A propósito del Te Deum

El pasado 25 de mayo, con motivo de la conmemoración de la Revolución de Mayo, se celebró el tradicional Te Deum en la catedral metropolitana. Lo presidió el cardenal primado de la Argentina y arzobispo de Buenos Aires, Mario Poli. La prédica del celebrante y alguna gaffe del Presidente, fueron motivo de intenso tráfico en las redes sociales. Unos, acusando al Cardenal de amonestar al Presidente. Otros, mofándose o quejándose de la inhabilidad de Mauricio Macri con lo litúrgico.
Esta celebración, que se encuentra ya en los albores de nuestra patria, ha sido motivo de debate y conflicto. Baste recordar al gobierno kirchnerista y su desencuentro con el entonces cardenal Jorge Bergoglio, con el traslado del acto a otras diócesis menos críticas (como la de Tucumán o Mercedes-Luján), a fin de no recibir admoniciones por parte del celebrante.
Como ilustra Roberto Di Stefano en su texto El púlpito y la plaza, a los pocos días de la Revolución de Mayo, la catedral fue testigo de una celebración para dar gracias por los acontecimientos de la hora. Refiere el autor que el canónigo Zavaleta “dirigió a los presentes una ‘exhortación cristiana’ orientada a despejar posibles dudas acerca de la legitimidad del cambio político acaecido y a exhortar a la obediencia a las nuevas autoridades”. Los miembros de la Junta ocuparon aquellos lugares reservados para el virrey, y la Iglesia colonial (o una parte de ella, pues el obispo Lué no demostraba tanta simpatía por los revolucionarios) colaboraba con las nuevas autoridades.
El contexto de entonces se presentaba bien distinto del actual. La Iglesia era tributaria de un modelo de gestión impuesto por el Imperio español, donde Roma y el Papa poco podían opinar. Los patriotas veían a los prelados y a la estructura eclesiástica como una parte de la gestión pública. La organización de gobierno como la conocemos actualmente, donde obispos y sacerdotes se comunican libremente con el pontífice y trabajan de manera coordinada con las autoridades estatales, poco tiene que ver con lo que ocurría en los tiempos de la Revolución. La Iglesia en ese entonces era local y las autoridades eclesiásticas estaban acostumbradas a depender del poder público en mucho de lo que hacían. De hecho, los obispos eran nombrados por el soberano. Técnicamente, eran “presentados” por el rey al Papa, pero no hay registro de que en más de 300 años (desde el descubrimiento de América) un pontífice haya rechazado una propuesta del monarca.
La Revolución, entonces, tomó a la Iglesia y a sus miembros como un canal de consolidación de fundamental magnitud. Refiere Tulio Halperín Donghi que “el nuevo gobierno buscó emplear a la iglesia como poco espontánea intermediaria: la obligación de predicar desde el púlpito sobre el cambio político y sus bendiciones fue impuesta a todos los párrocos, en medio de un clima de intimidación creciente hacia los eclesiásticos desafectos al nuevo orden” (véase Revolución y Guerra).
La ceremonia del Te Deum se inscribió en esa lógica. La prédica de quienes presidían, en general, estaba condicionada por una situación política compleja, en donde las autoridades eclesiásticas y civiles se encontraban entrelazadas de manera confusa. Las tradiciones regalistas de España, internalizadas por los prelados y sacerdotes de la época, fueron aprovechadas por los patriotas para consolidar la Revolución. Elevar plegarias a Dios, dando gracias por ella y la posterior independencia, parecía el camino natural en esa coyuntura.
Desde entonces el Te Deum constituye, indudablemente, un encuentro de fuerte impronta católica, para agradecer al Señor por la patria. Te Deum viene del latín “A ti, Dios”, y son las dos primeras palabras que dan nombre a un antiguo himno cristiano que se remonta al siglo IV de nuestra era. La costumbre de celebrar el Te Deum está presente en toda América hispánica y otros países lo celebran de manera diversa, como en Perú o Chile. De modo análogo, en los Estados Unidos, el tercer jueves de noviembre se estableció como “Día de Acción de Gracias” bajo la Presidencia de George Washington, para dar gracias por los signos de “Dios Todopoderoso” sobre ese país. En todos los casos, las celebraciones rescatan el valor del agradecimiento a la trascendencia, con la mirada puesta más allá de lo estrictamente humano.
A más de 200 años de la fragua de la Argentina como Estado independiente, el Te Deum continúa celebrándose en un formato que poco tiene de distinto del que protagonizó el canónigo Zavaleta bajo la mirada incómoda del obispo Lué. El presidente se traslada con sus ministros y secretarios a la catedral metropolitana (en general caminando como parte de la tradición), y participa de una ceremonia católica, en donde el celebrante predica a partir de un texto evangélico (¿es necesaria la homilía?). Resulta casi inevitable que los medios y demás actores sociales hagan la exégesis de lo que dijo, quiso decir o no dijo el oficiante respecto de la coyuntura política actual; y es preciso reconocer que la escena de un obispo, mitrado y con báculo en mano, que desde la altura del púlpito predica, sin eludir la sensible problemática social, ante unas autoridades civiles mudas y reverentes, como alumnos ante el examinador, constituye un espectáculo curioso, que no puede dejar de alimentar todo tipo de especulaciones.
Por otra parte, también corresponde decir que en general, en nuestro país se ha diluido el sentido de la pública acción de gracias a Dios, “fuente de toda razón y justicia”, como reza el preámbulo de nuestra Constitución, para transformarse en una reflexión sobre la realidad social y económica, que el prelado celebrante aprovecha para dar al presidente algún tipo de “consejo” o advertencia, sobre las distintas situaciones por las que atraviesa la República.
Da la impresión de que la realidad argentina a veces parece caminar por dos carriles paralelos. Por una parte, y muy especialmente desde 1983, la ciudadanía va encaminándose hacia una visión de la sociedad plural y de respeto por las ideas de los demás. El concepto de “nación católica”, es decir, de un país donde el “ser nacional” está identificado con el catolicismo, que tanta y tan problemática incidencia tuvo en el siglo XX, dio paso a una visión social en donde la autonomía personal es lo que mejor se adecúa a las libertades constitucionales que nos rigen. Por otra parte, algunas expresiones y celebraciones litúrgicas parecen haber quedado ancladas en una Argentina que –para bien o para mal– ha evolucionado en algo distinto.
Iglesia y Estado no tienen la relación de hace dos centurias. La primera se ha independizado del Estado (aunque aún queda alguna rémora que debería solucionarse), y el segundo ha entendido la necesidad de relacionarse desde la cooperación y el respeto, tanto con la Iglesia católica como con las demás confesiones y expresiones religiosas.
Quizá sea el momento de pensar, como miembros de la Iglesia, en alternativas superadoras al Te Deum. Nadie discute la importancia de expresar, con la presencia de las más altas magistraturas del Estado, un signo claro de gratitud a la trascendencia. Es algo que resulta necesario y enriquecedor para la vida pública de toda sociedad. No obstante, el agradecimiento puede hacerse de diversas maneras e involucrando a otras denominaciones cristianas y otras religiones, dando lugar a nuevas voces que integran nuestra sociedad. Un ejemplo reciente que puede servir de modelo es la convocatoria por parte de la Conferencia episcopal argentina a la oración interreligiosa por la vida, que tuvo lugar el 7 de junio pasado, con la participación de representantes de las comunidades ortodoxas y evangélicas, del judaísmo, del Islam, de los mormones, de los pueblos originarios y de las religiones africanistas.
Esto en modo alguno significa una renuncia o mengua del rol de la Iglesia católica en nuestra sociedad. Por el contrario, se trata de “abrir sus ventanas” para dar nuevas alternativas de expresión en un mundo plural.
Las celebraciones que tuvieron un lugar destacado en la Revolución y en sus años posteriores, pueden noser ya significativas en la actualidad, e incluso fomentar confusiones, suspicacias y malentendidos. Adaptarlas puede ser un nuevo paso hacia una relación más madura e independiente con el poder político, en beneficio de la Iglesia y del país en su conjunto.

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  1. lucas varela on 28 julio, 2018

    Estimados amigos,
    Es fácil hacer una exégesis de lo dicho en el Te Deum. Vamos mal, y la patria esta mal.
    La Revista Criterio asume una parcialidad muy comprometida con el gobierno y su ideología. Por tal motivo, sin Te Deum es mejor.

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