yamanouchi-japon_tsunami_2011Impresiones de un sacerdote salesiano después del terremoto de Japón. La consigna es permanecer y brindar apoyo a los que más lo necesitan, con la mirada puesta en la reconstrucción.Cuando estas líneas –escritas a pocos días de la devastación– lleguen a los lectores de Criterio, mis impresiones seguramente serán distintas. Sin embargo, mis reflexiones y convicciones no cambiarán, se irán ahondando. Dentro de unas semanas también escribiré para los japoneses: grupos de reflexión y cursos de teología y de Biblia que doy incluso en Fukushima.

¿Quién soy y dónde estoy? Nací en Oita, en el sur de Japón, de padres convertidos al catolicismo. Cuando tenía ocho años mi padre soñó emigrar a la Argentina. Detrás de ese sueño nos radicamos primero en Caucete, luego en Media Agua y finalmente en la ciudad de San Juan, donde culminó su aventura a lo Abrahán (Gen 12,1s).

Me inicié en la vida salesiana en 1970. Los estudios pedagógicos, filosóficos y teológicos los realicé en Córdoba; y fui ordenado sacerdote en 1984. Desde 1997 vivo en Japón. En estos años, a tanta distancia, maduró mi entusiasmo por la música, la literatura, la religiosidad popular, la historia… del pueblo argentino, tan apreciado por los japoneses: conocen mejor que yo quiénes son Atahualpa, Piazzolla, Martha Argerich, Borges, Barenboim y otros. En estos días no puedo dejar de evocar algunas lecturas últimas que me han ayudado mucho a comprender lo que está ocurriendo con nuestra Madre Tierra: Jesús, hoy de Albert Nolan (ST, 2007), El principio de todas las cosas de Hans Küng (Trotta, 2007), La opción-Tierra de Leonardo Boff (ST, 2008), “Terremoto…” y “Tsunami” de Jon Sobrino, y la relación con mis hermanos de la región asiática desde Corea hasta Australia-Samoa, países que sufren también tifones, terremotos y tsunamis.

El 11 de marzo estaba a unos 220 kilómetros al sur de Bangkok en un encuentro salesiano de la región del Este asiático y Oceanía (unos 500 kilómetros más al sur, en Phangnga, los salesianos abrieron un centro de atención para los chicos del tsunami de Sumatra en 2005). El 11-M a las 13:15 recibimos una llamada desde Japón: toda Tokio y Yokohama habían temblado como no lo habían hecho desde 1923. La zona del epicentro me era conocida: varias veces al año por mi labor pastoral voy a la ciudad de Fukushima. Pero los nombres de Kesennuma, Minami Sanriku, Onagawa, Ohfunato eran nuevos. Al regreso, el 12 por la noche, salimos con cinco horas de atraso por el congestionamiento del aeropuerto internacional de Narita. Cuando arribamos a la capital, todavía no había líneas de trenes habilitadas pero sí unos pocos recorridos de limousines buses para Shinjuku, el centro comercial y administrativo más importante de la ciudad. Apenas llegamos a la casa provincial de Yotsuya, a 10 minutos a pie de la universidad de Sofía, comencé a sentir un mareo, no sólo por la cantidad de noticias sino por las continuas réplicas (y recordé las del terremoto de San Juan de 1977).

Al día siguiente empezamos a recibir muchas llamadas desde Europa, y desde la Argentina para una entrevista radial de Cadena 3 de Córdoba que duró casi media hora. Preguntaban: ¿Cómo están? ¿Qué necesitan más urgentemente? Hasta el momento el gobierno coordina todas las atenciones necesarias; ha enviado a la zona más de 90 mil militares y están dispuestos a recibir ayuda internacional, contrariamente a lo que ocurrió tras el terremoto de Hanshin (Kobe 1995), cuando Japón rechazó los ofrecimientos por entender que se valía solo. La ayuda internacional es sobre todo para el control de los reactores nucleares cuyas explosiones han provocado el escape de radiactividad. Cabe señalar que Japón cuenta con 54 centrales nucleares y es también uno de sus mayores productores mundiales.

La región afectada ya había sufrido el maremoto provocado por el sismo de Valdivia (Chile, 1960) y se habían construido altos paredones de protección junto al mar. De algún modo los pueblos costeros están siempre atentos pero esta vez las olas gigantescas demoraron en llegar sólo entre cinco y quince minutos según las ciudades, y en algunos lugares superaron los diez metros. Todos hemos visto una y otra vez las filmaciones con cámaras y celulares. Tengo amigos y muchos conocidos en la ciudad de Fukushima a tan sólo 60 kilómetros del centro nuclear y diariamente me envían noticias: están sin agua ni calefacción a pesar de las nevadas, los celulares casi no funcionan, las rutas están cerradas por derrumbes; hacen fila de hasta dos o más horas para recibir seis litros de agua por persona, lo mismo para comprar en los supermercados…

Y a pesar de la disciplina admirable de los japoneses ha cundido el pánico ante la invasión del enemigo invisible que ya ha llegado hasta Tokio: la radiación. Estaciones de servicio, supermercados, trenes bala, vuelos aéreos están colapsados. Todos buscan zonas seguras y los extranjeros, con la ayuda de sus embajadas, regresan a sus países.

¿Qué siente la Iglesia, qué hace en esta hora? Cáritas Japón recibe fondos para fines globales y el obispado de Sendai para atender las necesidades más urgentes de la diócesis. El voluntariado civil por el escape radiactivo debe esperar, entre tanto los que sobrevivieron y la misma gente de la zona que se ha quedado, en coordinación con la organización puesta en marcha por el gobierno, ha iniciado diversos servicios de atención para ancianos, enfermos, niños, traumatizados… Por ejemplo, los salesianos de Hamamatsu, a más de 500 kilómetros al sur de Sendai, pronto comenzarán a recibir hasta 55 ancianos que quedaron sin familia, atendidos por un equipo de médicos con servidores japoneses y extranjeros.

Sin duda, como después de la Segunda Guerra, el gran kairós de Dios para dar testimonio del Evangelio es no escapar para salvar la propia vida, especialmente los consagrados. Las únicas religiosas de la ciudad de Fukushima, de la Congregación de Notre Dame, han abierto sus escuelas para alojar a los damnificados; tanto las religiosas ancianas como las misioneras rehúsan la posibilidad de alejarse a lugares más seguros, y permanecen con los laicos que se han puesto al servicio de los más débiles y necesitados de la ciudad. Por eso, mirando los signos que van emergiendo, no sólo entre los cristianos, sino sobre todo entre la población, yo también estoy convencido de lo que dijo el escritor Kenzaburo Oé, Premio Nobel: “El viernes 11 de marzo comenzó una nueva era en Japón”. Japón está llamado a nacer de nuevo, ésa es su esperanza.

3 Readers Commented

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  1. jose buceta on 23 agosto, 2011

    Estimado padre Michiaki Yamanouchi, con alguna tardanza llegó a mis manos su artículo publicado en Mayo 2011, mas allá del buen recuerdo de su infancia, probablemente nos hemos cruzado en algun momento por las calles de Caucete pues entre el 60 y 70 pasé mucho tiempo en casa de mis padres en el Barrio Huarpes mientras estudiaba en Buenos Aires, Coincidiendo con la terrible tragedia que Ud aun está viviendo inicié una cadena de oracion pues decía en ese momento que la magnitud de la desgracia solo amerita rezar a Dios que seguramente es el mejor camino Su descripcion y especialmente la actitud de las hermanas de Notre Dame que siguen ayudando y consolando a las víctimas confirma mi premisa, nada mejor que rezar a Dios. Lo lamentable que estas conductas no se difunden, sólo se difunden los pecados de sacerdotes y monjas, seguramente son menos frecuentes que sus méritos. Le envío un abrazo y sepa que tambien rezo por Ud

  2. Saludos al padre Mario, yo los conocí a todos cuando íbamos a la escuela y cuando su papá llevaba la verdura a mi casa, qué lindos recuerdos un saludo gde y arriba Japón y por supuesto Media Agua, San Juan, Argentina .

  3. DELIA ROSA PADIN on 16 octubre, 2017

    DESEARIA CONOCER LA DIRECCION DEL PADRE MICHIAKI YAMANOUCHI…….LO CONOCI EN RAMOS MEJIA EN BUENOS AIRES CUANDO MI HIJO PABLO HIZO ALLI EL NOVICIADO

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