Revista Criterio
Sin Categoria
Nº » Septiembre 2010

Libros: 200 años de poesía argentina

por · Comentar 

Selección y prólogo de Jorge Monteleone, Buenos Aires, Alfaguara, 2010, 970 páginas.

Se sabe: el de las antologías es un terreno propicio para la polémica. Una que ostente el nombre de 200 años de poesía argentina no podrá dejar de suscitar simpatías y diferencias entre sus lectores. Jorge Monteleone lo sabe, pero descarta las consabidas referencias a la arbitrariedad de toda selección. Prefiere definir su antología como un “acto crítico”, una verdadera intervención en el campo cultural. El bicentenario ha propiciado numerosas ediciones que revisan la historia política, social y económica de  nuestra patria. Este libro quiere hacer lo mismo con la poética. Examinar estos dos siglos es proponer una lectura de la poesía argentina: construir tradiciones, trazar linajes, redefinir el canon. En cuanto a los criterios de edición, 200 años de poesía argentina busca favorecer, entendemos, una lectura hedónica. El aparato crítico está restringido al mínimo: las biografías son más bien sintéticas, el texto carece de notas y los poetas no están agrupados de acuerdo a ningún criterio regional o estético, sino ordenados por fechas de nacimiento. Se omiten datos básicos, como el origen bibliográfico y la datación de los poemas seleccionados. En esto vemos una de las apuestas más interesantes de esta edición: propiciar el contacto directo con los versos. Probablemente el lector medio encontrará nombres que no le resultarán familiares.

Esta antología no los incluye en movimientos ni busca realzar sus méritos en biografías o notas laudatorias. La propuesta es encontrarse cara a cara con el poeta, que debe conmover sin ayuda del antólogo.

El interesante prólogo de Monteleone apunta en la misma dirección. No presenta un estudio erudito sino una serie de propuestas de lectura. Diversos recorridos, recortes, comparaciones y asociaciones entre autores que son modos de leer el libro (y, por lo tanto, modos de leer la poesía argentina). Así, es posible una lectura “política”, centrada en las formas en que se han ido articulando poesía, historia y sociedad, desde el siglo XIX, marcado por la guerra de la independencia y los enfrentamientos entre unitarios y

federales, hasta los textos que intentan poner en palabras el horror de la última dictadura militar (“Cadáveres”, de Nestor Perlongher se considera, con justa razón, como “el gran poema de la época”). Otra opción consiste en detenerse en la “antología de la(s) mujer(es)”, compuesta por unas 50 autoras seleccionadas, que configuran y reconfiguran el imaginario femenino desde los distintos vínculos que establecen con la palabra, el silencio, el cuerpo, el deseo y la sexualidad.

Otro recorrido es el de los espacios, paisajes y lugares, lo que podríamos llamar con José Isaacson las “geografías líricas” de nuestra poesía: el “desierto” de Echeverría, espacio fundacional de nuestras letras; el río de Juanele Ortiz, Mastronardi y Barbieri; los diversos paisajes del interior en Castilla, Pedroni o Yupanqui; y, por supuesto, Buenos Aires, uno de los objetos privilegiados de nuestra literatura. La ciudad de los arrabales en Carriego y Borges, la de los cafés en Baldomero Fernández Moreno y Discépolo, la del puerto en Blomberg y Tuñón, y un larguísimo etcétera que no excluye el “Odio a Buenos Aires” de Kamenszain. El libro permite también trazar una “historia del yo”, recorriendo las distintas posiciones que han adoptado los sujetos líricos: intimistas, declamatorios, perseguidos, enamorados, exiliados, comprometidos, místicos, locos: el espectro es muy amplio y las variaciones pueden encontrarse incluso

dentro de un mismo autor. Por último, Monteleone propone leer las “artes poéticas” explícitas e implícitas, aquellos textos autorreflexivos o que toman a la poesía como objeto. A estos acercamientos cabría agregar el que proponen los poetas a través de sus obras, insertándose en tradiciones previas, deformándolas, rechazándolas, “creando” a sus pro- pios precursores. Pensemos en Saer y Lamborghini jugando con la poesía gauchesca, en Borges reinventando a Carriego o en Cortázar reescribiendo el tango. Desde luego, todos estos caminos no son más que sugerencias que no agotan los modos de abordar la voluminosa antología.

Unas últimas palabras con respecto a la selección de autores y textos. En el siglo XIX no encontramos demasiadas sorpresas. Al menos en cuanto a los nombres elegidos, Monteleone no se aleja de los antologuistas que lo precedieron. Los puntos fuertes de este libro están sin dudas en lo que respecta al siglo XX y lo que va del XXI. Allí no sólo se perciben algunas operaciones críticas más osadas (sorprende, por ejemplo, la ausencia prácticamente total de poemas y poetas ultraístas) sino que, junto a los autores

consagrados, aparece una importante cantidad de poetas de ya larga trayectoria pero que no tenían hasta ahora sitio en los panoramas globales de la poesía argentina. En este sentido lamentamos la deliberada exclusión de la mayoría de los protagonistas de lo que se suele llamar “poesía de los noventa”.

Si bien Monteleone justifica su ausencia señalando que existen suficientes antologías dedicadas con exclusividad a estos autores, la inclusión hubiera permitido reflexionar acerca de su lugar en nuestra literatura desde una visión de conjunto. Más allá de las afinidades y rechazos que provoque esta selección, la publicación nos parece un gesto oportuno. Su aparición propone una lectura de nuestro canon, abriendo un necesario espacio de discusión y reflexión acerca de los modos en que la poesía ha contribuido a constituir nuestro imaginario nacional. Además, como ha señalado Harold Bloom, los poetas no crean desde la nada sino desde “lecturas desviadas” de los grandes autores que los precedieron. Quizás la relectura del pasado que propone este libro contribuya a suscitar la creatividad de los poetas del futuro.

Nº 2347 » Abril 2009

Idas y vueltas de la escuela media

por Editorial · Comentar 

Con el inicio del ciclo lectivo 2009 regresaron los paros docentes y, con ellos, la incertidumbre de cuántos días de clase tendrán los niños y jóvenes. Si se tiene en cuenta que en 2007 se dictaron sólo 100 de los 180 días de clase previstos y el año pasado la cifra creció hasta aproximadamente 125 (gracias a que algunas jurisdicciones recuperaron los días perdidos), puede arriesgarse una lectura algo más optimista para  2009. Este dato no es en sí mismo un indicador de calidad, pero marca una tendencia en cuanto a las posibilidades concretas de que aumente el nivel de aprendizaje. Y si bien la escuela no es una “guardería”, es evidente que muchos padres han decidido enviar a sus hijos a escuelas privadas porque no tienen quién los cuide durante los demasiados días de paros docentes en los últimos años. La especialista Silvina Gvirtz señala que los estudiantes “no pueden aprender catorce materias anuales con cuatro horas al día, con profesores-taxi que van de un lado al otro”. Y advierte que “si el Estado no puede garantizar escuelas con jornadas extentendidas, como en casi todo el mundo, difícilmente se podrá garantizar que los chicos aprendan”.

 

Desde sus cimientos el sistema educativo argentino tiende a integrar y a dar igualdad de oportunidades a sus alumnos, procurando favorecer el acceso de todos a la escuela básica y, desde este año, también a la escuela media. La matrícula del nivel secundario sin dudas se incrementa con la obligatoriedad (el ministro Juan Carlos Tedesco afirma: “Hasta ahora el nivel medio era selectivo y resultaba más o menos normal tener cinco divisiones de primer año y sólo una del último”), aunque cabe preguntarse si el Estado puede ofrecer garantías de permanencia y de igualdad de oportunidades reales. Tales cuestiones se constatan al analizar los datos relevados por organizaciones preocupadas por la educación en el país y en la región. En 2006 la Argentina participó de las evaluaciones del Program for Internacional Student Assesment (PISA), que miden competencias para la vida y la calidad educativa, con un nivel de referencia establecido en 500 puntos. Todos los países de América Latina obtuvieron resultados por debajo de la media esperada. Chile ocupó el lugar más destacado (438 puntos), seguido por Uruguay (428) y México (410); y detrás se ubicaron la Argentina (391), Brasil (390) y Colombia (388). Al comparar resultados con el informe realizado en 2003 con datos de cuarenta países se advierte una mejora considerable de Canadá (pasó del puesto 11 al 3), además de Alemania, Austria, Dinamarca y Nueva Zelanda.

 

Enfoquémonos ahora en nuestro país y sus jóvenes. El 8,2 por ciento de los adolescentes argentinos de 15 a 17 años no estudia ni trabaja, según datos del Sistema de Información de Tendencias Educativas en América Latina (SITEAL) difundidos el año pasado. Dicho porcentaje de desescolarizados nos ubica en el quinto lugar entre los 15 países de América Latina estudiados. Bien posicionados se encuentran Ecuador y Brasil (tercer y cuarto lugar, respectivamente) mientras que en el extremo negativo del ranking figura Honduras con el 20,5 por ciento de adolescentes excluidos, precedido por Nicaragua, El Salvador y Guatemala. La Organización Internacional del Trabajo (OIT), a través de su Proyecto para la Promoción del Empleo Juvenil en América Latina (Prejal), también relevó datos vinculados a la deserción escolar y las dificultades para integrarse al mercado de trabajo. Sus estadísticas reflejan que el 57 por ciento de los jóvenes estudia, pero dos de cada tres abandonan la escuela por exigencias laborales. Apenas el 10 por ciento logra estudiar y trabajar. El informe concluye que los jóvenes que no terminaron el secundario son los más vulnerables en el mercado de trabajo. Los índices de repitencia –actualmente del 10 por ciento en la escuela media– y la sobreedad consecuente se han agravado en los últimos años, especialmente en el sector estatal y el ámbito rural.

 

Otro de los aspectos fundamentales tiene que ver con la evaluación de la calidad educativa, cuyos resultados tampoco son alentadores. Según una valoración realizada en 2006 por el Laboratorio Latinoamericano de Evaluación de la Calidad de Educación, dependiente de la Oficina Regional de Educación de UNESCO para América Latina y el Caribe, los alumnos argentinos se ubican en el sexto lugar en matemáticas y cuartos en ciencias naturales en relación con el resto de los países. Estos resultados sorprenden si tenemos en cuenta que diez años atrás la Argentina había alcanzado el segundo puesto después de Cuba; y hoy es superada también por Uruguay, Costa Rica, Chile y México.

 

Si dejáramos de lado por un momento las causas económicas y culturales que pueden explicar las diferencias de los aprendizajes entre alumnos europeos, latinoamericanos y argentinos, se podría rastrear más claramente qué sucede en el nivel pedagógico, factor particularmente relevante en el deterioro de la educación argentina.

 

Aumento en la cantidad de días de clase, consistencia en el diseño curricular y mayores exigencias académicas se constituyen como claves de una deseada mejoría. Si queremos adelantar posiciones en el ranking latinoamericano e internacional han de ser tenidas muy en cuenta, en el marco de las condiciones económicas y de las tradiciones de política educativa y cultural.

 

Si bien 2009 es el año de la puesta en marcha de la reforma a partir de la nueva Ley de Educación Nacional, no se nos escapa la complejidad de su implementación. El fenómeno de la “masividad escolar”, es decir, de la incorporación intensiva de adolescentes en la escuela, implica un importante cambio de rumbo que desafía al sistema y a los educadores que, en general, no fueron formados para asistir a un universo socialmente diverso.

 

El modelo de escuela secundaria tradicional, con prácticas estables y una disciplina clara, comienza a convivir con un nuevo modelo social, desconocido, que suele percibirse como invasivo y ante el cual no se delinea una respuesta única. La presencia de lo “social” en el aula trae aparejada la necesidad de reconocer lo diverso, de tomar conciencia de las desigualdades sociales, de apreciar positivamente la diversidad cultural y la pluri-identidad característica de las culturas juveniles, además de los diversos lenguajes y artefactos tecnológicos que invaden el aula y replican allí el mundo exterior.

 

Muchos docentes perciben este paisaje como expresión de su fracaso en el modo de enseñar. Sin embargo este rico escenario educativo, esta nueva escuela, de hecho asume el rol de agente social: interdependencia entre las personas que quiere formar, promoción de procesos y experiencias educativas, y construcción de otra sociedad por medio de la educación. Todos son elementos inseparables; sesgar algún aspecto significaría reducir la mirada.

 

Es necesario generar procesos de reflexión y de toma de decisiones que permitan articular la escuela secundaria y la educación superior (universidad y formación profesional superior), abrir el debate sobre los modelos productivos y su articulación con el secundario, fortalecer la escuela primaria y todo el sistema educativo con una verdadera y renovada “educación para la ciudadanía” y “en valores”. Este último aspecto, además, posibilitaría a las nuevas generaciones internalizar pautas sociales, éticas e institucionales para revertir a futuro las reglas de convivencia, potenciando el compromiso con una sociedad democrática que actualmente está perdiendo su cohesión.

 

Los datos estadísticos de demasiadas aulas del país son signos de que todavía queda mucho por hacer, a pesar de los esfuerzos realizados y del aumento del presupuesto nacional. Si bien se está cumpliendo la Ley de Financiamiento Educativo que fija un incremento del producto bruto interno destinado a educación –llegará al 6 por ciento en 2010–, se presentan caídas en los resultados de calidad educativa debido a una desigual asignación de recursos por parte del Estado nacional. Un estudio presentado en febrero por el Centro de Implementación de Políticas Públicas para la Equidad y el Crecimiento (CIPPEC) muestra que la caída de las provincias grandes en los ranking de calidad educativa se debe a que la asignación de fondos favorece a las jurisdicciones que menos esfuerzos hacen en el sector, y perjudican a las más grandes y urbanizadas, que destinan mayor porcentaje de presupuesto propio a la educación. Santa Cruz, por ejemplo, contó en 2006 con 10.514 pesos de presupuesto por habitante y pagó los salarios docentes más altos del país (a diciembre de 2008, 3.795 pesos brutos para docente inicial por jornada simple) pese a ser la provincia que dedica a educación el porcentaje más bajo del presupuesto provincial (apenas 11,2 por ciento contra 34,3 de Buenos Aires y una media nacional de 23,8). Estos datos inequitativos empiezan a reflejarse en la tasa de abandono escolar, que alcanza casi el 18 por ciento en Buenos Aires y Córdoba, el 19,5 en Mendoza y más del 24 por ciento en Santa Fe.

 

En este tiempo de debate todos los actores sociales tienen una palabra ante la degradación de la educación argentina y ante la percepción de que se está hipotecando el futuro de las nuevas generaciones. Es urgente comprometerse con la educación como principal motor de cambio y desarrollo en un país que quiere que la equidad y la calidad sean realidades para todos sus ciudadanos. 

Nº 2346 » Marzo 2009

La dirigencia política en la picota

por Editorial · Comentar 

“Dentro de un universo cerrado, cuyos héroes quedan periódicamente desenmascarados y considerados traidores, y cuya política sigue una línea zigzagueante de cambios de frente, todo depende de que uno se muestre fiel a una determinada persona y apoye una orientación política determinada, exactamente en el momento oportuno. El destino de los políticos de la Comintern es como el de los acróbatas en el trapecio, cuyas vidas dependen de que se lancen de un columpio a otro con la precisión de una fracción de segundo (…) En el movimiento comunista, una anticipación de algunos pocos meses, bastaba para ser crucificado”.

Arthur Koestler: Autobiografía (1953)

                                                                                                      

 

La política argentina evoca con frecuencia la metáfora del trapecio, que sugiere un sistema de cedazos a través de los cuales deben pasar los políticos o burócratas aspirantes a alcanzar el poder y conservarlo. Los entramados pueden ser distintos. Para Koestler en Inglaterra una condición fundamental es la confianza en el político. En los Estados Unidos, alguna cualidad popular que hable a la imaginación de las masas. En los países latinos se requiere don oratorio y frecuente histrionismo (sic). En el mundo comunista, las cualidades del trapecista en el momento decisivo.

 

Al examinar el derrotero del comunismo soviético, la notable historiadora ruso-francesa Hélène Carrère d’Encausse comprobó que en los años finales del régimen –cuya caída fue pionera en anunciar– “nadie sabía quién era verdaderamente comunista, pero si se quería disputar el poder había que hacerlo invocando la fidelidad comunista”.

 

Sin que la tentación de la analogía aliente la pereza del pensamiento, cabe observar que los fenómenos de larga duración contienen tiempos de agonía en los que algunos actores invocan fidelidades –en nuestro caso, el peronismo– que luego emplean como instrumentos de dominación.

 

El escenario mundial vive una crisis en expansión. Los fracasos del ex presidente G.W. Bush han sido descriptos con elocuencia. Una Norteamérica manifiestamente imperial, unilateralista y soberbia desarrolló un poder, sobre todo militar, con recursos que superan la suma de todos los presupuestos militares nacionales. Esta primacía permanece, aunque al costo de un poder desnudo de autoridad. El auctor, decían los clásicos, era tal cuando se convertía en factor de certidumbre, en garantía de amistad social y en buen explorador del tiempo en que le toca vivir. ¿Es preciso alertar analogías con el proceso político de la Argentina actual? Son patentes, salvo para quien no quiera verlas…

 

Los mejores escrutadores del proceso político y económico norteamericano no se engañaron. Stanley Hoffmann, fundador del Centro de Estudios Europeos de la Universidad de Harvard, escribía ya en 2003 que “Norteamérica estaba en retroceso” y debía reconocer la urgencia de una nueva política interna e internacional. No obstante, contra lo que muchos esperaban durante la primera presidencia de Bush, las fuerzas políticas se mostraron sorprendentemente sumisas y silentes. Incluso buena parte del periodismo fue reacio durante mucho tiempo a la crítica profunda de una política presidencial apoyada por republicanos, tales como Dick Cheney, Donald Rumsfeld y Paul Wolfowitz que ya habían mostrado la hilacha cuando en tiempos de Clinton se enfurecieron porque se negaba a proclamar la “hegemonía estadounidense”. Cuando integraron el entorno íntimo de Bush, la “guerra contra el terrorismo” se planteó como una suerte de Segunda Guerra Mundial.

 

Aun antes de la irrupción de Barak Obama, el escenario nacional e internacional había cambiado fundamentalmente. Como Hoffmann señaló con penetración y coraje intelectual, las criticas más duras contra los objetivos imperiales estadounidenses se dirigieron contra Bush después de 2001: el nuevo unilateralismo y la negativa estadounidense a aceptar la Corte Penal Internacional, el Protocolo de Kyoto y el control de armas en general, así como por la ostentación de su dominio. Pero había otra categoría de críticas: a la creencia norteamericana de que la globalización debía llegar únicamente en la forma ortodoxa de las políticas del libre mercado y favorables a los negocios. Por lo pronto muchos europeos, y no sólo ellos, la consideraban una renuncia de la responsabilidad del Estado en cuanto proveedor de justicia social, servicios públicos y redes de seguridad para los pobres, los desempleados y los trabajadores. Así también sucedía con la resistencia a aceptar códigos de conducta para las corporaciones multinacionales. Una de las contradicciones más flagrantes se daba en la imagen que los Estados Unidos tienen de sí mismos como fuerza a favor de la democracia y los derechos humanos, porque al mismo tiempo apoyaban dictadores y mostraban indiferencia con las víctimas del genocidio en Ruanda y Darfur.

 

Este cuadro, y otros trazos que podrían incorporarse, exhiben la obvia relación entre política interior y política exterior. También entre nosotros en términos de política interior las falencias han sido frecuentemente señaladas. Por polémico que sea el examen de la política, creemos que hay coincidencias explícitas entre intelectuales independientes y analistas no sometidos a la disciplina del poder de turno, respecto de la baja calidad de la mayor parte de nuestra dirigencia, debido en primer lugar a nuestra pobre cultura política, aunque en otras dimensiones del pensamiento, del arte y de la ciencia existan casos ejemplares procedentes de los diferentes sectores sociales.

 

Una trivial lectura de la historia, una interpretación de la sociedad y del funcionamiento de las instituciones propia de un Estado anómico, así como la carencia de una ética pública gravemente herida por conductas corruptas, merecen el recuerdo de una afirmación clásica de Aristóteles: “Quien rehúsa reconocer lo que es manifiesto, o miente, o manipula la ley, desprecia a quienes se dirige, porque sólo delante de aquellos a quienes despreciamos no expresamos vergüenza”.

 

Como escribió Antonio Machado en sus deliciosas coplas, “El ojo que ves no es ojo porque tú lo veas, es ojo porque te ve”. ¿Cómo nos ve el mundo, cuando tiene interés en vernos? En el escenario internacional nuestro desempeño ha sido reflejo de las carencias internas. Suele ser muy difícil que una personalidad mediocre se proyecte con lucidez. En 2004 un grupo de investigación coordinado por el académico Juan G.Tokatlian produjo el libro “Hacia una nueva estrategia internacional. El desafío de Néstor Kichner” que culmina con veinticinco propuestas para una nueva estrategia internacional de la Argentina. El capítulo final parte de una comprobación: “A diferencia de otros países de la región, la Argentina no padece una aguda y extendida situación crítica, sino que vive un notable proceso de declinación de más larga data y que se ha desplegado por más de medio siglo”. Necesitamos de una nueva estrategia internacional para interactuar, por ejemplo, con Brasil y los Estados Unidos. Necesitamos dotarnos de una estrategia comprensiva y rigurosa de negociación, pues en medio de la crisis se están abriendo procesos y acuerdos económicos fundamentales que condicionarán inexorablemente la calidad de vida de nuestros compatriotas por varios lustros…

 

La propuesta es en favor de una gran estrategia que suponga planeamiento con la contribución del mundo intelectual, armonización de política exterior y defensa, modernización de la Cancillería bajo criterios de mérito, competencia y profesionalismo, y fortalecimiento institucional del Estado; pero también acceso de la ciudadanía a los asuntos de política exterior, y mayor transparencia de gestión para superar el amateurismo dominante.

 

 

Nº 2345 » Febrero 2009

Sospechas de privilegios

por Editorial · Comentar 

Durante los últimos meses de 2008, el Congreso Nacional trabajó febrilmente en pos de considerar y aprobar variados proyectos enviados por el Poder Ejecutivo. Así, la sociedad se encontró recibiendo el año 2009 con un nuevo régimen de jubilaciones y pensiones, la prórroga de la ley de emergencia económica, del impuesto a los créditos y débitos bancarios, y la derogación del esquema de pago del impuesto a las ganancias, comúnmente conocida como la “tablita” impulsada en 2000 por el entonces ministro Machinea.

 

Finalmente, el Congreso consideró y aprobó –en tiempo récord– un discutible programa de moratoria impositiva, suspensión de juicios penales y blanqueo de capitales. Los argumentos del oficialismo para imponer esta norma de dudosa legitimidad moral no fueron novedosos: la necesidad de dotar al gobierno de instrumentos para hacer frente a la severa crisis que afecta a la economía mundial.

 

La moratoria y sus normas anexas conspiran contra la “ciudadanía fiscal”, que resulta imprescindible para un estado de derecho. La república democrática asegura derechos e implica obligaciones. Tal entramado construye el círculo virtuoso de legitimidad que hace que los ciudadanos participen y controlen los actos de gobierno. El ciudadano que paga puntualmente sus impuestos, requerirá de sus gobernantes la correcta aplicación de tales fondos en el funcionamiento del Estado.

 

Esa, y no otra, es la ciudadanía fiscal a que aludimos más arriba. Resulta extremadamente dificultoso para el gobernante exigir el cumplimiento de los deberes fiscales, si pese a demandar de manera rimbombante el “traje a rayas” para los evasores, impulsa alegremente una legislación que no significa otra cosa que una patente de corso para quienes consideran a la república como una fuente generadora de derechos y privilegios, sin ninguna obligación.

 

A partir de 1990, con la promulgación de la ley penal tributaria que estableció severas penas de prisión para los que con dolo evaden sus impuestos, la Argentina quiso recorrer el camino de la exigencia fiscal. Con sus más y sus menos, la Administración Federal de Ingresos Públicos intentó modernizarse apelando a los más avanzados recursos tecnológicos, con el objeto de cruzar información y fiscalizar el pago de los impuestos. Pese a que aún existen altos niveles de evasión, si se los compara con los de las décadas anteriores al 90, la situación mejoró sustancialmente. Sin embargo, tanto en 1992 como en 2001, los gobiernos instituyeron moratorias impositivas, con el objeto de paliar las crisis de esos momentos, y dar una “última oportunidad” a los que debían impuestos.

 

Como ya hemos dicho en otras oportunidades, nuestro país tiene la extraña virtud de tornar lo que debiera ser absolutamente extraordinario en algo normal. Esta es la tercera moratoria en menos de 20 años, con dos ingredientes perturbadores: un blanqueo de capitales y la suspensión de los juicios penales en trámite.

                  

¿Qué es lo que diferencia este programa de los anteriores? En primer lugar, el panorama económico era radicalmente distinto. La moratoria de 1992 encontraba a la República en el inicio del plan de convertibilidad, intentando salir de un severo contexto de crisis. La de 2001, por su parte, fue producto de años de recesión intensa, que desembocaron en la caída del presidente Fernando de la Rúa.

 

Pareciera pues que luego de una grave crisis, la moratoria se justifica en que otorga alivio a los contribuyentes que no pudieron –fruto de la coyuntura económica adversa–, hacer frente a sus obligaciones fiscales.

 

Esta moratoria, en cambio, nos encuentra con antecedentes de crecimiento sistemático y a tasas importantes durante los últimos cinco años. Si la norma aprobada dispone que pueden entrar en moratoria aquellos impuestos no pagados correspondientes a ejercicios finalizados el 31 de diciembre de 2007, no se entienden las razones generales que puedan motivarla; y comienza a pensarse de manera suspicaz si esta norma de carácter general no ha sido diseñada en función de los inconvenientes de algunos pocos. Abona esta tesis la circunstancia de que aquellos contribuyentes deudores de impuestos, y por ello denunciados penalmente por el fisco, se verán beneficiados con una suspensión del juicio penal, y podrán regularizar su situación en cómodas cuotas y a una conveniente tasa de interés.

 

Qué decirles a aquellos contribuyentes que –en ejercicio de su ciudadanía fiscal– abonaron sus impuestos en tiempo y forma, para verse burlados en su buena fe, ya que el evasor encuentra ahora el ansiado jubileo. Difícil, por no decir imposible, construir sólidos fundamentos republicanos en un contexto de estas características.

 

Consideremos, por último, la otra pata de este programa: el blanqueo de capitales. De un tiempo a esta parte, se constata la tendencia mundial a la promulgación de leyes y tratados que reprimen severamente el “lavado de dinero”. Existen, además, varias agencias nacionales e internacionales de recopilación de información, que buscan perseguir y evitar los mecanismos de lavado de dinero.

 

La Argentina adhirió y promulgó una legislación en tal sentido; creó la Unidad de Información Financiera como órgano de control e investigación de esta materia. El objetivo claro de estas leyes es evitar que el dinero cuya fuente no pueda comprobarse de manera fehaciente, entre en el circuito de la economía formal.

 

A contrapelo de estas normas, con el argumento de que resulta necesario el ingreso de capitales al país a causa de la crisis mundial, el blanqueo de capitales “premia” a aquellas personas que por cualquier razón decidieron no declarar fondos ante el fisco argentino, evadiendo los impuestos consiguientes. Además, se abre una gigantesca ventana para que las organizaciones delictivas del mundo tengan la oportunidad de sentar sus reales en la Argentina, mediante el ingreso de fondos a la economía formal.

 

Moratoria, suspensión de juicios penales y blanqueo de capitales: normas que poco ayudan a la construcción de la ciudadanía fiscal, alientan la cultura del privilegio, y generan la sospecha de que quienes se benefician con esas medidas participan del proceso de toma de esas decisiones.

Nº 2344 » Diciembre 2008

Dar la palabra

por Editorial · Comentar 

En la década del sesenta, ese hombre notable en la vida de la Iglesia que fue Giovanni Battista Montini, Pablo VI, señalaba en la encíclica Ecclesiam suam que la revelación de Dios en la historia, lejos de ser un monólogo, tiene forma de diálogo: un diálogo de salvación. La Palabra de Dios eleva al hombre a la dignidad de interlocutor. El Creador entabla con nosotros una “conversación” a través de la cual se da a conocer. Esto es decisivo para la autoconciencia de la Iglesia: ella debe comprenderse a sí misma como continuadora de ese diálogo salvífico, buscando incluir en él a todos los hombres. El fruto histórico de esta convicción fue el impulso que recibieron diferentes expresiones del diálogo de salvación en el ámbito ecuménico, interreligioso, cultural, social.

Desde hace años, sin embargo, ese espíritu de diálogo, tan característico del post-Concilio, muestra síntomas de agotamiento. La visión esperanzada que animó la apertura de la Iglesia universal al mundo hoy ha cedido lugar, en parte como reacción a cierto laicismo agresivo, a otra más negativa y crítica que la lleva a replegarse sobre sí misma, en la preocupación por reafirmar su propia identidad. Con respecto al sistema democrático, se ha pasado del apoyo decidido a algunas manifestaciones de sospecha; y el temor al relativismo, hasta cierto punto justificado, desemboca algunas veces en demandas maximalistas, y en intentos de influir en la vida pública a través de interferencias sobre las instituciones civiles (como presiones informales sobre legisladores, amenazas públicas de sanciones canónicas, o recomendaciones sesgadas para los votantes). Un cierto “espíritu de cruzada” se ha apoderado del discurso sobre determinados temas, atentando contra la necesidad de alcanzar compromisos prácticos (no de principios) en el ámbito político, y cerrando la posibilidad de matizar posiciones y lograr un pensamiento más articulado en cuestiones éticas de gran complejidad.

Estos hechos tienen su correlato en la vida interna de la Iglesia. El magisterio (considerado en su conjunto, y sin prejuzgar sobre el valor de sus expresiones particulares), experimenta un “proceso inflacionario” que lo ha llevado a desbordar su función histórica: se ha convertido en instrumento para canalizar las reflexiones teológicas de los pontífices, para terciar en las más variadas y complejas cuestiones académicas de orden dogmático y moral, y para disciplinar con creciente escrupulosidad la vida eclesial. Ante esta tendencia, la teología se ve constreñida a un rol subalterno de explicar y defender (dentro de límites cada vez más estrechos) la enseñanza oficial, con una libertad crecientemente condicionada a través de la exasperación de controles formales e informales de las autoridades.

La consecuencia de este clima interno es una marcada ausencia de diálogo y de debate auténticos. Si el diálogo requiere saber “dar la palabra”, asistimos muchas veces al fenómeno inverso del “retiro de la palabra”: los obispos tienden a convertirse en propagadores de lo expuesto por el Sumo Pontífice, los laicos son consultados poco y de modo selectivo para refrendar posiciones adoptadas de antemano, se elaboran documentos sin escuchar a los directamente afectados. La seguridad del discurso único, sin embargo, tiene un altísimo costo en términos de credibilidad, respeto y relevancia pública de la enseñanza oficial, tanto fuera como dentro de la Iglesia.

El diálogo no es una estrategia optativa, sino el camino obligado hacia la verdad, que es siempre una empresa comunitaria. La asistencia del Espíritu no exime a las autoridades eclesiásticas de las reglas de la comunicación. Es en el debate libre donde las posiciones encuentran su equilibrio y se enriquecen mutuamente. Por el contrario, el rígido corsé que hoy limita la vida de la Iglesia no hace sino incrementar día a día un malestar extendido e inocultable.

Cuando a Jesús le presentaron al ciego Bartimeo, le preguntó: “¿Qué quieres que haga por ti?”. Más allá de la respuesta, por demás obvia, la pregunta era en sí misma significativa, ya que constituía en interlocutor a aquel a quien la gente quería callar para que no molestara al Maestro. Es necesario que volvamos a recordar esta verdad evangélica que tan acertadamente expresara Ecclesiam suam: la salvación es un diálogo, y no hay diálogo si no se da la palabra.

Nº 2344 » Diciembre 2008

Comentario: En justicia y solidaridad

por Poirier, José María · Comentar 

El reciente documento de los obispos argentinos titulado “Hacia un bicentenario en justicia y solidaridad”, y dado a conocer al finalizar la 96º asamblea plenaria de la conferencia episcopal, busca expresarse en un tono esperanzador y constructivo en medio de la incertidumbre que nos toca vivir. En efecto, se dice que “un país nuevo está por nacer”, aunque reconozcan que “todavía no acaba de tomar forma”. Tal afirmación  se sustenta más en una peculiar lectura de “muchos signos”, de raíz voluntarista, que en disciplinas socio-políticas, económicas o históricas. El texto dirige su atención a los 200 años del país por celebrarse (2010-2016), acaso hoy más cercano a la coyuntura de principios del siglo XIX que no a la del primer centenario, por circunstancias internas y externas.

 

Al tiempo que reconocen los valores de la paz y de la democracia en nuestra convivencia comunitaria, los obispos señalan con fuerza la necesidad de un “proyecto de país” (que identifican con las políticas de Estado: “la necesidad de establecer políticas públicas”), la urgencia del diálogo y de la búsqueda de consensos. Por más que aclaren que la crítica no está dirigida al gobierno nacional, la oposición política supo hacer uso de estas observaciones.

 

Las preocupaciones expresadas por los obispos se advierten sinceras y movidas por una real preocupación por disminuir la pobreza, superar la exclusión, incrementar la educación y la seguridad, afrontar con solidaridad las graves injusticias sociales, fortalecer los vínculos familiares y sociales. Además, el texto se apoya en la reconocida labor social de la Iglesia católica y en sus reflejos frente a la crisis de 2001-2002. Precisamente, refleja un aspecto en el que la jerarquía católica sabe que es fuerte. No podría decirse lo mismo en otros campos, como el cultural, por ejemplo.

 

El documento, definido en la asamblea que confirmó la presidencia del cardenal Bergoglio y la dirección de pastoral social de monseñor Casaretto (dos figuras claves del cuerpo episcopal), es demasiado extenso para ganar presencia en la opinión pública, y en su redacción refleja ciertas imperfección y ambivalencia propias de los textos colegiados.

 

Las propuestas, enumerados por ellos, son el respeto por la familia y por la vida; avanzar en la reconciliación y el diálogo; alentar la construcción de ciudadanía; fortalecer las instituciones republicanas, el Estado y las organizaciones sociales; mejorar la calidad de la democracia; afianzar la educación y el trabajo a fin de alcanzar un justa distribución; implementar políticas agroindustriales; promover el federalismo y la integración regional; el respeto por el medioambiente; y el desarrollo de las comunidades de los pueblos originarios.

 

Demasiado: los obispos lo esperan todo o casi todo, en diferentes órdenes y niveles en una sociedad que no acaba de encontrar claros caminos de convivencia. Válido el documento, ciertamente, como testimonio de las angustias que sienten ante el clamor de la gente y como expresión de deseos. Cabe la pregunta si esa, tan amplia y de temáticas específicas, es misión de los obispos. ¿No había que promover más bien el compromiso de los actores laicos y el debate serio y constante de expertos en cada área?

Nº 2344 » Diciembre 2008

En la encrucijada

por Pecklers, Keith F. · Comentar 

Hace unos años, formé parte de un grupo ecuménico de capellanía durante un campeonato atlético internacional en Gothenburg, Suecia. Congregaba a 2.700 atletas olímpicos que competían durante varias semanas. Una mañana, mientras iba a servirme un café, me encontré con un joven italiano que me dio conversación al ver mi credencial: “Capellán - Italia”. Me saludó en italiano y luego continuó: “Capellán… humm… ¿Vendría a ser sacerdote?” “Exacto. Soy sacerdote”, respondí. “Interesante”, dijo. “Debo decirle que jamás voy a la iglesia”. A lo que contesté: “Y yo debo decirle que en realidad estoy acá para buscar una taza de café y no un informe del progreso de su vida espiritual”. Nos dimos la mano, y con una carcajada insistió en que conociera a su hermano –atleta olímpico y ateo– y a sus dos amigos. Todos irradiaban una actitud positiva ante la vida y esperanza en el futuro, pero ninguno tenía la más leve relación con la Iglesia; ninguno había recibido el sacramento de la Confirmación, aunque ya estaban en los veintitantos. Cuando, tiempo después, me invitaron a su hogar familiar en la costa italiana del Adriático, le pregunté a sus padres cómo llegar a la iglesia más cercana para asistir a la misa dominical. “Ah, claro”, dijeron. “Es sacerdote, tiene que ir a misa el domingo”.

 

Muchos años más tarde, un domingo de adviento, en el oratorio de San Francisco Javier de Roma, donde yo formaba parte del cuerpo pastoral, el tema del exilio era el hilo conductor de las lecturas de ese día, así como la esperanza de liberación y retorno al hogar. Después de misa, un visitante se me acercó y dijo: “Hola, soy Paul. Soy exiliado”. Y me contó que era la primera vez que asistía a misa en más de quince años. En efecto, había estado tanto tiempo alejado de la Iglesia que había olvidado que el perdón fuera siquiera posible.

 

Estos hechos han dejado de ser una excepción. No sorprende, entonces, que hoy se hable cada vez más de postcristianismo. La última vez que busqué el término en Internet por Google, la búsqueda arrojó 314.000 resultados. La palabra, a menudo vinculada al postmodernismo, describe la actitud cultural contemporánea en sectores del mundo desarrollado donde el cristianismo ha dejado de ser la religión dominante, donde los valores culturales se están tornando más seculares y la cosmovisión ya no está modelada por los ideales y principios cristianos. Por supuesto, los documentos del Concilio Vaticano II (1962-1965) trataron con profundidad el papel de la Iglesia y su actividad misionera en el mundo moderno, la importancia de la relación entre fe y cultura, e incluso el agnosticismo y el ateísmo. Pero los obispos reunidos en ese Concilio no alcanzaron a imaginar la transformación cultural y religiosa de Europa Central y del Norte, de América del Norte y de Oceanía, en un siglo xxi postmoderno y cada vez más postcristiano, como tampoco los desafíos inherentes a la comunicación de la fe. Ámsterdam, por ejemplo, es una de las ciudades más multirreligiosas de Europa, y hoy son más las personas que frecuentan la mezquita los viernes que las que asisten a la iglesia los domingos.

 

La Iglesia en Australia y Nueva Zelanda ha enfrentado desafíos similares. En representación de Oceanía durante el Sínodo sobre la Palabra que acaba de celebrarse en Roma, el obispo Michael Putney de Townsville se refirió a Australia como uno de los países más secularizados del mundo. Más del 22% de la población católica de Australia nació en el exterior, y la asistencia a misa ronda apenas el 14%. Pero a pesar de estas estadísticas tan poco alentadoras, el obispo Putney observó que después del Día Mundial de la Juventud de julio pasado, “algunos australianos y neozelandeses tienen la sensación de que la promesa de una nueva evangelización por fin puede estar en marcha, no obstante la aparente impermeabilidad de la cultura secular”. Sin embargo, el desafío radica en descubrir nuevos modos de comunicar el mensaje; hasta la fecha, según el obispo, “no ha surgido un método único, ni siquiera una visión compartida de lo que concretamente se requiere”.

 

Canadá y los Estados Unidos, por cierto, no están exentos de tales desafíos y oportunidades, según mi propia experiencia con los medios. Esto fue más que evidente en ocasión del fallecimiento y funeral del papa Juan Pablo II, el cónclave y la elección del papa Benedicto XVI, y la visita del Santo Padre a los Estados Unidos en abril. Cubrí estos acontecimientos como “experto en transmisión en directo” del Vaticano para ABC News, y muchos de mis colegas estaban en mayor o menor medida fuera de la Iglesia. Por lo tanto, me vi obligado a asistir a reporteros y corresponsales de ABC en la elaboración de sus notas, o lisa y llanamente ayudarlos con el vocabulario básico de la fe católica  para la comunicación de las noticias a sus respectivas audiencias.

 

El desafío fue especialmente abrumador durante el funeral de Juan Pablo II y el cónclave. Por un lado, me hallaba en una plataforma extraordinariamente catequética y hasta evangélica acompañando a los reporteros y sin guión durante horas y horas de cobertura en vivo. Pero, por otro, ante un acto de delicado equilibrio al tratar de definir la mejor estrategia para expresar la fe de la Iglesia a ocho millones de espectadores, muchos de los cuales no eran católicos ni cristianos, algunos agnósticos o ateos, para no mencionar a los que se declaraban “ex católicos romanos” –hoy el cuerpo religioso más numeroso de los Estados Unidos–. El desafío fue comunicar la fe y la imagen de la Iglesia de la manera más esperanzadora y positiva posible: la Iglesia como sacramento, pero también como puente que conecta diversos pueblos y culturas.

 

El mayor desafío fue comunicar ese mensaje de manera efectiva en una cultura que se ha ido tornando más y más secularizada y postcristiana. Cualquiera sea el pronóstico en América del Norte, Oceanía o Europa occidental, el secularismo nos afecta a los cristianos de todas las denominaciones cuando queremos dar testimonio del misterio pascual de Cristo. Por cierto, el futuro de la misión de la Iglesia en un mundo  secularizado estará determinado por su capacidad de discernir nuevas estrategias pastorales para comunicar el mensaje.

 

Quisiera sugerir diversas formas que podrían ayudar a comunicar la fe en la era postcristiana. En primer lugar, si tomamos el ejemplo de Cristo mismo como punto de partida, debemos trascender los límites de la parroquia o de la diócesis. Ya en los años ochenta, los jesuitas de Nueva York abrieron una oficina en Wall Street para atender las necesidades de los agentes y operadores de bolsa, los gerentes de inversiones financieras y ejecutivos de empresas. Se brindaba orientación espiritual y se organizaban retiros y seminarios sobre ética de negocios y de cómo los principios morales cristianos deberían influir en la toma de decisiones dentro de una economía global. Desafortunadamente, ese proyecto duró poco, pero pienso que ofrece un buen ejemplo de las maneras en que la Iglesia puede comunicar más efectivamente su mensaje dentro del mundo secular. (Por cierto, en vista de la actual montaña rusa financiera global disparada por los mercados estadounidenses, sospecho que el staff jesuita de Wall Street estaría trabajando día y noche si la oficina todavía estuviera allí). La respuesta corporativa de la Iglesia frente al calentamiento global y la amenaza al medio ambiente que plantea el cambio climático, los centros para quienes padecen VIH/Sida, la asistencia a los refugiados y desplazados para encontrar albergue y empleo, son otros ejemplos y oportunidades importantes para la colaboración ecuménica.

 

Otro caso relevante de confluencia entre fe y cultura secular se encuentra en la organización ecuménica Bread for the World [Pan para el Mundo], fundada en 1972 para ejercer presión sobre el gobierno estadounidense e influir en las políticas dirigidas a paliar el hambre en el mundo. No es intrascendente que el presidente de la organización, David Beckmann, sea a la vez pastor luterano ordenado y graduado de la London School of Economics. Antes de asumir la presidencia de Bread for the World, Beckmann ocupó un cargo importante en el Banco Mundial, donde trabajó durante 15 años. Proyectos como éste, ofrecen motivo de esperanza al momento de considerar el futuro del mensaje cristiano dentro de una sociedad crecientemente secularizada y, de nuevo, postcristiana.

 

Antes de ser elegido Papa, el cardenal Joseph Ratzinger escribió en 2004 un libro junto con Marcello Pera, profesor de Filosofía y ateo, entonces presidente del Senado italiano. De manera respetuosa pudieron plantear sus diferencias fundamentales respecto de la fe y la religión, y concentrar sus energías en lo que podían hacer en común. Dado que tanto Ratzinger como Pera estaban preocupados primordialmente por la actual crisis de valores que sacude a Europa occidental y por el “relativismo moral” que está dañando el tejido de la sociedad, escribieron su libro como respuesta conjunta a dicha crisis. Como profesor que es, el papa Benedicto ha señalado en sus escritos que los secularistas a menudo son personas dedicadas que no escatiman su generosidad, son apasionadas en su búsqueda de la belleza y la verdad, y se preocupan profundamente por la justicia, aun cuando no sienten la necesidad de proclamar una identidad religiosa. Intuyo que demasiadas veces dentro de la Iglesia nos mostrarnos ansiosos por trazar líneas claras de demarcación entre los que están dentro y los que están fuera. Sin embargo, el Evangelio de Cristo nos incita a buscar continuamente oportunidades para construir puentes y colaborar, como demuestra el texto de Ratzinger-Pera.

 

En segundo lugar, es preciso que aprendamos el nuevo lenguaje del diálogo: una reinterpretación de la sacramentalidad de la Palabra a la luz de un paisaje social y religioso en permanente cambio. Pero si hemos de aprender este nuevo lenguaje que nace de la contemplación, también significará la extinción de estructuras y sistemas religiosos pasados, como observó hace muchos años el obispo Claude Champagne de Halifax, Nueva Escocia, en su disertación ante la conferencia episcopal canadiense. Una Iglesia misioner a, observó, no debe nutrir la nostalgia por el pasado, sino que debe estar dispuesta a la muerte de una identidad dada para que algo nuevo pueda emerger. En los últimos años, por ejemplo, el arzobispo de Malinas-Bruselas, el cardenal Godfried Danneels, se ha referido sistemáticamente a los modos en que Bélgica se ha convertido en un país postcristiano. A pesar de ello, el Cardenal sigue siendo la figura más respetada en la sociedad postcristiana belga, precisamente porque ha aprendido ese nuevo lenguaje del diálogo. Cuando él habla, lo hace con credibilidad, y la gente lo escucha, sea o no creyente.

 

En tercer lugar, en este nuestro mundo postcristiano, la comunicación de la fe puede lograrse más efectivamente a través de las obras que de las palabras: el testimonio y el ejemplo que damos a través de nuestras acciones al servicio de la familia humana y de todo el planeta. Si bien la sociedad mongol mal puede denominarse postcristiana (los primeros católicos recién llegaron en 1992), la joven Iglesia de Mongolia ha hecho una labor extraordinaria en la comunicación del mensaje cristiano, en gran medida, a través de las obras de misericordia que ha emprendido. La resistencia inicial del antiguo gobierno comunista a la presencia católica en Mongolia se transformó rápidamente ante la tarea de la Iglesia en materia de atención de la salud, educación y capacitación laboral, y su respuesta a problemas sociales como el alcoholismo, la depresión y el embarazo no deseado. Ya hay planes para abrir una escuela secundaria jesuita en Ulaanbaatar, la que además apoyará los esfuerzos de la Iglesia en la formación de futuros líderes en ese país, que se jacta de una tasa de alfabetización del 93%. Mientras la membresía de la Iglesia en Mongolia sigue creciendo, los numerosos catecúmenos y candidatos dan fe de que los atrajo en gran medida el testimonio de la Iglesia a través de su aporte social.

 

En nuestro navegar estas aguas turbulentas, no existen las soluciones rápidas ni las respuestas fáciles. Pero es importante que no dejemos de formularnos las preguntas fundamentales en la esperanza de que, cada vez más, nuestros ojos se abran a lo que Dios está obrando en el mundo, incluso a pesar de los actuales desafíos, o tal vez debido a ellos. Y es igualmente importante que el testimonio de nuestras vidas multiplique la esperanza en otros, para que una comunicación más efectiva de la fe pueda realmente tornarse en catalizador de la reconstrucción social en la sociedad postmoderna y postcristiana del siglo xxi.

 

 

El autor es sacerdote jesuita, profesor de Liturgia en la Universidad Gregoriana  y de Historia Litúrgica en el Instituto Litúrgico, en Roma. El artículo publicado por The Tablet, 25 de octubre de 2008, se basa en una conferencia pronunciada en Sydney, Australia.

 

Traducción: Silvina Floria.

Nº 2344 » Diciembre 2008

XI Bienal de Arte Sacro – Pintura 2008

por · Comentar 

El encuentro de la inspiración artística en lo religioso es el objetivo primordial de la XI Bienal de Arte Sacro-Pintura 2008”, organizada por el Centro Cultural UCA y la Fundación Monseñor Vicente Oscar Vetrano, con el auspicio del Instituto Cultural de la Provincia de Buenos Aires. Pablo Gutiérrez Zaldívar, Director General del Centro Cultural UCA, explica las novedades de la presente edición.

-¿Cómo definiría la relación entre arte, fe y sociedad en el presente?

- Sumamente compleja, como cualquier aspecto de la realidad posmoderna. Se observa un secularismo extremo que evita todo lo referente al sentir religioso, pero por otro lado, el número de inscriptos a la XI Bienal de Arte Sacro lo contradice. Más de 500 artistas amateurs y consagrados se abocaron a un profundo diálogo entre fe y arte, reflejado en cada obra. El Antiguo y el Nuevo Testamento quedaron retratados no sólo por artistas creyentes sino por no creyentes cautivados por la mística del concurso. La edad también es variada: desde artistas mayores a 90 años hasta estudiantes de la UCA, por lo tanto, podemos decir que el arte sacro sigue teniendo un fuerte impacto en los jóvenes porque conmueve, golpea en nuestras raíces espirituales con mensajes que nos cuestionan y nos adentran en el misterio. El desafío es tener la sensibilidad suficiente para abrirse al mensaje de cada obra.

 

-El jurado estuvo integrado por destacadas personalidades como Josefina Robirosa, Eduardo Mac Entyre, Guillermo Whitelow, Carlos Carmona y Adrián Gualdoni Basualdo. ¿Cuáles fueron los fundamentos invocados a los artistas?

-Uno de los objetivos principales de toda bienal es buscar un prestigioso jurado y el que integró la presente convocatoria estuvo de acuerdo en que los premios debían ser un testimonio de lo sacro contextualizado en el momento actual. Es así como el primer premio condensa esta búsqueda. “El Gólgota”, de Martín Szelagowski, está construido sobre un desarmadero de autos como símbolo de los despojos del hombre de hoy sobre los que se derrama la sangre salvadora de Cristo, nueva luz de esperanza.

-¿Cuáles son las novedades de la actual edición?

-La variedad de estilos. Un recorrido por la exposición nos sorprenderá con arte figurativo, abstracto y conceptual, además de muchas obras inspiradas en el cubismo, en el arte geométrico y hasta en el arte clásico del siglo pasado.

 

 

La muestra permanecerá abierta hasta el 14 de diciembre de martes a domingo de 11 a 19 hs, en Av. Alicia Moreau de Justo 1300, Puerto Madero. La entrada es libre y gratuita. Informes: Tel.: 4338-0844/45 www.centroculturaluca.com.ar

Nº 2343 » Noviembre 2008

La crisis global

por Editorial · Comentar 

Vivimos la crisis financiera más profunda desde la iniciada en 1929, que dio lugar a la Gran Depresión. Y si bien hay más herramientas para combatirla, su alcance global nos conduce a un escenario desconocido que dificulta escrutar el futuro.

 

Todas las crisis se inician con burbujas especulativas con raíces que trascienden la economía; para rastrearlas es necesario bucear en la codicia y la pérdida del sentido común. Advertíamos ya en marzo de este año la existencia de riesgos de una debacle y más tarde la pobre reacción de los líderes mundiales del G7 en su reunión de junio. No era seguro que el temblor finalizara en una erupción, pero no se hizo lo suficiente para evitarla. Desde la Gran Crisis el mundo había aprendido a limitar la violencia de las recesiones, pero el fundamentalismo de mercado pudo más. Se creyó ingenuamente en la teoría de los mercados eficientes, según la cual los precios confieren toda la información relevante y eliminan las posibles burbujas.

 

La Reserva Federal de los Estados Unidos mantuvo su tasa de referencia al 1% hasta junio del 2004, cuando el país ya crecía sólidamente. Esta política se convirtió en una invitación a buscar negocios más rentables, en parte por codicia pero también porque el rendimiento del dinero era artificialmente bajo. Mucho contribuyeron las falencias de la regulación financiera, incluyendo los patéticos desempeños de las calificadoras de riesgo y algunas compañías aseguradoras.

 

Bancos de inversión de primera línea cometieron excesos crediticios tales que si el valor de sus créditos disminuía en 1%, su patrimonio se reducía en 35%: la bancarrota. Las autoridades norteamericanas practicaron discrecionalmente la teoría del escarmiento y del “riesgo moral”, que aconseja evitar salvatajes para no abonar el terreno de futuros comportamientos irresponsables. Salvaron a Bear Sterns, pero dejaron caer a Lehman. Sólo veinticuatro horas después debieron volver sobre sus pasos e inyectar fondos en la segunda aseguradora mundial; de no haberlo hecho, su caída hubiera arrastrado a muchos bancos. En notable parábola, el gobierno del presidente George W. Bush, que optaba en un principio por el mismo tipo de sanción del mercado que se aplicó en la Argentina de 2001, terminó abrazado al salvavidas; en ambos casos con consecuencias dramáticas. No hubo, pues, ni mucho ni poco gobierno, sino mal gobierno.

 

Otro aspecto de la crisis tiene que ver con el consumo: el gasto excesivo de los norteamericanos, financiado con creciente endeudamiento; y el de los asiáticos, con China a la cabeza; además de los países petroleros, acumulando reservas sin cesar. Todos son ejemplos de los excesos artificiosamente inducidos al crear activos financieros muy rentables, pero insolventes. En el ínterin, se acentuó el contagio a los países emergentes, que comenzó con la caída de un tercio del precio de las commodities. La sincronización confirmó algo que ya se sabía: era otra burbuja asociada a la desvalorización del dólar, y se pinchó cuando la moneda norteamericana se apreció. Es notable, sin embargo, que hasta el momento ningún país emergente haya naufragado. ¿Las razones? Las buenas políticas económicas aplicadas en sus economías durante los últimos lustros, con superávit gemelos, poco endeudamiento, baja inflación y atracción de inversiones genuinas.

 

En la vereda contraria, uno de los aspectos más preocupantes de la crisis es la lentitud de la reacción individual y colectiva de las autoridades de los países desarrollados, siempre corriendo pero sin poder avanzar. La demorada rebaja coordinada de tasas de interés del 8 de octubre resultó insuficiente, lo cual evoca la trampa de liquidez keynesiana que vivió Japón en los noventa, cuando ninguna baja de tasas logró reavivar el gasto. Ya empezó su curso el plan del G7 y de Europa para salvar bancos con el aporte de capitales públicos, con los cuales proponen aumentar las garantías de depósitos, inyectar tanta liquidez como sea necesaria y revivir el mercado secundario de hipotecas. Las medidas son adecuadas, pero si el objetivo es anular el riesgo de depresión (es decir, disminución de la tasa de inversión, desempleo masivo y disminución de la demanda de bienes de consumo) en la economía global  e instalarla en una inflación controlada, deberán lidiar todavía con el colapso crediticio, la deflación de deudas, las corridas bancarias y el riesgo sistémico.

 

Dichas medidas así como el tardío salvataje de 700.000 millones de dólares aprobado en los Estados Unidos derrumbaron otro de los argumentos caros al fundamentalismo de mercado: no usar dinero de los contribuyentes para salvar empresas privadas. Cuando el temporal llega a los bancos y se desmadra, no sólo es necesario hacerlo, es imprescindible. En caso contrario, los contribuyentes perderían mucho más dinero, como quedó demostrado claramente en los años treinta. El precedente es peligroso; el futuro, por su parte, deberá cuidar de sí mismo.

 

El FMI redujo sus proyecciones de crecimiento mundial para 2009 desde el 3,9% en julio a 3; las de Estados Unidos, de 0,8 a 0,1; y las de los países emergentes, de 6,7 a 6,1. Hay quienes consideran que son cifras algo optimistas; aun cuando rebotaran los mercados de capitales, el contagio a la economía real ya es un hecho. Las causas tienen que ver con la restricción del crédito y el empobrecimiento general, resultado del colapso del precio de los activos. No se llegará a los extremos de los años treinta ni, probablemente, al Japón de los noventa. Y si bien Estados Unidos es capaz de demostrar, a largo plazo, mayor resiliencia, preocupa en el corto plazo la gran importancia que tienen allí –tal como sucede en España y en el Reino Unido– los sectores más críticos: el financiero y el inmobiliario.

 

Lo que el mundo necesita hoy es un ajuste expansivo, y es condición imprescindible la depreciación del dólar respecto de las monedas asiáticas. Esto ayudaría a acelerar el ahorro en Estados Unidos y el consumo en Asia; conviene a sus propios intereses y es música para los oídos de los productores de commodities. Si no ocurre, la economía mundial tardará más en recuperarse. Hasta hoy parecen tener razón quienes pensaban que el crecimiento global del siglo XXI era básicamente un ciclo económico norteamericano. Pero recién empieza el primer tiempo del partido y el potencial crecimiento de los países emergentes a mediano y largo plazo sigue intacto.

 

Los colchones mundiales están repletos de liquidez, en adición a las reservas de divisas de los países petroleros y de Asia Oriental, que suman cerca de 20% del PIB mundial. Cuando retorne la confianza, y en cuanto ésta se perciba, puede haber un fuerte rebote de bonos privados y acciones. Sin embargo, restaurarla en forma estable no será sencillo. Demandará más acciones coordinadas a escala global, como líneas de crédito a los países emergentes –en la actualidad son los más activos en pos de evitar la globalización de la depresión– y también a los países más pobres. Asimismo serán necesarios acuerdos de realineamientos de monedas que permitan reducir los desequilibrios de balance de pagos y, por otro lado, que garanticen el éxito de la ronda de la Organización Mundial del Comercio en Doha. El objetivo final es evitar uno de los principales riesgos de hoy, el proteccionismo, que tuvo efectos devastadores en la década del treinta del siglo pasado.

 

Otra lección muy importante de esta crisis, aunque es imposible asegurar si será aprendida con la historia a la vista, es que una economía cada vez más integrada no puede funcionar adecuadamente sin buena gobernabilidad global. Se percibe la ausencia de un multilateralismo eficaz, el Fondo Monetario parece no existir, ayuda el Foro de Estabilidad Financiera pero no es suficiente, las reuniones del G7 y del G8 son declarativas, y los de afuera somos de palo.

 

Para la Argentina el viento cambió. En el mejor de los casos, las commodities seguirán flojas y no recuperarán por ahora los precios burbujeantes de meses atrás; serán menores a lo previsto los datos de crecimiento y de creación de empleo; habrá problemas de rentabilidad, intereses más altos y dificultades financieras. Lo positivo será la menor presión inflacionaria.

 

Es insensato festejar la desgracia ajena, aunque sirva de ocasión para esconder los problemas propios. Es cierto que estamos mejor preparados que en crisis previas, pero de haberse aplicado políticas más acertadas durante los últimos años, ahora habría sido posible dejar flotar la moneda o hacer política fiscal anticíclica. Además, el riesgo de recesión se potencia por las fuertes devaluaciones de Brasil y Chile. Urge que el gobierno profundice la orientación más realista observada durante los últimos dos meses, fijando un horizonte claro que aún no se distingue. Debe alentarse la inversión privada en todos los sectores, desde el petróleo hasta la manufactura, desde el campo al turismo (garantizando el buen funcionamiento de los servicios aéreos, por ejemplo). En cuanto a las exportaciones, podrían combinarse una moderada desvalorización del peso con rebajas en los impuestos a las exportaciones. También ayudaría reformular el presupuesto, con valores más realistas de PIB, inflación, ingresos y gastos; reducir los subsidios a los pudientes; tratar de cumplir lo anunciado para con los acreedores con los cuales estamos en mora; financiar el pago al Club de París en varios años; presentar un plan financiero creíble y recuperar los datos reales de la inflación, todo lo cual alejaría significativamente el fantasma del default. Dichas políticas deberían estar enmarcadas en una concertación seria de precios y salarios, señal centralizada que puede ser decisiva para evitar la recesión y una nueva aceleración de la inflación. Es de esperar que suceda.

 

 

Nº 2343 » Noviembre 2008

Josef Sudek o el retrato de la bella Praga

por · Comentar 

Se la llama la ciudad “de las cien cúpulas” o donde reside el “corazón de Europa”. Seguramente en el encanto de sus calles de empedrado con nocturna y mortecina iluminación, la ensoñación permita vislumbrar a Otakar II caminando, aún hoy, por la Malá Strana que fundó en el siglo XIII. Evocarla desde la zona del kafkiano castillo que encierra la callecita de los plateros y la torre de Dalibor o desde el Puente de Carlos que permitió intuir la urbe moderna, anima al desvarío: bien podría haber sido una de las nueve musas de la mitología griega. Como lo es hoy de infinidad de artistas enamorados de sus luces y sus sombras.

 

El fotógrado checo Josef Sudek (Kolín 1896 - Praga 1976) fue uno de ellos, y prácticamente toda su obra temprana gira en torno a esta ciudad. Su labor registrará luego diferentes regiones de Chequia, pero la serie de La Praga panorámica o del Puente de Carlos son joyas que lo sitúan entre los grandes maestros. Allí su nombre se confunde con el de Jan Saudek o el de Josef Koudelka, pero Sudek confiere a sus trabajos una inusual ternura que trasmite al más cotidiano de los objetos.

 

Un hecho trágico le permitió descubrir su vocación y su talento. Durante la Primera Guerra Mundial fue enviado al frente italiano, donde la explosión de una granada le arrancó su brazo derecho truncando su profesión de encuadernador. Se dedicó entonces a otra de sus pasiones: la fotografía. Ocupó el primer lugar en la categoría paisaje con su impresión noble mediante la técnica de bromóleo en la exposición de fotografías del Club Checo de Fotógrafos Aficionados de Praga de 1921. Ese mismo año, esperando un reconocimiento inmediato, se presentó en la Escuela Gráfica Estatal pero fue admitido un año más tarde. Como fotógrafo se profesionalizó a finales de la década del ’20; instaló su estudio en Malá Strana, donde funcionó hasta 1958, cuando se mudó a Úvoz.

 

De la búsqueda expresiva durante los primeros años conmueve la serie sobre los veteranos e inválidos de la guerra, donde retrato a muchos compañeros de armas. Confundida con las vanguardias que abrazó la intelectualidad checa de los años 20, la obra del fotógrafo puede definirse dentro de los márgenes de un neo-romanticismo, que no evade la idea de la instantánea como captura del tiempo, reforzando la impresión de fuga de muchos de sus retratos. La dimensión espiritual no está ausente en su obra y en muchos casos plantea profundos interrogantes. Cómo evocar Memorias de ensueños sin detenerse en la fantasmal presencia-ausencia que esconde una silla con vista hacia ninguna parte.

 

La casa que hoy invita a descubrir su universo privado, en rigor, es una réplica inaugurada hace menos de una década luego de que el fuego consumiera la precaria construcción de madera original. Pero en sus fotografías puede accederse a aquel primigenio refugio, desde donde construye un universo de árboles añosos y ventanas que retratan el correr de las horas. El uso del claroscuro como cualidad natural del ambiente urbano se enfatiza en Atardecer sobre la isla Slovanský, donde la iluminación envuelve como un collar de perlas a la pequeña isla, en el centro mismo de la capital del imperio checo. La obra de Sudek es amplia, excede los límites de la panorámica Praga y su famosa serie sobre la desolación en las minas de carbón en la región de Bohemia noroccidental. Paisaje triste es uno de esos fundamentales testimonios que llevaran al autor a afirmar: “Sí, ese paisaje es un poco triste. Pero no me gusta sacar fotos de un paisaje alegre, porque cuando es alegre es siempre igual. A su vez, cuando es triste, tiene mil y una variaciones. Es triste, y más triste, y luego menos triste, y eso es lo que me atrae”.

 

Con todo, miles de lentes han retratado a la ciudad que enamoró a Mozart, pero si Jan Neruda brindó al mundo el devenir praguense con Cuentos de Malá Strana (Povídky malostranské), lo propio puede afirmarse sobre Sudek y sus retratos, desde el microcosmos de una naturaleza muerta sobre la mesa de madera, con vista a un jardín cuyo follaje infinito no olvida que la iglesia de San Nicolás domina los tejados, hasta que el río Moldava (Vltava) nos invite a pasar a la Ciudad Vieja (Staré Mesto), donde el reloj astronómico marque las horas de ese viaje en el tiempo.

 

Siguiente »

Revista Criterio