A propósito de “Coco”, de Lee Unkrich

Enmarcada la película en el folklore mexicano del Día de los Muertos, en el ‘chamaco’ Miguel se encarnan una doble exigencia de lo humano: (1) la originalidad creativa que invita a hacer de la propia vida una obra de arte, simbolizado esto en su vocación por la música, la guitarra y su admiración al supuesto tátara abuelo Ernesto de la Cruz, y por otro lado (2) la pertenencia a una familia de zapateros, que rechazan la música a causa de lo que acabó siendo un secreto de familia: el bohemio alejamiento de Ernesto, visto por la abuela como una persona egoísta que olvidó a los suyos.
Esta dialéctica existencial entre libertad y pertenencia también se expresa en la simbólica contraposición entre el modesto apellido de familia (=Rivera, lo contrario a navegar mar adentro), y el ambicioso horizonte que abre su vagabundo perro guía (=Dante). Parece una tensión irreconciliable, ya que la gente sigue idolatrando a Ernesto, mitificado incluso en la región de los muertos. Llega a ser una especie de ‘dios’, absolutamente autorreferencial, encandilado y encandilando con su nombre y fama a todos. Su familia, en cambio, confecciona zapatos y rechaza todo lo relacionado con la música. Un día, su abuela enojada destroza la guitarra de Miguel, que huye.
El muchacho quiere participar del festival de música del Día de los Muertos. Nadie le presta una guitarra, así que recurre a su única opción: intenta ‘tomar prestada’ la guitarra de Ernesto de su tumba, ya que siguiendo las enseñanzas de éste, también él quería “apresar su momento”. Era el lema de su ídolo (¿una especie de carpe diem?). Pero queda hechizado, y sin quererlo, inicia un viaje iniciático a la región de los muertos, donde se encuentra con sus antepasados, a quienes va reconociendo gracias a las fotos puestas en el altar familiar durante los sucesivos días de los muertos. Para regresar al mundo de los vivos, debe ser bendecido por alguno de sus ancestros, pero nadie quiere hacerlo a no ser con una condición: que abandone definitivamente la música, cosa a la que él no está decidido. Libertad versus pertenencia parecen irreconciliables también en la región de los muertos.
Sin embargo aparece Héctor, un personaje mucho más modesto que corre el riesgo de ser olvidado por los vivos y extinguirse para siempre de su recuerdo. La película nos va haciendo descubrir que el autor de los grandes éxitos de Ernesto en realidad era él… Miguel lo fue descubriendo paso a paso: primero su guitarra en la foto, luego el silencio en torno a su persona en la familia, luego su rostro en una parte de foto que conservaba su bisabuela Coco y el lento apagarse de su vida solo demorado por su recuerdo de De la Cruz. Efectivamente, Héctor había compuesto su canto ‘estrella’ (“Recuérdame”) para su hijita Coco, antes de partir. Luego de un tiempo decidió volver sobre sus pasos, en pleno éxito con Ernesto, y regresar a su familia. Pero como éste no quería renunciar “a su momento” justo en pleno apogeo, lo envenenó con un trago y se quedó con sus letras. La muerte de Héctor pasó como una indigestión con chorizo.
En plena fiesta de los muertos, gracias a su insospechado talento artístico, Miguel y Héctor habían logrado acceder a la gran fiesta privada de Ernesto. En un principio, Ernesto queda encantado por el talento de Miguel, y por descubrir que tiene en él un tátara nieto. Lo trata muy bien, e incluso está dispuesto a bendecirlo para que regrese a la región de los vivos. Pero los acontecimientos van haciendo que su crimen quede en evidencia a los ojos de Miguel, por lo que no solo se va a negar dejarlo partir, sino que lo hará encerrar en una gruta. Será Dante quien lo saque, finalmente, de ese inferos, que en realidad termina siendo un pozo de agua cristalina donde se le revela su verdadero tátara abuelo: Héctor. Era de él de quien procedía su talento artístico y su amor a la música.
En pleno show, Ernesto es descubierto y perseguido por la familia de Miguel. Los altavoces y las cámaras acaban por ponerlo de manifiesto ante un estadio colmado de fans. La trama secreta que se cernía en torno al crimen de Ernesto es ahora conocida por la multitud, y el ídolo eterno se desmorona. Es abucheado y vituperado por la multitud, y su imagen y voz se desvanecen en cuestión de segundos. Queda sepultado debajo de una nueva campana, como en su primera muerte, pero de ahora en más será olvidado para siempre. Héctor recuperará el nombre y lugar que nunca debió haber perdido en su familia, y la música volverá a ocupar un lugar central en la vida de los Rivera.
La película nos invita a no dejarnos encandilar por el éxito, ni seducir por la fascinación que los aplausos generan. Lo grande está más bien en lo pequeño, y en lo que a los ojos del mundo parece olvidado. De eso es de lo que, en realidad, deberíamos estar orgullosos, ya que es en realidad esa experiencia la que fermenta la verdadera y perdurable grandeza. Como la de Héctor, finalmente reconciliado con su esposa Imelda. Desde una perspectiva creyente, el que nos redime no es el que triunfa siempre aplastando y usando a los demás, sino más bien el que resucita de entre los muertos, el que pasó por la oscuridad “de la Cruz” y el sepulcro, pero que ahora vive para siempre.

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  1. Gerardo Ramos on 28 marzo, 2018

    Integré este comentario en mi reciente libro: “Teología del cambio de época: peregrinando la Vida, contemplando el Icono, comunicando la Palabra”, Create Space IP, Buenos Aires,, pp.266-269. El PDF puede descargarse desde mis portales en Research Gate o Academia.edu, y el libro impreso comprarse en tiendas virtuales tipo Amazon.

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