Anclado en París y soñando Buenos Aires

Hugo Santiago (1939-2018) murió en París, ciudad en la que pasó la mayor parte de su vida y que fue clave en su formación como cineasta, pero Hugo Santiago Muchnick (hermano de Annamaria Muchnick, la conductora del exitoso ciclo de televisión Buenas Tardes, Mucho gusto), es uno de los directores que mejor metaforizó en clave poética las coordenadas de una Buenos Aires tan fantástica como imprecisa en sus contornos.
Lo consiguió con su ópera prima Invasión, un film que fue ignorado por el gran público al momento de su estreno a fines de los ‘60 para convertirse progresivamente en una película de culto y que hoy integra la lista de ineludibles del cine nacional. En cambio, despertó tempranamente admiración internacional, siendo estrenada en la Quincena de Realizadores del Festival de Cannes. Como soporte narrativo del film (que describía la lucha de unos hombres en una ciudad sitiada llamada Aquilea, pero con rasgos muy similares a Buenos Aires), Santiago contó con una dupla de excepción al momento de escribir el guión: Jorge Luis Borges y Adolfo Bioy Casares. Con Borges lo unía su temprana vocación por la literatura de sus tiempos de estudiante de Letras en la Universidad de Buenos Aires. Con Francia, su temprana formación como cineasta, donde arribó en 1959 gracias a una beca del Fondo Nacional de las Artes, llegando a ser asistente del excepcional director Robert Bresson.
Luego de Invasión –ante la progresiva tensión política y decadencia argentina– Santiago volvió a París, donde filmó en 1974 Les autres, película que volvería a encontrarlo con Borges y Bioy en el guión, y donde se confirma la influencia de ambos en el uso de la narrativa fantástica y también en un cine consustanciado con la modernidad, sustrayéndose a cualquier referencia del relato clásico. Y aquí se da como constante otro elemento distintivo de la poética del director: la mixtura de géneros que permite también evadir cualquier mecanismo de identificación tradicional. Le seguirán Colloque de chiens (1977), Ecoute Voir (1978), titulada El juego del poder, con el protagónico de Catherine Deneuve, y Les trois couronnes du matelot (1982), para desembocar nuevamente en la memoria de una siempre errática Buenos Aires con Las veredas de Saturno (1985), un film que contó con la colaboración de Juan José Saer y Jorge Semprún en el guión, que conjuga el tango con el cine y el exilio. Como parte de la trilogía de Aquilea donde el protagonista, un bandoneonista llamado Fabián Cortés (interpretado con mucha solvencia por el músico Rodolfo Mederos), escapa rumbo a París, es donde Santiago expone cierta historicidad fantástica del exilio con sus pintoresquismos identificatorios, mezclada con la utopía incontrastable del retorno. A partir de los años ‘80 desarrolló una fecunda labor en el campo del documental y lo que denominará “objetos audiovisuales” (donde descansa su mirada a Electra, La Orestíada y La voz humana, entre otros), y los documentales donde reflexionará sobre la poética de personajes que van desde Beethoven a María Bethánia. En 2002 concretará la que será su última película europea y anteúltima de su filmografía, El lobo de la costa Oeste. Este film sólo se conoció en una lejana edición del Festival Internacional de Cine de Mar del Plata sin estreno comercial en el país. Los recuerdos de su proyección remiten a la diáfana atmósfera del invierno en las playas de Biarritz y un militar norteamericano que llega para brindar protección al protagonista, según el relato de Ross Mc Donald, y un clima de film noir con algunas constantes del director.
No fue una gran película y luego de muchos años de silencio sobrevendría un proyecto largamente acariciado y que –con acierto– cierra su filmografía, pero principalmente otorga el último eslabón a la “Trilogía de Aquilea” con El cielo del centauro. Hay que decirlo, el mérito de este último trabajo pertenece en buena medida a su productora, Agustina Llambí Campbell, quien invirtió sus ahorros y su fe en el proyecto para que Hugo Santiago pudiera volver a la aventura laberíntica porteña. Fue su segunda película argentina en 46 años y lo devolvió a los mundos enfrentados, al policial, aquí con toques naive, y en particular a una geometría que la cámara dibuja con tanta calidad en el recorte del mito urbano. Hay que decirlo, luego de El cielo del centauro la mirada al cine de la Generación del ’60 y los contornos de esa ciudad parecida a París pueden variar. No se sabe si esa urbe existió; si fue tan errática y misteriosa como Aquilea o sólo residió en la imaginación de un puñado de hombres de la cultura y grandes cineastas, como Hugo Santiago.

El autor es crítico cinematográfico y periodista cultural

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