bordelois(por Ivonne Bordelois. Del Zorzal, Buenos Aires, 2009). Desde su nacimiento, Occidente sacralizó la visión. Distanciándose de ese legado fielmente recogido por nuestra cultura que suele valerse del cuerpo como de una mercancía o como de un fetiche, pero invariablemente abordado desde la mirada, Ivonne Bordelois nos desafía a una tarea mucho más sutil. En “A la escucha del cuerpo” nos interpela a atender un llamado que resuena, las más de las veces, en un vacío de sentido invadido por sonidos que le son ajenos y que ensordecen lo que el cuerpo expresa.
Ese privilegio conferido a la mirada se condensó en una práctica médica la autopsia que inspiraba desconfianza cuando aún la ciencia era más magia que saber. Literalmente, el término alude a la visión con los propios ojos. Cuando la autora se interroga, “¿de quién son propios los ojos?”, se responde: “Son los ojos del médico, a quien se le da por fin el privilegio de asistir a un espectáculo donde él (…) opera, actúa y analiza sobre una materia inerte y obediente”, revelándonos los costos del progreso de un saber médico que debió incorporar la vejación del cuerpo exánime para así transformar su arte intuitivo en una ciencia del funcionamiento orgánico. “Con mis propios ojos, dice en su nombre la autopsia, como el criminal confeso diría: “con mis propias manos””. Mientras la sucesión de las generaciones es la ley impiadosa que exige un tendal de piezas sacrificiales, así la medicina, para progresar, requirió de esas ofrendas mortales cedidas a la inspección ocular.
La máxima de Jules Romain que la autora recoge, “Toda persona sana es un enfermo que ignora que lo es”, parece ser el lema que guía a una medicina al servicio de la mercadotecnia que, “al amparo de las leyes del marketing, inventa e inaugura enfermedades (…) hasta que, “providencialmente, se encuentran los remedios que solucionan las supuestas afrentas de la naturaleza”, tras poner en movimiento a poderosos laboratorios y a un ejército de profesionales sanitarios. Bordelois menciona algunas “pseudopatologías”, tan curiosas que uno sospecha que lo colorido de sus nombres es directamente proporcional a su necesidad de justificar su existencia misma: la narcolepsia (repentinos ataques de sueño); el síndrome de Sissi (pacientes depresivos que adoptan un comportamiento activo y positivo); el síndrome del tigre enjaulado (afecta a padres excesivamente fatigados por sus hijos); la depresión del Paraíso (incapacidad patológica de gozar del ocio).
En su búsqueda, Bordelois nos revela que cuando una enfermedad temible irrumpe –de más está decirlo, sin el auxilio de la mercadotecnia–, el enfermo busca inmunizarse a través de la palabra, poniéndole un nombre a su mal como condición primera para circunscribirlo, enfrentarlo y superarlo. Devenido así el lenguaje un instrumento de cura, se dice que “se sufre” de una enfermedad, pero también que “se tiene” una enfermedad, como cuando se escucha decir “tengo faringitis” o “tengo dolor de muelas”. Si la enfermedad se sufriera solamente, como se sufre de mal de amores, el enfermo sería el sujeto pasivo a merced del mal. Pero si el mal “se tiene”, si se lo posee en calidad de propietario, por así decir, entonces esta ampliación lingüística puede ser el primer paso para terminar por apropiarnos de ese mal y de allí en más, por qué no en dominarlo.
Si es cierto que las constelaciones de figuras retóricas no alcanzan para describir los sentimientos más excelsos de la condición humana, como la amistad y el amor, mucho más cierto lo es de la enfermedad y la muerte, donde otras tantas figuras retóricas alcanzan apenas a enmascarar, mediante eufemismos, lo más atroz. Ante lo no dicho, las páginas más conmovedoras de A la escucha del cuerpo nos alientan a rescatar, del silencio, una díada esencial: el curador que escucha al doliente que se sabe escuchado, tendiendo –desde su subtítulo mismo–  Puentes entre la salud y las palabras. Creyendo en los poderes terapéuticos del lenguaje que restaura, sana, cura. Y presintiendo que, cuando el crepúsculo se aproxima y la despedida es inminente,  todavía es posible, en un renovado acto de fe, apelar a la palabra como mensajera de alivio y consuelo.

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