Revista Criterio
Cultura
Nº 2348 » Julio 2009

Cómo empezamos la democracia (Daniel Larriqueta)

por Padilla, Norberto · Comentar 

Quiso el azar, o la Providencia, que comenzara este libro en los días inmediatamente anteriores al fallecimiento del Dr. Raúl Alfonsín. Una emoción especial acompañó mi acercamiento a esta obra del lúcido, agudo y sensible pensador que es Daniel Larriqueta. Era casi un círculo que se cerraba: las multitudes dolientes ante los restos del hombre que ganó una elección proclamando como un rezo laico, el Preámbulo de la Constitución. “Alfonsín enarboló su esperanza y no la soltó más”, escribe el autor, y es lo que volvimos a vivir este 2 de abril. Pero Larriqueta nos retrotrae a los años más trágicos que precedieron aquella campaña cuando, como un “demócrata clandestinizado” conoció a Alfonsín, quien le transmitió una doble esperanza: el Proceso terminaría y en elecciones el radicalismo tendría la capacidad de ganarle al justicialismo. A partir de ahí se abre una etapa apasionante en la vida de Larriqueta, quien avizoró mejores y más seguros horizontes en París.

 

Carlos Floria le presenta a Raymond Aron, Ernesto Schoo a Héctor Biancioti (décadas después será un argentino “sous la Coupole”), Alain Rouquié, y otros de similar envergadura. Con Aron tuvo un diálogo impresionante. Y de tremenda vigencia: “El futuro de América Latina es el Brasil. Está lejos de ser un país ideal, pues hacen las cosas a su manera. Pero hacen cosas. La Argentina, en cambio, no hace cosas. No hace cosas significativas”. Obama haría suyas estas palabras, mal que nos pese. Lo que más impactó a su interlocutor fue el conocimiento de Aron sobre la composición de la social guerrilla, que le permitió decir: “Esa no es una revolución política, es una crisis de sociedad. Esos hijos se sienten frustrados con el país que se les ofrece. Hay una responsabilidad del conjunto y hay una responsabilidad de los padres”. Larriqueta obtiene una cátedra nada menos que en l´Ecole des Hautes Etudes Commerciales y goza de la amistad de Alain van Bockstael, director de Asuntos Internacionales, que pronto se extiende a la esposa, “católicos profesantes” que lo hacen padrino de su quinto hijo.

 

En la Argentina, el vaticinio de ese dirigente radical que hasta entonces peleaba sin éxito las internas contra Ricardo Balbín, se empieza a cumplir. Océano de por medio, el día del comicio tuvo un sabor especial para él como para toda la colonia argentina, dividida en preferencias políticas pero lista para reconocer el triunfo del adversario, no ya enemigo, con un brindis. A partir de este acontecimiento, Larriqueta regresa al país y se incorpora a la flamante Presidencia, próximo a Germán López, primero como director de proyectos y estudios y luego como subsecretario general. Siguió de cerca y alimentó planes e ideas el tiempo de “la reparación”, como titula un capítulo. Desde esta posición delicada y privilegiada transcurren los avatares económicos (de Grinspun a Sourrouille), los intentos de privatización denostados desde el peronismo como violatorios de la soberanía, las decisiones sobre las responsabilidades de la subversión y la represión, y los conflictos militares. Las sucesivas muertes de Raúl Borrás y Roque Carranza, amigos del entonces presidente y dotados para pilotear tan sensible área, encontraron digno sucesor en Horacio Jaunarena, que merece el elogio del autor, por entonces secretario para la Producción de la Defensa.

 

Según Larriqueta, Alfonsín tenía “una mirada larga” y condiciones que hacían de él “una personalidad superior”. Con razón, entonces, se enorgullece de haber compartido sueños, algunos logrados, como el Mercosur o la paz definitiva con Chile, y otros que fueron arrollados por los acontecimientos, como el traslado de la Capital a Viedma. En sus últimos días de vida, si de algo se arrepentía el líder radical era de no haberse instalado allí “en una carpa” para consumar ese sueño del mar y del frío. Sueño que sin duda Larriqueta compartió, a tal punto que el discurso del presidente en Viedma figura en el anexo. Puede intuirse que mucho de lo allí escrito provenía de la pluma de nuestro autor. Excede el propósito de esta reseña la discusión sobre el acierto o no del intento; vale el testimonio de quien participó de la decisión y del sueño. Hechos, análisis, protagonistas (los que se nombran y los que se pasan por alto), están en estas páginas, bien escritas, amenas, apasionadas. “Buscador del alma argentina”, se define al autor en la solapa del libro. Tiene para buscar y, esperemos, que sus resultados fructifiquen al servicio del país al que personas como Daniel Larriqueta pueden darle tanto.

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