Otra vez en ascuas, pero distintas

Hace apenas siete meses el oficialismo obtuvo un amplio triunfo en las elecciones de medio término, con el 42.3% de los votos, ganando en 13 de los 24 distritos y derrotando a Cristina Fernández de Kirchner en la provincia de Buenos Aires. Entonces, los analistas políticos y “todo el mundo” dieron por sentada la reelección del presidente Mauricio Macri en 2019. En rudo contraste, hoy vemos un gobierno a la defensiva, los preopinantes compiten en la cantidad de errores y defectos que le asignan y se duda de su reelección.
¿Pura ciclotimia argentina o cuestiones más profundas? Un poco y un poco, porque nuestra evidente ciclotimia tiene raíces hondas. Son las de un país que cree haber vivido en un paraíso luego perdido, cuya data difiere según las subculturas y que cíclicamente parece estar de nuevo al alcance. Con la previsible frustración fluyen abundantes el enojo y la contrariedad, y los críticos, muchos de ellos elogiosos hasta ayer, censuran hoy en tono altisonante y pagado de sí mismo, sin distinción de profesiones ni conocimientos. Tales tonalidades emotivas sorprenden por varias razones. La primera es que se habla de nuestra economía como si ella fuera normal, pero hace mucho tiempo que dejó de serlo. Somos el país de mayor decadencia económica relativa en el último siglo y el único que, en 73 años, no logró dejar atrás la inflación crónica. Sí “logramos”, en cambio, derrotar a cuanto plan de estabilización se nos interpuso. Así llegamos a ser la única economía plenamente bimonetaria del mundo. Se usan los pesos para los consumos cotidianos, los salarios, los impuestos y parte del gasto público, pero se ahorra y se invierte en dólares. Por esto, y por la expropiación de los fondos previsionales en 2008, que liquidó el ahorro y la capitalización, aunque fueran estatales, tampoco hay mercado de capitales doméstico y se depende del financiamiento externo.
La arrogancia también sorprende porque ignora u olvida las dificultades intrínsecas de la herencia económica recibida en 2015. En esto el gobierno está pagando su grave error de no haber mostrado y explicado dicha herencia ni los costos de superarla, al impulso del enfoque new age de no pasar malas ondas, impulsado por el jefe de facto de la comunicación oficial.
Recordemos brevemente el “combo” recibido en diciembre de 2015. Un déficit fiscal de 42.000 millones de dólares; el gasto público en un record de 41,2% del PIB (producto bruto interno), en parte por subsidios a los servicios públicos de 4% del PIB, concentrados en el GBA y más de la mitad para sectores sociales pudientes. También fue record la creación de un millón y medio de empleos en el Estado nacional pero, sobre todo, en las provincias y municipios (2003-2015), que agravaron la ya muy baja productividad del sector público; la presión tributaria, incluyendo el impuesto inflacionario, también en record de 37.9% del PIB, y con la peor estructura del mundo por recaudar pocos impuestos progresivos y muchos distorsivos que castigan directamente a la inversión; esta había caído a sólo 15,3% del PIB, por debajo de 132 entre 155 países; la tercera inflación del mundo (2011-15); un ingreso por habitante menor en 2015 que en 2011; el cepo cambiario, un peso sobrevaluado en el mercado oficial y, para no extenderse, grandes deudas del Banco Central en el mercado de futuros de divisas.
La sorpresa por la contundencia de las críticas tiene una última razón. En verdad, nuestra economía anormal carece de teoría suficiente, de manual de operaciones y de “protocolo” que prescriban una política económica con chances ciertas de éxito. Refiriéndose a países normales, la revista The Economist pedía, hace poco, humildad a los economistas, dada la fragilidad de su ciencia. Por esto no es sorprendente que coexistan en nuestro país cuatro diagnósticos distintos, y otras tantas propuestas, insuficientes o erróneas, sobre la política económica adecuada. El gobierno optó por el ahora famoso gradualismo, con reducción lenta del déficit fiscal, financiado en gran medida externamente, metas de inflación ambiciosas y buscando apoyarse en el crecimiento y en la economía mixta para minimizar el costo social. Como se vio crudamente en abril-mayo, pero se sabía desde el principio, la fuerte dependencia del financiamiento externo lo hacía muy frágil ante cambios en las expectativas externas o internas. Desde una defensa de la economía de mercado con un Estado pequeño, la ortodoxia propugna, en cambio, un shock fiscal drástico. Además de su magro apoyo social, su gran limitación es suponer que tal propuesta sería viable, algo más que dudoso en democracia, como se vio en el Rodrigazo de 1975 –pese a ser realizado por un gobierno peronista– o en lo ocurrido en diciembre pasado en las calles y el 30 de mayo en el Congreso.
Las otras dos propuestas otorgan menor importancia al déficit fiscal que al del sector externo que, en 2016-17, pasó de moderado y reprimido a grande y explícito. El estructuralismo actualizado –con adeptos en el radicalismo y en parte del peronismo– propone algo menos de mercado y de apertura y más Estado que el gradualismo, otorga prioridad a la política cambiaria y tolera una inflación más alta. La cuarta propuesta, la heterodoxia populista, encarnada en el kirchnerismo y en parte del peronismo, se insinuó en 2003-2007 y llegó a su malhadada plenitud en 2007-2015. Busca maximizar los roles del Estado, del mercado interno y del consumo presente, despreocupándose del futuro, que llegó y estamos pagando. Los problemas que aparecen se enfrentan con más inflación, más controles o ambos. Su aplicación es una rareza mundial porque lleva al desastre de la Venezuela, hiperinflación incluida.
Desechados el shock ortodoxo, por su inviabilidad social y política y por ser injusto, y el populismo, por sus pésimos resultados, es de interés comparar los sobrevivientes: el gradualismo oficial y el estructuralismo actualizado (EA). Éste tiene tres problemas centrales. Primero, no contar con un análisis convincente de las relaciones entre la cuestión fiscal y la externa. Omite, por ejemplo, subrayar que un déficit fiscal financiado externamente –ineludible en la Argentina de hoy– conduce a apreciar la moneda y es causa principal de la “restricción externa”. Si se insiste en lograr un “tipo de cambio alto”, aparece el segundo problema del estructuralismo actualizado, que es el aumento de la inflación. Cálculos recientes muestran que, de haberse aplicado esta receta, la inflación habría llegado a cerca del 60% anual en 2016. Una aventura que, por nuestros antecedentes en la materia, luce aún más riesgosa que la del gradualismo.
Una tercera falencia de este último diagnóstico es no asumir que, para lograr una Argentina más volcada a la exportación –que cuenta con amplio consenso– y con menor inflación, lo mejor que puede hacerse es recurrir al “tesoro de competitividad” oculto en los impuestos distorsivos, de magnitud astronómica y única en el mundo: 8,45% del PIB o 45.300 millones de dólares. Impuestos “distorsivos” –que incluyen ingresos brutos, sus análogos municipales, créditos y débitos bancarios, retenciones a las exportaciones y otros– son los que aumentan directamente los costos, o bajan el precio, de producir. La eliminación o reemplazo, total o parcial, de estos impuestos está por vez primera en marcha con el consenso fiscal Nación-provincias y con la reforma impositiva, aprobados en 2017. Su marcha es lenta por la restricción fiscal, pero hay, y urgen, caminos para acelerar esta reforma de modo compatible con la reducción del déficit, dando así una respuesta cabal a la restricción externa que tantas veces frenó a nuestra economía, y más impulso a la inversión, que ayudarían hoy a la credibilidad del país.
En el balance puede afirmarse que no fue desacertado optar por el gradualismo, pese a saberse que existía el riesgo de una crisis como la que se manifestó en abril y mayo. La crisis fue posibilitada también por variados errores de política económica, conflictos políticos internos, la sequía que quitó 7500 millones de dólares y, muy relevante, una crisis de confianza financiera externa hacia los países emergentes. La turbulencia tomó tal dimensión que la prudencia hizo aconsejable, pese al costo político-simbólico involucrado, tomar un seguro contra males mayores. El más barato, amplio (casi nadie pensaba en 50.000 millones de dólares) y disponible es el del Fondo Monetario Internacional. Por cierto, su necesidad es una derrota del país y pone de manifiesto la gran dificultad de la Argentina para autogobernarse.
También es bueno recordar que nuestra anormalidad económica nació de intensas pujas distributivas, arraigadas en desigualdades estridentes, a las que la política no le encontró otra respuesta que “estirar” el Estado todo lo necesario, con gastos siempre superiores a los ingresos y que resultaron en inflación crónica, bimonetarismo, destrucción del mercado de capitales doméstico, defaults y pedidos de ayuda externa. Las fallas de la política también se ven en estas semanas, con los senadores opositores uniéndose, con algunas excepciones, para anular los aumentos de tarifas de servicios públicos pese a carecer de competencias para ello. Curiosamente, los principalísimos beneficiarios de la ley votada por la que es cámara federal por excelencia son los usuarios del Gran Buenos Aires. Pero lo peor fue, sin dudas, decidir gastar 110.000 millones de pesos sin proponer nada sobre su financiamiento. Una decisión tan irresponsable como todas las que han hecho de la Argentina un país anormal, correctamente vetada por el Poder Ejecutivo.
A pesar de todo, dada la seriedad de la situación, sería ideal que al menos algunas de las políticas para salir de la crisis se basaran en acuerdos, tal como se hizo a fines del 2017. Intentarlo con el presupuesto 2019, como lo ha insinuado el gobierno, podría ser la ocasión. Así podría discutirse, por ejemplo, algo tan esencial como una política pro-equidad capaz de armonizar las exportaciones agroindustriales con el consumo interno de alimentos, cuestión pendiente desde hace décadas. Un modo de hacerlo sería transformar total o parcialmente la Asignación Universal por Hijo en un subsidio al consumo de alimentos, con énfasis en los más nutritivos. Se trata de un elemento clave para hacer más viable un tipo de cambio competitivo. Podría y debería financiarse con una contribución de los sectores más pudientes, ya fuera en el impuesto a las ganancias o en el de bienes personales. Lograr este tipo de acuerdos sería la mejor señal interna y externa que podría darse: que estamos mejorando nuestra capacidad de autogobierno.
A pesar del desasosiego de esta hora todavía es posible que las ascuas sobre las que caminamos resulten ser distintas que las del pasado, en tanto nos pueden conducir a un país con una vida pública más institucional y a un desarrollo inclusivo y sostenible.

 

El autor es miembro de la Academia Nacional de Ciencias Económicas y profesor emérito del IAE-Universidad Austral.

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4 Readers Commented

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  1. lucas varela on 27 julio, 2018

    Estimado Juan José Llach y amigos,
    Los “relatos” económicos del Dr. Juan José Llach persistirán. Y porque sabe de economía, seguirá despreciando con justificada soberbia al “populismo” económico que solo sirve para hipotecar el futuro del país.
    Pero, lo justo en economía y en política, es dar a cada cual lo suyo. Y en honor a la verdad, es bueno recordar al Dr. en economía, Ernesto O´Connor, quien hace apenas nueve meses (10/10/2017) sentenciaba en esta misma revista:
    “La actividad económica ya responde a los lineamientos trazados desde la asunción del Gobierno en diciembre de 2015”;
    “… se sucedieron medidas centradas en bajar la inflación, lo que se está logrando, y en generar el clima de negocios para atraer mayor inversión.”;
    “..una serie de obras en marcha, de distinta envergadura, ya reactivaron la construcción y el empleo, y van permitiendo cambiar la vida de muchos argentinos.”
    “el crédito, sigue creciendo, … van a cambiar la vida de muchos ciudadanos, que ahora prefieren ahorrar a consumir.”
    “Como en un tenue amanecer, el largo plazo parece mezclarse con el corto.“
    “Con una inflación en descenso, más empleo y más formalización laboral, la pobreza seguirá cediendo.”
    Ciertamente, el señor Llach,y también el señor O´Connor, saben de economía. Pero debo decir, humildemente, que deben mejorar sus “relatos”.
    No pido una explícita referencia a los duros datos de la economía. Quizás se útil que los que saben, analicen un camino económico alternativo, para consideración del actual (por ahora) gobierno de “Cambiemos”.

  2. Juan Carlos on 3 agosto, 2018

    Cuando Trump (Macri) describe políticas que son deseadas por sus votantes, todo es cambio, todo es ruptura con el pasado. Mientras que la misma política es presentada como continuidad para la oposición, esta es descrita como cambio para sus propios votantes.
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    Cada uno de los pequeños y grandes cambios, con los que Trump (Macri) edita la política, inoculan a los votantes. A medida que los cambios se aceleran, es difícil identificar cual es el estado de mundo legal en el cual realmente vivimos. Las mentiras de Trump (Macri) no son simplemente la negación de un estado de mundo sino, también, un mecanismo de manipulación política.

    Dice Emilce Cuda, teóloga, autora de “Para leer a Francisco” en un reportaje de hace algo más de un año:
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    –¿Qué ha significado el populismo en Argentina y Brasil?
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    –Populismo es una palabra compleja que en los últimos tiempos se ha convertido en sinónimo de corrupción. Pero ese es un error, porque puede haber corrupción bajo cualquier forma política, en una monarquía, en una república, etc. Lo primero hay que aclarar es que populismo no es sinónimo de corrupción. Siguiendo a Ernesto Laclau se puede decir que el populismo es un nuevo modo de la política, donde por una parte, el pueblo toma consciencia de sí mismo a partir de la articulación de demandas insatisfechas, y por la otra existe un político que es capaz de captar esas necesidades, que pueden ser necesidades populares como el caso de Brasil y Argentina, o puede ser un conjunto de intereses particulares como en el caso de Estados Unidos.
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    Cuando el Papa dice que no son iguales todos los populismos, está queriendo decir precisamente esto. Algunos piensan que un gobierno es populista porque satisface demandas de los sectores populares. Por eso creen que Perón en 1945 era populista. Habría que diferenciar entre gobiernos populares, es decir a favor de los trabajadores, y los que se conoce como una estructura populista. No podemos decir que el Perón del 45 era un gobierno populista. Era una democracia a favor de sectores populares, llega al gobierno por el apoyo de un partido político y del movimiento de los trabajadores.

    –¿Y Trump es populista?

    –Trump no llega al poder ni por su pertenencia a un partido político ni por el apoyo organizaciones sindicales, llega porque capta y articula en sus discursos, demandas populares insatisfechas. Claro que es populista, porque el populismo fue el método que usó para llegar al gobierno. No importa a que sector satisface, a la derecha o a la izquierda. En el caso de Argentina, Macri también usa una estructura populista. No llega al gobierno con un partido sino gracias a la agrupación de ciertos sectores. No llega con una plataforma, con un proyecto, llega sólo acusando al gobierno anterior y plantándose en una posición antagónica. Es tan populista Macri como Trump.
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  3. horacio bottino on 10 agosto, 2018

    Fue el plan martínez de hoz con asistencialismo social que explotó como en 1981 en una fuerte devaluación.Dan asco estos cipayos.Solo saben de finanzas.No hablan de empleo de dignidad del trabajador y del trabajo del apoyo a las familias,de la productividad estratégica del protagonismo de los pobres del dios finanzas=dinero=rédito=ganancias materiales especulativas de la primacía de hombre en la economía.Estudien más o simplemente estudien la Doctrina Social de la Iglesia tan humana cristiana y clara¿leyó el último documento sobre las finanzas del vaticano?

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