Revista Criterio
Cultura
Nº 2255 » Octubre 2000

El centenario de Francisco Luis Bernárdez

por Cruz, Jorge · 4 Comentarios 

Conocí a Francisco Luis Bernárdez (1900-1978) a fines de la década del 50, en el Suplemento Literario del diario La Nación. Era un antiguo, frecuente y destacado colaborador no sólo de esas páginas, sino también de Editoriales. Juan S. Valmaggia, entonces subdirector del periódico y jefe de esa sección, aprovechaba el talento del escritor y, al mismo tiempo, lo ayudaba generosamente cuando Bernárdez pasaba momentos difíciles, a causa de su débil salud. Eduardo Mallea, por su parte, director del Suplemento, lo contaba desde siempre entre los colaboradores más sobresalientes. Sus poemas, traducciones y ensayos llegaban al lector apenas escritos y, a veces, como ocurría con tantos otros escritores, se anticipaban meses y hasta años a su aparición en libro.

 

En el rostro de Bernárdez predominaban los ángulos. Detrás de sus lentes de gruesos cristales, los ojos se achicaban y las pupilas se volvían insondables. El porte era ascético sin afectación. Podía manifestarse jovial, gracioso y hasta campechano, pero prevalecían en él lo silencioso y lo interior. Un hábito de monje no hubiera causado extrañeza sobre el cuerpo, algo agobiado, del poeta en vuelo hacia experiencias místicas.

 

Por la fecha que he recordado, había escrito la mayor parte de sus obras y por ellas había recibido las más relevantes distinciones nacionales. Era hombre llano, consciente de su valor pero sin adoptar poses de superioridad. Sabía tomar las cosas con sabio humor. Evocaba anécdotas de los legendarios martinfierristas y de otros colegas más o menos célebres. Lo hacía con jovialidad, gracia e impecable elocución, a pesar de que, a la sazón, su voz sonaba empañada por dificultades respiratorias. Cuando escribía y cuando hablaba, el idioma español parecía obedecerle y entregársele buenamente. Estaba en su sangre.

 

Había nacido en Buenos Aires, el 5 de octubre de 1900, y a los seis años sus padres, gallegos, lo llevaron a España. Volvió en otras ocasiones. La lengua, las letras y el paisaje de Galicia constituyeron para él una segunda nacionalidad. Su fe galleguista se manifestó en páginas escritas en gallego y en excelentes versiones de la poesía gallegoportuguesa. En Madrid aparecieron sus tres primeros libros, Orto, Bazar (prologado por Ramón Gómez de la Serna, campeón de todas las vanguardias) y Kindergarten. Ninguno de ellos mereció la consideración del autor cuando, en 1946, seleccionó su Antología poética para la Colección Austral de Espasa-Calpe Argentina. El florilegio se inicia con poemas de su cuarto libro, Alcándara, publicado en Buenos Aires, en 1925.

 

Composiciones de la obra figuraron en el número 14-15 de la revista Martín Fierro, que lo contó entre sus promotores y colaboradores. A esta generación argentina, la más importante del siglo XX, perteneció junto a escritores de la importancia de Jorge Luis Borges, Leopoldo Marechal, Ricardo E. Molinari, Oliverio Girondo y Eduardo González Lanuza. A fines de la década del 20, cuando los martinfierristas comenzaron a desintegrarse como generación y a seguir caminos personales, Bernárdez se afirmó en su catolicismo, como Marechal, y adoptó la métrica clásica española, igual que Borges, Marechal, González Lanuza y, en parte, Molinari. Empleó preferentemente el soneto, la lira y, sobre todo, una estrofa de su invención: la décima compuesta por versos de veintidós sílabas. Fue, además, un excelente prosista. Escribía como hablaba, con precisión y fluencia.

 

Bernárdez, colaborador de Criterio, se vinculó a los Cursos de Cultura Católica, donde se reunía el grupo Convivio, y profundizó en una fe fuertemente meditada y sentida cuando, en 1932, la enfermedad lo obligó a interrumpir su actividad porteña para instalarse en La Calera. En la capital cordobesa se casó con Laura González Palau, inspiradora de La ciudad sin Laura, uno de sus libros más difundidos. Ya había empezado a escribir “El buque”, largo poema en el cual relata su itinerario espiritual. La distancia y el sufrimiento, pero también la gracia del amor, deben de haber contribuido a acendrar esa religiosidad que lo llevaría a convertirse en príncipe de los poetas católicos argentinos.

 

A partir de entonces, el poeta se refugia y descansa en la fe. El buque, anticipado por el Suplemento Literario de La Nación, apareció en libro en 1935, editado por Sur. El padre Rogelio Barufaldi, en un minucioso estudio de la obra del escritor, publicado por Ediciones Culturales Argentinas en 1963, describió y analizó la firme arquitectura de las obras de Bernárdez, ajustadas como las piedras de un edificio. Vale la pena citar los párrafos en que el padre Barufaldi abarca la totalidad de la obra bernardiana. “Alcanzado el nivel poético propio, aguarda al poeta una labor de fidelidad: prolongar, enriquecer y comunicar el crecimiento de su experiencia en nuevas criaturas concéntricas a su visión individual del universo (…) El andamiaje intelectual del tomismo proporciona a la poesía de Bernárdez un instrumento indagatorio severo y una imagen coherente del universo”.

 

El buque, Cielo de tierra, La ciudad sin Laura, Poemas elementales, Poemas de carne y hueso, El ruiseñor, Las estrellas, Poemas nacionales, El ángel de la guarda, La flor, El arca y Poemas de cada día se ajustan a esa coherente imagen. Aun los poemas patrióticos y los dedicados a músicos están impregnados de un sentimiento religioso iluminado por el júbilo. No hay angustiosas dudas en el poeta. Su fe es firme y su esperanza, cierta. En ella encuentra consuelo, refugio y descanso.

 

 

 


Soneto interior

 

Aquí donde la tierra es menos tierra,

donde el agua es el agua del olvido,

donde el aire es un aire sin sonido

y donde el fuego ya no mueve guerra;

aquí donde la tierra se destierra,

donde el agua carece de sentido,

donde el aire prefiere estar dormido

y donde el fuego su pasión encierra;

el hombre de mirada pensativa

substituye las cosas de su casa:

la tierra, con su carne fugitiva,

el aire, con el aire de su aliento,

el agua, con su propio sentimiento,

el fuego, con el fuego que lo abrasa.

 

Francisco Luis Bernárdez, de Cielo de tierra, 1937.

Comentarios

4 comentarios to “El centenario de Francisco Luis Bernárdez”
  1. Julio Luis Gómez dice:

    Excelente y merecedísmo recuerdo.
    ¿ Se acuerdan hoy de Bernárdez nuestros poetas y prosistas ?
    Dios sí lo hace, seguro.

    Julio Luis Gómez - Santa Fe, Argentina

  2. José Luis Costanzo dice:

    Más que un comentario esta es una solicitud. Se me requiere saber, sobre la traducción que hizo Francisco Luis Bernárdez de los Himnos del Breviario Romano.
    ¿En qué lugar y cuándo hizo esa traducción?
    Si fue en Córdoba, ¿por qué estaba allí y qué convento le facilitó los Himnos?

  3. maria laura Barletta Rodriguez Zia dice:

    Estimado Sr. Cruz:

    Me llamo Laura porque cuando mamá estaba embarazada mi abuelo Lisardo Zia le regalo un primer ejemplar dedicado por “Paco” (como cariñosamente se decían) de “La Ciudad sin Laura”, ella se enamoro de su poesía y decidió que de tener una hija asi se llamaría, el abuelo y Francisco eran amigos y colegas de las letras.

    Un verdadero gusto haber leido su artículo.

    María Laura.

  4. Paolo R Menendez dice:

    Hola hace más de 10 años una profesora de música me pasó un soneto de Francisco al cual le puse música. Estoy realizando los trámites para registrar varios temas que he compuesto y entre esos temas musicales esta el de Francisco L. Bernárdez, necesito encontrar algun descendiente del escritor para que sadaic y propiedad intelectual me acepte la obra como inédita de todas formas puedo registrar sólo la musica. si es que este mensaje llega a la persona indicada que me pueda ayudar para realizar los trámites se lo agradeceria enormente vivo en tierra del fuego, ciudad de Rio Grande. mail paray_@hotmail.com

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