elegida soledad que lo alejó de conocidos, colegas y familiares.
Al tiempo que escribe sobre la libertad y la paz que percibe al quedar solo, no ahorra críticas a toda la sociedad: “Cuando vuelvo a pensar en la vida social, en eso que se considera educación, hallo que era sólo una escuela para el vicio. Tener que ver continuamente lo feo es, para quien posee el sentido de la belleza, una tortura que te induce a considerarte un mártir. Verse obligado a cerrar los ojos ante las injusticias, por pura consideración, es una escuela de hipocresía. Acostumbrarse a callar el propio punto de vista, también por consideración, hace de uno un cobarde”.
Escribía en 2012 Elsa Fernández-Santos, colaboradora cultural de El País de Madrid: “El miedo y la ira de August Strindberg acabaron el 15 de mayo de 1912, hace ahora un siglo. Ese día, un cáncer de estómago ponía fin a la vida de un escritor que, pese a los tortuosos fuegos cruzados de su carácter, construyó una obra que lo convierte no sólo en un titán de la literatura nórdica sino en uno de los padres indiscutibles del teatro moderno. Temeroso de todo, y pese a no creer nunca en nada, pidió que lo enterraran con una Biblia sobre el pecho. “Salve cruz, única esperanza”, fueron sus últimas palabras. Tenía 62 años y vivía recluido en su casa, sin apenas recibir visitas, acechado por la esquizofrenia que marcó no sólo su vida sino también su obra”.
Ingmar Bergman, que llevó a escena sus obras numerosas veces, dijo que leerlo le gustaba tanto como escuchar música. “Su sueco –afirmaba el gran cineasta– es incomparable”. En efecto, se lo considera el padre de la literatura de su país. Explica el traductor Jesús Pardo de Santayana: “Strindberg lo cambió todo. Puso a Suecia en el mapa de la cultura europea. La literatura sueca cobró el empaque de gran literatura de su mano”. Franz Kafka escribió: “Me siento mucho mejor porque he leído a Strindberg”, y afirmó que la genialidad de sus páginas está ganada a “fuerza de puñetazos”. Javier Memba, de El Mundo de Madrid, recuerda que Henrik Ibsen, “en la plenitud de su gloria, auguró que la posteridad habría de reservar un papel más grande a su colega sueco”, y que Eugene O’Neill lo calificó de “precursor de toda la modernidad de nuestro presente teatro”.
En este pequeño libro, cuando anuncia la llegada de la primavera después del largo invierno nórdico, observa el autor el cambio de los años: “Esta vez he aceptado la primavera como un hecho consumado y sin grandes esperanzas –es primavera; dentro de poco, por tanto, volverá a ser otoño–. Me senté en mi balcón y me puse a mirar las nubes. Se nota en ellas que es primavera (…) A lo lejos tengo el margen de un bosque. Casi todo son pinos y abetos; es de un color verde oscuro, dentado, y constituye para mí lo más peculiar de la naturaleza sueca”.
Su reclusión es enfermiza y su ánimo, discriminatorio: “Las tardes van haciéndose más largas, pero sé por experiencia que no debo salir, pues ahora las calles y parques están habitados por personas desdichadas, que no pueden viajar al campo”. Hacia el final, como un débil rayo de sol, contemplando la felicidad de una pareja que observa desde la ventana, anota: “Feliz de haber llegado hasta el punto de poder alegrarme de la dicha de otros sin resto de pesar, sensación de carencia o aprensiones imaginarias (…) Me volví a mi casa, a mi soledad, mi trabajo y mis combates”.

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