“Yo soy un tipo antiguo y lo que hago es un trabajo en extinción. La pintura, como la entendí desde el principio, es una forma de expresión abstracta. Dentro de mis limitaciones, hice lo que he podido, pero llega un momento en el que uno se pone exigente con respecto a los juicios sobre uno mismo”, dice Hermenegildo Sábat, a los 85 años –“Menchi” para los amigos–, en su cubículo al final de la redacción del diario Clarín en la calle Tacuarí, donde decenas de recortes de artistas y personajes, titulares insólitos y libros en un orden indescifrable, conviven con retratos familiares, pinceles y hojas en blanco.

¿Cómo es la convivencia con este intrincado collage de retratos en su lugar de trabajo?
Es la gente que yo quiero y por alguna razón están todos aquí. Gardel, Cortázar, Armstrong, mi nieto… Aquella es una foto de Orlando Goñi, que fue pianista de Aníbal Troilo, un tipo que era un genio reventado y murió a los 31 años; no sólo está Pity Álvarez…
¿Cómo es tener las páginas del diario como elemento de expresión?
Me ha limitado y me ha fortalecido al mismo tiempo. Tengo una pésima relación con el negocio del arte y por eso me he refugiado en el diario, donde pinto lo que se me da la gana. Creo que la casi totalidad de la gente que se dedica al arte depende de lugares públicos o galerías, y yo embarqué en este otro camino mirando los trabajos de mi abuelo Hermenegildo, de quien llevo el nombre, y que murió antes de que yo naciera.
¿Cómo es el origen de su familia, tan peculiar?
Yo sabía que mi abuelo había nacido el 13 de abril de 1874, que es el día de san Hermenegildo, y que lo inscribieron en el Registro Civil de Palma de Mallorca. Ese dato siempre me generó la curiosidad. Mi bisabuelo, que se llamó Mariano Sábat y Fargas, llegó a ser teniente coronel del Ejército español, único militar de toda la familia. Una vez apareció por Buenos Aires un abogado de Palma y le pregunté si podría obtener la partida de nacimiento de mi abuelo. A las dos semanas recibí un fax que decía que “el 14 de abril se presentó en el Registro Civil de Palma de Mallorca Mariano Sábat y Fargas, soltero, que apunta a su hijo, cuya madre es María Concepción Lleó, que cumple funciones domésticas en la casa del nombrado”.
Como en las novelas del XIX…
Maravilloso. Pero el hecho de inscribirlo al día siguiente de su nacimiento significaba que automáticamente estaba reconociéndolo. Yo no sé qué contactos hizo él para llegar a Montevideo, pero el hecho es que allí fue visto legítimamente como teniente coronel y maestro de esgrima. Siendo yo joven, estuve una vez en una Escuela de Armas y Servicios del Ejército uruguayo, cerca de Montevideo, y había una pista de equitación con el nombre Mariano Sábat y Fargas, lo cual quiere decir que había sido incorporado al Ejército de Uruguay. Se casó con la señora Lleó, enviudó, y luego se casó con María Luisa Ercasty, madre de Carlos Sábat Ercasty, gran poeta, y un tipo maravilloso. Pablo Neruda, que habló muy poco de los demás, le dedicó dos páginas de Confieso que he vivido. La casa donde vivía Carlos en la década del 1910 reunía personajes de la cultura, como el peruano Juan Parra del Riego, el autor teatral Ernesto Herrera… Hay un dato curioso: vivía en la calle Blanes, frente a un convento, y él escribía poemas subidos de tono, agarraba una piedra, la envolvía con los poemas, y la tiraba a la azotea del otro lado de la calle, y dicen que las monjas se peleaban para llegar primero. Después fue concuñado de Julio Herrera y Reissig; Julio estaba casado con Adelina de la Fuente , cuya hermana, Diana, era una enferma terminal; y Carlos se casó con ella para cumplir con su deseo. Luego enviudó y contrajo matrimonio con Tula López Jauregui, madre de su hija Sol, que es prima mía. Ya siendo grande Sol, Carlos escribió un libro dedicado a Diana, de quien siguió enamorado. Cuando murió Carlos en 1982 fui a Montevideo y lo pasé mal. Carlos había donado su biblioteca personal a la Biblioteca Nacional, y quisieron utilizar el marco de la Universidad de Montevideo para despedirlo, pero el gobierno militar no lo permitió. Así es la historia. Mi abuelo, Hermenegildo Sábat, llegó a ser director de las enseñanzas industriales en el Uruguay, y murió pobre. Carlos Sábat Ercasty, poeta, murió pobre. Mi padre, profesor de literatura y que llegó a ser director de enseñanza secundaria del Uruguay, murió pobre. Pero hay otros uruguayos que hoy son célebres (y evita adrede un nombre conocido) y que no pueden decir lo mismo. Es esa frase de Enrique Cadícamo que dice “el dinero con su loca tentación te ha robado el corazón”.
En su árbol familiar también hay un entramado de Quirogas y Sarmientos…
Mi mamá, que se llamaba María Matilde Garibaldi, porteña, escribió un libro, Entronque de Quirogas y Sarmientos, con prólogo de Enrique Gandía, que cuenta todo ese entramado. Mis padres se casaron en Buenos Aires y en Montevideo. Las cosas que formaron mi idiosincrasia siguen presentes en ambos lugares: así como este país ha terminado siendo peronista, el Uruguay es un país batllista. Creo que el viejo Batlle Ordóñez le dio leyes a la gente antes de que las reclamaran, y me parece que hay que pelear por las leyes. Claro que no como sucede ahora acá, por supuesto. Además acá se toleró el crecimiento de la corrupción y el robo ha sido escandaloso. Más allá de afinidades políticas, los radicales han terminado siempre dando nombre a las avenidas, ese es el premio que les dieron.
¿Cómo descubrió su vocación?
Me crié mirando los trabajos de mi abuelo. Él publicó dos páginas en La Fusta, durante la presidencia de Juan Lindolfo Cuestas; yo miraba esos dibujos desde chico y la cabeza me hervía… Ciertamente me emocioné cuando vi por primera vez un dibujo mío publicado en el diario El País de Montevideo: era un retrato de Juan Alberto Schiaffino, un jugador de fútbol. En 1955, Jorge Batlle, que luego fue presidente, me invitó a participar del diario Acción, cuya redacción estaba frente al río y donde era todo tan pobre… Me acuerdo que teníamos que pedir el café a un bar que se llamaba “Las carolinas” y un galleguito que se llamaba Manolo caminaba tres cuadras trayendo las tacitas. En esa redacción pude ver cómo funcionaban los políticos, como Julio María Sanguinetti, Zelmar Michelini… Pero llegado cierto momento decidí irme de Acción y luego me incorporé al diario El País de Montevideo. La figura más importante del diario en ese momento, Carlos Eugenio Scheck, me propuso ser el secretario general de la redacción. Puse dos condiciones: que no me diera el título y que no me llamara por teléfono. Me quedé hasta 1965.
También viajó a los Estados Unidos, pero no se quedó. ¿Por qué eligió volver al Río de la Plata?
Fui afortunado al recibir una curiosa beca en 1961: me invitaron a vivir durante unos meses en la casa de un célebre caricaturista neoyorquino, Al Hirschfeld, que hacía los dibujos de teatro en The New York Times. Vivía en la calle 95 entre Park Avenue y Lexington Avenue y su casa era una especie de oasis en el mundo del espectáculo; allí cené con Laurence Olivier y Marlene Dietrich, por ejemplo, pero yo me sentía un gauchito. Querían que me quedara, pero siempre me sentí culpable de tener las cosas regaladas y elegí volver. Me parece que no les gustó.También durante la dictadura brasileña me ofrecieron trabajar en el Jornal do Brasil, yo vacilé y hubo gente que me lo reprochó. Prefiero estar acá, tengo un mundito que se puede aceptar o no, pero me siento más fuerte en el ámbito del periodismo argentino.
¿Cuándo se trasladó a Buenos Aires?
Era 1966, durante la presidencia de Arturo Illia. Estuve trabajando ocho meses en la editorial Abril pero renuncié digamos que por incompatibilidad de caracteres. Después tuve la suerte de colaborar con el Buenos Aires Herald, donde surgió mi amistad con Robert Fox; y después con Primera Plana, que fue la base de la futura redacción de La Opinión: los hermanos Algañaraz, Marcelo Capurro, Juan Gelman… Al cabo de dos años, Octavio Frigerio, padre del actual ministro, fue uno de los que me convocó a Clarín, y desde entonces he trabajado en el diario y estoy feliz.
¿Qué dibujantes argentinos han ejercido cierta influencia en la etapa de su formación?
Los de Caras y Caretas, que curiosamente eran españoles: José María Caro, Juan Carlos Alonso, Alejandro Sirio. Esa revista digamos que feneció en 1936 y apareció Rico tipo, donde no había caricaturas políticas por prohibición de Perón. Después surgió Tía Vicenta, con Juan Carlos Colombres, Landrú, óptima persona, que además poseía una virtud muy estimable: no tenía celos por el talento ajeno, entonces todo el mundo pudo trabajar con él. La inclusión de mis caricaturas políticas diarias no me la atribuyo, pero sí a las personas que confiaron en mí.
Entre los artistas plásticos argentinos, ¿cuáles lo han asombrado más?
El primero es Prilidiano Pueyrredón; segundo, Cándido López. Y después ha habido un montón de gente muy valiosa. Una gloria viva es Carlos Alonso. Eduardo Stupía también es muy valioso y muy certero en lo que hace. Pero no querría hacer una lista de nombres porque es una consecución de frustraciones posteriores.
¿Cómo es el trabajo cotidiano en el diario?
Vengo todos los días, me mantengo en relación directa con los periodistas y trabajo acá, en la redacción, dibujando a mano. Lo importante para mí es poder expresar algo que no ha sido abundado por otros. Mi hijo, Alfredo Sábat, que trabaja en La Nación, utiliza herramientas digitales, pero yo creo que no tengo tiempo para aprender. En otros trabajos, después de muchos años de óleos y acrílicos, encontré unos óleos que se pueden trabajar con agua, y son maravillosos. Ante los alumnos siempre insisto en que el primer paso es el reconocimiento de los materiales. Uno tiene que sentirse amigo de ellos y explorarlos.
¿Cómo descubrió un estilo propio, que hace muy reconocible su obra?
Como dije antes, la principal influencia fueron los dibujos de mi abuelo, que eran en páginas enteras para los diarios enormes de su época. Lo llamó José Batlle Ordóñez para que hiciera carrera política, pero él se negó; y después lo nombraron en la Escuela Nacional de Bellas Artes, donde trabajó con Pedro Figari. Cuando entré en La Opinión, puse como condición que en mis trabajos no tuviera que incluir palabras. Eso me salvó con los años. Pero esa particularidad implica un mecanismo de narración visual y la pregunta es si la gente lo comprende. El diario puede salir sin mis dibujos, pero yo me quedo contento cuando los publica.
¿Cuál es el punto de partida para crear una caricatura?
Tengo mi archivo propio de fotos y observo mucho a las personas por televisión. Es un trabajo lento, porque los primeros dibujos son tentativos. A Menem durante ocho años lo hice agarrado al sillón de Rivadavia, y nunca dijo ni una palabra. Dos hipótesis: no llegaba a mirar eso, o le importaban otras cosas.
¿Lo tomaron por sorpresa las críticas de la ex presidenta Cristina Kirchner a sus caricaturas?
Esta señora creía verdaderamente que lo que ella decía era palabra santa, y no. Ahora me preocupa la posibilidad de que pueda llegar a ser nuevamente candidata. Hay muchos traidores y la política argentina es como una calesita. Sería como para pedir asilo en una embajada.
¿Alguna vez lo tentaron con incursionar en la política?
La única que me llamó fue Margarita Stolbizer, que curiosamente ahora es alumna mía en los talleres de dibujo. Pero no acepté. No, a veces, es una palabra muy positiva.
¿El tema religioso lo encuentra muy distante?
Yo soy un tipo sin dudas ni certezas, pero me preocupa la muerte, como a cualquier hijo de vecino. Mi abuelo Hermenegildo era ateo y mi abuela, María Pebet, era católica apasionada, como corresponde a la gente de esa generación, y vivían felices. Yo soy una mezcla de esas dos cosas. A nivel local,la Iglesia argentina no ha ayudado a los creyentes. ¿Cómo insertarse en una Iglesia que tenía ese eufemismo fatal en la época de la dictadura, el vicario castrense? Estoy seguro de que Videla y Masera eran conscientes de lo que estaba pasando, y Masera era el peor de todos, era un asesino con sus manos. Y creo también que la Iglesia pudo haber hecho algo más que no hizo por el propio poder que tiene. Pero definitivamente la Iglesia católica es la institución política más perdurable.
¿Qué opinión le suscita el papa Francisco?
Acá se piensa que este hombre es el cura que vivía a la vuelta de casa y no es así, tiene otras cosas en que pensar. Creo que es el argentino más importante que ha habido en muchos sentidos, porque ser Papa significa muchas cosas, y él las representa. Hay algunos que se dicen voceros, en los cuales no hay que creer. También tengo mis experiencias personales, como cuando publiqué dos libros míos en el Instituto Salesiano, donde conocí al sacerdote y académico de historia Cayetano Bruno, que tenía la apariencia de un santo. Y también estaba el padre Konrad, de origen alemán, que además de ser sacerdote era un extraordinario hombre de negocios. A ambos les tuve gran simpatía.
¿Le gusta estar en la redacción todos los días?
Acá respiro, me siento útil y lo que hago me hace bien a mí, y espero que a los demás también.

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1 Readers Commented

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  1. horacio bottino on 10 agosto, 2018

    por supuesto que la Iglesia en Argentina pudo hacer más .Pero la empresa que el señor trabajaba el (puro) Grupo Clarín s.a. fueron cómplices y robaron papel prensa s.a. por medio de la TORTURA

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