Cultura
Eva Franco: un siglo de teatro
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Señora de la escena y de la vida, fue también el testimonio vivo del espectáculo nacional de casi todo el siglo. Desde que tuvo su primer papelito, o aún antes, hasta que se despidió de la escena, pasó más de ochenta años actuando en los teatros. De niña, mi papá me ponía una sillita para que yo me subiera y jugara a actuar. Y seguí jugando hasta ahora, siempre el mismo juego. Es un juego bravo, pero lo amo.
Eva Franco nació el 29 de junio de 1906, por el amor de dos románticos. Ella, Ernesta Morandi, tenía 18 años, hija de un inmigrante italiano que se opuso a la boda, y él, Pedro Franco, tenía 20, y era actor de circo. Pero se trataba del circo de los hermanos Podestá, donde se estaba creando el teatro nacional.
Eva vivió aquello desde la cuna. A los ocho meses hizo su primera aparición en el escenario, en brazos de Gerónimo Podestá. De chiquita jugaba en el escenario, con una muñeca que le regaló Carlos Gardel, amigo de sus padres. Y tenía apenas cuatro años, cuando, llevada de la mano por María Ester Podestá, debutó en el Politeama de Rosario, haciendo un pequeño papelito en el Jesús Nazareno de García Velloso. A los siete, ya levantaba aplausos. Salía para decir cinco palabras y llorar. Tenía una facilidad asombrosa para llorar, recordaba. Detrás de ella vinieron sus hermanas Herminia y Nelly, que también eligirían ser actrices. El inmigrante italiano debió resignarse. Su otra hija, Angelina, también se casó con un actor, el cómico Leopoldo Simari. Además había otra prima de las chicas, Nélida Franco, que luego alcanzó fama como actriz radial, y con el tiempo se hizo monja misionera.
A los 12 años Eva Franco tuvo sus primeros roles de responsabilidad, en la Compañía Franco-Simari-Arata (su padre fue su primer director artístico), y en la más prestigiosa compañía Pablo Poldestá-Camila Quiroga, luciéndose en un melodrama de la época, Con las alas rotas. Y ya era miembro fundador de la Asociación Argentina de Actores.
El mítico Pablo Podestá le decía al padre que no me dedicara jamás a hacer teatro subalterno. Pero ella tanto hacía el drama de Alberto Welsbach Resaca, como piezas reideras de Romero y Bayón Herrera. Género chico, sí, pero un momento, que el viejo sainete porteño fue el mejor maestro que tuvimos entonces los intérpretes criollos. Entonces, las compañías estrenaban hasta tres sainetes por semana, lo que requería un ejercicio constante.
A los 15 años, encontró su caballito de batalla, Retazo, del italiano Darío Nicodemi, al cual lució en giras por Argentina, Chile y Uruguay, con tal éxito que a los 17 ya encabezaba su propia compañía, junto a Enrique de Rosas, maestro de actores, y se podía comprar dos cero kilómetro por mes. Las noches de estreno, y las de despedida, el teatro desbordaba de aplausos, suelta de palomas, tirabuzones de serpentinas y abanicos de flores en el escenario. Alfonsina Storni, Alfredo Palacios y el presidente Alvear iban a visitarla a su camarín. Ricardo Rojas, García Velloso, Arturo Capdevilla, Samuel Eichelbaum (su autor preferido) y Martínez Cuitiño escribieron obras especialmente para ella, que las alternaba con piezas de Ibsen, Bernstein, Pagnol, Coward, O’Neil… Así fue creciendo.
En 1934 protagonizó La dama boba en la adaptación de García Lorca, entonces residente en Buenos Aires. Era como un niño. A veces recuerdo cuando prometió que escribiría una obra para mí. Y me permito abandonarme a la fantasía de que esa obra prometida era Doña Rosita la soltera. ¿Por qué no?
Pensaba retirarse a los treinta años, en 1936, pero Cunill Cabanellas la convocó a integrar el elenco fundacional de la comedia nacional, haciendo Locos de verano (que luego llevaron al cine) junto a Luisa Vehil, Iris Marga, Irma Córdoba, Enrique Serrano, Homero Cárpena y otras glorias. Después estrenó una pieza criolla que haría época, Joven, viuda y estanciera.
Luego se casó, tuvo a su hija María Cristina, probó el cine (pero su rostro era ajeno al modelo de la época), y la radio (que con ella transmitió teatro), y en 1943 alcanzó otra cumbre estrenando con Milagros de La Vega El carnaval del diablo, del poeta catamarqueño Juan Oscar Ponferrada. Allí debutó una hija artística suya María Rosa Gallo. Cincuenta años más tarde ambas recibirían el debido homenaje en el Cervantes.
En 1946 se detuvo, por el nacimiento de su hijo Pedro. Pero además el ambiente había cambiado y Eva prefirió apartarse. Creo que el teatro decae a partir de la censura peronista, diría luego. También le molestaba el recuerdo enojoso de ciertas intrigas causadas por el paso de Eva Duarte entre bambalinas. La compañía Franco volvió tres años después, con una pieza de Darthés y Damel que había sido bruscamente interrumpida cuando su estreno. El diario El Laborista le hizo una sutil campaña en contra, que debió modificar tras la reconciliación entre las dos Evas y los éxitos de la nueva compañía Franco-Battaglia.
En 1958, las cosas habían cambiado de nuevo. Fue allí cuando Eva Franco y Tita Merello, tan diferentes en muchas cosas, hicieron algo más o menos juntas: estrenaron Miércoles de ceniza, alternando el papel protagónico una noche cada una. Aquello fue otro suceso que terminó con el premio de los críticos a Eva Franco como mejor actriz. Eludiendo polémicas, pasó a presidir la Casa del Teatro. Luego volvería a lucirse, dirigida por Cecilio Madanes (Así es la vida), y por el vanguardista Jorge Lavelli (Divinas palabras).
Su marido, Pedro Antonio Iribarren, había muerto en 1954. En el 64, Pedrito debutaba en el teatro, junto a su madre, y a Tina Serrano, hija de Enrique Serrano, en la comedia Los hijos de Eduardo. En 1966, Eva, su hijo y su padre, hicieron en Mar del Plata la vieja pieza criolla Bendita seas, con lágrimas y aplausos a granel. El viejo Pedro Franco murió pocos meses después a los 80 años.
Tras reprisar una pieza de Samuel Eichelbaum en el Cervantes, y hacer algo digestivo en Bariloche, la actriz se retiró a Mar del Plata, lugar donde en otros tiempos había soñado vivir junto a su malogrado esposo. La recuperaron Madanes y Thelma Biral, para el teatro (Doña Rosita la soltera), en 1979, y Oscar Barney Finn para el cine (el mediometraje El salón dorado), en 1982. Ese mismo año Rodolfo Graziano la dirigió en Las de Barranco, donde hizo el papel que le vi hacer a Orfilia Rico cuando yo era chica. Como hija suya actuaba Alejandra Da Passano, hija de María Rosa Gallo.
Todo eso la animó a encabezar una temporada en Lima, que se prolongó durante tres años, haciendo Sólo ochenta y otras comedias. Volvió, ya pensando en la despedida, con Los árboles mueren de pie, que hizo a los 81. Pero la despedida real fue en 1994, a los 88, haciendo el personaje de Martiniana en Barranca abajo en el Teatro San Martín. Era el cierre perfecto, ya que a los 17 había hecho el personaje de la Gurisa en el San Martín original.
De su paso por el teatro sólo queda la fama. De sus trabajos en televisión (Esquina de tango, Los especiales de Thelma Biral, y poco más), en cine (diez películas, donde sobresale El salón dorado, unas pocas copias mal conservadas).








Ante todo Gracias por el recuerdo!…Pero: no todo es correcto—-.” de su paso por el teatro : “son nada menos que 900 TITULOS- OBRAS- puestos en escena” y son mas de 20 los títulos en televisión ejemplo como Protagonista: Privado y confidencial de Nene Cascallar (autora)…etc Peliculas…y Gracias!, feliz año a quien reciba mi escrito. ( a mi madre el cine no le gustaba)
” NO TENIA EL CALOR DE LA PRESENCIA DEL PUBLICO”
Pedro iribarren franco-
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